lunes, 17 de diciembre de 2012

Gastón degollado. Un cuento de las luciérnagas.

¿Qué ocurre cuando llegas a Compostela después de estar días y días caminando? ¿Qué pasa por la cabeza del peregrino? ¿Qué le ocurre a su persona?
¿Hora de volver a casa o seguimos caminando?
Este es un cuento de gente que sigue hacia el más allá.
Por lo que sea. Algo encontrarán.
¿Sabrán lo que están buscando?


   Gastón degollado

 ¿Qué hago aquí?


      Un corazón de piedra en una ciudad de granito. Apenas puedo respirar. Llueve. Es un agua cálida y fina que me cala hasta el tuétano. Tengo ganas de llorar. Gente variopinta sube y baja las escaleras hablando lenguas extrañas y alguna otra familiar.
      ¿Y la fuente? ¿Dónde está la fuente? Se la habrán llevado. Necesito lavarme. He vomitado la cena y huelo a demonios. La fuente de los muertos. Justo lo que yo necesito. No oigo nada. He debido quedarme sordo. Muertos. Todos bajo mis pies.
      Madre.
      La madre. Mi madre. La gran señora sobre cuyos hombros reposa la empresa y tradición familiar. Los apellidos. Su enorme peso artificial. La abuela. Siempre a la caza del menor gesto de humanidad, de familiaridad. Para cortarlo en seco. Siempre con el blasón en el corazón y los balances bancarios en la cabeza.
      El castillo.
      La gran fortaleza familiar. Donde antaño pastaron vacas y cerdos, y se recogían almendras y algarrofas dando gracias a Dios, hoy plenas de riquezas. Campesinos que trabajaron como bestias, más brutos que sus acémilas, esclavos de la tierra y del sol, hoy podan viñedos como si fuesen bonsáis y se pasean en coche deportivo.
      Mis hermanos. Los hermanos del hereu. Ni mentarlos.
      La hipocresía.
      El blindaje.
      He construido un castillo en mi interior. Inaccesible mi corazón. Impenetrables mis pensamientos; incognoscibles mis sentimientos. ¡Incluso para mí! Castellano de mis soledades desde mi alto baluarte disparo contra todos cuantos me rodean; y me aíslo más y más en mi laberinto interior. Detestando Castilla como solo puede hacer alguien como yo; he recorrido sus tierras admirables rodeado de gentuza (como diría mi abuela) insobornable. He compartido lecho y mesa con patanes a los que mis empleados no admitirían ni para lavar las cubas; he confraternizado con una panda de pirados, borrachines y drogatas. Me he regodeado en mi abyección. Y me asombrado ante la cantidad de gente de buena fe que me encontrado por todas partes. Sacar de donde no hay.
      Caminando por León he sido cazurro al por mayor, más encerrado aún en mis enigmas; pero a la vez que recorría sus extensos páramos me iba haciendo consciente de la dificultad de escapar de mí mismo y de mi propia complejidad mental. Demasiada literatura y escapismo, y pocas realidades personales. Todo heredado y nada propio. Todo por hacer. Mucho que ganar y mucho que perder. Las viejas. Los enredos continuos.
      Galicia, verde y luminosa, donde el verdor de la vida se te cuela hasta las entrañas. Las plantas; parece como si pensaran. He estado en un templo, asistiendo a un rito, comulgando con un culto, en el que ni creo, ni acepto, ni soporto, en modo alguno. La luz, la luz que escuchaba cantar.
      Y aquí estoy; caminando de noche, borracho perdido, por calles de piedra, mojado, aterido, intentando vomitar toda mi rabia interior. Compostela. ¡El Camino! Mis dioses.
      ¡Vaya mierda! Un engaño fenomenal. Siempre lo fue. Siempre lo será. La religión: una fina red atrapa bobos, enredado en la cual se llega a perder la última ilusión. Compostela; la ciudad del Patrón de Las Españas. Tomada al asalto por los mercaderes. Robada de su luz. La Estrella de todas las Españas.
      No lo será de la mía. Que ni es esta España ni su Patrón. Una patria: la de mi madre, la de mi abuela. La de los mitos herrumbrosos; de históricos pasajes, la mayor parte fraudulentos o inventados por pesebreros bien comidos y mejor bebidos.
      Cuyo autentico Patrón no es el que mató al dragón sino el que se rindió a San Dinero Constante i Sonante. El próximo que me venga con el cuento de la gran patria oprimida le doy unas fabas que le pongo la cara... ¡Aggg…!
      Un perro.
      El único ser vivo en mil kilómetros a la redonda. Ven, bonito ven; ¿quieres probar un bogavante fresquísimo? ¿Unas nécoras tal vez? Espera un segundo que ahora salen.
      ¡Dios!; cuanta mierda. Y ahora volver a Barcelona. Tomar el primer asiento de primera clase del primer avión que salga y sobrevolar la tierra que anduve casi como un mendicante. ¡Ni la vi siquiera! ¡Ni me enteré! Me ha parecido una chorrada desde el primer día; y ahora más. Ni siquiera he ligado. Esto parecía “el barco del amor”. A los cuatro días todo el mundo estaba emparejado. Menos yo. ¿Se me notaría tanto el desprecio que siento por todas estas cosas y las gentes? Creía que disimulaba mejor.
      Ven, perrito, ven; ¿quieres otro poquito? Ahora sale. ¡Dios!.
      Esto no se acaba nunca; ¡no reventaré! Veo lápidas bajo mis pies, esqueletos, ceniza y mugre. Me voy al suelo.
      ¡Ah!. Fantástica; la combinación de albariño, penedés, y coñac francés. A este paso voy a echar por la boca hasta la espina dorsal.
     ¿Y este perro? ¿De dónde ha salido? Mira: yo también sé andar a cuatro patas. Pero para mear he de aferrarme a las paredes y ponerme en pie.
      ¡Joder!. Perrito; me miras con ojos de cordero degollado. Ni que estuvieses viendo un condenado.


−Más bien, me parece a mí, que está viendo a un hombre que está siendo degollado.
−¡Oye!. ¡Oye!. ¿Tú quién eres? ¿Por qué te metes conmigo?
−Perdona, amigo. Tan solo soy un peregrino al que le pareció ver una persona en apuros. No quiero molestarte más. Ahora mismo continúo mi Camino.
− ¿Tu camino? ¿Qué camino? ¿Dónde vas con todo el equipo a estas horas? ¡Bah!. Alemanes; siempre dándose unos madrugones de espanto.
−Voy al fin del mundo. ¿Quieres venir?
− ¿El fin del mundo? ¿Existe ese lugar? Eres un romántico. No sabes que ya hemos llegado a la luna, y a la Antártida, y al Everest, y... ¡Buff!; yo estaré borracho pero a saber que habrás tomado tú.
−A estas horas nada.
−Espera. Quizá tengas razón. El degüelle. Me siento como si me estuviesen degollando. Esto mismo hacemos con el cava. Le quitamos el tapón para que salga todo lo malo que ha fermentado. Le sacamos de la madre y lo transvasamos a la botella en que habrá de servirse. Algo así siento que están haciendo conmigo. ¿Sabes que voy a hacer ahora? Acompañarte. En vez de volver corriendo a casa de mi madre para colocarme bajo su regazo protector voy a irme contigo a donde sea. Es hora ya de cambiar de vida y de manera de vivir. ¿Puedes acompañarme?
−Claro que sí; no tengo prisa. ¿Dónde te alojas?
−Es aquí cerca; en el Hostal Reyes Católicos. ¿Cuidarás del perro mientras me cambio?
−Por supuesto. ¿Cómo se llama este perro tan bonito? Es un setter irlandés de pura raza.
−No tengo ni idea. Él me encontró a mí; y me acompañó hasta que apareciste tú. Estaba junto a la Puerta Santa. Como montando guardia. Y no tiene collar. Espérame mientras me cambio de ropas y saldo cuentas.

      Una hora más tarde; con las primeras luces del alba dos peregrinos y un perro salen de la Plaza del Obradoiro bajando las escaleras hacia los jardines de la Universidad, y se disponen a caminar hasta el fin del mundo.
      Llevan un paso raudo, como si tuviesen prisa por abandonar la ciudad, y las calles cuesta abajo parecen ayudar. Pierden y vuelven a encontrar las flechas amarillas una y otra vez; y más bien prefieren caminar por el arcén de la carretera que buscar los senderos. El caso es ir dejando atrás las interminables urbanizaciones que rodean Compostela. Al fin salen a una carretera comarcal sin apenas tráfico y por la cual ya se permiten caminar con soltura.
−Escucha, alemán, aún no sé cómo te llamas.
−Carl Friedrich, y soy bávaro. Aprendí español veraneando desde niño en la Costa Brava.
− ¿En qué sitio concretamente?
−En Cadaqués.
−Bonito pueblo; lo conozco bien. Me llamo Gastón y soy catalán. Pero de Barcelona.
− ¿En qué zona de Barcelona vives?
−En el Penedés.
−No conozco ese barrio de Barcelona.
−Es una comarca. Famosa en el mundo entero por sus vinos.
− ¡Ah!, sí. El champan catalán.
− ¡Cava!, ¡eh! Non fotis, nen; se llama cava.
−Perdona; no quería ofender. Me gusta el cava y aprecio su sabor. Aunque, personalmente, prefiero el vino blanco alemán.
−Nosotros también estamos comenzando a producirlo. Hemos plantado varias hectáreas de uva del Rhin. Es que soy de familia bodeguera.
−Entonces; no será de vino de lo que discutiré contigo.
−¿Y de qué podemos discutir tú y yo?
−De dónde venimos; a donde vamos; cómo pasa el tiempo a cada paso que damos. Y quienes somos realmente.
− ¡Bueno! Para empezar no tengo ni idea de por dónde andamos ni dónde estará el albergue más cercano. Deberíamos preguntar en el primer pueblo por el que pasemos.
−Yo tengo una guía que indica que la etapa llega hasta Negreira y nos faltan muchos kilómetros.

      Tras una hora más de caminata y muchas vueltas y revueltas encuentran una fuente en un recodo bajo un cruce de carreteras. Paran y aprovechan para aplacar la sed y remojarse los pies; pues a esas horas el sol calienta en demasía y la humedad ambiente les hace sudar copiosamente.
      Es un cruce de caminos y por la carretera inferior aparece caminando un campesino arreando un par de terneros hacia el pueblo cercano.
−Disculpe, señor; ¿sabría decirnos por donde continúa el camino a Finisterre? No vemos por ningún lado flechas amarillas.
− ¿van pra Mujía os pelegrins?
−No, vamos al fin del mundo.
−Pues sigan el camiño das vagalumes. Pobriños. Pelegrins del cielo buscan en la tierra el camino de las estrellas. Después de visitar la tumba del Apóstol siguen sin entender nada.
− ¿Cómo qué?
−Pues que quizás Dios no creó al hombre, como si fuera un árbol, una montaña, una estrella. Pero sí que ha estado trabajando por hacernos humanos. Con leyes muy duras, castigos terribles; pero siempre buscando alejarnos de nuestro lado malvado, para así hacernos más dulces, pacientes, luminosos, y puros a sus ojos. Sigan caminando y tal vez descubran el porqué de los nombres de estas tierras del fin del mundo. Miren con los ojos y sientan con el alma. Y tengan cuidado. A partir del pueblo que ven a lo lejos el camino va por pinares y pueden perderse por los cortafuegos. Vayan con Dios; y atiendan a las señales.
−Gracias, amigo. ¿Qué son las vagalumes?
−Las luciérnagas. Así iban los peregrinos de antaño; dándose luz y esperanza los unos a los otros.
− ¿Y cómo vamos los de ahora?
−Como los saltamontes; a tirones y empujones, y sin ver por donde pasan.
−Caray con los campesinos de estas tierras. A mí me parece que los antiguos iban más a oscuras que nosotros. No tenían teléfono móvil con GPS, ni internet, ni apenas medio alguno de comunicarse los unos con los otros. ¡Y vaya creencias tenían! Eran unos bárbaros.
−Seguramente se refiere a como se recogían y ayudaban unos a otros, de una forma moral y espiritual, más que material; porque de lo que estoy seguro es que pasaban mucho hambre. Sobre todo los pobres.
−Pero, ¿se iluminaban o se oscurecían el alma con aquellos mitos y leyendas de eras antiguas? Porque los seres humanos no somos clarividentes. Eran cuentos que surgían de la ignorancia. ¿Qué sabes tú, alemán?
− ¿Y si veían la vida y las cosas con más claridad que nosotros? Sino todos al menos unos cuantos. Piensa en los constructores de las catedrales. Tenían menos medios materiales pero no menos ganas de saber, descubrir, inventar.
−Tal vez fuera así por un tiempo pero aquello se terminó. Nosotros usamos relojes atómicos para saber la hora exacta y ellos miraban los de sol. Ya no estamos ni somos el centro del universo. Creían que todo giraba en torno suyo. Vamos comprendiendo que esto no es nada especial. Cada uno ha de hacer algo especial y único de su propia vida.
−Pero ¿y su visión interior? La mía no me parece que sea mejor que la suya. Llegando a Compostela, paré en un pueblo para dormir en un pequeño albergue, y tuve un extraño sueño en el que veía como un enorme y viejo león, sus angustias y temores, miedos profundos, sus garras, ocultaba la luz del sol.  Enfrente de él se alzaba un gran dragón verde, y se enfrentaban, y, sobre ellos, brillaba un enorme cáliz de oro rodeado por doce peregrinos con su bordón en la mano diestra y la cabeza agachada; ocultando su rostro bajo un viejo sombrero de fieltro con una pequeña viera dorada como señal. Este sueño me decidió a continuar hasta Fisterra y encontrar su sentido oculto.
−Seguramente eso fue debido a algo que cenaste o a bien que arrastras desde tiempo atrás. Ya encontrarás su significado.
−Bueno, lo dejaremos así. Será mejor que apretemos el paso o no llegaremos antes del anochecer.

      Caminan de modo variopinto; casi como ciclistas que se fueran relevando, pero al tuntún. Se despistan varias veces de la senda marcada pero es el perro, con sus ladridos, el que les va llevando hasta la siguiente marca. Es un mar de pinos. ¡Y los olores! Respiran vida.
−Oye Carl: ¿no te parece como si este perro conociera el Camino? ¿Te has fijado como encuentra los monolitos?
−Probablemente ha hecho el Camino hasta Compostela con un grupo de peregrinos y ha aprendido a buscarlos por el olor. ¿No has visto como mea en casi todos? Otros perros habrán hecho lo mismo. Seguro que podría llevarnos con niebla cerrada de vuelta a la Plaza del Obradoiro.

      Se las prometían muy felices siguiendo los pasos del perrito pero de pronto llegan a una zona poblada y han de ser ellos los que protejan al pobre chucho de los ataques de los perros guardianes de las fincas que saltan hacia ellos. Perros grandes y fieros que se lanzan con furor. Horror, codicia, hambre, odio sin fin. Al pasar por un restaurante consiguen una cuerda y no tienen más remedio que atar al perro y llevarle conducido y protegido hasta Negreira. Ya en el albergue, en una cuesta, lejos del pueblo, rodeado de praderas, deciden soltar al chucho para que corra libremente.
−Carl, escucha, estoy verdaderamente agotado. Me duelen la cabeza y la barriga espantosamente. Intentaré dormir algo; vigila tú al perro, ¿puedes pedir algo de comida por teléfono?


      Siesta y noche se unen en la mente de un Gastón enfermo que ha de levantarse por dos veces a vomitar. Tiene pesadillas, monstruosas pesadillas; lobos y demonios atacan su fortaleza, le persiguen por los pasadizos, derriban puertas, rompen ventanas, le arañan, le muerden, quieren devorarle.  Los caballeros se rinden. Se despierta sudoroso, gritando, pidiendo socorro. No puede más. Agotado por el cansancio, sin comer, sin cenar, su cabeza es un delirio constante. Por fin, Carl, y otros compañeros de albergue, le piden que salga a dormir en la pradera que hay fuera. Le prestan una colchoneta y una manta incluso una chica le da un calmante con un vaso de agua.
      La noche le supone una larga agonía mirando las estrellas hasta que, rendido, consigue dormir algo; pero se despierta recordando que caminaba por un largo sendero que atraviesa un hermoso valle en ascenso, y sobre las montañas del fondo, un perro estelar acurruca una inmensa estrella azul entre sus patas.
      Abre bien los ojos pues ya ha amanecido y ve al perrito sentado a su lado, sonriendo, y de algún modo profundo comprende que ya está bien de lamentaciones y reproches. Continuará el Camino hasta Finisterre con Carl y los nuevos compañeros y volverá a casa con un ánimo muy diferente para afrontar la vida venidera. No existen instantes en la Naturaleza.  Es algo subjetivo de los hombres. Ahora vemos las cosas en cuadritos; los cuántos que les llaman. Solo son imágenes. El universo es un continuo y más nos vale caminar ligeros de equipaje. Saben más las hierbas bajo mi culo que todos mis estudios inútiles.
      Tomando al perrito entre sus brazos entra en albergue saludando a los que desayunan y grita hacia el piso de arriba: ¡Oye, Carl!, ¿sabes que te digo? Que cuando subamos al Faro de Finisterre invito a cava a todos los que lleguemos. ¡Venga!, ¡vamos! ¡Collons!
− ¡Qué bien te encuentro esta mañana! ¿Cómo has dormido?
−Muy mal; pero soñé con un enorme perro celestial y entre sus patas se encontraba una inmensa estrella azul. No sé qué significa pero me ha animado a continuar caminando hasta Finisterre.
−Disculpa que intervenga, pero en la Constelación del Can Mayor, que estaba esta noche sobre nuestras cabezas, se encuentra la estrella más grande del universo conocido, una gigante azul. Tal vez lo vieras en algún documental televisivo y esta noche te ha venido a la mente.
− ¿Y tú quién eres que tanto sabes de astronomía?
−Me llamo Marc Antoine; la astronomía tan solo es una de mis aficiones. Por lo que me han contado esta mañana ayer llegaste bastante mal al albergue; debiste pedir ayuda en vez de guardar tu dolor para ti. El sentido del sueño tal vez sea que debes encontrar algo más grande que tu ego y acostumbrarte a vivir con personas más sencillas o sensibles que tú. Tu ego caprichoso tan solo es una muy pequeña parte de ti.
− ¡Caramba con el físico! Ahora resulta que tengo que volver a casa y ponerme al frente de la empresa familiar. Carl, ¿por qué no le cuentas tu sueño, con leones y dragones, a ver si le encuentra sentido?
−No entiendo mucho de cosas religiosas; tal vez si preguntamos al hospitalero, que es de estas tierras nos pueda aclarar algo.


      El hospitalero es un hombre de apariencia sencilla pero de gran cultura que dedica su tiempo libre a auxiliar en las cosas del Camino y aconsejar a los peregrinos que continúan su senda hasta el fin del mundo. Una vez oído el relato del alemán y meditando un poco le dice:
−Hace muchos siglos hubo grandes polémicas sobre el signo que debía presidir estas tierras y reino. Muchos proclamaban que debía ser el signo formado por el dragón verde y el león rojo, que era la señal de los reyes suevos, (un pueblo guerrero que llegó a estas tierras tras la caída del Imperio Romano de Occidente) protegiendo el Santo Cáliz de la Comunión Cristiana como símbolo de su conversión al cristianismo. Pero al haber desaparecido su reino siglos atrás y ellos ser arrianos, -una de la muchas herejías cristianas-, y descubrirse el Arca Marmórea con los restos del Apóstol, decidieron hacer desaparecer esas figuras guerreras y dejar tan solo el cáliz de la Eucaristía. Los peregrinos venían a buscar perdón por sus pecados no a meterse en guerras y cortar cabezas.
− ¿Y cómo ha quedado por fin el símbolo de esta tierra?
−Pues no hay mucho acuerdo. Pero el símbolo más aceptado actualmente es el cáliz coronado, con la Sagrada Hostia en lo alto, y bordeado por siete cruces. El cáliz como símbolo de la propia Galicia, porque, dicen, calice sonaba similar a Galice; otros lo llevan hasta la leyenda del Santo Grial en estas tierras escondido por los templarios. Y ahí ya nos perdemos en mitos y leyendas antiguas y modernas. El número de cruces ha sido variable con las épocas y podría significar muchas cosas que ignoro.
−Bueno, Carl, desde luego, si hay alguien aquí que pueda encontrar ese Grial eres tú. No me cabe duda. En cuanto puedas vienes a verme y te enseñaré Montserrat.
−En ese caso no vayas directamente a Fisterra, ve primero a Muxía. Seguramente allí darás con la clave y encontrarás el nuevo sentido de vida que el Camino te ha estado forjando. Ánimo, aún eres joven; seguro que lo conseguirás. Anima al catalán para que te acompañe; seguro que encontrareis cosas interesantes.
−Una vez hayamos desayunado nos ponemos en camino y confiemos en que cada cual alcance su objetivo; tanto si es terminar el recorrido como si es ver realizado un sueño. Y, por cierto, me apunto a lo del cava en el Faro. Aunque sea francés también me gustan los vinos españoles.
−Bueno, Marc, si no te importa la compañía de un perro por mí encantado. ¿Y a ti, Carl, que te parece la idea? Podremos hablar de las estrellas y las constelaciones por cambiar de tema, que con tanto mito y misterio se me vuelve a nublar la mente.
−¡Encantado!, Marc y yo nos conocemos de sobra y me parece que la única copa dorada que voy a encontrar por aquí será la que tú me invites en Finisterre.

Algunos peregrinos deciden continuar caminando mas allá de Santiago de Compostela, hacia la Costa de la Muerte. La siguiente etapa suele ser hasta Negreira, donde hay albergue de la Xunta de Galicia. En el verano de 2001 anduve esta etapa en compañía de unos chavales la mar de majos y encontramos el albergue recién inagurado unos pocos días antes. Lo pasamos fenomenal en aquel lugar alejado del mundo. Después de parar en albergues a rebosar durante días y días encontrar un albergue vacío, todo para nosotros, y recién inagurado, fue una gran sorpresa.
Este cuento me hizo recordar aquella jornada.


El origen del escudo de Galicia, según me han asegurado, viene de los tiempos de los Suevos; un pueblo germánico que invadió España en el año 409 aprovechando los estertores del Imperio Romano. 
Se establecieron en el noroeste de la península y resistieron hasta el 456 como reino independiente; tras la derrota en la batalla del río Orbigo perdieron fuelle pero se recuperaron y establecieron un reino católico que se opuso con éxito hasta la llegada de Leovigildo y el año 585, en que perdieron la guerra y terminaron siendo asimilados por los visigodos. No obstante, los condes, los gobernadores militares de aquel tiempo, siguieron utilizando la simbología sueva hasta la invasión mahometana.
Durante 175 años campearon a sus anchas por todo el noroeste de la península ibérica.
El dragón verde y el león rojo era su distintivo principal.
Si tenéis interés en saber algo más sobre los suevos podéis mirar en este enlace: http://paseandohistoria.blogspot.com/2011/02/los-suevos-en-hispania.html

4 comentarios:

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