viernes, 20 de julio de 2012

Corre, Flora, corre. Cuento completo.

El primer cuento que escribí para el Camino de las luciérnagas fue precisamente éste, Corre, Flora, corre.
Intentaba comunicar a mi novia las sensaciones y recuerdos que me habían quedado de sucesivos recorridos por el Camino de Santiago, y como hablando no debo de ser muy bueno, decidí escribir un cuento. Y tuve éxito, le gustó a ella y a mucha más gente.
Así que seguí escribiendo cuentos para las luciérnagas, para su conciencia interior. De hecho aún estoy escribiendo el cuento final, y que por falta de tiempo y capacidad no pudo ir en la edición impresa. Confío haberlo terminado antes de las navidades.
Pero ahora, disfrutar de este relato alado y las peripecias de sus personajes.
Feliz fin de semana.

            Corre, Flora, corre.



      Las flores que recoge por las cuestas del sendero colocando va en su sombrero en forma de tallos entrelazados y pétalos engarzados cuya fragancia alfombra el empedrado camino que tantos miles de bienaventurados recorrieron antes que ella.
     Es una vieja senda encharcada entre altas sebes encajonada por árboles y prados; manzanos rebosantes de frutos acaramelados. ¡Y ella tiene sed! ¡Tanta sed! que estaría dispuesta a robarlos. Con su bordón intenta hacer caer alguno; pero están muy altos. No alcanza; sigue andando y, en el suelo, junto a un canalillo alcanza a ver algunas manzanas caídas, las toma con cuidado y las lava; aparta lo más podrido con los dedos y come agradeciendo al cielo un sabor tan exquisito.
      El calor. Calor húmedo y espeso, tan lejano y tan distinto al de días atrás ¿o fueron siglos? Atravesando Castilla; cuando encontró ese tipo tan raro que ahora va un par de cientos de metros delante de ella. Caminando.
     Las tierras blancas; los trigales dorados; y un sol tremendo recorriendo el cielo más claro que jamás había contemplado. Hija de la gran ciudad. Las grandes avenidas llenas de gente y autos. Los enormes edificios acristalados. Los símbolos del que fue el mayor de los imperios. Sus monumentos. La plaza del almirante.
      La tierra blanca; el polvo blanco; las casas viejas; la miseria y el abandono. Castilla derrotada.
      Al entrar en un pueblo encuentra una bonita iglesia en lo alto, y en las escaleras, sentado, un hombre con un sombrero de fieltro, barbas ya entrecanas, camiseta raída, pantalones cortados a navaja por encima de las rodillas y un zurrón de piel curtida al hombro por equipaje que parece aguardarla. Unos pies delgados y largos ennegrecidos por el sol y el camino casi se confunden con unas sandalias de piel hechas a mano. Seguramente por él mismo.


    ¡Qué bien hueles!, peregrina. Le dice al pasar mirándola de soslayo.
    Será porque no me lavo. Y se le escapa una carcajada. Los dos últimos albergues por los que he pasado estaban completos y el agua helada. Con este calor y el viento puedo coger un resfriado. La temperatura baja 15 o 20 grados en cuestión de pocas horas; ¡vaya verano español!
    Debiste quedarte en Frómista. Los albergues de Carrión ya estarán completos a esta hora; se hará pronto de noche y no podrás seguir caminando. Va a hacer frío esta noche; bastante frío en campo abierto.
    ¿Y tú? ¿por qué andas solo? ¿qué haces ahí sentado?
    Soy como el camino. Veo pasar muchas cosas, mucha gente; acepto lo que necesito y dejo lo que me sobra a quien lo quiera; y así voy tirando ¿puedo acompañarte?
    Bueno, el templo está cerrado y ya leí sobre su historia en la guía. Los templarios comulgando sin bajarse del caballo; siempre de vigilancia.
    Sería necesario actuar así en aquellos tiempos. Dejemos el pueblo atrás y salgamos al campo.

      Siguen dos horas sin cruzar palabra con la vista perdida en lo lejano. Un atardecer de colores extraordinarios. Una extraña danza de lenguas de fuego y sombras que batallan entre nubes de tormenta en el poniente lejano. Su asombro es tan grande que no puede apartar la vista del cielo y caminan como trompicándose. Como alelados. La vista extraviada, el cuerpo zarandeado por las rachas de viento, percibiendo cosas inexpresables.

      La oscuridad les envuelve antes de que se quieran dar cuenta y el cielo está cubierto de oscuras nubes; pero ella deja de experimentar el prodigioso crepúsculo, las imágenes y formas que pasaban a través suyo, como si caminasen entre las nubes y los rayos, las estrellas a la mano, y este tipo inmutable que camina a su lado. Sus ojos de águila que la observan de manera esquiva.
    Tenemos la tormenta encima, peregrina; y queda mucho para el siguiente pueblo. Habrá que buscar resguardo.



      Una casita semiderruida es lo primero que encuentran y una gran charca detrás suyo.
    Si quieres asearte ya sabes dónde puedes hacerlo; noia. Le dice mientras se va desnudando y camina hacia la charca con tan solo la cantimplora en las manos.

      Pero ella está tan cansada, y sedienta, sin fuerzas, que solo acierta a buscar un rincón a resguardo bajo techado; pues ya está chispeando y comienza a tener frío. Extiende la colchoneta y el saco y busca algo que llevar a la boca; algo que le haya quedado. Unas galletas y una manzana son todo lo que tiene ¿y este hombre? ¿En ese pequeño zurrón llevará algo? no tendrá ni saco de dormir ¿qué hago? me siento sucia, sudada, agotada, ¿qué hago?
      Vuelve el hombre, chorreando, y le ofrece la cantimplora.
    ¿Quieres que beba agua de la charca? ¿y después de haberte bañado?
    Es del manantial que surte la laguna y es agua buena, bebe, iré por más. Bébela toda.

      Abre el zurrón y saca un trozo de cecina y una navaja. Corta pequeñas lonchas y le ofrece. Toma. Come. Entrarás en calor. Saca una bayeta de cocina del zurrón y comienza a secarse con gran aplomo. Después la cuelga del bordón para que seque al aire que por todos lados se cuela entre cuatro paredes desvencijadas y un tejado a medio derrumbar.
    Bebe, come, descansa. Su voz es firme y profunda; pero en absoluto autoritaria.
    Yo tengo unas galletas y una manzana ¿si gusta?
    Pues sí, gracias, aprovechemos; y corta media manzana.

      Llueve cada vez con más fuerza y se oye el retumbar de truenos cercanos.
    Pasará por encima pero será mejor que durmamos.

      Recoge unas cuantas hierbas secas del rincón donde la lluvia aún no ha llegado; limpia el suelo con el pie y se acuesta a su lado. Se pone calcetines de lana con el dedo gordo del pie asomando, los pantalones deshilachados, la camiseta, y un jersey de lana morado, el zurrón bajo la nuca; y a los diez minutos está roncando.
      No es un verdadero roncar; es el ruido que producen unos pulmones muy gastados. Pero duerme plácido. Ella también se va quedando dormida mientras siente entrar un extraño y hermoso perfume por el orificio del saco que posa en su rostro y en su pecho y en sus brazos. Proviene de él. Son mil flores diferentes en un diluido extracto combinado con el olor del hombre y le va embriagando.
      Sueña. Se baña en una laguna poco profunda rodeada de patitos, pajarillos, ranas, renacuajos, y mil y una flores diferentes que tapizan las orillas entre carrizos y nidos de pájaros. Hace el muerto en el agua plácida; y el sol se funde con el agua límpida para lavar su rostro y de cualquier mancha no dejar ni rastro.


      Despierta al oír voces y pasos. Sale del saco vistiéndose rauda y asoma la cara por la puerta para ver algo. Son peregrinos que han madrugado y van por el camino como demostrándose quién es el más rápido. Sale de la casita y se dirige a la charca ¡hay va! ¡Si es la laguna! La laguna con la que estuve soñando.
      Media hora más tarde va caminando; con sus sandalias deportivas medio destrozadas y sus pies hechos un asco; llenos de ampollas, tiritas, y esparadrapos. Qué distintos de los de aquel tipo tan raro. No se le veían ni durezas en los talones. No me dijo ni su nombre.
      Un grupo le da alcance y tras los saludos de rigor ella pregunta: ¿cuánto queda para el pueblo más cercano?
    Menos de una hora para el Burgo Ranero. Le responde un chico moreno y muy simpático; con un fuerte acento francés.
    ¡El Burgo Ranero! ¡pero si yo pensaba llegar a Carrión! Por favor; vosotros, ¿de dónde venís?
    De Sahagún. ¿y tú? ¿dónde has dormido con el tormentón que cayó anoche?
    No tengo ni idea. Recuerdo haber salido de Castrogeriz y caminar durante todo el día; y que se hizo de noche. Y seguía caminando.
    Pues habrás venido volando; porque una distancia como esa no se recorre en una noche.

      ¿Dónde estará el tipo de las barbas?; tan extraño. Su olor se me ha pegado y me acompaña a todos lados. ¿Qué ocurrió ayer? ¿Un milagro?
      Y ahora le veo; inconfundible el aspecto y el caminar. Como si fuera alado. ¿Es de este mundo acaso?
      Debería asegurarme alcanzándolo. Su bastón. Llevaba un bordón labrado. Como si una serpiente subiese enroscada y él la tuviese por el cuello sujeta firmemente; obligándola a caminar y servirle de apoyo. Castigada.
      Va ahí delante y estamos llegando a Compostela. Tengo que alcanzarlo. Aprieto el paso; pero es inútil. Él va más rápido. Se va alejando. Desde aquella noche intentando alcanzarlo. Buscando por albergues y pueblos. Soñando con sucesos horrorosos o prodigiosos. Un sol inmenso descendiendo sobre la catedral de San Pablo. Mi Londres amado.
      El sol declina y nuestra peregrina alcanza la urbanización del Monte del Gozo. Baja las escaleras casi llorando; con las rodillas de goma y los pies destrozados. En los últimos escalones al llegar a la gran plaza se sienta pegada a la pared con la cabeza gacha. ¡Ya buscaré cama! Seguro que habrá sitio. No puedo con el alma.
      Alguien se acerca con una cantimplora y una bayeta de cocina; se agacha a sus pies y comienza a lavarlos.
      ¡Es el peregrino de ojos de águila!
      Él sonríe.
    ¿De qué te asombras? ¿de los calzoncillos? me los han regalado. (no lleva otra cosa encima) tengo la ropa en una lavadora aquí al lado. ¿qué tal? ¿cómo te va? ¿me regalas una flor? llevas el sombrero más bonito que he visto en mi vida.


      Ella apenas acierta a tomar una florecilla de su cabeza y ponérsela en su oreja derecha mientras él lava sus pies con sumo cuidado.
      Quiere decir un millón de palabras. Hacer un millón de preguntas. Y tan solo acierta a decir: ¡I love you!
      El sigue sonriendo; se levanta y con la cabeza le indica el albergue cercano.
    Ya nos veremos más tarde. Es hora de que descanses.

      Y se va tan grácil y rápido como apareció.
      Más tarde le busca por todos los rincones del Monte y por todas las habitaciones del albergue. Y no le encuentra. Tan solo queda en ella ese perfume de mil flores silvestres en uno solo enjoyado.
      La mañana del último día. Las calles de Compostela. La Compostela con su nombre en latín. La misa del peregrino. El botafumeiro. Los abrazos y fotos con sus compañeros de camino, ¡ha hecho tantos amigos!
      Uno le propone: ¡vayamos a abrazar al santo! la larga cola, los escalones, su turno; y al besarlo... algo que reconoce. Un perfume de mil flores unido a sudor humano que le embriaga y consume y le llega a lo más profundo del alma.
      Han de separarla del santo pues ella no puede soltarse; lágrimas amargas riegan su rostro y no tiene fuerzas ni para bajar los escalones. Sus amigos la llevan en volandas. El Pórtico de la Gloria; la gran escalinata. Y sentada en el suelo sobre las piedras de la plaza se lleva la camiseta a la nariz comprobando que está impregnada de ese olor tan especial que siempre le acompaña.
      Escucha una voz interior: “¡qué bien hueles, peregrina!”.
      Y ella se siente sonreír y flotar como si estuviese de nuevo nadando en la pequeña laguna sin tiempo ni espacio bajo un cielo intensamente dorado.


Personalmente me parece un cuento, fantástico si pero muy claro y de fácil lectura, corto y directo al corazón. Lo que sientas al leerlo es lo que tienes dentro.
Es como el Camino, las trochas y veredas por el que trancurre son las mismas para todos, pero cada uno lo vive de una manera diferente. Y eso es precisamente lo bonito y maravilloso.
Las fotos solamente las pongo a modo de orientación de los lugares por los que transcurre este corto relato. Son como los recuerdos que me vinieron a la cabeza a la hora de escribirlo.
Cosas muy simples y sencillas.


1 comentario:

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