viernes, 7 de septiembre de 2012

Cuestión de educación. El cuento completo.

Posiblemente uno de los cuentos que mas disfruté al escribirlo fue Cuestión de educación. Al releerlo me trae agradables recuerdos.
El lugar donde transcurre es un olvidado albergue de peregrinos en Hospital de Órbigo, León. El año pasado aún estaba en funcionamiento. Uno de los primeros lugares de acogida que se acondicionaron para los peregrinos que comenzaron a recorrer el Camino Francés en los años 90. Eran las antiguas escuelas del pueblo y sentado ante un mapa de África recordaba aquella sencilla escuela donde aprendí a leer y escribir, sumar y restar. Era muy similar.
El ambiente es nocturno; un peregrino llega al oscurecer con sus dos perros, y pasará casi toda la noche cuidando de ellos en el patio. Yo he compartido Camino con gente así.
Las situaciones fantásticas se suceden ante la perplejidad de los peregrinos, y una pregunta queda en el aire: ¿aprendemos algo en la vida? Una vida, cien vidas, mil vidas, ¿hemos aprendido algo?
Que no sean maldades.

Disfrutar con su lectura.



              Cuestión de educación


− ¡Buenas noches! ¡Queda un sitio libre!
−Aún queda alguno
− ¿puedo guardar los perros en el patio?
−Por mí no hay problema; confío en que nadie se queje por ello. Tienen sitio de sobra junto a la leña. Confío en que no ladren. Está todo el mundo acostado
− ¿de dónde eres y cuánto tiempo llevas aquí? ¿Me sellas la credencial?
−Yo también soy peregrino. El hospitalero marchó hace rato así que acomódate lo mejor que sepas. ¡Eh! Soy alemán y me llamo Carl
−Yo Antón y soy asturiano, minero ¿Qué estás leyendo?
−Un libro que alguien dejó aquí olvidado
− ¿de qué va?
−Rip van Winkle. Un tipo que va al monte, encuentra a una gente extraña, se emborracha y queda dormido; pero cuando despierta han pasado vente años.
−No es bueno beber tanto. Lo sé por experiencia. Voy a ducharme y colocar mis cosas. Esto parece una escuela como las de mi niñez. Como han construido una nueva ésta la han convertido en albergue.
− ¿Has cenado? Si quieres después me cuentas algo de aquella época de tu infancia. Los demás están todos acostados
− ¿alemanes como tú?
−Casi todos. También hay una rusa, una belga, y algún otro más.

      Una hora más tarde tan solo el minero se encuentra de pie cuando ya es noche cerrada en la ribera del Órbigo. Sentado con sus perros en el suelo del patio tan solo escucha el rumor del viento acariciando las hojas de los chopos.

− ¡A dormir bien mis perrines! Huele a tormenta pero quizá tengamos suerte y no caiga una gota. Un cielo encapotado, una noche sin luz, un silencio absorbente; ya hemos pasado por muchas situaciones semejantes. Estar tranquilos. Me voy a dormir.
     
      Pero apenas queda dormido el ladrido de los perros le despierta y hace salir al patio a ver qué ocurre.

− ¡Callaos! ¡Tranquilos! ¡Aquí no hay nadie! ¿Qué os asusta?

      Mira en los servicios de señora y caballero, en las duchas, por todas partes, y no ve a nadie; incluso sale fuera del albergue y mira por los alrededores. Al entrar al patio se encuentra a Carl que también se ha levantado.

−Lo siento, no sé por qué ladraban; son unos perros de lo más tranquilos
−Algo habrán notado y se han alarmado

      De repente, un relámpago ilumina el cielo encapotado.

− ¡Ves! Seguramente sienten la tormenta cercana. Esconde los perros y vámonos a dormir
−Será lo mejor. Pero, mira, ¡tenemos visita!

      Un gran grupo de luciérnagas vuela sobre el tejado del albergue y se adueña del patio.

− ¿Pero esto qué es?
− ¡Ahí vienen más!
      Cientos y cientos de insectos luminosos van entrando y comienzan a dar vueltas llenando el patio con sus minúsculas lucecitas hasta que el minero se pone a dar palmadas intentando ahuyentarlas y los perros le acompañan con saltos y ladridos.
− ¡Quieto! ¡No hagas nada! ¡No te muevas!
− ¿por qué? ¿Qué pasa? ¡No ves que van a entrar en la casa y lo llenarán todo!
− ¡algo ocurre! ¡Quieto!
      Otro intenso relámpago ilumina el patio y hace huir las luciérnagas, pero un intenso olor a rosas se extiende por todo el patio y cuando comienzan a buscar el origen de tan extraordinario suceso una chica vestida con un chándal blanco y unas zapatillas de bailarina sale al patio y les grita:
− ¿Sabéis qué está ocurriendo aquí? Yo siento cosas muy extrañas
−Tranquila Nastia; también nosotros notamos ese olor extraordinario. No sabemos de dónde procede.
− ¡Y eso! ¡Mirar!


      Tras ellos la verja del patio se desvanece y, como si se tratase de una enorme pantalla, comienzan a ver perfectamente un grupo de cazadores primitivos vestidos con pieles y pintados de rojo que van caminando en fila, con sus arcos y jabalinas, las hondas, porteando unos venados a cuestas dirigiéndose hacia un dolmen sobre el que se ve salir, justo en ese momento, el sol. Los cazadores llegan con sus piezas hasta las tres grandes piedras y comienzan a cantar y bailar en corro mirando de continuo hacia el naciente sol. La pantalla se oscurece unos instantes y comienzan a ver una extraña procesión de hombres suntuosamente vestidos y maquillados de azul dirigiéndose a un esbelto zigurat bajo un cielo sin nubes con el sol en todo lo alto; atraviesan una ciudad de adobe y cal blanca entre gentes que les siguen y aclaman hasta el elevado templo adornado de estatuas demoníacas, portando ofrendas de grano y animales domésticos hacia las terrazas más elevadas. Un nuevo cambio en la pantalla y es ahora un faraón y toda su corte de criados y sacerdotes que se dirigen a Abu Simbel, a la caída del sol, desfilando entre multitudes y entrando en el templo justo cuando los últimos rayos del sol hacen relumbrar las corazas de los guardias y brillar sus vestidos de lino blanco. La pantalla se queda oscura con los últimos rayos de sol. Tan solo se ve la vieja verja de hierro.

− ¿Tú entiendes algo de lo que pasa Carl?
− ¡Callar los dos que se ve algo más!

      En la pantalla ven caminar a un joven vestido de blanco algodón, sandalias, y un largo bastón, en plena noche; todas las gentes a su paso están dormidas y él va pasando entre casas y gentes, capillas llenas de exvotos, bajando una larga cuesta hacia el oráculo de Delfos. 
Una vez dentro del templo, apenas alumbrado por unas pocas lámparas de aceite, el joven grita: ¡Pitia! ¿Queda algún sabio entre los hombres? 
Una extraña voz gutural se escucha gritar: ¿Preguntas por Sócrates?

−Esto es extraordinario; ahora se quedado de nuevo a oscuras pero parece que se pudiera pasar al otro lado, y aquí sigue habiendo una verja metálica.
− ¡Calla! que se vuelve a ver algo

      Un bonito amanecer en unos montes poblados de olivos y un cortejo de hombres y mujeres que siguen a un hombre vestido de blanco sentado en un borrico es lo que comienza a surgir. Van con ramas de olivo en las manos y cantan y bailan festivos mientras se dirigen a una ciudad amurallada. Un nuevo cambio en la pantalla y se muestra una multitud de peregrinos medievales en la gran plaza al pie de la catedral de Compostela aún en construcción cantando y bailando al mediodía; en un día de mercado. Apenas unos segundos después cambia el escenario y lo que muestra es una batalla con cañones y fusilería entre miles de personas y, dominando el escenario, ya al anochecer, Napoleón montado a caballo, observando impasible la terrible carnicería con los últimos rayos de sol a sus espaldas. Se hace la oscuridad de nuevo en la gran ventana.

−Carl, esto parece una lección de historia.
−Pues tendremos que comprender el sentido de todo esto.
    
      Al poco se ve caminar una chica en la noche oscura con su bordón y mochila a la luz de las estrellas y en su mano izquierda lleva una flor. La pantalla se cierra sumiéndose en un punto y desaparece por completo como si nunca hubiese existido. Quedan los tres pensativos y mirándose los unos a los otros cuando oyen hablar a otro peregrino saliendo al patio.

−Hélas! ¡Habéis notado eso!
− ¿A qué te refieres, Marc? Le dice Nastia.
−Son como ondas de sonido que llegasen del cielo
− ¿estás seguro?
−Llevo un buen rato sintiéndolas, por eso he salido al patio ¡si se pudiera ver las estrellas!
− ¿de qué serviría?
−Soy astrónomo aficionado; incluso tengo un telescopio en mi casa, allá en Francia
−El caso es que yo también lo estoy notando, ¡mirar el suelo!

      De repente, el polvo y la tierra del patio comienzan arremolinarse y formar un gran círculo en el suelo que va vibrando y cambiando continuamente hasta formar nueve circunferencias concéntricas de material vibrante.

− ¡Escuchad! ¡Se oye una música!
−No es música; es un sonido que se repite de modo continuo
−Se parece al sonido que emiten las estrellas y algunos planetas gigantes como Júpiter, ¡pero se percibe con total claridad!
− ¡algo está pasando! ¿Vendrá del espacio?
−No lo sé pero mis perros están muy inquietos; ellos escuchan cosas que nosotros no sentimos ¡ahí viene alguien! Está fuera del albergue.
−Es un peregrino del norte de Alemania, ¿Qué te ocurre? Hahn.
−Siento una música que viene del río.
−No, es un sonido que cae de lo alto; − le dice Marc, indicándole con el dedo el oscuro cielo
− ¡que no!, ¡que no! Que viene de fuera, como si… ¡Mirar la puerta!

      Un grupo de peregrinos medievales armados con todo tipo de instrumentos aparecen atravesando como fantasmas por la puerta de hierro interpretando una hermosa tonada con sus gaitas y chirimías, sacabuches y panderos; pasan a su lado, ignorándoles, y continúan su marcha con sus cánticos atravesando el edificio.

− ¡Nunca he visto nada igual! ¡Parecían seres vivos y actuales! ¡Pasaron a través de mí! Grita Nastia.
− ¡y yo! Incluso he notado el olor a pies y sobaco que soltaban pero he tenido que sujetar los perros que se les tiraban
−Ha sido una ilusión, lo de antes y lo de ahora, que no me puedo explicar. −Les dice a Carl. Mira los círculos de tierra en el patio; ahora están quietos pero no se han desfigurado aunque todos los músicos pasaron por encima
−Esto es cada vez más extraño, ¡Uf, vaya relámpago! Tenemos la tormenta cerca. Será mejor irse a dormir. Yo me quedaré un rato con los perros a ver si los calmo.


      Tras retirarse al interior del albergue uno por uno van a su litera, excepto Carl, que prefiere sentarse en una silla a leer un poco. Al rato entra Antón y le dice:

− ¡Qué! ¿No tienes sueño? Vaya noche más extraña
−No sé qué ocurre y me parece inútil acostarme. Estaría dando vueltas en el saco pensando una y otra vez en lo que he visto
− ¿qué lees?
−La historia del Jinete sin cabeza
−Lo que te faltaba para tener la mente perdida, ¿quieres un poco de vino? He visto por aquí un par de botellas y es de buena calidad. De esta tierra.
−Pues abre una, ¿qué te parece lo que hemos visto?
− ¿te fijaste en la reacción de los perros?
−Sí, parecían sentir lo mismo que nosotros
− ¿y los círculos? Eso no es una alucinación. Siguen ahí fuera. Y esa extraña calma con tantos relámpagos. El silencio absoluto.
−Esto fue una escuela y me parece que tenemos mucho que aprender; ¡bueno, otra que se levanta! ¿Quieres un vaso de vino? ¿Entiendes mi idioma? ¿De dónde vienes?
−Sí que te entiendo; soy belga, y me apunto al vino. No hay quien duerma; me siento algo rara.
− ¿no eres la ciclista que llegó a última hora?
−Sí, soy yo, y este bigotudo debe ser el de los perros que llegó después que yo. El vino no está mal.
−Siento ser una molestia y me parece que les siento otra vez inquietos; voy a ver
−Voy contigo; no vaya a aparecer otra cosa rara.


      Apenas salir de nuevo al patio ven aparecer un par de hermosas damas ataviadas con trajes de la época del renacimiento caminando del brazo. Una de ellas, de edad más avanzada trata de consolar a la más joven que no para de llorar desconsoladamente.

− ¿Quiénes sois? Pregunta la belga
−Soy la amada dama de don Suero y esta es mi fiel hermana
− ¿por qué lloras?
−Por el infinito amor que mi amante ofreció y yo, insensata, rechacé
− ¿qué llevas en las manos?
−Es el eslabón más débil de las cadenas que él arrastró por mi amor hasta Compostela
− ¿no lo quieres romper?
−Es lo único que me queda de él
−Hay algo que aún queda en ti y que nunca perderás, ignorante.
− ¿el qué?
−Coloca el eslabón en el centro de tu pecho tapándolo con las dos manos
− ¿así?
−Y ahora pronuncia su nombre pensando en tu amado con toda tu alma
− ¡Don Suero!
− ¡Bien!, ahora mira al cielo.

      Las oscuras nubes se van abriendo y una claridad excelsa desciende de lo alto. Un hombre adulto, vestido de fraile de blanco hábito, desciende como una exhalación hasta tomar en sus brazos a la joven; sin decir palabra la besa en los labios y después toma a las dos por la cintura y se las lleva consigo entre las nubes desapareciendo la claridad portentosa. Un nuevo relámpago y la oscuridad y la calma se apoderan de nuevo del patio.

− ¡Vaya! ¡Qué interesante! Pero bueno; esto se ha terminado. Podemos terminar el vino e irnos a dormir
−Mira, Carl, ¡ya no sé qué creer después de ver estas cosas! Esto sobrepasa todo lo que he visto o soñado en mi vida. Habría que llamar a alguien.
−Iros a la cama y ya lo veréis más claro
− ¿pero tú quién eres para tomarte estas cosas con tanta tranquilidad?
−Una chica que ha visto más cosas de las que podéis imaginar, y estar seguros de que apenas durmáis algo entenderéis mejor las cosas. No sé qué sabréis de la vida pero del Camino no sabéis aún el alfabeto. ¿Aún queda vino?
      Carl es de nuevo el último en acostarse y no para de dar vueltas en la cama mirando hacia la ventana y las oscuras paredes de la habitación; pero apenas se queda dormido ve venir hacia él, atravesando la oscuridad de su sueño, un par de inmensas aves, como formadas de una luz muy pura. Se acercan a él y una de ellas le habla al oído de manera ininteligible. El siente en su interior como si le dijera: 
¿Ves el río y la hermosa ribera de árboles esbeltos? ¿Ves los caminos cubiertos de flores? ¿Ves los millares de seres siguiendo esta misma ruta? ¡Pues levántate y busca la muchacha que de noche camina! En su mano izquierda lleva una flor que simboliza lo que buscas sin saber, en la derecha el bastón con el poder que necesitas para conseguirlo, y en sus espaldas carga con todo lo que tú le deberás arrebatar.

 Dedicado a esos compañeros con los que anduve el Camino y escuchamos su canción. Sin ellos no habría sido posible.
Los círculos bailantes en el suelo se pueden formar por la acción de un sonido percusivo y constante. Se denominan cinéticas.  Si tenéis un un altavoz lo ponéis boca arriba, le ponéis algo de gelatina no espesa y una música simplona y machacona a todo volumen; veréis la gelatina bailar e intentando expandirse en forma circular. Para formar nueve círculos de polvo y arena en un lugar preciso tendría que llegar una señal muy poderosa y precisa desde un punto en la atmósfera terrestre. 
Un experimento científico para mostraros cómo se puede generar todo tipo de dibujos empleando simplemente el sonido, como hace la naturaleza.



Hay quien hace cosas maravillosas aprovechando las propiedades del sonido. Por ejemplo podéis mirar en este enlace: http://www.popgive.com/2008/12/examples-of-kinetic-illusions-in-op-art.html
 Y también os dejo un vídeo del grupo medievalista Trempadura de una aproximación a la música y canciones que los peregrinos cantaban camino de Compostela hace cientos de años. Alegría jocosa y flores en el sombrero de quien va al encuentro del aquel que caminó mano con mano del Salvador.


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