jueves, 29 de marzo de 2012

El día que se calló la gente. Un cuento de luciérnagas.


  El día que se calló la gente
Después de casi quinientos kilómetros caminando sin tener ni una mísera ampolla y hoy no sé dónde habré pisado que me ha entrado una tendinitis que no puedo casi caminar. Tendré que parar en el primer sitio que encuentre abierto y parar un buen rato. Me parece que tendré que dejar la subida al Cebreiro para mañana.
Ya no puedo más. A cada paso que doy el dolor aumenta. A esta hora debe de haber algún albergue abierto; en el primero que encuentre paro y me quedo. Preguntaré en este bar a la entrada del pueblo y de paso descanso y me rehidrato un poco.
A la puerta de un albergue que está unos doscientos metros mas adelante se encuentran sentadas y esperando un par de peregrinas charlando en un inglés fluido y vertiginoso; intercalando palabras en español. No tienen prisa por entrar, apenas faltan unos minutos para que llegue la hora de la apertura, y ya han decidido que hoy no caminarán más.
−Gracias, Laiba, por quedarte conmigo; pero, de verdad que no hacía falta. Es que hoy no puedo más.
−Estás débil y haces etapas muy largas o extrañas. Apareces y desapareces continuamente. Estás agotada.
−Si descanso lo suficiente mañana os alcanzo sin problemas. No hace falta que te quedes aquí para acompañarme. Los albergues se llenan todos los días y seguro que aparecerá algún conocido. Deberías seguir con tus amigos.
−También es por mí misma. Necesito descanso. Llevo varias noches casi sin pegar ojo. Entre ronquidos y juerguistas, sueños y pesadillas, estoy rendida. Confío en que pueda dormir diez o doce horas. ¡Aquí hay una tranquilidad!

Se abre la puerta del albergue y aparece la figura del hospitalero; un hombre bajito a su lado y de complexión robusta, sonriente como un buda y de aspecto bonachón. Les invita a entrar por la estrecha puerta con un sencillo:
− ¡Pasar y presentaros! Descalzaros y dejar vuestras botas en este lugar y las mochilas en este otro. Sed bienvenidas. Cuando podías me mostráis la credencial.
En esos momentos llega un numeroso grupo de chicos y chicas de Corea del Sur que también quieren quedarse en el albergue. No paran de hablar en su lengua nativa y le enseñan, todos a la vez, una docena de credenciales.
− ¡No!, ¡no! Vosotros esperar fuera, a la sombra. Ya os llamaré yo para que vayáis entrando de dos en dos. ¿De acuerdo? De dos en dos. Esperar a la sombra. Descansar. Tomar un poco de agua fresca.
Y cierra la puerta dejando a los chicos fuera para atender a las dos peregrinas recién llegadas. Se sienta en su mesa y toma una credencial para tomarles nota.
−Disculpar pero no se puede andar con prisas. Malo para el Camino. ¿Así que te llamas Flora…?

Casi una hora después es nuestro cojito peregrino el que entra por la puerta y saluda con un sonoro ¡Condú delek!
¡Tashi delek! Le contesta el hospitalero.
− ¿Te queda un sitio libre?
−Uno solamente me queda. ¿Quieres quedarte con nosotros?
−No me queda mas remedio. Estoy que no camino. Me dijeron en el bar que das masajes. ¿Qué técnica usas?
−Si masaje necesitas algo se podrá hacer. Déjame tu credencial. ¿Eres budista?
−No; pero he viajado por Tíbet y la India. Sé algo del tema. Solo necesito descanso y tranquilidad. Una buena siesta y masaje profundo. Como no funcione tendré que volver a casa. No soporto estos pinchazos en el pie.
−Después de la ducha y la siesta bajas al río que está a la entrada del pueblo y metes los pies en el agua. Los dejas todo el tiempo que puedas y una hora antes de la cena te daré un masaje que mañana subirás al Cebreiro como un campeón.  Así que eres catalán, Esteve.
−Sí, de la mismísima Barcelona. ¿Y tú? ¿De dónde eres?
−De donde me indique el darma. Disculpa un momento; a ver si consigo que estos chavales dejen de dar gritos. Solo hablan coreano y no me hacen ni puñetero caso. Como no se calmen les pongo a todos de patitas en la calle.
−Tuc shi chee, hospitalero. Tengo una sensación de agobio tremenda. Cualquier ruido o voces me producen un efecto perverso.
−No te preocupes, Esteve; que enseguida pongo orden y estoy contigo.



Así comienza El día que se calló la gente; un nuevo cuento que estoy escribiendo para Camino de las luciérnagas. Disfrutar de su lectura.

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