miércoles, 2 de noviembre de 2011

7 para Peio; continuación.

     Siguen caminando los peregrinos una hora juntos y, de improviso un fuerte viento, caluroso, pegajoso, espectral, aparece por su costado y les impulsa a avanzar más deprisa. Ellos caminan sobrecogidos y silenciosos; Peio delante de Marcial,  al que sin querer va dejando atrás. La distancia entre ambos va siendo mayor con el paso de los minutos hasta que en una de las cuestas Marcial decide sentarse sobre una piedra y descargar sus hombros del peso de la mochila. Con la mirada ve desaparecer la silueta entrevelada por la niebla del peregrino vasco. ¡Adiós, chaval, no pares de caminar! Se dice a sí mismo. Es el gocho pequeño el que revuelca la pocilga y tú no sabes lo que estás haciendo.


              Carta de Marcial

     La mirada del rebeco alcanzó las albas oquedades del alma del cazador. A un par de metros, encogido y temblando de miedo, simplemente miraba la alta figura humana esperando la muerte segura.
     En las bien iluminadas salas del Hospital se hallaba el Hombre purgando sus males y refunfuñando cuando una monja enfermera de azules hábitos se le acerca y mira. Una gran herida hay en el pecho del Hombre que supura algo obscuro y maloliente.
                        ¿Acaso ahora vas a cambiar?
                        Siento grandes deseos de hacerlo. Pero no sé a qué atribuirlo.
                        Algo que tu ser ha visto y al fin comprendido.
                        Tal vez; esperaré los acontecimientos
                        ¿No vas a luchar e imponerte tal cual has hecho siempre?
                        Por esta vez no; me siento cansado
                        Bueno, pues sigue descansando y no te duermas.

          
Deja la escopeta el cazador apoyada en una roca y de su mochila saca una bolsa de frutos secos, toma un puñado y se lo ofrece al animalillo. Y el pequeño rebeco, sin apartar la mirada de su rostro, comienza a comer de su mano. Tras terminar el puñado y lamer su mano desvía la mirada y se va tranquilo y contento.
 Mira el cazador las altas torres calizas que le rodean y el amplio valle a sus pies, toma la escopeta y comienza a descender hacia los pueblos del fondo. Una decisión ha tomado en su corazón: se terminó su vida de cazador. Venderá las escopetas y todo lo relacionado con la caza; buscará otra manera de ser y de vivir.

 Observa el rebeco la pieza cobrada; miran los valles y peñas el final de la batalla, se inflan las nubes y relumbran los haces solares. El Hombre, el gran cazador, el mejor que jamás vieron los tiempos, ya no matará más, (su diversión, su egoísmo) y se irá para siempre. Ríen los ríos, se alegran las flores, y saltan regocijándose las liebres en sus madrigueras. Sale de las urces el jabalí y saltando a una gran charca comienza a rebozarse feliz como jamás se vio.

                        ¿Qué haces ahora ahí sentado?
                        Observo al viejo dragón celeste, sus alas desplegadas, su aliento inmenso; destruyendo mundos, renovando lo viejo.
                        ¿Ya te vas?
                        Esperaré un poco; por si surge algo nuevo.
                        Estás enfermo; espera a sanar.
                        Eso quisiera. Pero tengo unas ganas inmensas de irme.


          Camina el peregrino, el cuerpo encogido por el peso de la mochila, con pasos renqueantes y abatida actitud. Va mirando las flores sin querer ver otra cosa; escuchado sus pasos sin querer oír nada ni nadie, sintiendo su dolor sin querer percibir algo ajeno.
Simplemente camina y mira, anda y todo sigue su curso. Adiós, Marcial.



    Está sentado Peio a la vista del río Sil, a lo lejos el gran torreón de San Juan sobre Portomarín. Ha caminado durante horas en la espesa niebla, desorientado, casi a oscuras, e intuye el final de su etapa. Dos peregrinos llegan al rato charlando en inglés; ya ha coincidido muchas veces con ellos y les hace ademán de saludo. Ella es noruega y él alemán. Paran un rato a su lado y comienzan a charlar.
                        ¿Qué haces ahí parado en medio de la Autopista de la Eternidad? Pareces Corcaron esperando que aparezca un tigre dientes de sable.
                        O que los Señores de la Instrumentalidad le envíen una gata protectora.
                        Disculpar, no sé de qué va vuestra discusión. Simplemente estaba recordando un suceso especial de mi vida
                        ¿De qué se trata? Si se puede saber.
                        Había subido una montaña que era para mí el culmen de toda mi vida como escalador, y, al descender, me encontré con un grupo de japoneses que se cachondeaban de todo lo que había logrado y del esfuerzo realizado. Como si todo hubiese sido un estúpido sueño. Lo que tanto me enorgullecía para ellos era simple turismo y distracción. ¡Tú crees que has llegado bien alto! Eso no es nada. Me decían. Era buena gente y lo decían con buena intención pero ni entonces ni ahora he logrado comprender su sentido. Sería un enigma zen y sigo dándole vueltas al tema años después. Un poco como me está pasando ahora; tanto esforzarme, tanto pensar todo el año en venir a hacer el Camino y no encuentro más que turistas por todas partes que están de fiestorra continua. Para alguien interesante que me encuentro la he pifiado a los 10 minutos.


          
           Dos tórtolas blancas pasan en vuelo rasante ante sus ojos y docenas de pajaritos verdes vienen tras ellas y se dirigen al pantano ante sus pies. Un milano vuela alto buscando qué comer y dos peregrinos acogen bajo su alma al que no tiene dónde refugiarse.

                        ¡Quédate con nosotros, vasco, que no te encuentras bien!
                        Haz caso a Laiba que en ese estado no puedes quedarte solo. ¿Cuánto hace que no comes algo?
                        Es verdad; me he quedado sin fuerzas a la vista del pueblo. ¡Me comería un salmón enorme directamente traído de tus fiordos noruegos! Si pudiera pagarlo.
                        No importa; llegamos hasta el primer albergue que encontremos y te comes un par de truchas de río. ¿Qué te ocurre? ¿Tú que eres tan experto en el Camino y no paras de dar consejos?
                        Perdí la Luna que buscaba y mi luz no alumbra para verme los pies.
                        ¿Dónde llevas esa luz?
                        En la mochila; una pequeña linterna.
                        ¿Qué es lo que sientes, interiormente?
                        Una estrella se fue. Busqué su luz durante milenios; caminé sobre abismos inmensos, comí los rastrojos del camino, oré a todos los dioses concebidos, y cuando al fin la encontré me rechazó hasta el fin de los tiempos.
                        Aunque voy en la mejor de las compañías femeninas que me puedo imaginar, ¡y no veas cómo es! quizás en algo te pueda ayudar. Las búsquedas son el juego más bonito e interesante que se ha podido inventar. Cuando era niño nos llevaban de excursión al monte o a la montaña y nos decían que habían escondido un tesoro. Nos daban unas pistas  y lo teníamos que encontrar. Bajo un árbol, entre arbustos, en un pueblo, a la orilla del río, en cualquier rincón estaba guardado lo que tanto ansiábamos. Pero casi nunca lo encontrábamos. El problema era el mapa, el plano que nos daban; algo que no sabíamos interpretar.  El tuyo no está bien o has buscado en la dirección equivocada durante años. Al encontrar el tesoro prometido no has sabido qué hacer ni cómo corresponder. Y sientes que lo has perdido.
                        ¿Qué es eso del mapa y la orientación? Desde niño soy montañero y no me pierdo ni en Nepal.
                        ¿Con qué te orientas interiormente? ¿Tienes un GPS  incorporado o algo así?
                        Si tengo sed soy capaz de encontrar una fuente en los montes más recónditos o en las estepas más inabarcables. Me pierdo y me vuelvo a encontrar. Tengo sed y encuentro de beber, tengo hambre y encuentro algo que comer. No sé qué me ocurre ahora.
                        Pues que tienes que encontrar algo de todo eso que dices para alguien aparte de ti. Una mujer. Encuentras la que buscabas y tu castillo de naipes se desmorona. En cuanto has tenido que pensar, ser, vivir, existir, para alguien más que tú mismo, unos minutos, te has venido abajo. Es lo que os pasa a la mayoría de los hombres. Te lo dice una mujer.
                        No seas tan dura, Laiba. Su problema ha sido de orientación no de intención.
                        No entiendo qué es lo que me dices.
                        Ni tampoco yo.
                        Recuerdo, hace años, que por las noches me despertaba mi reloj despertador. Cada noche, durante semanas, me despertaba a la misma hora. Sonaba y yo miraba, marcaba las 3:16. Así durante noches y noches. Así que me puse a investigar. ¿Qué era el tiempo y si existía realmente, aparte los muchos relojes que compramos? ¿Qué era el espacio y si sabíamos situarnos en cada momento correctamente'? ¿Y qué es lo que nos guía por este camino que llamamos vida?
                        ¿Qué es lo que encontraste, alemán misterioso?
                        Los mapas de la Edad Media y cómo estaban orientados.
                        ¿Qué quieres decir con eso? Estamos en el siglo XXI.
                        Tras muchos esfuerzos y desdichas volvemos al mismo lugar y la misma situación en que nos encontrábamos. En la Edad Media apenas había mapas y los pocos que se hacían estaban situados de manera que a nosotros nos resulta extraña. Dibujaban el este, el Oriente, Jerusalem, Babilonia, Asia, a la izquierda; y el sur enfrente, como si miraran a África, los musulmanes; el otro, era su otro yo, con quien se enfrentaban, para los europeos de entonces; y con eso se terminaba su mundo. El norte, las tierras gélidas a su espalda, y el Finisterre, a la derecha.
                        Bueno, no tenían buenos mapas y sistemas de orientación. ¿Qué quieres decir con eso?
                        Que tú estás perdido, interiormente, pero perdido. Da igual que veas el pueblo delante de ti; no sabes a dónde vas. ¿O no es verdad, Laiba? Se le nota a kilómetros.
                        No ve las señales. Por el Camino veíamos cada poco una flor de plástico y casi parecía real; nos confundía. Tú has ido viendo cosas en el Camino y en la vida que has pasado por reales y ahora te encuentras totalmente confundido y viviendo una irrealidad.
                        ¿Una irrealidad sentir tanta maldad? Me ha dejado tumbado y casi sin poder respirar. No sé de dónde me ha venido pero me ha sacudido. Me fui poniendo rojo y debí llegar al blanco nuclear.
                        Se pasará. Son tus recuerdos. Hace siglos decían que había horas de oro, donde disfrutabas de ti mismo y de lo mejor del mundo, horas de plata, donde había que trabajar y ganarse el pan y el destino, y también horas de plomo, donde había que sufrir todo lo malo de nuestra existencia terrenal. Nunca se entendió bien esa idea y se desechó por extraña. Quizás ahora estés en tu hora plomiza; acepta nuestra ayuda y continúa caminando.
                        No puedo; es que ni veo por donde piso.
                        Mira vasco, una cosa te voy a contar y conmigo vendrás a caminar. Iba, hace dos días caminando y recordando las cosas de mi tierra noruega, la nieve, el viento gélido que congela las entrañas, caminando por inmensas llanuras heladas, huyendo del frío y las alimañas, la aurora boreal iluminando nuestros sueños de niñas, pidiendo un poco de calor interior para huir de la muerte, y, al llegar a Samos, en vez de ir directa a un albergue, (no sé por qué, lo habría leído en una guía) subí hasta una pequeña capilla con un gran árbol en la puerta. Es muy poquita cosa, apenas cuatro paredes, pero, en el fondo de la capilla había una escultura extraña: Un hombre barbudo, sentado; su mano izquierda sujetaba un bastón, y en la derecha una extraña flor. Dejé mochila y bastones en el suelo y me puse de rodillas mirando la pequeña escultura, pensando ¿qué eres tú? Un millón de flores de lis saltaron a mi mente, y un intenso pinchazo sentí en mi pie derecho. Volví a preguntar: ¿qué eres tú? Recibí la respuesta viéndome a mí misma, en mi pequeña barca, allí en mi fiordo, en Noruega, navegando al albur de las olas que me llevaban hacia el Maelstrom, y una voz interior me decía: ¡Deja la espada y el batallar, y ponte a remar! Y la tormenta se comenzaba a disipar. Mis miedos y violencias se esfumaron en segundos y ya no paro de charlar y reírme.
                        No estoy para flores ni pesadillas, pero gracias.
                        Escúchame entonces a mí que en muchas cosas estamos de acuerdo. A ver si entiendes a este alemán. La vida llevada a cabo como si fueras un ave rapaz, monstruo exterminador, alien predador que no deja nada tras de sí. La vida como ignorancia supina, sin ver, ni oír, ni decir, lo que todos sabemos o como medio de conocernos a nosotros mismos, y compartir todo lo que somos y tenemos. Que no es poco. Es ese enfoque lo que nos lleva a la perdición.
Seguir como predadores del mundo que nos acoge y de nuestros semejantes o como seres que se ayudan diariamente y se empujan hasta ser mucho mejores de lo que pudieron soñar antes de nacer.  Ese es el dilema personal.  Somos como chispas divinas a este mundo regaladas haciendo de este planeta un vergel o un erial. Nosotros elegimos: egoísmo e ignorancia, maldad, crueldad, guerras, destrucción con armas de todo tipo, o hacer de este mundo un pequeño paraíso en un rincón perdido del cosmos. A tiempo estamos y la elección es clara. Pero, por favor, por amor de Dios, no hagamos líneas en el suelo, no nos separemos y enfrentemos, no hagamos más exclusiones, no más gente a los fuegos del infierno ajeno. El que quiera seguir un Camino que lo haga a sabiendas, sea el suyo personal por su propio y ambicioso Crecimiento de lo que sea que seamos y siempre ignoramos; y el que quiera compartir de lo suyo, tenga lo que tenga, venga de donde venga y sea como sea, pero que tampoco excluya de manera alguna a quien es su prójimo.
El universo es muy grande y hay más que un rincón holgado para todos, sea cual sea su ruta y decisión propia. Tome cada uno su macuto y su cayado: el que quiera conocerse a sí mismo y al Dios verdadero, que no está tan oculto, haga su trazado, dar de comer al hambriento, acoger al peregrino... Si todos lo sabemos. El que quiera conocer las estrellas, poseer sus infinitas riquezas y misterios, el que quiera intentar llegar hasta donde pueda alcanzar con Su Impulso en ser personal y único que lo haga y nos cuente en hermosos relatos sus descubrimientos. Dios da para todos. Parecemos bobos y yo también estoy por desistir de mi empeño de seguiros la corriente. Seamos lo que somos y ya sabemos;  parte de algo que va infinitamente más allá de lo que alcanzamos, vivimos, soñamos. Y siempre ignoraremos. Y que nunca hagamos desgraciado a nuestro prójimo, vecino, hermano, por acción o por omisión. Que todos somos falibles y fallamos. Si estás de acuerdo con lo que digo ven y camina con nosotros.
                        No os enfadéis conmigo; estoy bastante de acuerdo con lo que decís pero será mejor que me quede un buen rato mirando el paisaje ahora que se levantan las nubes y se ve el río. Ya nos veremos en el albergue y tomaremos algunos vinos juntos. No estoy muy filosófico que digamos en este momento.
                        Vale, pero no hagas locuras; estás a media hora del albergue. Aprovecha para hacer limpieza mental de cuantas cosas te incomodan. Y después ponte a andar.
                        Bueno, descansaré y haré un poco de meditación. Agur.
 Esta es la continuación del cuento 7 para Peio, que estoy escribiendo. Un día de estos pondré el final. Espero que os guste.

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