lunes, 26 de septiembre de 2011

Tres luciérnagas III. Cuento de peregrinos.

Y sigue andando el peregrino, ahora es cuesta arriba de nuevo. Es una peña caliza y hay piedras por todas partes; camina con tiento de no resbalar e irse al suelo. Va mirando, de tanto en tanto, las afiladas cumbres cercanas, el hermoso valle, y se acerca a un rebaño de ovejas que pastan cercanas. Recuerdos de su infancia, de sus padres, de su pueblo. Las ovejas. El hambre. ¿Cómo sería en aquellos tiempos medievales con cientos de rebaños cruzando España de parte a parte? Desde estas peñas hasta las montañas de Andalucía; caminando día tras día, mes a mes, año con año. ¿Serían las mismas merinas o habrán cambiado? ¿Cambian los hombres? Hoy día salen los chavales tan altos, pero igual de rebecos. Alza la vista a unas peñas cercana y ve con asombro, como un gran águila se viene hacia el rebaño, en un vuelo perfecto. Intenta espantarlo con voces y gestos, dando saltos, pero todo es inútil; se lleva un macaco antes de que le dé tiempo a salir del sendero. Escucha ahora los ladridos tremendos de un perro enorme que llega corriendo; al no poder con el águila se gira y viene a por él con una furia tremenda. Le hace retroceder, subirse a una peña, ponerse a salvo hasta que se calme. Es enorme este perro. Un mastín de estas tierras, ¿cuál será su peso? Es inmenso. Le ladra como si fuera el cancerbero. Al fin se calma y se sienta en el suelo. Saca el peregrino el chorizo del zurrón y le tira una buena porción que al instante se la come el perro. Ya está más tranquilo. Puede bajar del peñasco y parar a su lado. Tiene cara de bonachón este perro, ¡pero había que verlo hace un momento! Los que tenía mi padre eran más pequeños y no tan fieros.
El águila, la vida que despega anhelando el cielo. Y yo aquí, sentado en el suelo, mirando este perro. La vida, la vida, ¿cuál es su secreto? ¿Discurriendo de nuevo?  Es el águila, soy yo, es el perro. Es todo. Vienes caminando hacia Mí y ni sabes lo que eres ni desde cuándo lo llevas haciendo. No soy un perro. Sí, eres algo mejor; míralo: Me veo a mí mismo sentado al lado de un gran perro y un rebaño de ovejas, veo las praderas del valle y detrás mío las peñas, veo (¡O Dios mío!) veo hombres  velludos caminando encorvados jugando con palos caminando por campos inmensos, veo monos saltando entre las ramas de los árboles de una selva intrincable y espesa, ahora son pequeños animalillos como tejones escondiéndose en sus madrigueras en algún desierto, (¡O Señor!) veo los enormes dinosaurios y árboles inmensos, monstruosos cocodrilos a la orilla de un mar ignoto, (su extraño color) algo me lleva a ese mar verde veneno, (¿estoy buceando?) ¡Hay tiburones! Son enormes, sus fauces terroríficas, hay cangrejos y escorpiones marinos de todas partes surgiendo; ya tan solo quedan pececitos y extrañas formas de plancton, algas y formas extrañas de vida, ¡tan pequeñas! ¡tan luminosas! Las algas, las algas y las formas luminosas, se van; el mar, siempre ha sido el mar. Estoy flotando como un corcho insensible y enfermo.  Los volcanes; por todos lados volcanes; una lluvia prodigiosa de estrellas, fuegos por todas partes. No hay nadie. ¿Así empezó todo? Aquí sí. Con los restos de otros mundos lejanos que cumplieron su ciclo y desaparecieron. ¿También nos tocará a nosotros? Es posible; la pena es que no os enteráis de nada y casi prefiero hablar con el perro. Sigue caminando.
Vida que mira la vida, la encuentra monstruosa, y se horroriza; pero con esto no se llega muy lejos. Gracias por la información. Seguiré andando y mirando las flores, aquí el pendenciero; ya se ve cerca el collado que dicen de los romeros. A ver si es fácil la bajada. Adiós, mastín, adiós, merinas. Adiós al águila, y a los que vuelan y de esto se pueden separar y verlo de lejos. Vida que asciende hacia las estrellas. Solo es caminar, subir cuestas, y después bajarlas; esto es lo mío. El alto collado con vistas al norte. Solo queda el descenso. ¡Anda!, ¡pero si abajo se ve un pueblo! Pero la senda gira hacia al norte, ¡claro, claro! Ya se ve el puerto. Solo hay que seguir por entre los matorrales; lo del fondo negro ya será Asturias.  Viene la niebla de esa parte pero aquí la tarde es luminosa y fresca. Los colores del cielo; quedará una hora de sol, no hay por qué correr. El aire más limpio y saludable que jamás respiré. Son cuatro cuestas con matorrales, seguro que hay fuentes. Los cuervos; hay cuervos por todas partes. Siguiendo las trochas, saltando alambradas, buscando senderos entre urces y escobas. ¡Hay cientos de abejas! Y cuervos. El sol ya está bajo las montañas, el atardecer es de unos rojos intensos, y se ve la niebla como va entrando por el puerto, ocultándolo todo. El olor a yerba y los pitidos de un tren lejano lo llenan todo de misterio.

Tercera parte del cuento Tres luciérnagas; dedicado al Camino de San Salvador.

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