domingo, 20 de noviembre de 2011

7 para Peio. Final del cuento.

Queda el peregrino solo y recostado contra una gran piedra, al borde del camino; los ojos cerrados, adormilado, al fin dormido. Como sumergido en la más intensa negrura se siente y se le ocurre sacar su pequeña linterna del bolsillo y enfocarla a su propio ser: el rostro que aparece le hace despertar dando un gran bote poniéndose en pie. Asombrado, asustado, sin saber dónde se encuentra ni en qué estado, girando como un bailarín, ve como hasta él llegan en segundos tres peregrinos. Vienen alegres y contentos y, al reconocerle, le saludan.
                        ¿Qué te ocurre Peio? ¿Te ha picado una avispa?
                        No, no ha sido eso; pero si no os importa, Nicasia y compañía, os acompañaré hasta el pueblo. No me quedaría aquí por nada del mundo.
                        Acompáñanos y así me ayudarás a terciar en la disputa que estos dos se traen desde hace horas. ¡Qué digo parece que llevasen siglos discutiendo sobre ello!
                        ¿Y de qué va el tema si se puede saber?
                        Las ciudades, estados, las construcciones que realizamos; el mundo en que vivimos y el que soñamos. La manera de ser, el comportamiento, se aprende de niño.  Lo que nos queda impreso de crío es muy difícil más tarde cambiarlo. Por inercia. Esta civilización que tanto criticamos, ¿qué está creando? No hay más que pasear por calles y sitios concurridos. Es nuestra manera de pensar, nuestras creencias y miedos, lo que nos lleva al comportamiento diario. Tan solo creando nuevos pueblos y ciudades, basados en nuevas ideas y distintos paradigmas, se podría evitar el desastre al que estamos abocados. Haciendo tabla rasa de todo lo que tenemos.
                        ¿Quién se iría a vivir a una ciudad tal y como la planteas? Tiene que haber un fuerte componente de tradición, de historia. Eso sería un lugar totalmente despersonalizado, sin alma; y así serían sus habitantes. Tú piensas en una ciudad flotando alrededor de Júpiter no en este mundo.
                        Un lugar sin guerras ni conflictos raciales o religiosos donde ver las estrellas y a nosotros mismos. Simón eres muy cabezota, ¿para qué nos sirve tanta tradición? Si todo es recordar guerras propias y afrentas del pueblo vecino.
                        Esteve, tú piensas según sople el viento; y eso que tienes buenos fundamentos.
                        Y tú eres más raro que ver un rayo verde a la salida del sol. ¿Si supieras en cuántas ciudades he estado en los cinco continentes? Este modelo es insoportable. En cuanto comience a escasear el petróleo todo esto se vendrá abajo.
                        Pues volveremos a vivir como hacían nuestros abuelos; solo que con muchos más medios científicos y tecnológicos. Vidas sencillas y pensamientos nobles. Un retorno a la naturaleza sin tanta explotación. ¿Dónde hay lugar para la sabiduría y la fantasía en tu ciudad ideal?
                        ¿Cuántos conoces tú que volverían al pueblo a cuidar vacas y plantar patatas si esto se derrumba? Ni obligados. Las ciudades agrupan millones de almas y se volverán ingobernables tal y como están construidas. A los primeros síntomas de crisis ya saltan unas tensiones y se reproduce una violencia tremenda. No lees los periódicos.
                        Porque hemos perdido las más sencillas nociones de moralidad y civismo; se derrumban las religiones que es lo que nos amalgama y el descrédito de cualquier idea o persona es lo que impera. Debemos conservar lo seguro; lo que siempre funcionó. Lo que alcanzaron nuestros antepasados antes de lanzarnos a aventuras como pavos sin cabeza.
                        Perdonar que os corte; soy mujer y algo tengo que decir. Estoy con Esteve en que las ciudades actuales, con esas inmensas barriadas, las ciudades dormitorio, las conurbaciones, son un espanto. Y, si me lo permitís, os contaré una pequeña experiencia que me ocurrió en una ciudad que prefiero no recordar. Estaba en el primer curso de universidad y busqué alojamiento en un gran bloque de apartamentos, con muchos vecinos y todo eso.  Pero lejano de Oxford, que era donde estudiaba. Según iba pasando el curso cada poco iban sucediendo cosas más y más alarmantes; alguna de ellas tan desagradable que me dan escalofríos solo recordarla. Una noche debí tener sueños muy agitados y desperté viendo como una especie de forma luminosa, muy blanca, desaparecía por la ventana. Yo apenas podía levantarme de la cama, agotada y sudorosa; como si hubiera estado peleando o corriendo o algo así.  Pocos días después abandoné ese edificio y me fui a un college cercano a donde recibía las clases y allí continué durante todos los años de universidad, rodeada de compañeros y profesores en un ambiente fenomenal. Si puedo evitarlo no volveré a vivir en una barriada y ciudad similares. Y si se termina el petróleo iremos en bicicleta.
                        Bueno, ya estamos llegando al puente sobre el río Sil. Y por terciar también en la disputa os diré que, yo que vivo en un pueblecito vasco, cerca del mar, creo que no son los edificios, es la gente. Como somos, pensamos, y actuamos. Lo nuevo y lo viejo conviven en nuestro interior. Yo también recuerdo una tarde muy rara y agitada como la que nos has contado. Había salido temprano a subir una montaña cercana y una vez en casa, como estaba cansado, me eché en la cama a dormir la siesta, al poco me siento intentando escapar de todo y de todos cuantos conocía, pero una extraña red me lo impedía. No obstante alguna manera de evadirme encontraba y me alejaba del pueblo y de cuanto conocía; me llamaban de todo y no sé cuántas cosas me hacían con tal de que volviera con ellos. Terco como soy continuaba caminando hacia la puesta de sol cargando un saco a mis espaldas. Un perro venía por detrás y me mordía en la pantorrilla; no obstante continuaba mi caminar cojeante hasta un extraño río de aguas plateadas y ante él me paraba y miraba. Al poco despertaba en la cama debido a un fuerte calambre ¡en la misma pierna donde vi que me mordían! Supongo que fue un sueño en que reflejaba mi rechazo a la vida que llevaba y poco tiempo después comencé mi primer Camino de Santiago. Ya llevo varios años haciéndolo y me parece que poco ha cambiado. Siento como si el del sueño y yo somos el mismo y también todo lo contrario y no me entiendo ni yo. ¡Bueno, ahora hay que subir unas bonitas escaleras para entrar en el pueblo! Si queréis os hago una foto. ¡Bien venidos a Portomarín!


      Suben los cuatro peregrinos por las calles de la villa haciendo bastante ruido con sus bastones al marchar. De un bar sale una hermosa música y Peio para a escuchar: ¡Es el aria Pobre payaso! Inconfundible Pavarotti. Queda a la puerta unos segundos parado y, de repente, alguien requiere su ayuda. Son dos abueletes que caminan a duras penas. ¿Nos podría ayudar a llegar a casa pelegrín? Sí, cómo no. Es aquí cerca; mi marido no anda bien; ha perdido el sentido de la orientación. Estábamos en un bar y de repente no sabía si estaba en Barcelona, Madrid, o Valencia, no paraba de decir ¿dónde estoy? ¿Con quién hablo?; y al salir para venirnos a casa cayó en la calle como un sapo y entre cuatro lo tuvimos que levantar. Ya camina pero no se orienta. No se preocupe, señora, que yo estoy igual pero les puedo ayudar a llegar a casa. La abuela se hace de cruces una vez tras otra y le suelta: ¡Pero si os perdéis los jóvenes quien va a cuidar de los viejos! ¿No estarás tomando alguna cosa rara? No señora, no soy de esos. ¿Y por qué dices esas cosas siendo tan joven? No lo sé; hace un rato me sentía como una salamandra aplastada.  Pero ya me voy sintiendo mejor. Cuatro pasos más allá llegan al portal de su casa y se despiden afectuosamente. No se derrumbe el peregrino, le dice el abuelo al marchar, ¡Ya pasó el mes de Santiago y ahora viene lo mejor!
    Sigue Peio caminando hacia un albergue donde ya ha parado en otras ocasiones y al entrar por la puerta se encuentra al hospitalero sentado en una silla, la cabeza apoyada contra la pared, y dormido como un roque. Hace como que tose unas cuantas veces hasta lograr despertar al durmiente, y éste, sorprendido y mal humorado empieza a gritar: ¡qué pasa! ¡Qué quieres! ¡Quién eres tú!
                        Disculpe usted, tan solo soy un peregrino que busca refugio en su local. Si queda algún sitio libre, que ya veo que esto bulle de actividad.
                        Oye majete, yo me visto por los pies y camino con el pijo por delante, así que no te cachondees. Sitio hay, dame tu credencial y en esa caja pones esa cantidad indicada.
−Gracias por refugiarme; muy agradecido.
Se descalza y entra con la mochila al dormitorio, se sienta en una cama y comienza a deshacer la mochila. Se desnuda y toma la toalla para irse a duchar cuando advierte que en un rincón está sentada Nicasia, agazapada, la cabeza entre las manos, como llorando.
− ¿Te ocurre algo? ¿Te sientes mal? Le dice agachándose en cuclillas.
−No es nada; me vino un recuerdo hace un momento y he sentido una fuerte punzada en la cabeza.
− ¿En qué pensabas?
 – Recordé ahora mismo una escultura que vi en una especie de trance y dónde la tuve casi delante de las narices y no me di cuenta entonces.
− ¿Qué misteriosa escultura y dónde la viste?
– Santiago, vestido de rabino judío, acompañando a los demás apóstoles.
− ¿Dónde fue eso?
           − En la catedral de León; al ir a entrar en el museo. Es la portada norte. Y no me di cuenta. Íbamos charlando y no caí en la cuenta.
 – Bueno, y que más da. En la catedral de Compostela sí que verás esculturas.
 – Ya, pero ¿de qué Santiago? ¿De quién son los restos que se conservan? ¿Merece la pena este esfuerzo que me duele hasta el alma para ir en pos de un mito? No lo veo nada claro.
 – No importa el dolor si no el esfuerzo y los huesos serán de quien dicen que son. Ven, te dejaré mi linterna para que veas claramente.
− ¿Esa que agotó la batería?
– Es una broma; cuando me haya duchado te invito a comer en un sitio estupendo que conozco. Hoy ha sido un día que de tan oscuro he llegado a quedarme ciego; ha sido verte a ti e iluminarse el día.
− Será el blanco nuclear de esta camiseta que ya he lavado a mano vente veces.
– No, es el rostro precioso que aúna dolor en tus ojos llorosos y alegría en tu boca de cisne blanco.
 – Me entró un fortísimo dolor en un riñón al salir de la ducha y tuve que echarme en la cama a descansar. He estado dando vueltas por la cocina hasta que se me ha pasado. No sé a qué ha sido debido.
 – Seguramente porque te quedaste sola y pensando en tus cosas. Eso se cura con una cena en el mejor mesón de Portomarín cenando a la luz de unas velas.
 − ¿Un vasco haciéndome requerimientos amorosos?
– Eso mismo, pero vestido y no oliendo a oso.
− ¿Are you ready for love? Tengo que probar ese menú. Frótate bien y sal peinado.
–Frotaré y frotaré y el agua del pantano agotaré para estar guapo a tus ojos.
–El preocuparte por mi salud te hace bello a los ojos de Dios. No tardes.

 Este es final del cuento que titulé 7 para Peio. Uno más para el Camino de las luciérnagas. Confío que os guste. Cuando escriba otro ya lo pondré aquí.

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