miércoles, 28 de septiembre de 2011

Tres luciernagas IV y final.

¡Un zorro! Un zorrillo va justo delante. ¡Quieto un momento! Se oyen los cascos de caballos. Segundos más tarde un caballista le alcanza en la bajada montado en un gran caballo que guía una ristra de mulas; al pasar a su lado nota el olor intenso a pan recién horneado. ¡Tenga cuidado y ande ligero que se le echa la niebla y la noche encima! No pare por nada hasta llegar a la carretera. ¡Gracias!, amigo, seguiré su consejo. Sigue caminando apurando el paso cansino que lleva y al poco vuelve a ver de nuevo al zorro que parece seguir el mismo rumbo asturiano.
Al llegar a la carretera encuentra el bar cerrado y el pueblo abandonado. Va hasta la Colegiata y encuentra la puerta abierta. Entra. ¡Qué abandonado está esto! Un viento gélido del sur se ha levantado y se agradece estar entre cuatro paredes. Es un edificio antiguo que amenaza ruina realizado con grandes piedras hace siglos. En un rincón encuentra una pequeña habitación pintada de blanco y una mesa en el centro. Decide quedarse aquí y pasar la noche. Deja sus cosas y sale fuera a aliviar sus necesidades. En un rincón encuentra,  justo donde iba a agacharse, una gran cantidad de acederas. Tras terminar sus cosas vuelve a la Colegiata por el zurrón y lo llena de tan preciadas yerbas; sobre todo por el ganado que él guardó de zagal. ¡Ya tiene la cena! Un buen trozo de pan, algo de chorizo que no se comió el mastín, la calabaza llena de vino; y las acederas. ¡De fiesta!
Se sienta sobre la mesa y se dispone a cenar tranquilo y recogido, contento. Fuera ya es noche cerrada y hace frío. A la luz de una bombilla cena pausado y tranquilo. ¡Está bueno el vino! Y mata la acidez de las yerbas en la boca. Va a dormir seguro y tranquilo. Apaga la bombilla y se estira sobre la mesa; mucho mejor así que sobre el frío suelo.
Intenta dormir pero se nota revuelto; cuando, de improviso,  se ve como transportado a una mansio romana. Las habitaciones están divididas por hermosas telas blancas, en la cocina está el fuego encendido y en la gran mesa hay alimentos de todo tipo; en los baños encuentra una piscina de agua caliente y acogedora. Hay una mujer joven en el agua, va vestida con una largo traje blanco, empapada y hermosa, se notan sus sugerentes formas; porta una pequeña lámpara de aceite en su mano derecha y una manzana en la izquierda. Le hace un gesto para que entre en el agua; al entrar se da cuenta de que va desnudo. Y se queda mirando fijamente a la belleza morena. ¿Eres estoico o epicúreo? Siente decir. Soy cristiano viejo, señorita, y esto no lo entiendo. Es simplemente un reflejo de tus más profundos deseos, tus más secretos anhelos. Lo que eres por dentro. Por toda  respuesta él se lleva la mano a la cara para mesarse la barba pero no tiene ni un pelo, ni cabello alguno en el cuerpo. Y es joven y fuerte como nunca se vio en el espejo. Da unos pasos más hacia ella y comienza remojarse con las manos hasta sumergirse por completo. Al sacar la cabeza se encuentra a dos pasos de ella. ¿Qué eliges? Vuelve a sentir decir. Gracias por la lámpara; me hará falta para volver a mi casa de nuevo. Se gira y comienza a salir del agua.  Sale de la mansio, sale del tiempo. Al poco se nota caminando por una oscuridad completa manteniendo en su mano la pequeña lámpara de aceite. El más oscuro universo. Ni principio ni final; tan solo un caminar incierto. Una ínfima luz y un desconocimiento completo. ¡Al fin he vuelto!
Vuelve a ser un abuelo con el cabello largo y revuelto. ¡Es usted muy rubio! Como los mozos de estos pueblos. Le había dicho la abuelita del pueblo. Se levanta de la mesa y se calza en pocos movimientos; se dirige a una ventana y asoma la cabeza mirando al cielo. Apenas se vislumbran las montañas y una mina cercana. La noche es serena y el viento está quieto. No hay niebla y se queda mirando las estrellas. Nota pasos cercanos y al mirar fijamente descubre al zorro compañero rebuscando en un prado cercano al edificio.
Algo llama la atención del raposo y le hace salir corriendo. ¿Son luciérnagas? Un gran grupo de lucecitas parecen venir del pinar cercano y se dirigen a la pradera que hay tras la Colegiata. Y comienzan a dar vueltas y vueltas en un desmañado remolino pero intenso. ¡Son extrañas esas luces! Brillan demasiado y las hay de diferentes colores. ¡Aquí pasa algo raro!
Como si hubieran escuchado sus pensamientos algunas luces dejan de rotar y hacia su ventana se dirigen veloces. Le entra el miedo, cierra la ventana deprisa y corriendo, pero tres de ellas se han colado en el edificio tan viejo.
Son tres luces rojas del tamaño de un céntimo y se mueven raudas de continuo. Siente una extraña prevención y alerta interior que le deja perplejo. Pero ellas se lanzan hacia él como si le atacasen y le hacen salir corriendo; se va al pequeño comedor y se mete debajo de la mesa pero las luces le siguen y lanzan contra su cuerpo. Siente los golpes e intenta alejarlas a manotazos pero no ceden; gateando termina en un rincón cubriéndose como puede. Es, es, es como si quisieran meterse dentro de su cuerpo. Es algo tremendo, le golpean en el pecho, en la espalda; una de ellas intenta meterse por su recto. Salta, brinca, le entra el miedo. Toma el zurrón e intenta usarlo como arma y sacudirlas con eso. Es inútil. Le están sacudiendo una buena paliza y se va al suelo cayendo de rodillas tapándose con el zurrón de cuero la cabeza y el cuello. Solo acierta a decir: ¡qué es esto, Dios Bendito! ¡Qué es esto! Rendido por completo se va al suelo. Oye al momento golpes en la puerta y a continuación ladridos; se levanta corriendo, pensando “hay alguien fuera, necesito su ayuda”, pero al abrir el portón se encuentra con un perro pequeño que se cuela dentro. Fuera no se ve un alma ni luz alguna y al mirar hacia la puerta de nuevo ve salir las tres luces como una exhalación y desaparecer sobre el tejado de la Colegiata. Entra y cierra la puerta. Escucha al perro rebullir en el comedor y al dar la luz le ve comiendo el mendrugo de pan que había en el suelo. Se acerca y nota que no le tiene miedo. Se agacha para acariciarle y descubre que es perra, de alguna raza pequeña y bastante mezclada; de los muchos chuchos que hay por los pueblos. ¡Caray con la perruca! Espantó los luceros. Nunca habrá habido león tan fiero. Tú sí que eres buen compañero para bajar el puerto y caminar hasta el Salvador. ¡Si quieres te llevo! El animal le mira un instante y menea el rabo en señal de asentimiento.
Se queda así de agotado el viejo peregrino, sentado en un rincón, sereno, acariciando al perro con una mano y apoyando contra su pecho una estampita de la Virgen de Celada que un jubilado le regaló al parar en La Robla. Ya estoy viejo. Es la ignorancia, lo que los hombres tenemos, y hay que esperar que la aurora brote de nuevo. Son solo sueños. Que suerte tengo.

Final del cuento Tres luciérnagas, dedicado al Camino de San Salvador.

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