miércoles, 24 de octubre de 2012

Capítulo sexto. El cuento de Flora.

   En el cuento final, Una mariposa con tres alas, caminando por las playas y acantilados del fin del mundo los personajes del Camino de las luciérnagas van relatando sus propias experiencias o sueños a sus compañeros de peregrinaje.
No quería marcharse Flora, la peregrina inglesa, sin dejarnos algo de su propia cosecha. Una historia triste y náutica, y muy muy española.
Confío que os agrade.




Capítulo sexto

− ¡Qué bien se está aquí sentadas en la arena! Me dan ganas de tomar un baño
−Aún no has hecho la digestión, Flora. Y deberíamos seguir caminando hasta alcanzar a Carl y los otros. Ya no les veo.
−Marcha tú, Simón, si tanta prisa tienes; que nosotras no tenemos gana alguna.
−No le ordenes marchar Laiba; que no le quiero volver a perder de vista. Empieza a caminar y no le vemos en tres días.
− ¡Uf! ¡Que tonta estás con tu amante volátil! Tú deberías ser la que le ordenase marchar. Si supieras lo que les dice a los otros cuando no le oyes. ¿Cómo es, Nastia?
−Eres por detrás tentación cimbreante, de perfil imponente, pero mirada de frente es un espanto constante.
− ¿Simón? ¿Es que no soy lo suficientemente guapa para ti? Pues mira, chúpame la punta del pie; y ya te estás largando a la carrera.
−Lo digo por que no te cuidas; con lo guapa que eres. No piensas en ti misma, en tu aspecto; no te peinas. Cada día que pasa vas mas desastrada y deberías darte protección solar; colorada como una calabaza y llenándote de pecas todo el rostro. Lo digo por tu bien. Mira Nicasia como va siempre de maquillada.
− ¡Sabrás tú mucho de belleza femenina! Ya te estas yendo con tus amigos que tenemos que hablar de cosas de mujeres. ¡Largo, truhan!
−Eso, eso Flora, que se marche este pesado. Te dice a ti que no te proteges del sol y él va casi desnudo. ¡Que te vayas!
−Mírale, será bicho; a la única persona que obedece es a ti Laiba. Y, a ver, Flora qué era eso que estabas mascullando mientras comíamos. Estabas en alfa. Ni nos escuchabas. Te quedaste dormida encima de la mesa.
−Los culpables habéis sido Simón y tú, Nastia, con esas historias que contabais esta mañana. Cuando paramos me vino a la cabeza una ¿leyenda? de la España Antigua. Es como una visión que no me quito de la cabeza.
−Pues cuéntanosla, ahora que nos quedamos las cuatro solas. Será algo terrible, supongo, por que este es un pueblo de bárbaros y matadores de toros
−Son mucho mas que eso; tienen memoria de un pasado antiquísimo que se les está yendo de las manos y perdiendo. Va de toros y ancestros la historia. Os contaré algo.


En la terraza del elevado torreón levantado en el centro de la inmensa ciudad laberinto al borde del mar, otea las nubes del cielo y las olas del mar el rey Atlán. A su izquierda, cercano, se encuentra el Templo de La Luz Divina, guardado por diez cuervos que bailan su danza adivina sobre los tejados de bronce; y en su interior diez sacerdotes  realizan el rito supremo de alabanza al Creador. Necesitan los mejores auspicios y todas las bendiciones para el día próximo.
El día en que se celebraran las bodas, las bodas atlantes, entre su santo rey supremo y la reina y señora del reino de Tartessos. Auscultan arúspices las entrañas de palomas y águilas buscando algún defecto que alerten de algún mal lejano. Llega la reina. La reina de todas las tierras interiores de este continente donde un día ya lejano llegaron en sus largas barcazas huyendo de la destrucción de su mundo y reino de nautas.
En estas largas playas buscaron refugio y acomodo, en estos campos inmensos, las grandes arenas, cerca de la desembocadura del gran río; fueron acogidos en paz por los pueblos guerreros del inmenso valle del Betis y de las montañas cercanas; y todos los pueblos de interior les dieron el parabién tras largo concejo. Mañana llega el día soñado por todos los refugiados; su alto y esbelto rey, el mas perfecto de los hombres que nunca caminaron por las tierras de los dioses y los hombres, el mejor marino que nunca conocieron los mares, se va a casar con la reina dorada, la de piel blanca como leche, los grandes cabellos enroscados en largas espirales, la de perfecta cintura y manos como alas de mariposa, la reina Astarga. Llega la señora de tierras y hombres atravesando sus tierras y bosques para realizar la unión sagrada de los hijos del mar y los hijos de la tierra.
Cantan a la puesta de sol los sacerdotes sus interminables letanías, bailan los cuervos sobre las cúpulas doradas, danzan en las inmensas lanchas los nautas atlantes y encienden grandes hogueras en las dulces arenas de la playa interminable que les acogió tiempo atrás. Mañana reinará la paz, gobernará el amor, se llenarán de gozo todos los pueblos de la Europa conocida y el África cercana. Mañana serán las bodas del mar y la tierra; los propios dioses serán testigos, los albaceas, del sello eterno que unirá para siempre los pueblos más audaces de la tierra. Atlantes y tartessos. Gran fiesta, la mayor que vieron los cielos; llega la reina. Ya se siente a lo lejos su interminable cortejo. Mensajeros de los diez reinos del mundo están presentes, sus grandes barcos encallados en las arenas, prodigiosos son sus presentes, tendrán que construir un nuevo palacio para contenerlos. Llega la reina. Diez reyes gobiernan los pueblos nautas y uno más, el único santo, el hijo de los atlantes, gobierna en paz sobre todos ellos. Atlan, el último superviviente de la dorada estirpe del dios náutico.



Llega la reina al caer la tarde a los últimos altozanos antes de bajar al gran valle y las grandes arenas donde aguardan altivos los atlantes y sus largas naves. Cien toros bravos preceden el cortejo conducidos por sus mejores jinetes, los más bravos guerreros que el mundo ha conocido; sus cascos broncíneos, sus largas jabalinas y los escudos dorados. Van detrás suyo, en interminable cortejo, los regalos de los reyes del mundo para el enlace sagrado: cien cerdos negros, semisalvajes, arrancados de los interminables encinares, seguidos de cien vacas blancas traídas de las altas montañas del norte y mil ovejas lustrosas preceden a dos carros cargados de libras de estaño y plata, oricalco y oro, tirados por los mas fornidos bueyes que por la tierra caminan.
Una procesión de cantarines y antorchas se va deteniendo para levantar el campamento de la reina Astarga. Ya se ve el mar en lontananza, mañana es el día; mañana pisaran las doradas arenas y bañaran las dulces olas del mar sus cansados pies. Semanas llevan caminando ante el real cortejo desde el brumoso norte, cantando y haciendo sonar sus largas flautas, entonando alegres melodías mientras recorrían el mundo hasta el mar atlante.
Posan los altos estandartes de la reina y marcan el círculo donde levantaran campamento. ¡Algo ocurre! ¡Es la reina! Baja de su engalanado carro de nardos y rosas, laurel y espliego, fastuosa y soberbia camina hasta ver en la lejanía el palacio encalado de la Luz Divina y, a su lado, el inmenso laberinto del campamento atlante. En su centro el altivo torreón donde el rey aguarda, esperando. Mientras preparan las grandes tiendas de campaña y descargan sus pertenencias repasa mentalmente su inmenso ajuar, sus telas, sus joyas, tocados, calzados; una extraña impresión le alcanza cuando los últimos rayos de sol se derraman sobre las lejanas olas y se lleva la mano al pecho cargado de las mas excelsas bullas que los sacerdotes de todos los reinos iberos y curetes han realizado para su protección.
Se va, la aprensión se marcha, reine la fiesta ordena Astarga; mañana serán mis bodas y cantarán la luna y las estrellas para alegrarnos y los alados dragones bailaran al son de vuestros crótalos. Preparen la cena. Que corra la miel y lance el centauro su flecha para anunciar la noche. Cantan y bailan en los corros las niñas, con giros portentosos hacen sonar los crótalos y batiendo palmas hacen girar sus livianas faldas; poseídas por su duende primitivo mueven brazos y manos con movimientos acompasados e increíblemente gráciles, bailan rodeando los fuegos para alegrar la cena de su reina y señora. Bailan, cantan, y se divierten intensamente hasta que la dueña se retira a su tienda.
Repasa Astarga su rico ajuar, los vestidos de lino, las capas de lana, sus finos collares de ámbar y corales diversos, los gruesos de azabache, sus cuchillos de jade, los ricos brocados, las rodelas de latón dorado; sus bullas consagradas a la Madre Divina. Remonta con su imaginación los caminos hoyados para llegar hasta la costa desde su ciudad amurallada, el pacto alcanzado por ambos senados, la unión de los reyes, las razas, la paz eterna y la riqueza mutua; la descripción que le dieron del altivo rey Atlan del que todos los pueblos del mar son seguidores y tributarios. Reposa la reina en su elevado catre mientras se envuelve en coloridos ensueños y los sonidos del bosque. El silencio llega envuelto en las dulces brumas de las marismas; el sueño.


Sueña el rey; sueña que se haya inmerso, atrapado, en el centro de un inmenso laberinto subhumano. Apenas nació, recuerda, se vio empujando a recorrer los rincones y situaciones de esta comedia humana, siempre hacia adentro, siempre hacia lo oscuro, siempre la guerra; ni un momento de paz bajo las estrellas. Ahora esta en el centro, en el centro de todo; la mas escondida estancia. ¿Cómo saldrá de ella? A sus pies hay una estrella.

Sueña la reina; su amado está en la proa de un gran barco surcando las negras aguas. Viene a buscarla para llevarla al mas allá; la isla del amor y la luz imperecedera. Partirán juntos siguiendo estelas de delfines y navegando sobre arrecifes de coral. Atrás quedaran los hombres y las guerras, lejanos los palacios de roca y las murallas de barro y madera; las feroces jabalinas. Mañana serán las bodas y ella llegará ante el altar de los dioses engalanada y dichosa, portando es sus manos el símbolo del más preciado don de las hembras: la pureza.



Sueña el rey, sueña la reina, dormita la creación entera, cuando unos guardias despiertan abruptamente a su señora.

− ¿Qué sucede que interrumpís mi sueño? ¿Son mensajeros del rey? ¿Qué es?
−No sabemos señora, jamás vimos algo similar; es algo que sale del mar.
− ¿Del océano? Pero si está muy lejos, apenas una línea en el horizonte, y de noche, ¡que vais a ver vosotros! ¡Madre Santa!

Surgiendo de la recta línea del mar inmenso van surgiendo luces como pequeños soles, preciosas lunas y planetas, luces de todos los tamaños y colores iluminando el firmamento bajo las estrellas. Docenas, cientos, de luces suben a la alta atmósfera y se dispersan en todas direcciones.

− ¡Despertar la ciudad! ¡Todos a las naves! ¡Con lo puesto! ¡Dar la alarma! ¡Dar la alarma!

Es el rey Atlan, el que grita, apenas despertado unos segundos atrás por uno de sus vigilantes.

− ¡Abandonamos la ciudad! ¡Todos a las naves corriendo!

Con una jabalina en las manos y apenas un taparrabos por todo vestido el rey va gritando por las calles de su ciudad amurallada.

−Dioses del cielo, musita para sí, ¡otra vez! ¡Otra vez! Somos los únicos que quedamos, unos pocos supervivientes, y otra vez el mismo horror. ¡Otra vez no! Grita al cielo, desesperado.

Apenas el grito ha salido de su cuello un tremor intenso le tira al suelo; pareciera que la tierra se hubiera salido de su eje, durante minutos todo tiembla y se desbarata. El derrumbe es completo, no queda un muro en pie, y el silencio apenas se altera por la caída de algún cascote.


Clarea, la suave luz del alba del oriente llega y comienzan a distinguirse las formas. En el campamento tartesso la reina consigue reunir un grupo de sus mejores jinetes para lanzarse al galope hacia las grandes arenas de la playa sin fin donde espera rescatar a su rey atlante. Son los mejores jinetes del mundo, nadie puede igualarles en valor y destreza; la reina misma parece que nació sobre la grupa de un caballo.

− ¡Reagrupar los rebaños! ¡No dejéis que se escape ni uno solo de mis animales! Grita a sus pastores y jinetes cuando baja del campamento.
−No podemos, señora, no hay manera. Todas las bestias salen huyendo hacia las montañas, despavoridas. Temen al mar. Le grita el mayoral de sus rebaños.
− ¡Miedo al mar! ¡Ten reunidos todos mis rebaños para mi vuelta! Sigamos, sigamos, bajemos a la ciudad atlante.

Y siguen cabalgando esforzados y raudos hasta que los caballos echan espuma por la boca y comienzan a renegar de la marcha y rebelarse contra los jinetes.

− ¿Qué ocurre señora? Los caballos se niegan a dar un paso más. Ya se ven las arenas de la playa.
−Quietos un momento, no os mováis. Mirar el océano. Las aguas se retiran como llamadas por los dioses. Calmad a los caballos, aguantar en el sitio. ¡Mirad!

Una ola inmensa viene en dirección a la costa abarcándolo todo, como una línea de oscuridad se va alzando y extendiendo en cuanto la vista abarca. Impávidos, los jinetes aguardan desde las alturas del monte el momento que el mar descargue la destrucción completa. Segundos después todo el valle a sus pies está completamente inundado, el mar se lo ha tragado; donde antes había una fértil llanura y campos cultivados ahora es una laguna.


Cuando el sol está ya en lo mas alto y se esconden las sombras la reina camina, descalza, por la orilla del mar buscando en vano los restos de la ciudad atlante y de su amado. Camina absorta, camina insegura, seguida por su excelente alazán. Camina, camina mirando las breves olas, y en su mano lleva una flor.
Un lirio blanco, un sencillo lirio, es todo cuanto de él quedó. Vaga su alma de dulce paloma sobre las aguas océanas buscando el cuerpo del rey amado, por todos soñado, el hijo del dios de las tormentas, que, rapaz y cruel, consigo se lo ha llevado. A lo lejos ve un toro blanco nadando sobre las aguas de la laguna recién creada buscando sus antiguos pastos.
Se fue, se lo llevaron, no pudo ser. Un toro blanco. Y en mi mano una flor. Nada suyo sobrevivió.

Esta era la historia que Flora nos quería contar. Me gustaría que pudierais escuchar el rumor de las olas.

No es mucho el material que he podido encontrar para escribir este capítulo, lo siento, sobre los pueblos tartesios, íberos, curetes, celtas, que poblaban la península ibérica milenios atrás. Y de los atlantes aún menos. He tenido que echar mano de la imaginación.

Quizá nunca sepamos qué querían representar aquellos antiguos hispanos, pero en  algunos museos se conservan bustos y figuras de cuerpo entero. ¿Eran reinas, sacerdotisas, qué? Solo se han encontrado restos de sus increíbles tesoros. 
Los restos de la eterna España, de aquellos pueblos aguerridos que se unieron contra el invasor Asdrúbal, el invencible general cartaginés, echándole en cara que estas tierras y gentes siempre habían acogido a cuantos pueblos hubieran llegado, allende los mares, o atravesando las montañas norteñas. Siempre a condición de que ninguno imperara sobre los demás.
Y después vinieron los romanos. En fin, la prácticamente hoy desconocida historia de Iberia.
Pronto el siguiente capítulo de Una mariposa con tres alas.
Un estupendo blog donde informarse sobre los pueblos de la antiguedad europea:
http://loinvisibleenelarte.blogspot.com.es/


En este otro enlace podéis leer una estupenda información sobre el enigmático Disco de Festos, encontrado en el Palacio de Minos en 1908.
Es muy interesante; por un lado simula un laberinto, una especie de antiquísimo juego de la oca, que podría servir para cantar en diferentes rituales. Pero por otro parece el primer mapa celeste levantado en algún lugar de Europa y llevado al rey de los cretenses. Al igual que tiene una cara A y una cara B serviría para mas de una cosa y podría tener varias capas de información, con significados ocultos a la vista.
Hay quien opina que procede de Anatolia y quien opina que fue llevado desde Iberia y en él se incluyen signos del alfabeto del pueblo tartesio.
Un estupendo trabajo sobre la posible utilización de este disco como mapa estelar, a la vez que servía para los ritos a la Madre Celeste, en este enlace: El disco de Festos como mapa estelar


Hace 5000 años los pueblos del noroeste de España gustaban de dibujar laberintos en las rocas del monte. Y, supongo, que mil o mil quinientos años mas tarde estos laberintos, que tal vez no fuera mas que un juego de pastores y cazadores del Neolítico, ya había evolucionado hasta el juego portátil, con todos sus ideogramas, del Disco de Festos. Y un principio de abecedario.
No es mas que una suposición.
Y una noticia reciente sobre la zona del Coto Doñana y sus pobladores hace 5.000 años
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/10/29/andalucia/1351526457_987065.html
Posiblemente un maremoto, a consecuencia de un tremendo terremoto como el de Lisboa, formó una inmensa laguna en lo que era un fértil valle cercano a la desembocadura del río Guadalquivir. Con el paso de los siglos la laguna se desecó y solo quedan ya las famosas marismas de esta zona.

La zona que recorre el cortejo real con sus rebaños camino del mar es La Sierra de Aracena, bajando hacia Valverde del Camino, Huelva. Algún día me gustaría conocer esta zona y los Picos de Aroche. Un enlace para conocer el lugar: http://www.escapadarural.com/blog/el-parque-natural-sierra-de-aracena-y-picos-de-aroche/

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