viernes, 19 de octubre de 2012

El día que se cayó la gente. Cuento completo.

Un fin de semana más me animo a subir otro cuento en versión para lectores digitales. Transcurre la acción en el Valle del Río Valcarcel y en un albergue bien conocido de la mayoría de los peregrinos que han recorrido el Camino Francés a Santiago.

El día que se calló la gente

Después de llevar caminando mas de quinientos kilómetros sin tener ni una mísera ampolla, y hoy no sé dónde habré pisado que me ha entrado una tendinitis que no puedo casi andar. Tendré que parar en el primer sitio que encuentre abierto y quedarme un buen rato. Me parece que tendré que dejar la subida al Cebreiro para mañana.
Ya no puedo más. A cada paso que doy el dolor aumenta. A esta hora debe de haber algún albergue abierto; en el primero que encuentre paro y me quedo. Preguntaré en este bar a la entrada del pueblo y de paso descanso y me rehidrato un poco.


A la puerta de un albergue que está unos doscientos metros mas adelante se encuentran sentadas y esperando un par de peregrinas charlando en un inglés fluido y vertiginoso; intercalando palabras en español. No tienen prisa por entrar, apenas faltan unos minutos para que llegue la hora de la apertura, y ya han decidido que hoy no caminarán más.
−Gracias, Laiba, por quedarte conmigo; pero, de verdad que no hacía falta. Es que hoy no puedo más.
−Estás débil y haces etapas muy largas o extrañas. Apareces y desapareces continuamente. Estás agotada.
−Si descanso lo suficiente mañana os alcanzaré sin problemas. No hace falta que te quedes aquí para acompañarme. Los albergues se llenan todos los días y seguro que aparecerá algún conocido. Deberías seguir con tus amigos.
−También es por mí misma. Necesito descanso. Llevo varias noches casi sin pegar ojo. Entre ronquidos y juerguistas, sueños y pesadillas, estoy rendida. Confío en que pueda dormir diez o doce horas. ¡Aquí hay una tranquilidad!

Se abre la puerta del albergue y aparece la figura del hospitalero; un hombre bajito y de complexión robusta, sonriente como un buda y de aspecto bonachón. Les invita a entrar por la estrecha puerta con un sencillo:
− ¡Pasar y presentaros! Descalzaros y dejar vuestras botas en este lugar y las mochilas en este otro. Sed bienvenidas. Cuando podías me mostráis la credencial.
En esos momentos llega un numeroso grupo de chicos y chicas de Corea del Sur que también quieren quedarse en el albergue. No paran de hablar en su lengua nativa y le enseñan, todos a la vez, una docena de credenciales.
− ¡No!, ¡no! Vosotros esperar fuera, a la sombra. Ya os llamaré yo para que vayáis entrando de dos en dos. ¿De acuerdo? De dos en dos. Esperar a la sombra. Descansar. Tomar un poco de agua fresca.

Y cierra la puerta dejando a los chicos fuera para atender a las dos peregrinas recién llegadas. Se sienta en su mesa y toma una credencial para anotar sus datos.
−Disculpar pero no se puede andar con prisas. Malo para el Camino. ¿Así que te llamas Flora…?

Casi una hora después es nuestro peregrino cojeante el que entra por la puerta y saluda con un sonoro ¡Condú delek!
-¡Tashi delek! Le contesta el hospitalero.
− ¿Te queda un sitio libre?
−Uno solamente me queda. ¿Quieres quedarte con nosotros?
−No me queda mas remedio. Estoy que no camino. Me dijeron en el bar que das masajes. ¿Qué técnica usas?
−Si masaje necesitas algo se podrá hacer. Déjame tu credencial. ¿Eres budista?
−No; pero he viajado por Tíbet y la India. Sé algo del tema. Solo necesito descanso y tranquilidad. Una buena siesta y masaje profundo. Como no funcione tendré que volver a casa. No soporto estos pinchazos en el pie.
−Después de la ducha y la siesta bajas al río que está a la entrada del pueblo y metes los pies en el agua. Los dejas refrescando todo el tiempo que puedas y una hora antes de la cena te daré un masaje que mañana subirás al Cebreiro como un campeón.  Así que eres catalán, ¡Esteve!.
−Sí, de la mismísima Barcelona. ¿Y tú? ¿De dónde eres?
−De donde me indique el dharma. Disculpa un momento; a ver si consigo que estos chavales dejen de dar gritos. Solo hablan coreano y no me hacen ni puñetero caso. Como no se calmen les pongo a todos de patitas en la calle.
−Tuc shi chee, hospitalero. Tengo una sensación de agobio tremenda. Cualquier ruido o voces me producen un efecto perverso.
−No te preocupes, Esteve; que enseguida pongo orden y estoy contigo.


Unas horas mas tarde sale Esteve del albergue, acompañado de Flora y Laiba y se van a un bar cercano. Se sientan en una mesa y piden una ronda de café y chupitos.
−No me gusta este alcohol tan fuerte; no sé por qué lo has pedido.
−Hazme caso, inglesita encantadora, esto es lo que necesita tu estómago para digerir tan copiosa cena.
−Pues yo estoy comenzando a cogerle el gusto, Esteve. Ya veremos en Galicia. Por cierto, sigues cojeando bastante; y eso que estuviste más de una hora de masaje.
−Sí, es que después del masaje propiamente dicho me aplicó una sesión de reiki. Tal vez mañana me encuentre mejor. Ahora apenas puedo apoyar el pie.
− ¿Qué eso del reiki?
−Es un tío que te hace pases de manos por el cuerpo, Flora; si Esteve te echara el humo del cigarrillo encima, (¿no lo hacen los chamanes del amazonas?) te haría el mismo efecto. Ninguno.
−No es así, no es así; Laiba. El sanador utiliza la energía cósmica para requilibrar la tuya personal para ayudar en tu recuperación.
− ¿Energía cósmica? ¿Neutrinos y rayos gamma? ¿Tu energía personal y divina? ¿Sale eso en un TAC o en cualquier otro escáner? Enciende tu próximo cigarrillo con ella y tira el mechero.
−Son energías de tipo espiritual. No pueden ser registradas por maquinas que solo buscan lo sólido, lo material.
− ¡No digas bobadas! ¡Espiritual! Eso de lo que hablas no es mas que electricidad, ¡la electricidad del cuerpo! ¿No te enseñaron eso en la escuela? La estática de la piel y si pasas la mano….
−No es eso; no sabría decirte ahora.
−Bueno, bueno;  ¿y creerás en la magia y la brujería?
−No te pongas así conmigo. No creo casi en nada. Solo busco cosas que funcionen.
−Perdonar que me entrometa, estaba mirando la tele y no escuchaba lo que decíais pero me parece que ambos deberíais ceder un poco y no seguir subiendo el tono de voz ¡estáis dando voces!
− ¿Que ceda? ¿En qué, Flora? ¿En lo de los pases mágicos?
−Laiba ¡que hay cosas que no registran las máquinas de los hospitales ni las cámaras de fotos!
−Bueno, si os sirve de algo, a mi me han ocurrido cosas muy extrañas, inexplicables, en estos últimos días
− ¿Cómo qué? Yo te veo muy normal. Solo hemos coincidido en algunas etapas pero no te he visto nunca ni un gesto raro
−Bueno, no sé explicarlo. Serán ilusiones debidas al cansancio. En ocasiones ya no se dónde estoy o como he llegado a ese lugar.
−Te despistas.
−No es eso; he visto cosas… ¡Y unos sueños!
−Puede que hayan sido experiencias transcendentes que no has sabido asimilar. Tranquila. Ya llegará el momento en que lo veas todo claro. Yo venía muy mal, de la cabeza, al empezar el Camino, pero a partir de León he ido caminando estupendamente. Hacía años que no me sentía tan bien. Y hoy me aparece este dolor en el pie que me está amargando la jornada.
− ¿No habrás hecho una etapa muy larga o rápida, Esteve?
−Anoche dormí en Cacabelos y me estaba tomando las cosas con calma; pero al pasar por Villafranca del Bierzo esta mañana me entró un dolor en la planta del pie derecho que he llegado hasta aquí casi a la pata coja.
−Esteve, tú eres arquitecto, ¿Cómo no fuiste a un centro médico al aparecer el dolor?
−Me limité a comprar unos analgésicos en una farmacia. Pensé que sería suficiente.
− ¿Tú eres arquitecto? ¿Y cómo sería la ciudad de Esteve? ¿Llena de magos con barita mágica y brujas y exorcistas y cosas de esas? Seguro que habría templos para unas digamos cuatrocientas mil divinidades ¿no?
−He visto ciudades similares a lo que dices. Ciudades con calles repletas de templos y capillas de todo tipo imaginable de las más conocidas o curiosas sectas del mundo. Conviviendo grácilmente o tirándose a matar con toda la maldad de que es capaz el ser humano; que es muy grande.
− ¿Qué harías en tu ciudad ideal? ¿Las prohibirías?
−Tan solo prohibiría la estulticia. Al ser ideal yo no pondría templo alguno. Tal vez un mirador. Quizá inspirado en Stonehenge. ¿Lo conoces?
−Por la tele. Nunca he estado allí. Pero la gente religiosa como tú necesita un templo. Ya sabes, cuatro paredes al menos.
−Ni eso. Muros, ¡uf! Tabiques ¡qué horror! No sé, haría algo megalítico, con un toque orgánico, de materiales ultraligeros y reciclables. Si tuviera un papel y bolígrafo…
− ¿Quieres que busque uno? Se lo pediré a la dueña del bar.
−Déjalo. No importa. Si hiciera algo en algún sitio, seguro que en cuanto lo terminase la gente que acudiera miraría la construcción o las estrellas y seguiría sin comprender que aquello que busca (llámalo Dios, Buda, Dharma, lo que sea) esta ya ahí y es él mismo lo que está observando. Y volverían a construir sus capillas, con sus muros para estar bien aislados de los demás cuando dicen estar con Dios; y de vuelta a las sectas. No merece la pena. Primero tiene que terminarse con tanta ignorancia humana.
−Bueno, pero ¿Qué habría que hacer en ese lugar tuyo? ¿Cómo serían las ceremonias? ¿Habría ritos de algún tipo al salir el sol o algo así?
−Nada, no habría nada. Lo mejor sería pasear o sentarse y guardar silencio y disfrutar de uno mismo.
-¿Y cómo sería tu casa en tu propia ciudad?
-Ahora mismo no tengo ni idea; no sé qué haría.
− ¡Oh no! Se nos terminó el poco silencio y tranquilidad que teníamos. Ya están aquí los chicos coreanos ¡que voces dan!
−Tú deberías llamar a un taxi y que te llevara al hospital de Ponferrada. ¡Pero urgente! Si quieres yo te acompaño.
−Gracias, Laiba, pero seguro que mañana estaré bien ¡Buff! Vámonos fuera porque no soporto esta algarabía. Salgamos de aquí.


Al volver de regreso al albergue y subir las escaleras de acceso Esteve siente un fuerte pinchazo en el pie que le hace soltar una exclamación escatológica mirando al cielo. Ve en ese momento pasar una estrella fugaz, bajo las estrellas, y se queda unos instantes quieto. ¡Hay un silencio! Sus dos compañeras se encuentran en el interior; no pasa ningún coche, no hay ruido. Está todo como quieto.
Se aferra al silencio. Rodea una mesa y se sienta en una silla de hierro. Se queda quieto. El dolor en el pie va remitiendo. Se va en el silencio. Se queda mirando una casa enfrente mismo del albergue. La casa olvidada, derrumbada, sin gente. Enciende un último cigarrillo y al mirar la colilla ardiente le viene como un presentimiento que le produce un escalofrío tremendo. Apaga el cigarro mientras gruesas lágrimas brotan de sus ojos y ruedan por su rostro y su cuello. 
No somos más que polvo de estrellas.
Se queda quieto. Llorando por la gente. En silencio
Una lágrima de fuego.

No es precisamente un cuento alegre y divertido pero en la vida y en el Camino, cualquier Camino, hay días así. Dolor y desesperanza; pero el río sigue fluyendo y confiamos que el día siguiente traiga la luz de la aurora a nuestros tristes corazones.

El albergue donde tomé la idea para este cuento es el Pequeño Potala de Ruitelan: https://www.facebook.com/pequepotala?fref=ts
Siempre les estaré agradecido por su acogida en su estupendo albergue de peregrinos.

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