viernes, 13 de julio de 2012

Boci, héroe voltaico. Un cuento fantástico.

En un grupo de facebook de antiguos alumnos de la universidad laboral de Tarragona un compañero nos propuso escribir algún relato donde contar alguno de nuestros recuerdos de nuestro paso por aquel centro de estudios técnicos y universitarios.
Siguiendo en mi línea de cuentos fantásticos escribí de un tirón este corto relato que comparto también con vosotros.
Espero que al menos os divierta su lectura.


            Boci, héroe voltaico.


Aquella noche de domingo, eran casi las dos de la mañana, solo quedaban en el cuarto de lectura del colegio Jaime Balmes tres intrépidos estudiantes repasando una y otra vez fórmulas eléctricas y esquemas de motores y transformadores. Al día siguiente tenían examen de prácticas. Eran Dimi, el Robert, y Boci, nuestro campeón.
Tumbados en los amplios butacones ya entrecerraban los ojos y dejaban caer al suelo los cuadernos de apuntes y las hojas de prácticas.
−Bueno, Dimi, ¿nos vamos a la cama? Yo ya no soy capaz de mirar una fórmula más y si tengo que hacer otra gráfica me va a dar el telele.
− ¡Pero si te has pasado la tarde escuchando discos de Serrat y Janis Joplin! ¿Qué has estudiado? ¿Tienes ya todas las prácticas para mañana?
−Tiene razón Robert, ya no nos entra más. Y fue tuya la idea de bajar a este cuarto para estudiar
− ¿Y ha sido mala? El único sitio donde nos iban a dejar en paz era éste. Al lado del cuarto del educador.
−Bueno, vale. Pero yo subo a la habitación que necesito dormir algo
−Pues venga, campeón; nos vamos todos a dormir.

Subieron medio dormidos las escaleras del colegio hasta la segunda planta y medio amodorrados se desvistieron; alumbrados a penas por un sencillo flexo. Cuando alguno ya estaba cogiendo la horizontal saltó como un puma el Boci, como impulsado por un resorte oculto, avisando sottovoce a sus compañeros: ¡alguien sube por las escaleras! En apenas instantes ya estaban Dimi y Boci llenando de agua dos grandes bolsas de plástico (de las compras del Carrefour) y salían sigilosos al descansillo de las escaleras. El Robert les  guardaba las espaldas oculto tras la esquina empuñando en sus manos un extintor. Es que hay gente sin sentido del humor.
Callados como cazadores expertos y ocultos atisbaban el recibidor del colegio. Robert, desde la retaguardia, les susurró:
− ¡Qué! ¿Viene alguno?
−Calla, que se siente subir alguien por las escaleras.
− ¿Pero quién?
Dimi, que a cazar perdices no había quien le superara en su pueblo y en cien kilómetros a la redonda levantó un poco la cabeza con la bolsa de agua ya preparada para ser lanzada; el Boci lo mismo.
De repente se irguieron y quedaron como estupefactos. Sin moverse.
− ¿Pero que pasa? ¿Quién es? ¿El rector?
Al ver que ni respondían Robert también se irguió y asomó la cabeza por la esquina. Una aparición espectral le dejó congelado en instantes. Era una muchacha rubia, esbelta, bellísima. Su traje era blanco y luminoso. En sus manos portaba un hermoso buqué de novia y en su noble cabeza resplandecía una preciosa corona de flores.
Los tres quedaron paralizados viéndola subir las escaleras, pasando por delante de ellos y dirigirse al tercer piso. No hubo una palabra, una mirada, un suspiro que se escapara, hasta que la muchacha desapareció de su vista. Como despertando de un sueño se vieron los tres reunirse en un abrazo y decirse al unísono: ¿pero qué es esto? ¿Qué es esto?
Superada la impresión decidieron volver a su habitación. Robert, inquieto, todavía reunió valor para subir al tercer piso y mirar por los pasillos y habitaciones. Una por una.
Al volver a su guarida los compañeros, ya acostados, le reprocharon su curiosidad. ¡Tú crees en fantasmas! ¡Siempre leyendo novelas de ciencia ficción! ¡Que estamos muy cansados! ¡A que no encontraste nada! ¡Pero no sabes que el tercer piso esta vacío!
− ¡Vale, vale! Yo seré el de los libros de fantasía pero juraría que he visto algo que no consigo explicarme. Bueno, a ver si podemos dormir.


Algo puede que durmiesen aquella noche pero apenas abrieron las puertas del comedor a primera hora de la mañana ya estaban los tres dirigiéndose a toda prisa a coger una bandeja y sentarse a desayunar.
Apenas abrió las puertas de los talleres el celador se lanzaron los tres al laboratorio de motores discutiendo qué putada iban a preparar. ¡Qué mejor día que el del examen de prácticas!
Dimi y el Robert se lanzaron hacia el gran motor Westinghouse cavilando tropelías mientras el Boci se dirigía a la jaula de contactores de alta tensión y cuando ya cerraba el interruptor general le pareció oír una voz que le gritaba: ¡Boci! ¡No! ¡Por Dios no…!
Fue inútil. Cerró el contacto.
Instantes después aquello era un pandemónium. La pesadilla eléctrica se abatía sobre ellos. El laboratorio se había convertido en una tremenda jaula de Faraday y de todos los motores y transformadores surgían tremendas lenguas eléctricas  que lo sacudían todo. La tensión fue alcanzando su grado superior y las máquinas absorbían más y más corriente lanzando prodigiosos rayos por todas partes y saliendo por las ventanas. Aquello no había quien lo parara. El Dimi gritaba y gritaba como enloquecido y Robert solo era capaz de decir ¡Boci! ¡Boci! ¡Corta! ¡Corta tensión!
Pero aquello no se paraba. Una tremenda reacción en cadena salió de la Laboral hacia el polígono industrial adyacente, de aquí  todas las redes de Cataluña, y siguió extendiéndose por el todo el país y hacia Europa. En minutos, el ejército, la OTAN, la NASA, todo el orbe occidental  se enfrentaba a una situación de alerta máxima y absoluta prioridad.
Los alumnos corrían de un lado para otro o asomando a las ventanas gritaban: ¿qué pasa? ¿Qué pasa? ¡La tercera guerra mundial!
Un profesor de máquinas eléctricas bajó corriendo del comedor de profes, donde se encontraba desayunando, y al salir a la explanada se encontró con otros dos compañeros que subían las escaleras.
− ¿Qué pasa? ¿Sabéis algo?
−Al llegar con el coche el guarda de la puerta nos ha dicho que salen rayos de los talleres y que parece que vamos a salir todos volando.
Y a la carrera se dirigieron hacia allí.
Cuando se encontraban a unos vente metros vieron que los chispazos desaparecían y apretaron el paso. Al entrar en el gran edificio se dirigieron directamente a la zona de motores eléctricos. La escena era dantesca. Había quemaduras eléctricas por todas partes y de todos los tamaños. En el suelo, tirado y con los brazos en cruz el Dimi deliraba y al intentar levantarle sacudía manotazos gritando: ¡dejarme, dejarme, estoy hablando con Tesla de tú a tú! Robert estaba arrodillado a los pies del gran motor asíncrono con todo el rotor a la vista. En sus manos sostenía una guirnalda de flores y dándose de cabezazos contra el devanado repetía: ¡la vi! ¡Dios mío, yo la vi! Una y otra vez.
Dejaron a los dos estudiantes por imposible hasta que llegaron los guardas de la Laboral y se dirigieron presurosos hacia la jaula de contactores generales de talleres y al acercarse les pareció oír una vocecilla. Apretaron el paso y al llegar se encontraron a un alumno pegado al contactor general; ya por fin abierto. Negro como el azabache, abrasadas las ropas, los cordones de las zapatillas de deporte aún ardían, y se le sentía decir, como en un susurro, algo así como: ¡Dimi! ¡Dimi! ¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! Lo que vimos anoche: ¡era la electricidad! ¡La electricidad, Dimi, la electricidad!


Adenda.
Sobrevivieron, sobrevivieron a esta aventura, ¡qué digo que si sobrevivieron! Quince días mas tarde ya estaban de visita estudiantil a una central nuclear recién inaugurada y entonces al Robert se le ocurrió explorar un poco. Pero bueno, eso es otra aventura y lo dejamos para otra ocasión.

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