sábado, 10 de marzo de 2012

Las dos orillas del río Iso. Un nuevo cuento de las luciérnagas

              Una soleada tarde de verano llegan dos cansadas peregrinas a un albergue de piedra que está al bajar una larga y empedrada cuesta apenas cruzar el río. Tiene varias estancias, una restaurada finca donde criarían vacas, hoy día refugio de lujo para los modernos senderistas que recorren la vieja senda de las estrellas. Les parece acogedor y barato: ¡un donativo! Y se quedan.
Tras presentarse e inscribirse colocan sus cosas en la litera que les han indicado y deciden irse al río para darse un chapuzón.
−Nicasia, yo no tengo bañador. ¿Cómo voy a ir al río contigo?
−Tú no traes de nada en esa pequeña mochila de diseño italiano. Con las bragas te vale, que estamos en el siglo XXI. ¿Quién te va a ver si nos ponemos entre los árboles?
−Bueno, iré contigo a condición de que me cuentes qué hiciste con el vasco ¿Peio? En Portomarín. Es que no apareciste en toda la noche.
−Una noche de amor
− ¿De amor, amor?
−Sí, o de algo parecido. Porque pasé toda la noche en el centro de salud entre fuertes dolores de vientre, y solo estaba él para acompañarme. Me había invitado a cenar y apenas sentarnos a la mesa creí que tenía un ataque de apendicitis. Anda, déjalo, prefiero no recordarlo.

Poco tiempo mas tarde chapotea Nicasia por el centro del río mientras Nastia la observa desde la orilla sentada en la hierba sobre una toalla, a la sombra, y cubriéndose el pecho con una fina camiseta blanca, imitación china de una afamada marca.
−Nica, guapa ¿no te cansas de nadar? El agua está más que fresquita.
−No, ¡qué va a estar fría! Date un buen chapuzón y nada conmigo.
−No tengo bañador
−Pero que tonta ¡si no hay nadie! Tírate al agua y nada
−Me parece andas tú muy caliente. ¿Seguro que no hay nada con el vasco?
−Nada. Deja de mirar los peces y báñate.
− ¡Que no! Que estoy muy bien aquí. Prefiero permanecer a la sombra.
−Bueno, pues mira; me voy a sentar en la otra orilla y si quieres hablar conmigo tendrás que dar voces.
− ¡Pero si yo solo quiero que hablemos de amor!
−Pues ven a este lado del río y te contaré mis romances
−Prefiero quedarme mirando los peces y tú procura estar atenta que me parece que tienes compañía.

Cuando Nicasia está por desprenderse de la parte superior del bikini y tumbarse en la hierba para tomar el sol ve llegar por la pradera hasta su lado a un frailecillo diminuto, cojeando, ayudándose de un junco para caminar. Al llegar a su altura se detiene y se le queda mirando.
− ¿Disfruta el hermanito con el paisaje?
−Gracias a Dios, disfruto para siempre del amor superior. Tan solo he venido para darte un aviso.
− ¿Es de ese amor, tan profundo que siente, que ni me mira las tetas?
−De ese amor viene y de los pájaros que te rodean
− ¡Será un amor alado, entonces, como Cupido!
−Esos amorcitos están en los cuadros y obras de arte que tú has estudiado. Eso es lo como lo que sienten los peces y los pájaros, las vacas y los humanos. Es el que te ciega y que no veas lo que tienes delante.
− ¿No veo el río y los peces? ¿A qué te refieres?
−También había ríos en los tiempos de Noé y aquella generación miraba lo que miras tú y se guiaban por lo mismo, buen comer y mejor holgar. Después comenzó a diluviar.
− ¿Acaso va a pasar ahora algo así?
−Procura estar atenta a las aves y a lo que te puedan decir.
−Nadie entiende el lenguaje de los pájaros.
−Pues aprende a escuchar. Adiós y buen Camino. Cuídate.

Escucha entonces Nicasia un chapoteo en la orilla cercana y al mirar al río ve salir de él a Nastia que ha cruzado con la camiseta puesta y la blanca toalla en una mano.

− ¿Pero tú que haces? ¿No querías nadar y cruzas el río con todo? Te has puesto buena. Empapada.
−Pero, ¿qué ocurre aquí?
−Pues nada; me estaba contando este frailecito cosas de pájaros y… ¿dónde está?
−Es verdad; ha desaparecido. Le vi charlando contigo hace un momento y ya  no está. Habrá salido corriendo hacia el puente para cruzar al albergue. Seguramente le veremos mas tarde, cenando. ¿Qué es eso de los pájaros?
−Me hablaba del amor. Que no somos, en ese aspecto, mejores que los gorriones o las vacas que están ahí cerca pastando.
−Pues qué gracioso. ¿Qué sabrá él si estará todo el día metido en un convento?
−No sé; pero me ha quitado las ganas de tumbarme y tomar el sol a mis anchas. Me voy al albergue, ¿vienes?
− ¡Ahora que he cruzado el río y estoy empapada! Y me presento a un concurso de camisetas mojadas. Me quedo aquí, escondida entre los arbustos hasta secarme. Después cruzaré por el puente que aún queda mucho tiempo hasta la hora de la cena.
−Bueno; tú sabrás. Nos vemos cenando.

Y se tira al río como una experta nadadora y se aleja dando fuertes brazadas dejando a Nastia desnudándose y tumbándose en un rincón escondido de la vista de la otra orilla del río


Este es el comienzo de un nuevo cuento que he escrito para Camino de las luciérnagas. Espero que os guste tanto como los anteriores.

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