miércoles, 21 de septiembre de 2011

Tres luciérnagas II. Dedicado al Camino del Salvador.

Camina el viejo peregrino entre las casas del pueblo. No hay nadie. No ve ni oye a nadie. El pueblo está en un silencio sepulcral. No hay ni perros que vengan a saludarle. Cuando ya se encuentra a punto de abandonarlo por una cuesta en dirección al monte escucha la llamada de una mujer casi anciana, vestida de negro, negra pañoleta a la cabeza, negros sus ojos y cejas, la voz agradable, el tono cantarín y contento, que le grita: ¡Espere, espere ahí, peregrino, no se vaya así! Como sin alma de mi pueblo.
Para el abuelo y mira hacia una ventana de la última casa, es una mujeruca que por ella asoma. Desanda unos pasos y camina mirando no pisar alguna boñiga de vaca o de oveja que alfombran el suelo del pueblo.
                        Espere ahí un momentín que enseguida estoy con usted, peregrino.
                        No se preocupe, señora, que estoy de paso y no voy con prisa alguna.
Sale la mujeruca por la puerta de casa con un gran pedazo de pan de hogaza y un buen trozo de chorizo.
                         Ande pa dentro. Coma algo el peregrino que no se pueden pasar los puertos de Arbás con el estómago vacío y tan viejo. ¿Viene de muy lejos?
                        Soy de Murcia y tanto tiempo llevo caminando que por amigas tengo las estrellas y los vientos de compañeros.
                        Deme la calabaza; se la llenaré del vino que tengo. Es del que tomamos cuando podemos; Toro y tierra, como le decimos. No es tan fuerte como el que tienen en su pueblo, pero es sano.
                        Con mil amores, señora. Su casa es un castillo encantador y eso de fuera no es estiércol sino polen con el aroma de mil flores diferentes que cien mil abejas liban y sorben para darle a usted la mejor de las jaleas que reina alguna tomó en ningún tiempo. Así se la ve de guapetona.
                        Es muy galán para su edad, y zalamero. ¿No le pesan los años?
                        Más bien soy pendenciero aunque me pesen los siglos. ¿Dónde está su marido?
                        Por la collada de Aralla, con los hijos, con los rebaños que tenemos.
                        ¡Será rabadán por lo menos! Lo digo por el estupendo chorizo que tienen y el vino ¡mira que está bueno!
                        ¡Qué más hubiésemos querido! Pero cada vez hay menos rebaños y más pequeños. ¿Va al Salvador el peregrino entonces?
                        Al Señor voy, y después al servidor supremo; si no hay contratiempo.
                        Ya está usted mayor para esas aventuras. ¿No está casado? ¿No tiene hijos?
                        Nada soy y ser humano me siento y penando iré por los siglos de los siglos. Por ni ver ni oír ni querer contar lo mejor que hasta este mundo jamás vino, regalo de Dios Eterno. El mal que le hicimos. Todos los nuestros. Voy a Oviedo por ver Su Santa Faz, y el perdón suplicar arrepentido y viejo. No ya por mí, que sé a dónde voy y lo tengo asumido, es por los sobrinos que tengo.
                        No llegará tan lejos sino come otro poquito. Tengo algo de sangre, como aquí le decimos, y unas cuantas manzanas que de Asturias nos trajimos; la semana pasada fuimos a Pajares de romería.
                        ¿Y no trajeron sidra?
                        Toda nos la bebimos pero queda vino. Y la calabaza se la lleva llena pues si no no pasa el alto del romero y se lo comen las fieras de esta tierra. No sabe lo que es esto y va solo. ¡Bendito!.
                        Alguna he visto, y algo asustan.
                        Vaya con tiento y ande fino. Que nada le engañe. El camino es esa vereda fina que sube hacia esas calizas que están llenas de merinas (¡son del alcalde!) Cuando pase el alto no siga a derecho hacia los altos Celleros sino que baje hacia la derecha, al norte siempre, dando vueltas y revueltas por los piornos y matorrales, y no descienda hasta que no vea  la Colegiata. Hay mucho caminín que le mete al monte y ahí nunca lo encontrarían. Al norte y para abajo.
                        Muchas gracias
                        Ni gracias ni nada y empiece a caminar no se le vaya a hacer de noche y se nos pierda. No abandone el sendero milenario pase lo que pase, y camine sin parar mucho tiempo. Aquí el tiempo cambia de hora en hora y la niebla se mete de Asturias visto y no visto y le hará ciego. Siga la senda marcada.
                        Por la ruta trazada caminaré y no me saldré por nada
                        ¡Que el Señor le oiga! Buen camino tenga el peregrino
                        Con usted queden mis preces y perdones.
                        Y contigo el futuro de los hijos. No pare ni escuche la estupidez que perseguimos. Buen camino, peregrino, que le suban los vientos.
                        Buena vida.

Continuación del cuento Tres luciérnagas que escribí dedicado al Camino del Salvador.

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