lunes, 3 de enero de 2011

Fumando

Un largo, inmenso, tren de vapor atraviesa la llanura inmensa de la vida inconsciente. De sus entrañas de hierro surgen volutas de vapor del infierno que nos hemos creado, de sus ruedas chispas de amor inmenso, casi siempre ignorado. Van detrás, sentados o levantados, una miríada de gentes mirando el paisaje infinito y complejo. En un rincón, del último vagón, casi colgando sobre los topes, va uno fumando un pitillo, como despistado, y mirando lo que se va dejando.
El gobierno cuida de nosotros, de nuestra salud, ya no tiramos la mierda por la ventana, y dejaremos de tirar las colillas por las calles. A uno que le tocó barrer mierdas y colillas le parece bien, es saludable. Tal vez un día, no lejano, dejemos también de ensuciarnos el alma con tantas porquerías como cada día nos tragamos.
Sin que lo diga el gobierno, ni las iglesias, gurús, guías, machacas, o vacilones varios y variados.
Hasta entonces, a vuestra salud, me fumo un cigarrillo en casa y no me peleo con la locomotora, por más basura que eche, que mantiene funcionando eso que llamamos "nuestro estilo de vida".
¡Copiamos tantas cosas de los americanos del norte! Y casi ninguna buena.
Me gustan los trenes.

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