viernes, 31 de agosto de 2012

El tiempo en tus ojos. Cuento completo.

El tiempo en tus ojos es un cuento algo diferente de otros que escribí para el Camino de las luciérnagas. Los protagonistas son bicigrinos; se encuentran camino de León, sienten algo muy especial el uno por el otro, pero siguen caminos diferentes.
Lo mismo que ocurre en el Camino pasa en la vida diaria. Y después seguiran dandole vueltas y vueltas al qué y el porqué. El amor o el tiempo; la realidad y el engaño.
En un momento del relato la protagonista indica a su compañero, que a causa de un fuerte golpe en la cabeza esta alucinando, la diferencia entre ver y observar. Ver con los ojos, la visión normal que tenemos, y observar, con un órgano interior del cerebro: la glándula pineal. El ciclista, agitado y desorientado, tiene alucinaciones en algunos momentos de su pedalear y no sabe a qué atribuirlo, Danika le ayuda a superar ese trance para que lo acepte como una experiencia más de la vida, y siga pedaleando. Que tome esos momentos de doble visión como algo propio del ser humano, aunque sea raro, y no le de mayor importancia.
Este cuento tiene influencias de mis lecturas juveniles de las tradiciones milenarias de los pueblos de la India, y de algún modo se nota. Espero que para bien.
Espero que disfrutéis con su lectura.


   El Tiempo en tus ojos

      Por un antiguo Camino vuelves a rodar; llamas y astros en los cielos son tus recuerdos interiores, y aquí observas, por montes y llanuras, como buscan los seres humanos comprensión de sus pequeños temores que se sumen en olvidos pasajeros. Así caminan los hombres, sordos a casi todo, sin recuerdos; y las mujeres que no quieren olvidar. Y tú, desde la bicicleta, durante días y días, les vas observando al pasar cual némesis olvidada. Tan solo el trac-trac de la cadena te acompaña en esta era de máquinas. Es tan solo un vestido.
      Ahí delante; un hombre caído, un ciclista, pararé a auxiliarle.
− ¿Cómo se encuentra? ¿Qué le ha ocurrido?
−Iba mirando hacia esa laguna de ahí delante, pedaleando con ganas, he pinchado, y me he ido al suelo sin poderlo evitar.
−No te tienes en pie. En esa casucha a medio derrumbarse podrías recuperarte a la sombra. Si quieres te puedo ayudar. Algo entiendo de bicicletas, aunque la mía es muy distinta a la tuya.
− ¡Ya! Mi bicicleta es de todo terreno y la tuya es de paseo; de las que se usan en el norte de Europa.
−Es que vengo de Bélgica. Al pasar vi el recordatorio de un peregrino muerto, y, al verte en el suelo, pensé en lo peor.
−Pues yo, en cambio, al levantarme, he sentido una sensación extraña y, como por instantes eternos, me sentí dentro del sol, rebosante de una luz insoportable; y bailaba y bailaba una danza de dioses. Era todo luz en mí mismo y la arrojaba por todas partes; era el borracho divino bebiendo de la luz del Creador.
− ¡Pues sí que te diste un golpe bien fuerte! Un poco de agua te hará sentir mejor. Te has golpeado en la cabeza pero el casco te ha librado de lo peor.
−Parece que este lugar tuviera un encanto especial; incluso hay patos. Un poco antes vi los restos de un palomar adornado de huevos, - ignoro su significado -, pero estas ruinas parece que contuvieran una historia muy especial.
−Tal vez una historia de amor intemporal.
−Será mejor que continuemos pedaleando. Ya he reparado la avería. Si no te importa, podría acompañarte un buen tramo. No estoy para correr solo.
−Por mí encantada. Iba pensando en las tierras y las gentes que veo al pasar.
−Yo en las circunstancias. Gracias por el agua, pero llevo en la cantimplora una bebida con sales y electrolitos que viene muy bien para recuperarme de los esfuerzos. ¿Dormiste anoche en Sahagún? Me pareció verte en el albergue, pero no te fijaste en mí. ¿Estás cómoda con esa ropa de calle pedaleando?
−Ando en bicicleta desde niña, y esta ropa está mejor preparada de lo que piensas. Desde Bélgica son muchos kilómetros pedaleando y estoy cómoda con ella. Bebo agua del grifo pero por las tardes me doy friegas con alcohol de romero para evitar calambres en las piernas. ¿Vas cómodo con esa bici tan moderna y tan cargada?
−Es especial para terrenos accidentados. Vengo desde Madrid, y el Camino no está tan preparado como este. Hay que pensar en incidencias de todo tipo. ¿Y tú, con esa bici de ciudad, lo llevas bien?
−Mucho barro y muchas piedras; algunos tramos con la bici en la mano. Pero voy ligera de equipaje. Lo importante es la experiencia, no lo que llevas contigo. ¿Por qué cargas con tantos relojes? en la bici, en los brazos.
−Me gusta tener las cosas bajo control y también me sirven para reflexionar. Este reloj, además, es pulsómetro y me indica el ritmo que debo llevar.
− ¿Y tanto cacharro electrónico no te evita escuchar los sonidos del campo, de los pájaros, de la bicicleta? ¿Te das cuenta de lo que realmente sucede entorno tuyo?
−Solo sirven para no distraerme cuando voy solo y no quiero pensar. Ahora recuerdo que te vi desayunando; estabas en el patio, como absorta.
−Había tres gatos maullando y jugueteando; estaba pensando en mis cosas. Con tanta gente y tal algarabía agradecí salir a correr en un día tan fresco y luminoso. Aunque siga estando nuboso tras las tormentas pasadas. Parece que hubiesen lavado el mundo. Apenas hay cuestas y las montañas del fondo invitan a avanzar. ¿Sabes que estuve a punto de abandonar ayer mismo?
− ¿Qué te ocurrió?
−Iba muy cansada, casi sin comer desde que salí de Castrogeriz, y al poco de pasar Terradillos algo me alcanzó y me dio una fuerte puntada en el costado; tuve un bajón, y comencé a pensar en dejar el Camino y volver a casa en el primer tren que encontrara. Y en un recodo de la pista me encontré con un lobo.
− ¿Un lobo? ¿En pleno día? Le confundirías con un perro.
−Soy veterinaria y sé lo que lo que digo. Y era un macho de los grandes. Me invadió un terror inesperado y comencé a pedalear con todas mis fuerzas. Y el lobo detrás de mí. Cuando me quise dar cuenta estaba en la Ermita de la Virgen del Puente y al ver más gente me calmé. De la rabia que me dio por tan estúpido comportamiento pasé casi toda la noche despierta, y se me hizo eterna; pero al amanecer decidí continuar.
− ¡Lo que es nuestra percepción del tiempo! Cuanto más agitado estás más lento parece avanzar, y al serenarte parece acelerar. Como si fueras una bicicleta. Las ruedas con sus radios serían las manecillas de los relojes: uno interior, la rueda trasera, y otro exterior, la delantera. Según nuestro ritmo de vida así es la percepción de cómo el tiempo va con nosotros. Y no se puede parar pues la inercia nos empuja.
−Hay más cosas que nos empujan aparte de la inercia personal. Todos tenemos emociones y sentimientos que nos llevan de un lado a otro; incluso las piedras y accidentes del terreno nos hacen ser y sentir de una manera u otra. Por ejemplo; mira que pájaro más bonito está hay delante.
−Es una abubilla.
− ¿No será el pájaro de Salomón en misión secreta? Estará buscando a la Reina de Saba por estas tierras.
−No sería difícil encontrarla entre tantos inmigrantes africanos; pero seguro que nunca encontrará un Salomón. Quedaremos en que es un bonito pájaro y un estupendo presagio.
−Cielo claro, tierra llana, y un fondo de montañas; ¿no te parece un día ideal para andar en bici? Hay tanta luz. Claro, tú estarás acostumbrado, eres de estas tierras.
−Me hace pensar en un sueño que tuve la noche pasada: despertaba en el interior de una inmensa caverna con una pequeña linterna en la mano; buscaba la salida por una empinada rampa; tanto, que me colocaba la linterna en la boca para poder utilizar las dos manos. Había gente por todas partes, acurrucados en pequeños huecos de la gruta; gritos y peleas por doquier, desafíos, monstruosidades, y yo tan solo pensaba en salir como fuera de aquello. Por fin alcanzaba la salida a un cielo extraño; tan solo había en lo alto de aquella noche oscura una inmensa estrella que arrojaba una luz antigua y extraña, como del principio de los tiempos. Un grupo de personas me rodeaban, ¿no quieres entrar con nosotros?, me decían ¡habrá muchas peleas y diversión para todos! Yo les enfocaba con la pequeña linterna, delgada como un bolígrafo, y les encontraba tan similares a mí que me extrañaba. Pero tomé la decisión de sentarme en el suelo y seguir mirando hacia la estrella mientras me preguntaba cómo podría llegar hasta ella. Y así desperté. En torno mío era una marejada de ruidos y movimientos trepidantes de la gente que llenaba el albergue mientras yo sentía una ilusión de calma y tranquilidad interior absoluta.
−Pues intenta conservarla por muchas caídas que tengas, que estabas bien nervioso y extraño cuando te encontré. Y, bueno, dime ¿qué eras? ¿Un divino de rostro humano, por cierto bastante desencajado, o un humano fuera de sí?
−Seguramente lo segundo. ¡Vamos!. Pararemos en un pueblo que tenga fuente; así podré volver lavarme los golpes y refrescarme.



      Al llegar a un pueblo, paran en una sencilla plaza con una fuente de agua no potable donde el ciclista pregunta a un anciano por donde se va a Mansilla de las Mulas.
− ¿Te has dado cuenta? El abuelo llevaba un teléfono móvil de última generación con GPS. Un poco más y me enseña la ruta completa hasta Compostela.
− ¿Cómo el tuyo?
−Casi tan caro.
−Lo que veo es que llevas mucho tiempo lavando la bici, y yo te pregunto, ¿qué pesa más el barro o las alforjas en tu reloj personal?
−Será la materia oscura; esa que nadie puede ver pero debe pesar. ¿Pueden pesar las experiencias que hayas tenido en la vida?
−Te pesaran a ti; con tanta alforja. Crees que llevas mucho mundo recorrido.
−A mí no. Simplemente pienso en encontrar la curva perfecta.
− ¿Y eso que es?
−El mejor camino entre dos puntos.
− ¿No prefieres encontrar la mejor opción entre varias?
−Casi nunca encuentras donde elegir; simplemente avanzas tanto como puedes. Sin más.
−Pues mira a ver si encuentras una bici fabricada con taquiones que te haga ir más rápido que la luz.
−Entonces no encontraría modo de meditar en el tiempo que te acompaña y en lo que se detiene en un instante ínfimo.
−El tiempo, como una bici, ¿se puede detener?
−No, pero si te dejas llevar por la inercia la sensación puede ser estupenda. Sobre todo si hay silencio. No se detendrá el mundo pero se agradece. Parece que dejases la humanidad tras de ti.
− ¿No será tu silencio una ausencia de comunicación personal que es lo que provee de sensaciones a tu ser interior?
−No es eso ni lo otro, es algo que hay y no podemos atrapar. Hay un sitio pasando el río Esla donde podríamos parar a comer algo si te parece bien y seguimos charlando.
−Por mí estupendo; pero que tenga sombra. Ya hace bastante calor.

      Una vez sentados en una zona junto al río y comiendo les llamó la atención un simpático pájaro negro de pico rojo correteando entre los arbustos.
−Si hace rato vimos una abubilla, señal de riqueza, ¿este pájaro negro que nos indicaría?
−Simplemente se está alimentando de las bayas que encuentra.
−Suele interpretarse como que encontraremos más que suficiente de todo lo que necesitemos en el Camino que hemos emprendido; pero también que habrá que esforzarse en buscarlo.
−Pensaba que ese símbolo se refería a las abejas; yo siempre llevo terrinas de miel en las alforjas y seguro que hay alguna colmena cerca. Ya sabes, prosperidad para el que se la trabaja. Mira, ¡también yo sé algo de eso! ¿Qué música escuchas con ese aparato?
−Música de trovadores y troveros. Francesa, medieval. Algo místico-romántico.
−Por este camino debieron pasar unos cuantos de ese tipo de cantantes. Supongo que lo harían de una manera mucho más reposada.
−También llevo grabado algo de cánticos peregrinos, más alegre y vivaz; aunque no te lo creas.
−Bueno, en aquellos tiempos todo se movía por los intereses personales de reyes y condes; de alguna manera habría que tenerlos contentos. Pero todo iba más lento en general.
− ¿En el principio el tiempo iría más despacio y según pasan siglos y milenios se va acelerando? ¿Tu bici va cada vez más deprisa?, ¿o es tu corazón? Será por ello que siempre estás pensando en frenar. Quizá no has encontrado tu cadencia de pedaleo, tu ritmo de vida personal, para conducirte a tu manera.
−Mi vida se asemeja a un juego antiguo en el que, sin poderlo evitar, tan pronto te ves corriendo como parando, incluso quedando retenido sin saber ni por qué ni el cómo. Incluso retrocediendo a una casilla o posición anterior.
−Tal vez deberías escuchar esta canción, se titula: “Cuando veo la calandria”, es realmente bella y habla de sentimientos y sensaciones espléndidas.

Cuando veo la calandria

−¿Sensaciones y emociones como abejas que pican y Amor como miel que todo satisface? No es necesario escuchar canciones de hace 800 años para ello, y calandrias debe haber por estos campos que atravesamos.
−Tal vez una de ellas aplacaría tus ansias de correr.
−O tal vez me atrevería a mirarte de otra manera.
− ¡Cuidado con las miradas!, que son delatoras. Mejor será que sigamos pedaleando.
−Te sientes molesta por una sencilla insinuación.
−Tú no miras, tú escrutas.
−Solo son mis ojos lo que sientes ¡si escucharas mi corazón!
− ¿Percibir? No sabes observar y menos aún amar
− ¿Y si ocurre que empiezo a odiar o a aborrecer?
−Pues entonces pedalea hasta que vuelvas a tu silencio y paz interior. Aunque sean inaprensibles para ti.
− ¿Habrá algo superior con lo que te pueda sorprender?
−Volvamos a la ruta y quien sabe lo que encontraremos.


      Pasan los pueblos y los minutos pedaleando por lugares ya muy urbanizados y al llano le siguen algunas cuestas de poca monta aunque suficiente para hacerles perder el resuello.
−Tal vez deberíamos abandonar la pista y seguir por la carretera. Hay demasiado barro. Por el asfalto llegaremos antes a León.
−No es mi preocupación cómo llegar si no por dónde. Paremos en este pueblo. Hay una fuente y bancos. Imagina ante ti dos caminos; uno va directo y fácil, solo hay que dejarse llevar, es por donde van casi todos los seres, de poco esfuerzo interior y te lleva con el universo hacia su conclusión. Es bastante entretenido al principio pero siempre igual hasta el final de los tiempos.
− ¿Y el otro cómo es?
−Muy superior en esfuerzo personal, continuamente cambiante, sin nada a lo que aferrarte, siempre descubriendo, errando, volviendo a empezar; dejando atrás casi todo lo que nos hace sentir seguros.
−No te comprendo.
−Sígueme y deja de calcular. ¡Mejor sería que parases los relojes!
− ¿No hay cálculo en tus sentimientos? Porque cada vez me gustas más. Es algo irrefrenable.
−Si no lo puedes soportar sigue por donde quieras. Ya sabes, son sensaciones que te llegan desde emociones muy profundas. Elige ahora porque yo me voy.
− ¿Es eso que cuentas de los dos caminos es como lo de dónde te lleve el corazón? Porque me parece un chiste malo. La verdad es que no me quiero quedar solo, aún no estoy recuperado del trompazo. Y el camino sigue cuesta arriba. Será mejor que vayas tú delante.
−Pero que conste que sé dónde vas mirando, y no es precisamente el paisaje; iré yo delante y mira cuanto quieras. ¿Te imaginas llegar arriba antes de comenzar la cuesta? Eso que vas meditando sobre el tiempo y el recorrido.
−Pues no sé en qué situación estaríamos, sobretodo siguiendo ese “Camino” imaginario que nadie sabe a dónde conduce.
−No es un problema de tiempo si no de ser persona. De cómo quieres ser. Personalmente. Interiormente. Si limpias la bici y limpias tu ropa y piel ¿por qué no hacer también limpieza interior? Ese fue siempre el sentido de las peregrinaciones desde el principio de los tiempos. Vuelve a coger tu linterna y no la sueltes jamás.
−La llevo en las alforjas pero ahora prefiero llegar a la ciudad, darme una ducha, ver monumentos, comer algo caliente, y continuar la ruta que tengo pensada.
−Espera un momento que me quite la chaquetilla estas cuestas me han puesto a sudar. Ya hace calor. Me parece que no tienes espíritu para meterte en batallas pero al menos podrías aprender a observar y comprender.

      Se queda con un ajustado maillot de ciclista mostrando el estupendo cuerpo de una chica deportista. Su ruta continúa hasta lo alto de una loma desde la que divisan la ciudad y el camino continúa hasta alcanzar un barranco. A su derecha se extiende un pinar que parece llegar hasta las montañas de la cordillera y a sus pies la ciudad antigua y moderna.
− ¿Y ahora qué?
−Mira el cielo.

      Un halcón pica sobre un grupo de palomas dando vueltas y revueltas sobre ellas. De improviso, aparecen dos enormes alcatraces lanzándose sobre la rapaz poniéndola en fuga.
− ¿Has visto eso? ¡Alcatraces en la meseta!, ¡y de qué tamaño!; blancos, majestuosos. ¡Atacando a un halcón! ¿Es otro de esos signos que solo tú puedes comprender?
−Mírame a los ojos y dime que ves.
−Tienes unos ojos preciosos, claros, absorbentes; y siento que mirando en ellos podría llegar a ver lo que más deseo.
−Mira sin escrutar.
−Siento que nunca estaré solo; pero me da miedo seguir mirando. Es como si todo se fuera a disipar en una inmensa ilusión. Yo mismo, la bici, el mundo.
−Bajemos a la ciudad y ya me contarás que sientes entre la gente. Mi Señor de las maquinitas.

      Descienden con precaución hasta llegar a las primeras calles y ven a las gentes con sus hijos paseando y charlando en una bonita mañana de verano.
      De improviso, al pasar junto a una iglesia, una inmensa sensación invade al ciclista. Su mente se llena de potentes imágenes, sus oídos de voces, su corazón palpita desbocado, su vientre es puro dolor y miedo; sus piernas se niegan a pedalear pero la cuesta abajo le empuja. Al cruzar un puente sobre el río Torío ella se gira y pregunta.
− ¿Notas algo diferente?
−Me veo sumergido en un mar transparente pleno de peces de colores (uno de ellos debo de ser yo) voces por doquier, de cada casa, de cada alma, me gritan: ¡te amo!, ¡te quiero!; escucho la oración susurrada de una monja y la risa abierta de una niña; un viejo peregrino me aguarda sentado y la ciudad es un espejismo inmenso. No sé por dónde seguir.
−Bienvenido al Camino. Sigue pedaleando.
−Creía que ya estaba en él hace días. Estoy alucinando; debería parar un poco.
−Confía en los alcatraces; ya estás donde preguntabas. ¡Sígueme! El halcón de terror se va alejando.
− ¿Qué tienes tú? Veo tus ojos llenando mi mente y todo se me va hacia ti. Extraños e inmensos pájaros luminosos dirigiéndose al Fuego Final en el interior de un iris inmenso donde todos se van a inmolar. Es el final del Universo. Es donde estoy. Todo desaparece.
−¡Qué sabrás tú de fuegos y finales! Estás aprendiendo a observar. ¡Sígueme por la acera!

      Atraviesan la ciudad hasta la Plaza de San Marcos donde paran a observar la antigua sede de la Orden de los Caballeros de Santiago.
−Aquí está el peregrino de mi visión, pero es de bronce. Las voces han cesado; solo veo gente normal y corriente. Se ha ido el encanto.
−Es tu decisión personal. Yo voy hacia el occidente, ¿y tú?
−Ahora mismo no sé qué decir.
−Entra conmigo en el templo y te lo piensas.



      Caminan hacia el altar mientras escuchan un coro de niños ensayar un maravilloso cántico de alabanza. Una extraordinaria luz lo llena todo y una quietud de ánimo lleva al ciclista a un rincón donde, sin pensarlo, se sienta y exclama: ¡Señor, dame una señal! Y se queda absorto.
      Cuando levanta la cabeza los niños están abandonando la iglesia y se encuentra solo. Sale fuera y como un autómata toma su bici y sale hacia el camino de San Salvador; sin pensar, sin sentir, casi sin mirar.
      Tras un buen rato de rodar por terrenos urbanizados se encuentra en un sendero que sube y baja por un monte de robles y encinas. Va lento por el barro y las cuestas. Los pájaros cantan por todos lados, las nubes se van abriendo dejando pasar los rayos del sol, y sus fuerzas y ánimo parecen haberse renovado por completo.
      Llega a un hostal donde le permiten guardar la bici; se inscribe, ¿su nombre?: Narciso. ¿Y el de ella? Dijo Danika. Su nombre, Danika, y no sé más. Si ella estuviera aquí, conmigo. ¡Tanto mirar y mirar! ¿Qué me ha pasado?


      Ya en la cama se pone a calcular cuántos días le quedan para llegar a Compostela. ¿Y ella? ¿Qué día dijo que llegaría? ¿Y si coincidiéramos? Los dos en la catedral de Santiago, paseando por calles y plazas, entrando en los bares. Puedo lograrlo; ella va despacio ¿a qué ha venido una persona así? ¿Y yo por qué? Tengo que calcular.
      Cuando llega a Oviedo y entra en la plaza de la catedral un alcatraz pasa en vuelo rasante sobre su cabeza. ¿Debería volver a León y buscarla por todos los albergues o seguir con mi plan? Hay algo que nos une; debe ser algo poderoso y eterno. Sus ojos. Su manera de hablar, de pensar. Entra en el templo y continúa cavilando.

      El esfuerzo de mantener la bici rodando. Un mundo verde. Lluvia, bruma. Entre árboles y matorrales la senda se abre paso y por interminables cuestas y peligrosos descensos continúa sin darse ni un breve descanso. Lugares acogedores y campesinos amables hacen los días más llevaderos, las horas, la solitud, la bici; llegar al mismo tiempo que ella. Sigue calculando.
      Cuando estaban en lo alto de aquella loma ¿qué sentían el uno por el otro? ¿Qué sentía yo? ¡Si ella estuviera aquí!, en lo alto de este puerto que casi se divisan las torres de Santiago…, ni que hubiera subido el Tourmalet. ¡Qué esfuerzo! Y aún hay que subir más y más. Qué Camino.
      La humedad que se mete por los huesos y hay un calor en el pecho que no cesa. Al menos ya estoy en Galicia; pensaré en el pulpo y en el jaleo que encontraré a partir de Melide.
      Pero no dejo de pensar en ella. Las aves inmensas, las pequeñas mariposas, naves extrañas del final de los tiempos, todos camino de la extinción. ¿Qué hay más allá? ¿Hay algo más? Todo el tiempo está en sus ojos.
      Podría estar en cualquier lugar y busco en todas partes. Entro en todos los templos. ¡Santiago!. El tiempo. Mis cálculos. Llegaremos el mismo día. Bajando de Lavacolla y entrando en la ciudad; las calles de adoquín. Llegando a la plaza de la Quintana; entrando a dar el abrazo al Apóstol. La misa del peregrino; el incienso. ¿Dónde estará el oro? En el fuego de sus ojos azules. ¿Y la mirra? En la yema de sus dedos. ¿Dónde estará el sol? 
−Lo llevas inmerso en tu pecho ardiente. ¡Escucha la calandria!
−No hay aves de esas en estas tierras.
− ¿No escuchas su canción? “Tanto creía saber de amor, y tampoco se, que no puedo evitar amar a quien nada me dará jamás”
−Parece que hablases conmigo aunque todo un universo nos separa
−La distancia y el tiempo la pones en tu corazón porque haber no hay ni lo uno ni lo otro entre nosotros.


      Estoy sentado a la puerta de un bar, la humedad y el calor casi terminan conmigo; no hay hueso, músculo, fibra, cabello, que no me duela hasta la extenuación. Hay un cruceiro de granito enfrente; más debieron de sufrir los que están representados. ¿Dónde se han ido los pájaros? ¿Encontraré un alcatraz en Compostela? ¿Y ella? Las probabilidades deben ser similares. Nada en el mundo nos lleva a otra cosa que no sea la muerte, nada en el Universo que no sea a la extinción. Si eso vi en sus ojos ¿Qué no vería en su corazón? Besarla antes de morir. ¿Qué cantaban los niños? Algo sobre el amor. Ella se fue. Al occidente. Yo al norte, agua y frío. Ella es el calor y donde el sol nunca se pone. Casi estamos juntos. Dos aves de mar tierra adentro. Muy adentro. Si despejara el cielo alguna noche podría volver a ver la luz de las estrellas. Quizás volvería a encontrar la estrella de mi sueño, ante cuya luz todas oscurecen. ¿Cuál es la apuesta para todos nosotros? Mi Señor, ¿Cuál es la mía? Caminamos, rodamos, volamos, iremos al espacio sideral, pero, de verdad ¿a dónde vamos? ¿Qué hay al final del Camino? ¿Tan solo aves de luz que mueren? ¿O los huesos de uno que caminó junto al Salvador? También yo, también los míos, caminamos, y ojalá tengamos semejante suerte si es que no hay otra cosa.

      Las calles de la ciudad donde la lluvia ahuyenta los fantasmas y atrae los modernos trovadores; casas de piedra, el verdín por los rincones, la gente variopinta, por una cinta de tu capa…, sal al balcón…; los templos y los puestos para comerciar, gentes venidas de todas partes ¡Vaya! Incluso hay palomas. Confío que sin halcones que las maten. Gente por todas partes, turistas; incluso peregrinos. Miro la bici, cuento las horas, los minutos. Hay artistas, trujamanes, cómicos, por todas partes disparates.
      Ya solo veo bicis. ¡Aprende a observar!  Me decía mientras íbamos pedaleando. En algún sitio estará. El albergue, los hostales, las pensiones. ¡Hoy debería estar aquí! El tiempo y sus fauces; hice cálculos precisos. Se hace de noche y me agoto de tanto buscar. Mis ojos deben estar hinchados de tanto mirar; ya no lo puedo soportar. Media vida por aquellos peces de colores; toda mi alma por su alcatraz.
      Una vinoteca, un trago. Me debería calmar. Se ha ido. Aquí no está.
− ¡Hola, peregrino! ¿Te puedo acompañar?
− ¿A qué vienes?
−Vengo a beber hasta olvidar
−Entonces, nen, te voy a invitar. De esto entiendo bastante. ¿Cómo te llamas?
−Narciso.
−Vale, Narcís, llámame Gastón y déjate guiar. Comenzaremos con un Rivera del Duero muy poderoso para entrar en calor. Yo si tengo razones para olvidar. Y, ¡por favor! Deja de mirar el mundo de esa manera; levantas las piedras del suelo. Parece que llevaras un millón de pájaros en tu cabeza.
−Deja tú de ser alcotán que yo solo pienso en un alcatraz. Y bebamos.
− ¿A nuestra salud?
         −Por el final de los tiempos. A ver si entonces la puedo encontrar.
          −El género femenino; la mejor de las razones.

 Todos los Caminos conducen a Compostela, y mas allá. 
Muchos caminos a cuestas me llevaron a escribir esta historia. Espero que al menos consiga haceros reflexionar.
Y os dejo con la canción del trovador Bernart de Ventadorn que escuchaba Danika en un momento de descanso. Se titula Can vei la lauzeta mover. (Cuando veo la calandria) El vídeo está hecho con Picassa y mezcla imágenes de La Ruta de Napoleón hasta Roncesvalles, Navarra, y el sur de León; la zona donde se encuentran este par de bicigrinos tan curiosos.


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