miércoles, 10 de octubre de 2012

Tres luciérnagas. Cuento fantástico y onírico.

   Caminos habrá tantos como personas, sueños tantos como universos, y cuentos tantos como seamos capaces de pergeñar.
Ideé este relato corto para Camino de las luciérnagas meditando sobre mis recuerdos haciendo el Camino de San Salvador, que transcurre desde León a Oviedo.
Después de mucho cavilar sobre la trama y situación, el peregrino apareció un día contando su cuento; ¡qué bien! pensé, me lo cuenta él mismo. Pero el final derivó en terror puro y duro. Estaba solo con mi viejo peregrino, disfrutando, pero al irse olvidó algo esencial en su relato y caminar incierto: quien es él mismo. Su persona.
Espero vuestros mensajes y comentarios al respecto.


          Tres luciérnagas

Va subiendo el peregrino el collado de San Antón; vestido a la antigua usanza, cargado de cruces y esperanzas. Un largo bordón y calabaza, un zurrón de cuero y vieira en el sombrero de fieltro viejo y negro, es todo lo que porta a su paso, cansino y cojo, por las montañas de León; le sonríen las flores y le cantan los álamos. Va con hambre. Va muy lento. Ya está viejo.


Al llegar a un pinar sombrío escucha ruidos extraños entre unas matas cercanas; se detiene un instante y observa; sigue caminando, escuchando, mirando. Un par de cuestas más y se detiene para recobrar el aliento; y, al girar la vista al valle, ve, con estupor y espanto, que un gran lobo le va siguiendo los pasos.
Un miedo instantáneo paraliza sus piernas y su vientre parece haber recibido un navajazo pero, apoyado en su bordón, se mantiene firme por y erguido mirando al horrible asesino. Un frío intenso e inexplicable le cala hasta la médula y un sudor pestífero exhala sin querer su cuerpo. El lobo, sintiendo el miedo humano, enseña sus fauces e inicia una arremetida mortal. 
Da un paso atrás el peregrino y a punto está de irse al suelo; más, quizá por rabia quizá por orgullo, vuelve a su posición erguida y clava el bordón en el suelo con un fuerte ademán. Mirando fijamente los ojos del lobo, refrenado por su gesto, siente el hombre un fuerte calor que le surge del pecho y que rechaza el frío externo y el miedo interior. Aspirando una gran bocanada sopla el peregrino con fuerza sobre el hocico fiero, a penas a un metro de sus viejas carnes; a lo que el lobo responde tomando impulso para saltar hacia su cuello enseñando sus dientes pavorosos, rugiendo; le responde el romero extendiendo su brazo derecho, enseñándole la palma de su mano. Al instante, un fuerte destello luminoso, blanco e intenso, surge del cuerpo peregrino y ahuyenta al lobo. Corre la fiera con el rabo entre las piernas y el peregrino, siguiéndole los pasos con la mirada, queda musitando una oración interior sin hacer el más mínimo gesto.
Apenas un minuto de descanso, gira sobre sí mismo y continúa su ascenso. Siente el peso de cada fibra de su cuerpo, el esfuerzo de cada paso, el dolor de cada músculo. ¡Cuánto sacrificio! ¡Señor!, qué infierno. Algo le ocurre en ese momento: ve salir su ser eterno de su cuerpo agostado y marcharse de este mundo. Atrás quedan las montañas y océanos, atrás el mundo azul que habitamos, el sol se va viendo reducido a una lucecita minúscula; ya solo ve estrellas y más estrellas que se alejan por instantes. Una gran nube con forma de lenteja es lo que se le muestra y abandona; a un puntito queda reducida la blanca lenteja ¡hay millones como ella! Y se alejan como líneas de luz que confluyen en un punto al que se va dirigiendo. Se aleja hasta verse reducido a un lugar oscuro y pequeño. ¿Qué es esto que siento, Dios bendito?  ¿Qué siento?, ¿frío? Es el miedo, es por estar vivo. Y ahora vuelve y sigue haciendo el Camino. Al punto sale de la oscuridad y se ve haciendo el recorrido inverso. Una alegría inexplicable le invade al ver de nuevo luces, las nubes luminosas, las estrellas de colores, la blanca y liviana lenteja, el astro conocido, ¡casi puede sentir su calor inmenso! Y hacia un punto ínfimo se ve dirigido: ¡es el mundo  azul, verde y seco, tan conocido! Como un pajarito se siente volviendo a su nido; unos instantes más y ya está de nuevo en sí mismo. Como si nada hubiese sucedido. Sigue caminando. Sigue sin miedo.


Va cansino y cojo el anciano peregrino al sol y las nubes sonriendo; va hambriento. Al coronar el collado y comenzar el descenso intuye, a lo lejos, unos pueblos, ¡Quizá tenga suerte! ¡Quizás le den algo que le sirva de sustento! Sus tripas crujientes le impulsan a caminar de nuevo; son apenas unos pasos cuesta abajo. Llegará pronto. Es su deseo.
Al pasar un recodo del sendero encuentra unos matorrales que le resultan conocidos ¡son arándanos! Y se relame antes de cogerlos. Camina tranquilo, de matojo en matojo, comiendo los ricos frutos del monte, cuando, de improviso, siente que algo tremendo se le viene encima. Alza la vista hacia lo alto del monte y ve un oso inmenso que se dirige directo hacia él.
Apenas tiene tiempo de reaccionar tomando el largo bordón y clavarlo en el suelo, apuntando el herrado regatón hacia la bestia, cuando el oso se frena a unos metros y, abriendo sus fauces, le suelta un gruñido inmenso. Le tiempla hasta la última de sus células, pierde la noción del tiempo, nota un olor intenso, extraño, horrendo, que le golpea como una ola de viento fétido (¡Dios Bendito, qué repugnancia!). Pero se mantiene recio, agarrando con fuerza su improvisada lanza apuntando al corazón del monstruo inmenso. El sol ciega sus ojos, las piedras menudas ceden bajo sus sandalias, y un terror insoportable le petrifica por completo. Ceden sus rodillas, se va al suelo, el oso le ruge de nuevo, él cierra los ojos. A punto está de soltar el bordón y darse por muerto cuando un calor intenso le recorre de la cabeza a los pies y le reanima al momento; abre sus ojos de nuevo y mirando al oso tremendo coge una piedra del suelo, y se la muestra al fiero. Se yergue. Toma aire. Siente que vuelve a ser él mismo de nuevo. Se gira y camina volviendo al sendero. Se va el oso; y el olor del averno.
Tira la piedra al suelo y se queda mirando la palma de su mano por un fugaz momento.  ¡Hay una sananica entre sus dedos!  La deja en el suelo y vuelve a mirarse la mano como en un acto reflejo. Ve las líneas en ella trazadas, ve las células de la piel, y sigue mirando dentro, los gusanitos que componen su carne vieja, y éstos a su vez de células menores están hechos, escaleras retorcidas componen intrincadas redes luminosas, y sigue hacia adentro, esferas dentro de esferas, esferas luminosas dentro de todo, cada vez más pequeño, todo vibrando, todo en movimiento constante. Ahora son lucecitas que se me clavan como alfileres saliendo de todas partes en todo momento, y me estoy moviendo, es algo espeso, como haciendo un surco en todo ello. Al fin me quedo quieto. ¿Calor? Estoy como ardiendo, ¿qué es esto? Estoy quieto y moverme no puedo, ¿qué me ocurre? Es el terror que sientes mirando ésto; sigue viviendo.


Ve abajo los pueblos. Ve los ríos y senderos; los prados y los fuegos. Ve gente a lo lejos.
Camina despacio el viejo peregrino. Va lento. Le duelen los pies, las rodillas, el cuerpo. Incluso el zurrón le parece un gran peso. No vuelve la mirada. Se ha ido el olor y terror inmenso. Va serio. Va lento. La humildad le calienta por dentro. Ya no importa el tiempo. Cuando llegue al pueblo habrá llegado y dará gracias al Altísimo por no estar muerto.

Camina el viejo peregrino entre las casas del pueblo. No hay nadie. No ve ni oye a nadie. El pueblo está en un silencio sepulcral. No hay ni perros que vengan a saludarle. Cuando ya se encuentra a punto de abandonarlo por una cuesta en dirección al monte escucha la llamada de una mujer casi anciana, vestida de negro, negra pañoleta a la cabeza, negros sus ojos y cejas, la voz agradable, el tono cantarín y contento, que le grita: ¡Espere, espere ahí, peregrino, no se vaya así! Como sin alma de mi pueblo.
Para el abuelo y mira hacia una ventana de la última casa, es una mujeruca que por ella asoma. Desanda unos pasos y camina mirando no pisar alguna boñiga de vaca o de oveja que alfombran el suelo del pueblo.
                        Espere ahí un momentín; que enseguida estoy con usted, peregrino.
                        No se preocupe, señora, que estoy de paso y no voy con prisa alguna.

Sale la mujeruca por la puerta de casa con un gran pedazo de pan de hogaza y un buen trozo de chorizo.
                         Ande pa dentro. Coma algo el peregrino que no se pueden pasar los puertos de Arbas con el estómago vacío y tan viejo. ¿Viene de muy lejos?
                        Soy de Murcia y tanto tiempo llevo caminando que por amigas tengo las estrellas y los vientos de compañeros.
                        Deme la calabaza; se la llenaré del vino que tengo. Es del que tomamos cuando podemos; Toro y tierra, como le decimos. No es tan fuerte como el que tienen en su pueblo, pero es sano.
                        Con mil amores, señora. Su casa es un castillo encantador y eso de fuera no es estiércol sino polen con el aroma de mil flores diferentes que cien mil abejas liban y sorben para darle a usted la mejor de las jaleas que reina alguna tomó en ningún tiempo. Así se la ve de guapetona.
                        Es muy galán para su edad, y zalamero. ¿No le pesan los años?
                        Más bien soy pendenciero aunque me pesen los siglos. ¿Dónde está su marido?
                        Por la collada de Aralla, con los hijos, con los rebaños que tenemos.
                        ¡Será rabadán por lo menos! Lo digo por el estupendo chorizo que tienen y el vino ¡mira que está bueno!
                        ¡Qué más hubiésemos querido! Pero cada vez hay menos rebaños y más pequeños. ¿Va al Salvador entonces?
                        Al Señor voy, y después al servidor supremo; si no hay contratiempo.
                        Ya está usted mayor para esas aventuras. ¿No está casado? ¿No tiene hijos?
                        Nada soy y ser humano me siento y penando iré por los siglos de los siglos. Por ni ver ni oír ni querer contar lo mejor que hasta este mundo jamás vino, regalo de Dios Eterno. El mal que le hicimos. Todos los nuestros. Voy a Oviedo por ver Su Santa Faz, y el perdón suplicar arrepentido y viejo. No ya por mí, que sé a dónde voy y lo tengo asumido, es por los sobrinos que tengo.
                        No llegará tan lejos sino come otro poquito. Tengo algo de sangre, como aquí le decimos, y unas cuantas manzanas que de Asturias nos trajimos la semana pasada; fuimos a Pajares de romería.
                        ¿Y no trajeron sidra?
                        Toda nos la bebimos pero queda vino. Y la calabaza se la lleva llena pues si no no pasa el alto del romero y se lo comen las fieras de esta tierra. No sabe lo que es esto y va solo. ¡Bendito!.
                        Alguna he visto; y algo asustan.
                        Vaya con tiento y ande fino. Que nada le engañe. El camino es esa vereda fina que sube hacia esas calizas que están llenas de merinas (¡son del alcalde!) Cuando pase el alto no siga a derecho hacia los altos Celleros sino que baje hacia la derecha, al norte siempre, dando vueltas y revueltas por los piornos y matorrales, y no descienda hasta que no vea  la Colegiata. Hay mucho caminín que le mete al monte y ahí nunca lo encontrarían. Al norte y para abajo.
                        Muchas gracias
                        Ni gracias ni nada y empiece a caminar no se le vaya a hacer de noche y se nos pierda. No abandone el sendero pase lo que pase, y camine sin parar mucho tiempo. Aquí el tiempo cambia de hora en hora y la niebla se mete de Asturias visto y no visto y le hará ciego. Siga la senda marcada.
                        Por la ruta trazada caminaré y no me saldré por nada
                        ¡Que el Señor le oiga! Buen camino tenga el peregrino
                        Con usted queden mis preces y perdones.
                        Y contigo el futuro de los hijos. No pares ni escuches la estupidez que perseguimos. Buen camino, peregrino, que te suban los vientos.
                        Buena vida y buen tiempo.


Y sigue andando el peregrino, ahora va cuesta arriba el sendero. Es una peña caliza y hay piedras por todas partes; camina con tiento de no resbalar e irse al suelo. Va mirando, de tanto en tanto, las afiladas cumbres cercanas, el hermoso valle, y se acerca a un rebaño de ovejas que pastan cercanas. Recuerdos de su infancia, de sus padres, de su pueblo. Las ovejas. El hambre. ¿Cómo sería en aquellos tiempos medievales con cientos de rebaños cruzando España de parte a parte? Desde estas peñas hasta las montañas de Andalucía; caminando día tras día, mes a mes, año con año. ¿Serían las mismas ovejas o habrán cambiado? ¿Cambian los hombres? Hoy día salen los chavales tan altos, pero igual de rebecos. 
Alza la vista a unas peñas cercanas y ve con asombro cómo un gran águila se viene hacia el rebaño, en un vuelo perfecto. Intenta espantarlo con voces y gestos, dando saltos, pero todo es inútil; se lleva un macaco antes de que le dé tiempo a salir del sendero. Escucha ahora los ladridos tremendos de un perro enorme que llega corriendo; al no poder con el águila se gira y viene a por él con una furia tremenda. Le hace retroceder, subirse a una peña, ponerse a salvo hasta que se calme. Es enorme este perro. Un mastín de estas tierras, ¿cuál será su peso? Es inmenso. Le ladra como si fuera el cancerbero. Al fin se calma y se sienta en el suelo. Saca el peregrino el chorizo del zurrón y le tira una buena porción que al instante se come el perro. Ya está más tranquilo. Puede bajar del peñasco y parar a su lado. Tiene cara de bonachón este perro, ¡pero había que verlo hace un momento! Los que tenía mi padre eran más pequeños y no tan fieros.
El águila, la vida que despega anhelando el cielo. Y yo aquí, sentado en el suelo, mirando este perro. La vida, la vida, ¿cuál es su secreto? ¿Discurriendo de nuevo?  Es el águila, soy yo, es el perro. Es todo. Vienes caminando hacia Mí y ni sabes lo que eres ni desde cuándo llevas viniendo. No soy un perro. Sí, eres algo mejor; míralo: Me veo a mí mismo sentado al lado de un gran perro y un rebaño de ovejas, veo las praderas del valle y detrás mío las peñas, y veo (¡O Dios mío!) veo hombres velludos caminando encorvados jugando con palos caminando por campos inmensos, veo monos saltando entre las ramas de los árboles de una selva intrincable y espesa, ahora son pequeños animalillos como tejones escondiéndose en sus madrigueras en algún desierto, (¡O Señor!) veo los enormes dinosaurios y árboles inmensos, monstruosos cocodrilos a la orilla de un mar ignoto, (su extraño color) algo me lleva a ese mar verde veneno, (¿estoy buceando?) ¡Hay tiburones! Son enormes, sus fauces terroríficas; hay cangrejos y escorpiones marinos de todas partes surgiendo; ya tan solo quedan pececitos y extrañas formas de plancton, algas y formas extrañas de vida, ¡tan pequeñas! ¡tan luminosas! Las algas, las algas y las formas luminosas, se van; el mar, siempre ha sido el mar. Estoy flotando como un corcho insensible y enfermo.  Los volcanes; por todos lados volcanes; una lluvia prodigiosa de estrellas, fuegos por todas partes. No hay nadie. ¿Así empezó todo? Aquí sí. Con los restos de otros mundos lejanos que cumplieron su ciclo y desaparecieron. ¿También nos tocará a nosotros? Es posible; la pena es que no os enteráis de nada y casi prefiero hablar con el perro. Sigue caminando.


Vida que mira la vida, la encuentra monstruosa, y se horroriza; pero con esto no se llega muy lejos. Gracias por la información. Seguiré andando y mirando las flores, aquí el pendenciero; ya se ve cerca el collado que dicen de los romeros. A ver si es fácil la bajada. Adiós, mastín, adiós, merinas. Adiós al águila, y a los que vuelan y de esto se pueden separar y verlo de lejos. Vida que asciende hacia las estrellas. Caminar, subir cuestas, y después bajarlas; esto es lo mío. El alto collado con vistas al norte. Solo queda el descenso. ¡Anda!, ¡pero si abajo se ve un pueblo! Pero la senda gira hacia al norte, ¡claro, claro! Ya se ve el puerto. Solo hay que seguir por entre los matorrales; lo del fondo negro ya será Asturias.  Viene la niebla de esa parte pero aquí la tarde es luminosa y fresca. 
Los colores del cielo; quedará una hora de sol, no hay por qué correr. El aire más limpio y saludable que jamás respiré. Son cuatro cuestas con matorrales, seguro que hay fuentes. Los cuervos; hay cuervos por todas partes. Siguiendo las trochas, saltando alambradas, buscando senderos entre urces y escobas. ¡Hay cientos de abejas! Y cuervos. El sol ya está bajo las montañas, el atardecer es de unos rojos intensos, y se ve la niebla como va entrando por el puerto, ocultándolo todo. El olor a yerba y los pitidos de un tren lejano lo llenan todo de misterio.



¡Un zorro! Un zorrillo va justo delante. ¡Quieto un momento! Se oyen los cascos de caballos. Segundos más tarde un caballista le alcanza en la bajada montado en un gran caballo que guía una ristra de mulas; al pasar a su lado nota el olor intenso a pan recién horneado. ¡Tenga cuidado y ande ligero que se le echa la niebla y la noche encima! No pare por nada hasta llegar a la carretera. ¡Gracias!, amigo, seguiré su consejo. Sigue caminando apurando el paso cansino que lleva y al poco vuelve a ver de nuevo al zorro que parece seguir el mismo rumbo asturiano.
Al llegar a la carretera encuentra el bar cerrado y el pueblo lejano; como vacío. Va hasta la Colegiata y encuentra la puerta abierta. Entra. ¡Qué abandonado está esto! Un viento gélido del sur se ha levantado y se agradece estar entre cuatro paredes. Es un edificio antiguo que amenaza ruina realizado con grandes piedras hace siglos. En un rincón encuentra una pequeña habitación pintada de blanco y una mesa en el centro. Decide quedarse aquí y pasar la noche. Deja sus cosas y sale fuera a aliviar sus necesidades. En un rincón encuentra,  justo donde iba a agacharse, una gran cantidad de acederas. Tras terminar sus cosas vuelve a la Colegiata por el zurrón y lo llena de tan preciadas yerbas; sobre todo por el ganado que él guardó de zagal. ¡Ya tiene la cena! Un buen trozo de pan, algo de chorizo que no se comió el mastín, la calabaza llena de vino; y las acederas. ¡De fiesta!
Se sienta sobre la mesa y se dispone a cenar tranquilo y recogido, contento. Fuera ya es noche cerrada y hace frío. A la luz de una bombilla cena pausado y tranquilo. ¡Está bueno el vino! Y mata la acidez de las yerbas en la boca. Va a dormir seguro y tranquilo. Apaga la bombilla y se estira sobre la mesa; mucho mejor así que sobre el frío suelo.


Intenta dormir pero se nota revuelto; cuando, de improviso, se ve como transportado a una mansio romana. Las habitaciones están divididas por hermosas telas blancas, en la cocina está el fuego encendido y en la gran mesa hay alimentos de todo tipo; en los baños encuentra una piscina de agua caliente y acogedora. Hay una mujer joven en el agua, va vestida con una largo traje blanco, empapada y hermosa, se notan sus sugerentes formas; porta una pequeña lámpara de aceite en su mano derecha y una manzana en la izquierda. Le hace un gesto para que entre en el agua; al entrar se da cuenta de que va desnudo. Y se queda mirando fijamente a la belleza morena. ¿Eres estoico o epicúreo? Siente decir. Soy cristiano viejo, señorita, y esto no lo entiendo. Es simplemente un reflejo de tus más profundos deseos, tus más secretos anhelos. Lo que eres por dentro.
Por toda  respuesta él se lleva la mano a la cara para mesarse la barba pero no tiene ni un pelo, ni cabello alguno en el cuerpo. Y es joven y fuerte como nunca se vio en el espejo. Da unos pasos más hacia ella y comienza remojarse con las manos hasta sumergirse por completo. Al sacar la cabeza se encuentra a dos pasos de ella. ¿Qué eliges? Vuelve a sentir decir. Gracias por la lámpara; me hará falta para volver a mi casa de nuevo. Se gira y comienza a salir del agua.  Sale de la mansio, sale del tiempo.
Al poco se nota caminando por una oscuridad completa manteniendo en su mano la pequeña lámpara de aceite. El más oscuro universo. Ni principio ni final; tan solo un caminar incierto. Una ínfima luz y un desconocimiento completo. ¡Al fin he vuelto!
Vuelve a ser un abuelo con el cabello largo y revuelto. ¡Es usted muy rubio! Como los mozos de estos pueblos. Le había dicho la abuelita del pueblo. Se levanta de la mesa y se calza en pocos movimientos; se dirige a una ventana y asoma la cabeza mirando al cielo. Apenas se vislumbran las montañas y una mina cercana. La noche es serena y el aire está quieto. No hay niebla y se queda mirando las estrellas. Nota pasos cercanos y al mirar fijamente descubre al zorro compañero rebuscando en un prado cercano al edificio.

Algo llama la atención del raposo y le hace salir corriendo. ¿Son luciérnagas? Un gran grupo de lucecitas parecen venir del pinar cercano y se dirigen a la pradera que hay tras la Colegiata. Y comienzan a dar vueltas y vueltas en un desmañado remolino pero intenso. ¡Son extrañas esas luces! Brillan demasiado y las hay de diferentes colores. ¡Aquí pasa algo raro!
Como si hubieran escuchado sus pensamientos algunas luces dejan de rotar y hacia su ventana se dirigen veloces. Le entra el miedo, cierra la ventana deprisa y corriendo, pero tres de ellas se han colado en el edificio tan viejo.
Son tres luces rojas del tamaño de un céntimo y se mueven raudas de continuo. Siente una extraña prevención y alerta interior que le deja perplejo. Pero ellas se lanzan hacia él como si le atacasen y le hacen salir corriendo; se va al pequeño comedor y se mete debajo de la mesa pero las luces le siguen y lanzan contra su cuerpo. Siente los golpes e intenta alejarlas a manotazos pero no ceden; gateando termina en un rincón cubriéndose como puede. Es, es, es como si quisieran meterse dentro de su cuerpo. Es algo tremendo, le golpean en el pecho, en la espalda; una de ellas intenta meterse por su recto. Salta, brinca, le entra el miedo. Toma el zurrón e intenta usarlo como arma y sacudirlas con eso. Es inútil. Le están sacudiendo una buena paliza y se va al suelo cayendo de rodillas tapándose con el zurrón de cuero la cabeza y el cuello. Solo acierta a decir: ¡qué es esto, Dios Bendito! ¡Qué es esto! Rendido por completo se ve caer de costado, casi muerto.
Oye al momento golpes en la puerta y a continuación ladridos; se levanta corriendo, pensando “hay alguien fuera, necesito su ayuda”, pero al abrir el portón se encuentra con un perro pequeño que se cuela dentro. Fuera no se ve un alma ni luz alguna y al mirar hacia la puerta de nuevo ve salir las tres luces como una exhalación y desaparecer sobre el tejado de la Colegiata. Entra y cierra la puerta. Escucha al perro rebullir en el comedor y al dar la luz le ve comiendo el mendrugo de pan que había en el suelo. Se acerca y nota que no le tiene miedo. Se agacha para acariciarle y descubre que es perra, de alguna raza pequeña y bastante mezclada; de los muchos chuchos que hay por los pueblos. ¡Caray con la perruca! Espantó los luceros. Nunca habrá habido león tan fiero. Tú sí que eres buen compañero para bajar el puerto y caminar hasta el Salvador. ¡Si quieres te llevo! El animal le mira un instante y menea el rabo en señal de asentimiento.

Se queda así de agotado el viejo peregrino, sentado en un rincón, sereno, acariciando al perro con una mano y apoyando contra su pecho una estampita de la Virgen de Celada que un jubilado le regaló al parar en La Robla.
Ya estoy viejo. Es ignorancia, lo que los hombres tenemos; hay que esperar que la aurora brote de nuevo. Son solo sueños. Que suerte tengo.



   La historia de Santa María de Arbas comienza en 1092, cuando unos monjes agustinos se instalan en el pueblo para atender a los peregrinos que cruzan los puertos de Arbas hacia Oviedo. En 1116 el Conde Fruela hace una donación para que levanten un hospital de peregrinos; y éste es el origen de la actual Colegiata que se levantó en 1216 gracias a una donación del rey de León Alfonso IX.
El cuarto pequeño y frío que aparece al final del relato se encuentra en un rincón, cerca de la puerta; y en alguna ocasión nos hemos refugiado de las inclemencias meteorológicas para comer un tentempié.

Sobre las centellas vivas que atacan al viejo peregrino cuando queráis charlamos sobre el tema. La foto está tomada en el Faedo de Ciñera de Gordón. Unos kilómetros más abajo de la Colegiata de Arbas, por la carretera que baja del Puerto. De noche, imaginaros, solo en la colegiata, y esas cosas...atacandote.
El Camino de las luciérnagas.

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