sábado, 21 de julio de 2012

Noche en la estación del Norte. Cuento completo.

Para los amantes de la lectura digital pongo otro cuento de lectura fácil y temática simple: Noche en la estación del Norte; que hace unos minutos terminé de escribir.
Espero que disfrutéis con su lectura y os lleve a sonreír su tono jocoso y natural.

         Noche en la estación del norte
         (Terrorífica, les adelanto)


   Es una noche cualquiera, un verano de los de antaño, en una olvidada y semidesértica ciudad de un reino olvidado. Y dilapidado. Cercana al centro capitalino y al otro lado del rio se encuentra su paleolítica estación ferroviaria.
   No hace mucho callaron las últimas locomotoras de vapor y su runrún característico, sus inmensas volutas de humo, y el silbato, que sonaba a sirena de barco trasatlántico. Pero, acerquémonos, miremos más de cerca. Así podrán asistir conmigo a una serie de sucesivas catástrofes; metafóricamente hablando.
   Apenas pasan unos minutos de las diez de la noche, el sol ya se ha puesto, pero el calor no cesa.        Vamos a ver desfilar el turno nocturno que ya andan de ronda.
   Sale la pareja de policías armados del infame cubil donde les mantienen condenados noche tras noche, pared con pared de los urinarios, ajustándose bien las pistolas (entre las sombras nocturnas horrores insospechados aguardan a los inconscientes, pero no hay que temer; estamos bien guardados)
−Estos nuevos pantalones que nos han dao tienen el tiro tan alto que por el precio que nos han cobrao nos podrían haber cambiao los guevos por ovarios.
− ¡Uy, corazón! Tú no notarias la diferencia. Nadie sabe para que tienes ese pistolón tan gordo como no sea para visitar constantemente el urinario.
−Por que lo tengo al lao. Y un día de estos se la puedo meter a un marica como tu por las orejas y ya no vuelve a pisar por el otorrino.
− ¡Respeta a tu cabo, eh! Respeto a los galones y continuemos la ronda.


   Pero, bueno, bueno, dejemos a este par de gorilas simplicisimus y busquemos a otros monos que si que se rescuelgan. Pasamos por delante de un pequeño almacén donde tan solo se escucha una especie de sonido metálico, un cuarteto de martillos y xilofón, que sale del cuarto de los visitadores. Continuemos adelante; aquí ya hay algo gordo: El gran edificio de correos urbanos, suburbanos e internacionales. ¡Ahí tenemos a nuestra brigadilla de carteros tirándose las sacas a la cabeza! Eso es currar. De las carretillas a la estafeta, de aquí al primer piso, y por las ventanas salen volando directamente a la cabeza de los conductores de los camiones que las apalean al interior de remolque. ¡Esta va con rosca! Grita un carterista desde una ventana y le atiza directamente en el coco a uno de los conductores que se desploma. ¡Toma ya!, matasellao y encalomao directamente para la central.
− ¿Pero tú que haces, criminal, que podías haberle matado?
−Pues llama a una ambulancia y despeja pronto el patio que atufáis el ambiente con los camiones. ¡Pa la central echando leches!
− ¿Qué pasa, que pasa? le grita otro cartero veterano asomando a otra ventana.
−Aquí los eventuales, que son unos flojos y no han currao en su puta vida. ¡Y se me quejan!
−Anda vamos pa dentro y a lo nuestro que esta noche toca brisca primero y después a la putada.

   ¡Bah, bah! Pelillos a la mar; aún no se ha muerto nadie. Dejemos a estos iletrados que firman con la yema del dedo y solo usan la lengua para pegar sellos y lamber helados. Síganme, síganme, busquemos gente parlanchina y sandunguera.
   El anden esta lleno de turistas variopintos esperando la llegada del expreso hacia Barcelona. Marquesonas y funcionarios esperando impacientes la llegada del relumbrante tren anunciado y que llega pitando.
   Dejemos, dejemos, a esta gente parásita y transeúnte que se piren a la costa dorada y vallamos al meollo del cogollo. La gente ululante.
   Al final del andén, cercanos al edificio de la estación, y semiocultos entre los setos de un jardincillo, fuera de los focos que alumbran el tren brillante, encontramos a nuestros héroes: ¡la brigada del removido! Subidos a los carros que sirven para transportar maletas y mercancías encontramos a nuestros cuatro currantes agarrados a las barandillas, botando al unísono, y aullando enlobecidos a la luna menguante.


   Arranca el tren nocturno cargado de mentiras humanas y miserias generales hacia su destino luminoso cuando surge de la última de las puertas del edificio un auténtico gigante.
(¡Es Pim! Conductor de carretillas eléctricas y alma mater de la empresa nacional ferroviaria)
−A ver, salvajes, dejar de aullar como lobas preñadas y os contaré cómo va a ir la noche
− ¿No nos iras a hacer currar esta noche, -le dice El Boca-, que son las fiestas de la anunciata?
−Tranquilidad, tranquilidad, no agitarse antes de tiempo no sea que alguno explote. (y guardar las cervezas debajo de los paquetes) tenemos cuatro cosas para pasar la noche. Unas cuantas maletas, cuatro cajas de flores, unas truchas y algo de tornillería. Cosa chupada. En cuanto desaparezca el expreso nos vamos a paquetería a cargar las carras. Si lo hacemos bien a las doce de la noche ya lo tenemos todo bien enfilado y programado gerencialmente. O como se diga ahora. Que nos están cambiando hasta el idioma.
   Y se sube impávido e impoluto a su carretilla eléctrica. ¡Rubio, coge la otra y detrás mio! Arranca con la carrada en dirección al muelle de paquetería atravesando principescamente por todo el andén primero. Cuando están a punto de subir hacia el muelle ven venir la maniobra del tren paquetero a toda leche entrando por la vía OO.
− ¡Pero dónde van a toda máquina!
− ¡Hacerles señales! ¡Llamarles por el walkie! ¡que se tragan la topera!
   Capataz y enganchadores brincan y saltan como los peces en el rio haciendo señales a los maquinistas para que reduzcan y frenen la composición. Como si llamaran a unos astronautas.
El tren paquetero sigue su curso hasta dar con la topera y sigue avanzando; el último furgón salta por encima  y se pina en un ángulo de 45 grados. Se cortan las mangas de aire y se queda colgando.
−¡¡¡Frena!!! Grita media humanidad.

−Bueno, muchachos, les dice Pim cuando el estrépito ha cesado. Me parece que esta noche tenemos chollo del bueno ¿cómo están mis cholladores?
(Cagándose y meándose en todo lo animado e inanimado)
Segundos más tarde salen las alegres y divertidas chicas de paquetería tras el bufo y rebufo de su factora suprema
−Pero, pero, ¡qué tenemos aquíiiiiii…! Exclama ella con su excelsa voz de soprano siberiana y pastora ubérrima.

   Pim y sus muchachos están sentados en un tren de carretillas paqueteras y no levantan la mirada del suelo. El capataz de maniobras ha dejado de desgañitarse mientras pisotea maníacamente el walkie talkie; y sus enganchadores corren andén arriba y abajo despavoridos y vociferantes. Pero, (¡alto! observen con atención) en esto que vemos llegar al señor factor encargado del turno de noche (permanezcan atentos) acompañado de la brigada de visitadores.
− ¿Pronostico, señor visitador jefe?
−Cortamos la composición y que se pire el tren en cuanto lo transborden. Llame a una grúa grande y si viene pronto esta misma noche encarrilamos el tema (el gran furgón paquetero tiene dos ruedas al aire suspendidas sobre la topera)
−Señor jefe paquetero ¿Qué induce su afilado olfato sobre este tema?
−Que en cuanto corten la composición y se separen y este furgón se nivele un poco tendremos que  transbordar toda la paquetería a los otros furgones.
−Muy bien, procedan con las operaciones y cumplamos fielmente con lo previsto y programado previamente.
   Y girando sobre sus talones comienza a caminar, impasible el ademan, alejándose del frente de batalla de vuelta a su oficina. Graves e incomprensibles  problemas le reclaman (¿Cuáles? ¿Sabéis algo vosotros?)
Pero bueno, dejemos que trabajen estas mulas de carga a la mayor gloria y prosperidad de esta nación inacabada e inagotable y vayamos de nuevo con gente verdaderamente experta en catástrofes: los carteros.
   Encontraremos a nuestros ínclitos golfos apandadores ¡y fumadores de Farías! Amarrados firmemente a la barra del bar de la estación dispuestos a soportar cualquier marejada.
− ¡Anda que si llegan a poner en cola el furgón de correos nos dan las uvas y estamos trasbordando sacas!
−Si es que no saben beber esos conductores de ahora. Tú, celemín, ¡ponme otro sol y sombra!
−Que no hay ya seguridad y nos jugamos el cuello currando. Pon otra ronda de cervezas al círculo mágico de comunicadores interplanetarios y guarda la porra que te vamos a pagar. ¡Qué no marcharemos sin pagar!
− ¡Será mal pensao el tío! Todavía queda media hora hasta que pase el expreso de Hendaya. Nos da tiempo a tomar cuatro rondas.

   Dejemos, dejemos, por un rato a nuestra alegre muchachada postal y volvamos con los paqueteros. Al oír anunciar por megafonía la entrada del expreso abandonan el interminable transbordo y nuestra amada y sentida brigada nocturna se divide en dos equipos. Se cruzaran al mismo tiempo dos trenes nocturnos por diferentes andenes: en el primero el proveniente de las oscuras cavernas de la Jalicia Caníbal y en el segundo andén el que ha conseguido regresar del Espanto Vasco (Una noche más, ¡hurra!)
   Valle y el Rubio toman una carretilla eléctrica y las sucesivas rodantes con las mercancías que les han colocado nuestras chicas picantes y se van para el segundo andén a toda mecha. Pim capitanea, en triangulo amoroso, su cercenada brigada, con San Juan (no, no es el que sacan en las procesiones de Semana Santa; este ya nació ferroviario, y tiene los cojones negros de cien batallas ferroviarias. Le quedan cuatro días para jubilarse. Bueno, es lo que dice siempre) y El Boca, que aprovecha el impasse mientras Pim engancha carretillas para hacerse un peta como dios manda. Y se marchan cantarines atravesando el andén primero (¡Como son los de la montaña! Llevan casi cuatro horas cargando paquetes y aún cantan)
“No hay quien pueda, no hay quien pueda, con la gente marinera; marinera, pescadora, no hay quien pueda por ahora”
   Llegan los trenes, viajeros, maletas, maleantes, ¡mantecadas de Astorga! ¡mantecadas! Gente arriba y abajo por todos los andenes. Pim se acerca a la oficina de paquetería para recoger unas maletas y el factor le recibe abriendo una boca que asustaría a un oso grizzli:
− ¿A qué estáis jugando? ¡no os he visto en toda la noche!
−Acarreando. Nos llevamos las maletas y las flores. Y salen prestos hacia el furgón de cola.
Durante veinte minutos asistimos a un gran tejemaneje de gentes y mercancías. Los paqueteros van de un furgón a otro, de cabeza a cola, descargando y cargando sucesivamente. El tren de Jalicia está a punto de partir pero el factor espera a que los paqueteros le hagan la seña
− ¿Qué pasa? ¿No acabáis? ¡Os vais a cargar el tren!
−Espera un minuto que Valle se está peleando con un par de bonitos
− ¿Son guapos esos amantes que nos retrasan?
−Son hermosos y acaramelados; le suelta Valle apareciendo en la puerta del furgón con un gran bonito en cada mano. Se rompió la caja al cargarlos y vamos a tener que llevarlos a mano.
−Bueno, baja de un salto que pito y esto sale zumbando. Ya lleva casi cinco minutos de retraso.
−Que arranque, que arranque, que ya me bajo.

   Marchan los trenes expresos a sus inciertos destinos mientras la vida sigue en nuestra estación de transito. Trenes de mercancías pasan por las vías exteriores y se detienen para ser revisados por los visitadores mientras los enganchadores hacen sus maniobras. Los guardagujas aprovechan para ir a tomar un café al bar y echarles un vistazo a las putas del Siroco que siempre paran por allí a esas horas, vigiladas por sus chulos que no paran de meter monedas en las tragaperras, mientras el jefe de camareros está de pugilato con un borracho en el aparcamiento exterior. Cuando ya paran de sangrarse mutuamente, por puro agotamiento, comienza una trifulca aún mayor entre los policías nacionales, de gorra azul, y los municipales, de gorra bermeja. Nadie sabe que pasa, solo se ven las gorras volando entre aquella ensalada de hostias y porrazos.
− ¿Qué tengo yo que hacer el atestado? Esto es el aparcamiento de coches; el muerto es vuestro, ¡municipales!
−Nosotros solo intervenimos por fuera del aparcamiento; en la calle. Esto es terreno de la estación y os corresponde a vosotros ¡los nacionales!
Mas puñetazos, zurriagazos, y mamporros hasta que por una puerta aparecen los guardas jurados de Renfe.
−No, si digo yo que habrá que llamar a la división acorazada para separarlos
−Calla, calla, que llegan refuerzos de ambas partes.
   Por cada lado de la calle que bordea la estación aparecen coches, furgonetas, acorazados sobre ruedas, y se escucha el vuelo cercano de los helicópteros de la Guardia Civil vigilando por si la cosa va a más y tienen oportunidad de meter mano en el asunto. Y en esto que asoma por la puerta de equipajes el factor nocturno y encarando al jefe de camareros le grita:
−Pero vamos a ver ¿a qué viene todo este folklore? ¿Me lo puedes decir?
−Este, que se piraba sin pagarme el café. Un jeta… ¡si no me paran lo mato!
−Pues mira, toma veinte duros y haces como que le convido y mandas de seguido a todos los de las boinas a desfilar por el Paseo de Salamanca; que está a estas horas todo lleno de chicas vestidas de ciclistas. (No, si no se va poder dar una cabezada en esta estación ni a las tres de la mañana)
   Resuelto el problema dejemos a los gorrinas abandonados a su barbarie mientras se las piran a la orilla del rio a saludar a las hermosas ciclopedistas que hacen su carrera por entre las alamedas y volvamos al andén primero.
Valle y el Rubio han aprovechado la refriega para tomar unas cañas y se dirigen con sus carretillas al muelle de paquetería.
− ¡Vaya noche mas rollo, eh, rubio! Casi las tres y no hemos parado
−Bueno, venimos de tomar una caña
− ¿Una caña? ¿una caña? Con este calor habré sudado cinco litros. Subimos, les dejamos los paquetes a las chicas y volvemos a bajar para hidratarnos.
−Eso, eso, hidratarnos, hidratarnos. Oye, oye, para, para Valle, ¡¡para!!
− ¿Pero qué te pasa, espantao? ¿para que quieres que pare si no hay nadie en el andén?
−En el anden no, pero sí en las vías. Y se tira en marcha de las carras.

   En el primer andén, semioculto entre las sombras, hay una persona tendida perpendicularmente a las vías.
− ¿Qué pasa, Rubio? ¿Un borracho que se ha caído?
−Borracho, borracho, estaría hace un rato pero seguro que a este ya no le duele la cabeza. Y recoge la cabeza del suicida, perfectamente seccionada por las ruedas del tren que partió minutos antes y se la muestra. Valle, que apenas había parado, sale a toda marcha hacia paquetería mientras le grita:
− ¡Deja eso en el suelo y avisa al factor jefe! ¡que lo dejes en el suelo! ¡a mi no te acerques!
−Pues no sé que daño te podría hacer con este aspecto. Bueno, avisaré al factor jefe. A ver que es lo que procede. Tú sigue con los bonitos que yo me quedo con el fiambre.

   Tranquilos, tranquilos, ya sale el señor factor jefe del turno nocturno.
− ¿Habrá que llamar a alguien? Acariciándose el mentón como si pensara
−A la policía ni se le ocurra que están muy ocupados en el aparcamiento de coches. Envíe un mandao a los juzgados a buscar al juez de guardia
− ¡Ah, claro, problema solucionado! Vale, deja esa cabeza donde estaba que no quiero follones
−Yo tampoco; que es la hora del bocadillo.


   Y se va el tío tan pancho al muelle de paquetería. Apenas entra por la puerta le asaltan nuestras encomiables chicas paqueteras.
− ¿Qué es lo que nos ha contado Valle?
− ¿De verdad encontraste un muerto en las vías con la cabeza cortada?
− ¿No tendrás el cuajo de sentarte a comer el bocadillo? ¿Pero si tienes sangre en las manos?
−Ahora me las lavo; y el bocadillo no lo voy a tirar con el hambre que tengo. No hemos parado en toda la noche.
−Bueno, pues no paréis mucho; que tenéis que descargar un vagón de pescado en la vía 14. Y viene hasta arriba
−Pues os nos regalas unos zancos o les dices a los de la maniobra que pongan el vagón en una vía con andén.
−Decírselo vosotros, y mirar bien la hora; que a las cinco están aquí los pescaderos a recoger las cajas. ¡Y no quiero follones!
(Chissss, ¡Callaos todos! Habla Pim)
−Boca, tú y Valle os vais de pescateros
−Y vosotros dos conmigo a terminar el transbordo del paquetero, que quieren sacarlo antes de las cinco.
− Pero ¿habrá tiempo para tomar unas cañas?
−Que sí, San Juanín, que sí; cuando terminéis el chollo os tomáis todas las cañas que procedan orgánicamente según lo estipulado en la consigna 4P3C2, apartado 565433, anexo ASERO, recién revisada.

   Entonces, entonces, dejemos unos minutos a estos incansables tragaldabas, estos sencillos menesterosos para que alimenten sus insaciables tragaderas (escucha Valle, ¿seguro que la factora encargada contó bien todos los bonitos? ¡Porque este me mira con unos ojos!) mientras tanto nuestras chicas picantes y picaruelas discuten con la juez de guardia de servicio nocturno.
− ¿Pero cómo dejan tanto tiempo ahí tirado a ese pobre hombre una noche como esta? En cualquier momento pasará otro mercancías.
−Hay que realizar el atestado correctamente
−Pero podrían subirlo al andén y limpiarlo un poco
−Hay que hacer las fotos tal y como lo encontraron
−Pues yo no pienso tocarlo, ¡con lo muerto, muertísimo, que está!
−Pues tendréis que ayudar a subirlo a la ambulancia porque el conductor no puede él solo
− ¿¡¡Nosotras!!?
− ¿Señor factor encargado?
−Disculpe, señorita magistrada, a mis pupilas. Procedan, señoritas operarias, al levantamiento del cadáver ¡Y cuidado con la cabeza! No la dañen.

   Pero dejemos, dejemos, a estas industriosas y afables muchachas que realicen su compasiva tarea y sigamos al Boca y Valle en su afán por descargar un vagón cargado de cajas de pescado en la vía no sé cuantos mientras los operarios enganchadores y su señor capataz se cachondean de ellos sentaditos en la terraza del bar tomándose unas cañas.
Pasan diez minutos, pasa media hora, y siguen sacando cajas de madera repletas de pescados y saltando de vía en vía para llevarlas a las carras
− ¡Oye, Boca, tú harás lo que quieras! Pero yo, cuando pasemos por el bar paro a tomarme algo. Estoy sudando como un caballo.
− ¡Vale, tomaremos algo! Para qué valen las prisas.

   Se las prometen muy felices estos inconscientes pero al irse acercando al bar con su pestífero cargamento Valle nota algo inusual al pasar frente a la cabina de teléfonos. Frena de súbito la carrada y de cuatro saltos ya está abriendo la puerta de la cabina telefónica. Hay un tipo intentando forzar a una cría, de las muchas que deambulan estas noches por el vestíbulo de la estación, huidas de sus hogares, expulsadas o rechazadas de este mundo infame y bestial con la gente sencilla y sensible, o solitaria. Y Valle lo saca de un tirón de la cabina y comienza a soltarle una somanta de hostias de inmediato. Cuando ya le ha puesto la cara como un marmitaco se le escucha decir al hijoputa de turno: ¡Pero si iba a pagarle! ¡Iba a pagarle!
−Pues tú ya has cobrao; le suelta El Boca pisándole la cabeza. Déjalo Valle que ya vienen los guardas jurados, que se encarguen ellos de este cabrón.

   Entonces, entonces, sigamos de turné pasando por el bar donde carteros y chuloputas disfrutan mirando un combate de boxeo que dan por la tele (¡otra ronda!) (¡Vaya hostias!) (¿Quién paga esta ronda?)(¡Que guardes la porra!) ¡Bah! El bar está aburrido, lo mismo de todas las noches. Un poco mas allá, paseando por el andén encontramos a los visitadores, martillo en mano, discutiendo con los enganchadores
− ¡El próximo mercante lo metéis por una vía con andén!
− ¡El próximo te lo vamos a meter a ti por los cojones! Compraros linternas. ¡Y unos zancos!

   ¿Pero qué pasa?, ¿qué ocurre? ¿Y ese estrépito? Estamos escuchando en vivo y en directo, señoras y señores, el inconfundible sonido de un tren descarrilando.
−Pero ese qué iba ¿pa Remolcao?
− ¿Y yo que sé? Habrá que mirar en el ordenador
−Se ha debido de llevar por delante la garita del guardagujas. ¿Quién estaba de noche? (¡Ya tenemos otra misa de difuntos!) (¡¡Vaya racha!!)(tenemos el cuarto lleno de esquelas)
−Ala, venga, ¡tos p´ allá! Grita el capataz y que no oiga a uno rechistando. ¡A la carrera!

   Bueno, bah, bah, no ha habido muertos y se hace un caseto nuevo y con hilo musical (Cosas que pasan; al que no trabaja esto no le ocurre) Volvamos con los del removido. Valle y El Boca ya están entrando de nuevo al muelle con los pescados y se encuentran a un Pim nada pinturero y vociferando:
−Faltan diez minutos para que pase el Costa Verde y vosotros sin aparecer. ¿A que estabais durmiendo? Venga, rápidamente, poneros a remover cajas de flores que nos vamos a cargar el tren.
−Pero, Pim, ¡si para vente minutos! Para qué las prisas.
−Cuanto antes terminemos antes descansaremos

   Y en minutos ya salen pitando hacia el andén con sus carretillas eléctricas y su carga florida. Ya se oye anunciar el tren expreso. Ya están en posición los carteros, los primeros, los mas raudos, veloces, el pony exprés. Y apenas el tren se ha detenido comienzan a volar las sacas.
¡Pumba! Una en toda la cabeza del conductor de la carretilla. Adiós cartero. ¡Parar, parar, que os lo habéis cargao!
− ¡Flojos, flojeras, que sois unos blandengues! ¡Tendríais que currar en la línea como nosotros! ¡Todas las sacas al suelo y que las recojan cuando puedan! No vamos a quedarnos sin tomar unas cañas por causa de estos jubiletas.
−Primero tendréis que recoger las vuestras. Y el furgón postal recibe un auténtico bombardeo de sacas postales.

   ¿Se ha roto algo? ¿Inconsciente?¡Bah! Total por una cabeza de chorlito y unas cuantas bolsas de valores. Lo de todas las noches. Vallamos a ver cómo les va a los paqueteros que puede estar entretenido; aunque parece que ya han concluido.
−Bueno, Pim, me firmas aquí la entrega de los equipajes y me las piro.
− Quieto, ¡Quieto!, quieto, Perlín, ¿dónde vas tú tan deprisa y corriendo?
−Hombre, es que ya hemos terminado y me da tiempo a tomar una cañita en el bar; si no te parece mal. Le dice el agente del furgón paquetero.
−Tú no te bajas del furgón, que aún te queda por acomodar el envío más importante de la noche. Y les guiña un ojo a los subalternos de removido. Estos, ni cortos ni perezosos echan mano de un gran abeto que el día antes habían arrancado del jardincillo de enfrente, y entre los cinco machotes consiguen meter en el furgón, después de un cuarto de hora, el abeto completamente.
−Pero, pero, ¡PIM! ¿Estas seguro que debo llevarme esto para Asturias? ¿Está facturado?
−Joder, mira la etiqueta. Envío especial de la gerencia. ¡Pa los de Asturias! Y vosotros, venga, vamos; entregamos esto en Paquexpres y os dejo libres que son las cinco y media
−Boca, vete encargando unas cuantas jarras de cerveza que ahora mismo bajamos.
−Las pides cuando bajemos; y si ya no hay nada podéis ir a cambiaros hasta que llegue el relevo.
− ¡Eso es un jefe carretillero!

   Incautos, inconscientes, ignorantes, en fin, currantes. No saben lo que les espera. Cuando ya están de regreso al departamento de equipajes, sito justo al lado del bar donde les esperan las doradas cervezas, una presencia insospechada les sale al paso. El jefe de estación que ha madrugado más de la cuenta
−¡Gruaggg! ¡Urggg! ¿Dónde van estos galanes tan raudos y altaneros? (¡uf! Darth Vader es un gañan al lado suyo; éste si que da miedo)
−Va, venga, jefe, deja a los mozos que se vayan a cambiar que ya hemos terminado.
−De terminar nada que todavía no son las seis. Os cogéis las carras y me vais descargando el furgón postal hasta que llegue el relevo
−¿El postal?¿el de las revistas?
−¡Que lo hagan los carteros!
−Ellos no pueden, que les ha sobrevenido un accidente laboral y han tenido que llevar a un compañero al hospital
−¿Y han ido todos para llevar a un tío?
−Son carteros; vosotros haber estudiao. Ala, caminito y para el furgón postal que en media hora comienzan a llegar los camioneros.
−¡Pero se tardan horas en descargar ese furgón!
−Mejor, así queda algo de trabajo para los que entran de mañana. Y tú, Pim, deja los mozos que me tienes que informar de los removidos nocturnos.
−Pero, ¿será tomando un café?
−¡Hombre! ¿No vamos a ponernos a tomar cañas a estas horas?. Con este calor lo mejor es el café; me lo dice el medico.
−Será por la tensión
−¡Grajjjjj! A tres mil voltios me tiene la parienta. No me hables, no me hables de tensión.

   Y bueno, dejamos la estación del Norte, de una ciudad insospechada, casi tal cual nos la encontramos, para ir a contemplar la salida del sol y escuchar el dulce trino de los pájaros.
Total, no ha pasado nada digno de reseña. Una noche como todas. Lo que siempre pasa; que nos ponemos a hablar y se exagera. No era para tanto. Al fin de cuentas, cada día llegaban a su destino cartas y paquetes y nadie preguntaba cómo lo habían conseguido.


   El cuento está escrito de un tirón, basado en recuerdos de las muchas noches que me pasé trabajando en la antigua Estación del Norte. Espero que nadie de moleste por este pequeño relato escrito con todo el cariño del mundo y un poco de sano sentido del humor.


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