sábado, 24 de septiembre de 2011

El Español y las briquetas. Segunda parte.


Justo premio a tus desvelos 


Manuel, ¿dónde estabas?... ¿Dónde está el niño? ¡Ah, truhán, estás aquí! Manolo, ¿no veías que está anocheciendo y es la hora de la cena? Anda su madre como loca buscándole por todas partes; pensábamos que estabais en la huerta. Pero, ¿dónde habéis estado? ¡Ay!, ¡pero si está todo tiznado! ¡¡Manuel!!. ¿No le habrás subido a una máquina?
;         ¡Sí, abuela! ; ¡y hemos estado haciendo maniobras!
;         ¡Ay, Dios!; ¡para haberse matado! ¡Vamos!; a lavarte y cambiarte de ropa, ¡rápido!; antes de que venga tu madre y te vea así. ¡Vamos!. Y tú, Manuel, no te escabullas que ya te arreglaré yo las cuentas. Llevar el niño a la maniobra... ¡inconsciente!, ¡majadero!
   
Una hora después cenaban nieto y abuelo; en silencio, guiñándose el ojo uno a otro y conteniendo a duras penas una risa cómplice; como de golfillos que hubieran cometido alguna de sus hazañas, de sus entuertos.
;         Tráeme el porrón del vino que está en la cocina; anda hijo, el que está encima de la mesa. El niño, servicial y raudo, bajó de su silla y se dirigió hacia la puerta. Al abrir descubrió a su abuela en la dura tarea de deshacer las briquetas; sobre una tabla, en el suelo, con una piqueta.
;         ¿Dónde vas tú, pirata? Preguntó inquisidora y seria, algo disgustada; no con el niño, consigo mismo y con su esposo. Bien conocía a su marido y le creía capaz de hacer cualquier locura; y más por su nieto. ¿Dónde vas, travieso?; ya más relajada.
;         ¡Por el porrón del vino, abuela!
;         Espera; espera que lo enfríe un poco. Y tomando el porrón en su mano derecha lo acercó al grifo y lo bautizó generosamente; con agua de la traída no del botijo que era artesiana y estaba al fresco. Generosamente, con tiento, rellenó de agua la mitad del porrón que de vino faltaba hasta que estuvo completo y la disolución confirmada.
   ¿Cuántos años llevaría la abuela oficiando aquel milagro seglar? Conversor del agua corriente en vino; vino fresco, joven, un clarete extraordinario de aguja y raza. ¿En cuantas ocasiones, familiarizado, habría fingido el abuelo, que recogía la uva de sus propios viñedos, la cargaba en los cestos, pisaba, obtenía el dulce mosto, regalo otoñal de la lluvia y el sol y el tiempo, no darse cuenta del inocente sacramento a que sus tintos se hallaban siempre expuestos?. Después de tantos sudores y esfuerzos como premio recibía un caldo aguado; de taninos clorados y madera calcárea.
Y aún, seguramente, de tanto en tanto, para sus adentros, rezaría que no le echase polvos Coza en la tartera. Dichoso vino; maldito espirituoso, que del barro hace vida y del Alma sueño. Hombre y sombra al mismo tiempo.
;         ¡Español!, ¡Español!; ¡sales a las 23.35 por la vía 7 con el velero de Ponferrada! ¡Español!. Se oía gritar desde las vías; bajo las ventanas de la galería.
;         ¡Vamos, Manuel, termina!; que ya está ahí el avisador con tu llamada.
El abuelo se levantó; y saliendo a la ventana gritó con voz de galerna desatada: ¡oída, coño, oída!; ¡no le dejáis a uno que haga la cena como Dios manda!
Volviendo a la mesa se sentó a dar por concluida la pitanza. Con calma; como si tiempo, sobretodo tiempo, le sobrara. Mientras, diligente, amorosa, la abuela comenzaba a colocar en la cesta de mimbre una marmita con bacalao reciente, humeante, cubierto de huevos y salsa roja al pimentón picante. Y pan, fruta, la bota del vino, -convertido a la fe católica -; y servilletas a cuadros, limpias y recién planchadas; un juego de sábanas; un jersey, y calcetines de lana. Por si se quedaban tirados en la rampa de Brañuelas. Que aunque sea verano, allí, de noche, te calienta la helada el cuerpo que da miedo y se te hielan hasta las ideas si no vas abrigado.
Al poco tiempo ya afeitado y peinado recogía el abuelo su cesta, y el chaquetón oscuro de grueso paño, y la gorra. Dando un beso a la abuela y un coscorrón, cariñoso, al nieto, se despedía: ¡hasta el viernes!, si no pasa nada malo.
Con un salto ya estaba bajando las escaleras. Allá bajaba; alegre, silbando; por las escaleras brincando, y saliendo a la calle con su cesta y su tabardo, su gorra azul con una fina banda roja, silbando. Alegre al subirse otra vez a la máquina, -al burro, como le llamaban -; alegre; siempre alegre marchaba... ¡a trabajar!
¡Jesús, qué tiempos!




Pocos años más tarde el abuelo alcanzó la edad de la jubilación. Esa tercera estación de nuestras vidas que, aunque figura en todos los itinerarios, parece que nadie quisiera alcanzar si no seguir por más tiempo rodando a toda marcha sin frenos ni cortapisas.
Y tuvo que retirarse; dejar de conducir “SUS” máquinas: aquellas locomotoras negras, brillantes, vibrantes, que tanto quería. Construyó una casa en una pequeña finca; con huerta y bodega, junto a un paso a nivel con barreras en la línea de Asturias. Y todas las mañanas y tardes, como si de una promesa se tratase, puntual, - un minuto antes de la hora programada -, iba a contemplar el paso de los trenes: el rápido, el velero, el tren del oro. Los de carbón y acero que de Asturias bajaban; los demás subiendo, hacia las montañas, al Puerto. Hasta el paso a nivel se acercaba, como un niño, a ver pasar los trenes con los que tantas veces había remontado y descendido las rampas del Puerto; y sus túneles. Los 69 túneles que tiene el trayecto. Donde nunca se sabía si era el frío del Norte que se enquistaba en lo más negro, el calor intenso del hogar que por la rejilla abierta escapaba, o el asfixiante humo espeso, lo que causaba mayor sufrimiento. Siempre puntual, a las horas programadas, allí estaba el Español; saludando con su garra azul y roja el paso de los convoyes.
;         ¡Adiós, Español!; ¿cómo van las patatas? Le gritaban los maquinistas al pasar.
;         ¿Cómo te van a ti las almorranas? ¡No asomes la cabeza que no libras gálibo por los túneles! Les contestaba.
Siempre lanzándose puyas e improperios; sin malicia; entre compañeros.



Esforzadamente; a ritmo de “Mikado”, “Confederación”, “Santa Fe”, “Mastodonte”, “Pacific”, “Montaña”, fueron pasando los años; y aquellas hermosas maquinarias, hijas del talento y del esfuerzo, fueron sustituidas por otras, eléctricas, importadas de La Gran Bretaña: las setecientas, las inglesas; las llamaban y las llamamos los que las queremos y apreciamos.
Qué raudas, qué potentes y bonitas eran estas nuevas máquinas; cuanto daría el Español por llevar en sus manos una de ellas. Puerto arriba, puerto abajo; hacia Oviedo, hacia Gijón, hacia la playa... hasta mar adentro.
Cuanto daría él, ahora que tenía la libertad y el acumulo de tiempo, para aprender, que da el estar jubilado, y una paga, y unas cuantas tierras, unas heredadas, otras con sus ahorros compradas, y una casa con huerto y bodega, y los hijos crecidos, casados, y... y no tenía nada. Solo un sueño: ¡Conducir una locomotora eléctrica hasta el mar Cantábrico!

Tren a tren, cita tras cita, fue haciendo amistad con el guardabarrera, Julián; al que apodaban el Negro. Pasados los cincuenta; los hijos estudiando lejos y la mujer dueña y señora del hogar hasta sus cimientos, encontraba fundamento y un nuevo sentido a su vida en aquella garita. Doce horas, de la mañana a la noche, en verano y en invierno, viendo pasar el sol, los trenes, automóviles y peatones, niños, viejos, mulos y caballos, ovejas con sus perros y pastores... el tiempo. Las visitas del Español y sus recuerdos le ayudaban a sobrellevar aquella ingente cantidad de horas de trabajo. Aguantando en un viejo chamizo; con una mesa, una silla, y un arcón; que debía ser de cuando reinaba Carolo.
;         ¡Caray, Español, mira que te tenía yo miedo! Cada vez que iba a avisarte nunca sabía si me lanzarías una maldición o un tiesto. ¡Eras tremendo!
 Julián había trabajado muchos años como peón de Movimiento; y comúnmente hacía funciones de avisador. Esto es; ir a las casas de los maquinistas y fogoneros para darles aviso de su próximo servicio: destino, hora de salida, vía y tipo de tren, rápido, expreso, velero... La mayor parte de los maquinistas vivían cerca de la estación; en bloques de casas que daban por su parte posterior a las vías de la estación.
Así que Julián, como los demás, se limitaba a vocear desde las vías, frente a las galerías, (pobladas de tiestos y cacharrería, ropa tendida, y una docena o más de gatitos maullando noche y día. Y un perro: Chester; el perro del Español.) empleado en el servicio para el cual se le requería. Y eran sus mujeres, normalmente, quienes le respondían, pues sus maridos estarían en el bar jugando la partida; o si en casa, durmiendo.
Cuánto se agradece una siestecica cuando se trabaja a turnos.
;         ¡Cómo pasa el tiempo, Manuel, quien lo diría!, parece que fue ayer cuando empecé a trabajar por tres perronas al día. ¡Cuánta necesidad pasamos en aquella época! Pasó la era del carbón y ahora los trenes son más rápidos, más limpios. ¡Qué de adelantos en una sola vida!

Pero el Español una y otra vez disentía; arguyendo: el cambio automatización/esfuerzo, rendimiento/competencia, y una paga siempre insuficiente como regalía, el trabajador siempre saldrá perdiendo. Pierde el amor al trabajo y la satisfacción por un buen servicio realizado. Y el estímulo por la superación rápida de una incidencia también se pierde.
;        Ya no encuentra el hombre justificación al esfuerzo diario. Todo es hoy día correr y correr; pelearse como fieras por un objetivo siempre inalcanzado, solo mentalmente imaginado. Saltan todas las vallas, precauciones, viejas normas del vivir humano que tras tantos siglos se habían alcanzado. Fama y dinero, la atención ajena, el fruto de su trabajo, se roban o se obtienen vendiendo el Alma; esclavizando la ajena. Es una carrera inmensa, millones de esforzados; sacando las riquezas de la tierra no las del espíritu esclarecido. Encadenado la vida se sienten libres, superiores; y tan solo son unos pobres niños solitarios, indefensos. Se sienten abandonados.
Buscando un hogar donde sentir el calor del Amor y la compañía de la Dicha. Vagan por calles y caminos encharcados, embarrados; corriendo, peleando.
Cuando las tormentas estallan y los aguaceros descargan se refugian en los recovecos de una civilización gastada, huera. Sin estrella que les guíe.
Pues la abandonaron.
Todo son artefactos, artificios, parques de atracciones para niños inculturizados. Y desfiles; muchos desfiles donde exhibir la estupidez absoluta que han alcanzado.
Ya no encuentra un hombre justo justificación. Nadie paga el desvelo; la presteza, la entrega desinteresada o la perfección con que lograste cumplir el servicio asignado. Nadie lo paga, nadie lo ha pagado ni lo pagará nunca; pero ¿y quien lo pedía? A lo sumo el jefe te lo agradecía con una sonrisa o un manotazo en los hombros, y tomábamos juntos un vaso de vino en la cantina; calentando las manos agarrados a la barra y la cabeza con habladurías.
Todos sabíamos cómo era uno y cómo era otro. Y si se tenía un mal día entre todos se le cubría. Ahora no se trabaja: se produce. Y tan solo te valoran por tu fuerza productiva. Y se supone que has de sentirte satisfecho con las cosas que compras con la paga a cambio recibida. Y un hombre jamás estará contento, gozoso, satisfecho, por más y más que gaste y compre en toda su vida.
Mira nuestros nietos, que estudian y estudian cuarenta materias distintas; ¿qué es, en realidad, lo que aprenden de la vida? ¿Cómo se divierte la juventud de nuestros días? ¿Tantos desvelos por alcanzar una “posición”?. Comprarse un gran coche, un piso, y juguetes; muchos juguetes. ¿Es que merece la pena?; Julián.

De este tipo eran más o menos el tono y duración de las charlas que sostenían; hasta que el tren pasaba y cada uno, el Español a su finca, el huerto y los conejos, que le absorbía. O, al menos, eso decía. Y el Negro, Julián, a su garita; esquivando picaduras de mosquitos entre largas meditaciones que no le trascenderían. Cada uno en sus reflexiones se envolvía y esperaba a la siguiente cita. Parecía una extraña partida de ajedrez que entre gámbitos y enroques nunca se acabaría.

Fue así, al fin, un lento atardecer otoñal, enfrascados en su partida, - el dominio de blancas y negras se sucedía -, que no cayeron en la cuenta que la vida es un reflejo, dorado o plateado, según los días, del sol, que se escapa, declina, se apaga. Se desearon buena suerte y hasta la vista. Que cielo e infierno tras los pasos del hombre caminan como luna y estrellas tras el carro triunfal procesionan. Su última vista.
A la mañana, a esa hora en que la neblina de la ribera aún no se levanta, y el sol no aprieta, está ligero, y hay una quietud espesa, un silencio anómalo, casi da miedo; al paso del rápido el Español no estaba; no acudía.
El guardabarrera miró una y otra vez, saltando incluso, forzando la vista mientras bajaba las barreras; vigilando el camino que el Español siempre recorría. Extrañado.
Un oscuro presentimiento endureció sus facciones y veló su mirada y su sonrisa. Algo, no se sabe, él dice no saber, no recordar..., los pájaros que no oía, un repelús, una brisa, tenue, que surgió, inesperada, aquella mañana. Sí, algo, (un milano, decía, los primeros días) le avisó que el Español ni entonces ni nunca comparecería. Que nunca más volvería a contemplar el paso de las locomotoras que tanto apreciaba y quería.
Se escuchó el pitido de la locomotora anunciando su inminente llegada,  y el agudo creciente recorrió los campos de lúpulo y verduras; de flores silvestres entre muros de zarzamoras ennegrecidas; de álamos jóvenes que con las ráfagas de brisa fría repartían sus hojas como cartas en una partida; la postrer partida. El pitido continuó, se expandió, recorriendo las tierras y penetrando en las casas de labraza como una llamada; una desgarradora, suplicante, llamada hacia aquél que tanto las quería.
¡Español!, ¡Español! Parecía que surgía el grito de las entrañas mismas de la moderna maquinaria ferroviaria. ¡Español!. Sentimos que decía.
Pero el Español no estaba, ya nunca estaría, para responder a su llamada; como todos los días, puntual, a la hora prevista; saludando con su gorra; su gorra azul y una banda roja. Roja como una etérea llamarada; como de carbón que arde, ilumina, y se apaga. Como la vida.

Segunda parte del cuento El Español y las briquetas. 

2 comentarios:

  1. Felicidades Daniel, sencillamente, precioso.
    Que suerte haber tenido un abuelo así y que suerte de abuelo de haber tenido un nieto como tú.
    Un saludo

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  2. Gracias, Vicente; otro día pondré la tercera parte. Espero que también te guste.

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