lunes, 11 de febrero de 2013

Muere una estrella. Un cuento de las luciérnagas.

   Recordé que aún quedaba un cuento del Camino de las luciérnagas, de su edición escrita, que no había subido al blog preparado para su lectura en medios electrónicos.
Muere una estrella. Los personajes del cuento pasan al comenzar la historia por este preciso lugar, con Muxía a sus pies y, oculto tras el montículo, el Santuario de la Virgen de la Barca.
Para los que ya lo habéis leído no os digo nada más que aquello que me enseñó mi mejor profesor: "A éstos les digo las cosas con poemas y parábolas, pero a vosotros os cuento su significado aparte".

Siento no haberlo puesto en el prólogo de la edición escrita o al empezar a subir los cuentos y poemas al blog; pero para entender algo de lo que os comunico necesitáis un mínimo de cultura general. Algo que hoy día escasea lamentablemente.

Deberíais conocer joyas de la literatura universal como el Poema de Gilgamesh.
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_magazine/reportajes/7746/epopeya_gilgamesh.html

La Odisea de Homero:
http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/otrosautoresdelaliteraturauniversal/homero/odisea/index.asp

O algo mas actual como el Libro de Daniel, que viene en cualquier edición del Antiguo Testamento. No sé si alguno habréis oído hablar de libros como éstos. Supongo que aún se pueden encontrar en alguna biblioteca pública. Buscarlos, no os defraudaran.
Como esto ya no tiene remedio y ya estoy en otras cosas y otras historias, sin más, os paso el cuento.



    Muere una estrella

− ¿Qué te ocurre, Marc? ¿Te noto siniestro? ¿Por qué te has sentado si nos queda tan poco para terminar?
−Algo grave me ocurre. Es como algo oscuro me hubiese entrado por el vientre y me siento helado. No puedo evitar que me castañeteen los dientes y me tiemble el cuerpo entero.
− ¿No será que te ha sentado mal algo que has comido?
−Todos probamos el mismo menú. Es algo que nos está llegando pero ninguno parece que lo percibáis. Dile a Laiba que no siga andando y venga conmigo. Me duele el vientre.
−Tranquilo, Marc, ahí vienen los demás. Laiba estaba haciendo fotos de Muxía. Se ve toda la ría unos pasos más adelante.

Un par de minutos más tarde seis peregrinos rodean a su compañero sentado en el suelo y recostado sobre el tronco de un árbol partido.

−Esteve, ¿Tú sabes algo de medicina? ¿Qué hacemos?
−Tranquilo, Simón, si hace falta le bajamos a cuestas hasta la carretera y llamamos a un taxi, ambulancia, o lo que sea. ¿Cómo te sientes, Marc? ¿Qué ves?
−Me veo recostado junto al tronco de un viejo olivo solitario en lo alto de una montaña, y me estoy muriendo.
− ¡Despierta, Marc! Le grita Carl, dándole un golpe con la palma de la mano en el pecho
− ¡Pero no le golpees! No ves que está enfermo; ¿a qué te doy yo a ti?
−Tranquila, Nastia; ha hecho bien. Ya se me va. He visto cientos de pájaros negros saliendo de mi pecho dirigiéndose al pueblo llevándose consigo el frío y el pesar. ¿Qué tendrás en las manos? Bendito alemán.
−Pues arriba franchute, sigamos caminando. Demasiado vino en la comida, eso es lo que te ha pasado
−Gracias, Laiba, por animarme pero presiento que algo grave está a punto de suceder. Será mejor que lleguemos cuanto antes al albergue. ¿Qué tal vas de tu cojera, Carl?
−Es muy fastidioso. Esta mañana al levantarme pisé en falso con el pie derecho y ahora parece que mi talón sea de gelatina. Me duele toda la pierna y ya no sé cómo pisar ni caminar.
−Tranquilo; en una farmacia compraremos una talonera de gel y con un buen masaje del amigo Simón seguro que podrás continuar algún día más con nosotros.
−Ya me ha tenido que dar dos en lo que va de jornada. Gracias, Simón. Preferiría tener una pata de palo que caminar así.
−No te preocupes; necesitas más descanso que los demás y cambiar de calzado cuanto antes. Esas botas que llevas están bien para subir a los Alpes no para hacer el Camino.
−Después de tan buena comida una larga siesta nos vendrá a todos bien. Me gusta mucho el sombrero que Nicasia compró en Santiago.
−Yo creo que miras como cimbrea su cintura
−También; pero me intriga la inscripción de la cinta que le añadió.
−Un peregrino se la dio al despedirnos; tenía que tomar el tren de vuelta a casa al día siguiente. Un tren llamado Arco. Y nos dijo que recitar esta frase era como lanzar una flecha al infinito.
− ¿Y qué dice? No he podido leerla
We will be conscious of our sanctity. Es el principio de un poema.
−Ojala se cumpla. Es una pena ver este paisaje tan bonito con las playas y el pueblo marinero, esta costa maravillosa; que yo ande cojo y revenido y Marc haya enfermado súbitamente. Llegamos como espectros terribles.
−Agárrate al viejo Simón y antes de lo que piensas estarás descansando y sonriendo.


Dos horas más tarde, al declinar el sol van los siete peregrinos a la oficina de información y turismo a recoger la Muxiana. Al entrar, la risueña Nicasia saluda con un atrevido:
− ¡Buenas tardes! ¡Al fin llegan hoy unos peregrinos!
−No sois los únicos. Otros dos os han precedido ¿me mostráis la credencial?
− ¿Podemos saber su nombre? Serán conocidos nuestros.
− ¡Cómo no! Se llaman Marcial y Nastia, una chica rusa
− ¡Qué extraño! No estaban en el albergue. Este Marcial al fin se llevó a la rusa a la cama
−Pues no estaba el hombre para muchos trotes. Casi se arrastraba llegando a Olveiroa.
−Ya lo sé Laiba. Es una manera de hablar. Seguro que los encontraremos.
−Están alojados en el Hostal La Cruz. Yo mismo se lo recomendé. El hombre se encontraba muy agotado y necesitaba dormir; no un orfeón de ronquidos
−Iremos a buscarles al volver del santuario
−Saliendo de aquí llegareis en cinco minutos. Aquí tenéis vuestras credenciales.


Caminan festivos y joviales por la senda de piedra hasta llegar al santuario y bajan hasta las piedras de las que tanto han oído hablar.
− ¡Cuéntanos, Simón, la leyenda de La Barca!
−Ya la conocéis; nos la contó el hospitalero, pero ignoráis que La Balsa un día puede volver al mar y abandonar estas tierras si decae la piedad que aquí la trajo. Parece que ese día terrible está cercano.
−En ella me gustaría embarcar
−Ya lo sé, Carl ¿sabes a dónde irías?
−En busca de los amigos perdidos; sobre la onda marina hasta más allá de las estrellas.
−Volverías a ser niño y olvidarte de ti mismo. Escucha a los ancianos, a los que tienen autoridad, y mantente con los pies en la tierra.
−Eres una vieja estrella que ya nadie sigue, Simón. Tu luz declina y se pierde entre tantas nuevas.
−Entonces serás tú, cojo y revenido, quien nos guíe de aquí en adelante. Pero antes de marchar te contaré algo. Caminar sobre las aguas turbulentas solo lo hizo el Salvador, pero alguien que yo conozco estuvo una vez en lo alto de un precioso acantilado viendo a sus pies universos sin fin como charcas en una pradera y sin dudar un instante se lanzó, desnudo, desvalido, a uno de ellos, solo por volver a sus seres queridos que sentía tan perdidos y olvidados. Buceador solitario que dejó atrás la gracia recibida para acompañar a los suyos por un camino perdido durante un tiempo incierto. El buceador que se sumergió en la vida perdiendo La Vida todavía anda por aquí. Ahora vamos a llamar a los demás para visitar el templo.
−Recobraré el buen humor en cuanto nos reunamos con Marcial. Yo pienso que ante nuevos tiempos y nuevos problemas necesitamos encontrar mejores soluciones y no estar siempre rebuscando en el pasado; y esos libros antiguos que guían a tus ancianos habría que guardarlos en… ¡glub! ¡Arggg! ¡Laiba! ¿Nos acompañas?
− ¡Qué! ¿Paró un ángel una mosca? Porque ya estabas soltando tonterías seudomísticas. ¡Que te las tragas todas, germánico!

Apenas llevan unos minutos admirando el interior del templo cuando Nicasia recibe una llamada en su teléfono móvil que le hace salir al exterior; segundos después entra para llamar a todos y les hace salir fuera casi a empujones.

− ¿Pero qué ocurre? Te comportas como una chiflada
−Es Nastia. Marcial ha muerto; está esperando la llegada de una ambulancia al hostal. Que si puedo ir a hacerla compañía.
−Tranquila, vamos todos. Esteve ¿tú sabes por dónde ir?
−En cinco minutos estamos allí. Venga, tranquilos. Es bonito el lugar pero primero son los amigos.


Poco tiempo después los siete peregrinos se reúnen con Nastia; y Nicasia, tomándola de la cintura, se la lleva de la puerta del hostal apenas arranca la ambulancia. Caminan por las calles de Muxía hasta entrar en una vinoteca y se sientan todos en una mesa a tomar algo. Esteve pide una ronda y se sienta junto a Nastia pasándole un brazo por encima del hombro.

− ¿Tú sabes cómo ha ocurrido o no estabas presente?
−Al llegar a Muxía fuimos al hostal para tomar las dos mejores habitaciones que tuvieran y cada uno se fue a la suya con idea de asearse y dormir una buena siesta. Yo también me encontraba agotada así apenas ducharme me quedé dormida; habría pasado una hora cuando me desperté al oír unos ruidos en la ventana; había un caballo enorme, negro, alado,  flotando junto a la ventana,  mirándome y de su boca surgió una voz: ¡una estrella se muere! Y desapareció en instantes. Me levanté y fui corriendo a la habitación de Marcial; no tenía echado el cerrojo así que abrí la puerta y le encontré de rodillas, pero erguido, las manos en la cintura, mirando fijamente una estampita de la Virgen de La Barca. La habitación, los muebles, la cama, las cortinas, él mismo, todo refulgía con una luz prodigiosa, brillaba, lucía como si irradiara algún tipo de energía, radioactividad, no sé, algo prodigioso. Al ir a decirle algo, él exclamó: ¡Madre del Amor Hermoso! ¡Detén tu día! No sigas adelante. Y se derrumbó. Yo me quedé paralizada y la luz prodigiosa desapareció en un instante; conseguí moverme y acercarme a Marcial para hablarle. Pero fue imposible. Estaba tan muerto como una piedra.
Llamé a gritos al de recepción y el hombre avisó a la policía y al servicio de urgencias. Pero todo en vano. Marcial está muerto, y he perdido a uno de los mejores hombres que he conocido jamás. Usé su teléfono para avisar a su familia y a Nicasia. No sabía qué hacer.
Por una profecía o visión vine a España pero lo mejor que pude encontrar está muerto. Volveré a San Petersburgo y mi vida de antaño como si esto hubiera sido un mal sueño. Los trajes de largo, las zapatillas de bailarina, la mochila de Gucci…



−No te dejaré ir tan fácilmente. Cuando terminemos el Camino vendrás conmigo a Barcelona. Personas como tú se encuentran pocas en la vida y no te dejaré echar a perder. No sabes nada de arquitectura pero sabes lo que es el ser humano. Vendrás conmigo y no se hable más.  Sabes tú más de tratar con la gente que nadie que haya conocido. También estará Simón, que vive en un barrio cercano.
−También estaré yo, Nastia; no voy a abandonar a este flacucho cetrino con lo que me ha costado alcanzarle.
−Gracias, Flora. Sois tan amables. Pero no sé cómo me repondré.
−Lo vas a tener fácil con nosotros; he pedido una ración de sardinas, según me han dicho recién pescadas, y salchichas alemanas, y más vino. Nunca estarás sola.
−Esta Laiba no se rinde por nada ¿qué estabas contando de otros lugares sagrados y peregrinaciones? No entendí nada
−Ya lo sé, Carl; para unas cosas estás muy claro y para otras obtuso. Te hablaba de la peregrinación que hacen los tibetanos al Monte Kailash. Caminan durante días, muchos de ellos de rodillas, hasta llegar a la gran montaña sagrada y después dan vueltas alrededor suyo.
− ¿Pero qué es eso de que siguen un sentido preciso para bordear la montaña? Siempre por la izquierda como las agujas del reloj; vueltas y vueltas a la gran montaña en vez de intentar subirla sin más.
−Yo tampoco lo entendía. No deja de ser una montaña más en una zona donde están los picos más altos del mundo. Fue Ñito el que me explicó el porqué.
− ¿El de la orientación?
−Sí, el de los chistes continuos. La montaña figura, por su forma, en su tradición, las tres vías hacia la trascendencia. El camino de la izquierda o vía del conocimiento, el camino del medio o del sufrimiento personal y el de la derecha o de la devoción a la deidad preferida. Son tres canales que tiene la montaña para subir a la cima que todos los seres humanos tienen prohibido subir materialmente, escalando, pero que todos deberían aspirar a subir de modo espiritual. Rodear la montaña, en el sentido preciso, sería intentar despertar en tu interior el deseo de despegar de lo material para ascender y alcanzar lo más elevado en el mundo espiritual con ese algo que todos tenemos dentro. Y trascender para evitar caer en el ciclo interminable de reencarnaciones.
−¿Ñito se marchó con el albañil? ¿El que habla de una playa extraordinaria en no sé qué sitio?
−Se fue con unos cuantos hacia Corcubión. Mañana conoceremos esa playa de los prodigios y seguro que les encontraremos a todos dándose un chapuzón. Por cierto, están muy ricas estas sardinas ¿no te parece, Marc?
−Sí, ya solo nos falta reflexionar sobre los peces y los pescados como hace el albañil; ahora que se ha ido uno de los nuestros
−Pues que si se los comen en el cielo que también nos haga buen provecho a los que comemos en la tierra. Y para ya de llorar, Nastia. Cuando terminemos de cenar os voy a llevar al monte que hay detrás del pueblo para meditar todo lo que queráis.
−Buena idea, Laiba. Esta noche hay lluvia de estrellas y puede ser algo espectacular. No sabemos lo que somos y si algo nos ve como seres casi sin cerebro alguna compasión recibiremos por el cariño que nos tenemos.
− ¡En el cerebro está la clave! Es lo que les estoy remachando a Simón y Clark que no paran con sus disputas bizantinas
−No todos tenemos tu cabeza, Esteve, ni hemos visto tanto como tú
−No es la cabeza; es que no prestamos atención casi a nada. El ser interior o lo que sea interpreta las cosas que llegan al cerebro a través del cuerpo entero. Si no ves claro lo de dentro tampoco ve. Es un problema de percepción y de interpretación pues lo interior también está cargado de muchas experiencias inconcebibles.
−De eso sabe más Simón; que a veces parece San Antón en el desierto ¡al fin llegan las salchichas!
−Ese es Park, que hace unas cosas muy raras; alemán incordiante movido de buena fe, ¡Prau! te contaré algo para que alimente tu ego incalculable y lo incorpores a tu bagaje mental.

Un día meditando profundamente en mi ser personal comencé a ver mentalmente mi cuerpo por dentro, sus órganos, como en un trance espiritual, iba viajando al interior de mí mismo, un viaje fantástico; al fin mi viaje me condujo al centro de mi corazón. En una especie de pequeña estancia, sentado sobre una piedra, como un yogui, se encontraba un otro yo, desnudo, como meditando muy profundamente. Apenas alzó la vista miró a lo que miraba y ese mirar se hizo uno en un sencillo acto de ver, ser, percibir, existir.
Este que camina y ya declina mentalmente y ese que miró en total desnudez de ser somos uno. Y con Flora, mi bien amada, ya estoy a punto de estar completo, de ser todo lo que hay que ser o llegar a ser en este mundo. Ahora te toca a ti, cabezón teutónico, mirar hasta donde puedes llegar. Va contigo media humanidad por el camino de jugar y aprender. No te saltes demasiadas alambradas.

−Si os parece bien ya es noche cerrada y podríamos subir a ese montículo cercano, a las afueras del pueblo, para contemplar las estrellas.
−Bueno, Esteve, tú llevas el fondo común, paga la cuenta; salgamos al aire libre y, de paso, Carl nos podía seguir contando lo que le ocurrió la noche pasada; que estuvo muy revuelto mientras los demás dormíamos a pierna suelta.
−Fue algo extraño que se suma a otras muchas cosas y debe ser algo relacionado con el cerebro, como dice Laiba. Yo intentaba dormir, y aunque no se oía un ronquido, no paraba de ver y oír a gente de todo el mundo en mi mente, caras conocidas y personas con las que he estado haciendo el Camino; me saludaban y enseñaban sus casas y lugares preferidos como si yo estuviese allí. ¡Pero es que había gente de Australia y Nueva Zelanda! Como si el mundo fuese un plano y se pudiese ir a cualquier lugar en cualquier momento solo con desearlo. Aquello era interminable, con gente y más gente llamándome a un lugar y otro del mundo. En algún momento me tuve que levantar a vomitar y después me refugié en esa especie de capilla que tiene el albergue, alumbrado por cuatro velas, hasta que surgió la aurora y os fuisteis levantando.  Viendo hoy la puesta de sol y recordando el santuario lleno de maquetas de barcos naufragados no sé qué me he puesto a pensar; y con la muerte de Marcial estoy totalmente descolocado. Es como si tuviese la clave para resolver un enigma pero no sé cómo utilizarla. Parece como si necesitara la aparición de un deus ex machina que resuelva o de un buen giro a mi situación personal. Yo también estoy pensando, como Nastia, en dejar esto ya y volverme a casa en lo más rápido que encuentre.
−Mañana lo decides y ahora escuchemos a Marc que es el experto en estrellas. Tal y como estás ahora serías capaz de consultar a una machina exdeus y seguir su consejo robótico.
−Déjalo Simón y atender al cielo que ya se ven caer las Perseidas
−Esta noche es cuando llora el cielo; ahora entiendo por qué. ¡Cuánto cariño le cogí a ese viejo cazador! Tengo en mi cabeza sus relatos de cacerías por medio mundo ¡y que le llegara el fin de sus días haciendo esto! Me voy a ese rincón cercano.
−Quizá era su destino; ya había cazado bastantes animales y ahora tenía que ayudar a unos jóvenes antes de irse. Algo recuerdo que decía de aprender del zorro y del águila, el más listo que anda por la tierra y el más fuerte que caza por el aire, siempre atentos a conseguir lo que necesitan para vivir. Y no ser más.
Sí, pero lo contaba a la manera de Park y sus cuentos orientales. Aún recuerdo la historia del ladrón de dicha. La del sabio que explicaba que para ser feliz no hay que hacer daño a persona alguna pero extraer del vacío todo cuanto se desee, pues ni tú jamás te verás colmado ni lo oscuro vaciado.
−¡Ya! Simplemente respirando, sentado y mirando al más allá. Millones de estrellas lloran la muerte de Marcial, y a mí también se escapan las lágrimas recordando a ese viejo taimado. Déjame de vacíos que bastante hueco nos ha hecho este hombre.
−Pues hagámoslo. Yo me voy a quedar un buen rato viendo caer meteoritos. Y no sé qué es eso de la respiración; como no sea asistida.
−La que sí respira es Nastia; debe estar hiperventilando. Algo le ocurre; vamos con ella.
− ¡Nastia! Soy Laiba ¿qué te ocurre? ¿Te encuentras mal?
−No sé. Me recosté en esta piedra para no escuchar lo que decíais y pensar en Marcial, y al poco me he sentido visionando una especie de mundo extraño
− ¿Algo en especial que nos puedas contar?
−Sentada contra el tronco de un árbol casi infinito, por sus ramas se extienden las galaxias, de sus copas cuelgan mundos sin fin, apoyada en su tronco veía bajo sus raíces un inmenso océano de luz, y los más preciosos y brillantes peces, como enjoyados, saltaban fuera de él; absorta en la visión me pedía a mí misma quedarme siempre así pero, de repente, tres enormes serpientes surgían bajo las raíces, se dirigían hacia mí y saltaban para devorarme, me asusté muchísimo y tú me sacaste del trance a tiempo. No sé, esto parece ser superior a mis fuerzas. No debí venir de peregrina a España, sino a hacer turismo como todos los rusos.
−Anda tonta, ven con los demás a ver qué les cuenta Simón; respira normal.

−Estamos discutiendo sobre las peregrinaciones; todas las grandes culturas y civilizaciones tienen o han tenido cosas de ese tipo. Marcial nos hablaba de cuando estuvo en Grecia, en Delfos y en el Partenón; pero quizá sea más interesante que Esteve nos cuente algo de cuando intentó visitar La Meca.
−Fue aprovechando un viaje de negocios a Arabia Saudí; intenté visitar el lugar de peregrinación de los musulmanes pero ni aunque me disfrazase podría entrar. No puedo pasar por musulmán.
−¡Para lo que ibas a ver! Lo más importante es el pozo del que beben las tribus árabes, ¡que nunca se agote! Y el meteorito que guardan en una habitación; que no se puede ver por razones religiosas, mahometanas; tan solo los muy afortunados pueden acercarse a ver una parte suya por una ventana plateada.
                      Según me contó un amigo este pedrusco singular fue encontrado, en los tiempos de Abraham, por una caravana de camelleros atravesando el desierto; al observar su origen celeste y que en uno de los lados presentaba cristales enormes en forma de pirámides decidieron construir un gran edificio donde conservarlo. En esta habitación del cielo guardaban las imágenes de sus dioses tutelares, de sus tribus y personas, hasta los tiempos de Mahoma que echó todos los ídolos por tierra; aunque conservó la piedra como una rareza venida de las estrellas y el edificio para que dieran vueltas en redor suyo.
                     Si una de esas Perseidas cayera aquí cerca podríamos construir algo como recuerdo a Marcial y a tantos que como él han fallecido haciendo el Camino.
−Deja eso ya, Simón, que no pinta nada en el siglo XXI, ¿cuántas piedras y pedruscos no habrá en el sistema solar? Y siempre tendremos la Vía Láctea para las noches sin luna. Y la constelación del Dragón nos seguirá de guía.
− ¿Dónde está esa constelación, Marc?
−Solo tenéis que buscar la Estrella Polar, en el norte. A un lado está Hércules y al otro la Osa Menor, en medio la cabeza del Dragón. La Vía Láctea también se llamó en la antigüedad el Camino de Hércules, y aquí cerca, en La Coruña está la torre dedicada a su nombre. Simón ¿qué le pasa a Carl?
−Que le sigue dando al cerebro como si fuera el nuevo Einstein y así se está poniendo.
−Solo meditaba en esa gran piedra como partida por un rayo que han colocado antes de llegar al santuario y me vienen a la cabeza dos nombres: Hitler y Stalin. Como si esa pareja hubieran partido por la mitad el sentido de la vida para el ser humano. Al menos para los europeos. Y recordando esas maquetas de naufragios colgadas como ofrendas en el Santuario no sé qué negro presagio me ha debido entrar. El mar y el vino, un mundo de ciegos, el nuevo Percival, y el naufragio de la nave cristiana.


−Bueno, de Lanzarote del lago ya tienes a Esteve y de remeros a Simón y Marc.
−Vale ya, Laiba. Siempre estás con esa inquietud y esa prisa; a todos nos gustaría encontrar algo válido para este siglo y esta manera de vivir. Esto sí que parece un naufragio en toda regla. Nuestra civilización se va a pique.
− ¿Pero para qué necesitáis conocer tanto si una pizca de saber ya nos inunda el cerebro?
−Ya lo sé Nastia. Es algo que llevo pensando hace mucho tiempo y Simón no para de martillearme. A estas tierras que hemos recorrido han estado viniendo razas y tribus de lo más diverso durante millones de años, acordaros de lo que vimos en Atapuerca, y solo quedó un pueblo, éste, al que llamamos sapiens. O aparece otra raza en África que lo cambie todo o de todo este conglomerado de tribus y naciones actuales en poco tiempo se quedará en una sola; que se llamará no sé cómo. Pero lo conseguirá de la peor de las maneras; es lo que temo. Y no le encuentro remedio ni solución. Es lo que veo. Parece que la gente europea se hubiera vuelto turuleta y de los americanos no quiero ni hablar.
− ¡Como digas algo malo de ellos te las ves conmigo!
−No me refería a ti, Nicasia; más bien a los del Norte, aunque la experta esas gentes es Laiba.
−Es que tengo muchos parientes en U.S.A.
−Y yo muchos amigos y de los buenos. Qué os parece si volvemos al pueblo y nos tomamos unas copas en un pub. Yo invito.
−Viva el catalán espléndido; como te llama Ñito.



−Ahora que lo nombras y recordando lo del monte Kailash recuerdo que Ñito y yo mantuvimos una conversación semejante a cuenta de la catedral de León. Él me hablaba sobre las tres vías a la trascendencia, representadas por las tres torres catedralicias, y en especial sobre el simbolismo del camino central hacia el Cristo Supremo.  Sobre las puertas con sus misterios hay un pasaje acristalado que simboliza la unión entre la Esperanza que nos ofrece el conocimiento, la torre de la izquierda y la Fe que nos regala la devoción, representada en la torre derecha; el gran rosetón central mostrando el Saber y el Amor de la Iglesia Cristiana. Más arriba, con un vitral abierto se muestra el Vishuda abierto a los aires y que purifica a ser humano que por el templo transita; sobre él se encuentra Anja, lo que nos llega a la pituitaria, o sala de control del ser humano, y se representa con el Misterio de la Anunciación, con la Madre, el Ángel, y el Espíritu Santo, esto es como lo máximo y superior que ha alcanzado el ser humano por regalo de Dios. Más arriba, incomprensible, las mil flores coronando al Cristo. Oriente y Occidente reunidos en un montón de piedras, un templo, la imagen pétrea del ser humano que Dios persigue; y tú, Carl, ¿sigues creyendo que no encontrarás soluciones a esos problemas tan graves que cargas en tu mochila interior?  ¿No hay acaso una catedral inmensa en tu ciudad?  Vamos a tomar una copa y después nos acostamos que mañana nos vamos a juntar todos los peregrinos en la playa a darnos un chapuzón. Ya he contactado con unos cuantos por teléfono y han hecho correr la voz. Bajemos con cuidado que con la cojera de Carl ya tenemos bastante; no vaya a tener alguno un esguince de tobillo.
−Me apunto a lo de tomar algo. Tengo los labios llenos de sal, supongo que por el aire del mar. Recuerdo algo sobre: “Vosotros sois la sal del mundo” pero no el contexto.
−Era lo sobre lo que hablaban o debían decir. La sal siempre fue algo muy caro así que hubo un tiempo que no sabían si regalar lo que sabían o cobrar por ello; lo que me lleva a algo que me contó un peregrino mejicano sobre la historia maya de dos hermanos gemelos que jugando al balón terminan bajando al inframundo para enfrentarse a sus dueños. Pasan muy duras pruebas luchando con los trece terribles señores de las tinieblas y consiguen volver a la tierra para ser muertos tras haber derrotado a la oscuridad. Un día este peregrino fue a conocer un cenote casi desconocido en lo más profundo de la selva del Yucatán con unos amigos y tomándose las cosas bastante a broma acamparon al borde del pozo natural para hacer fiesta y emborracharse apenas oscureció. Cuatro brabucones que se querían comer el mundo. Nuestro mexica apenas se quedó dormido se vio sumergido en un lago azul.
−Ya, y se ahogó. Por cierto, a este montículo solo le falta un dolmen o un megalito para rematarlo; parece un lugar telúrico. Mejor vayamos al pub.
− ¡Calla, Laiba! ¿Qué le ocurrió al compañero mejicano?



−Estaba como buceando en un lago azul y se vio rápidamente rodeado por una gran cantidad de calaveras parlantes, gritándole obscenidades y burlándose cruelmente de la manera más canalla posible así que, sin pensarlo, comenzó a golpear calavera tras calavera con los dedos índice de cada mano y al oír que cada una de ellas producía un sonido diferente siguió golpeando suavemente frente tras frente. Parecía que se encontrara rodeado de un inmenso xilofón tridimensional y él producía alguna extraña música siguiendo una inspiración interior.
Entre los gritos e insultos y los ¡ay! ¡Uy! ¡Arggg! ¡Urgg!, de todo tipo, al poco le parecía escuchar una fantástica sinfonía cacofónica y postdodecafónica, además de espectral, que le condujo a reír a mandíbula batiente: ¡su propia calavera sonaba y se armonizaba con el polifónico coro cadavérico! Pero algo tiró de él hacia abajo y al pronto se vio inmerso en un lago de aguas rojas y caimanes enormes se lanzaban hacia él tratando de devorarlo. Pero girando en las aguas cual experto buceador fue esquivando sus acometidas y tras uno de los ataques consiguió atrapar por la cola al más grande de todos. Al revolverse el monstruo y abrir su boca para morderle él abrió a su vez la boca y gritó: ¡Por el trueno, no morderás! No morderás o yo mataré y el sol cerrará sus ojos y la vida terminará en este mundo. ¡Por el trueno, tú danzarás! Y soltando la cola del gran saurio le dejó reunirse con sus compañeros caimanes que comenzaron a girar en torno suyo la danza del renacimiento.
Un nuevo tirón en sus pies le sumergió en aguas amarillas y putrefactas y al pronto le salió al frente un tremendo cadáver en descomposición bailando ante sí una danza llena de magia y poder inhumano. Sintiéndose seducido por el encanto prodigioso de la danza y a punto de rendirse lanzó su cabeza contra la del cadáver y, al golpearle en la frente y verle abrir la boca, aprovechó ese instante para soltar en su desdentada boca una vocal mágica. El cadáver se descompuso casi al instante y alguien le cogió por los pelos sacándole del agua hasta un claro en mitad de la selva.
Un jaguar enorme acechaba su llegada mirándole fijamente a los ojos pero nuestro amigo en vez de salir huyendo se sentó en el suelo y con el índice de la mano derecha le indicó en dirección al cielo. Doce estrellas doradas formaban un círculo perfecto alrededor de la luna y mirando de nuevo al jaguar le dijo: tú solo tienes siete ¿pelearás? El jaguar, irguiéndose, abrió sus espantosas fauces y le gritó: ¡dime dónde están mis siete estrellas o te mataré! ¡Aún no lo sé! ¡Pero por la Señora del Cielo que las encontraré! Al instante la Señora de La Luna apareció en la selva, vestida de negro y el rostro velado, entre los inmensos árboles y le dijo: por el trueno has salvado el alma en esta prueba y por el Señor del Trueno podrás salvarla para la vida eterna ¡Peregrina a Compostela y arrodíllate ante su espada!
Pocos instantes después se encontraba de nuevo en la tienda de campaña con sus compañeros de farra. Aunque se lo tomaron a broma en aquel momento tres meses después los cuatro estaban en Roncesvalles y coincidí con ellos varias veces. Una noche, en un albergue de Terradillos de Templarios, me contó su historia estando ambos como ahora: mirando las estrellas.

−Confío en que Marcial no se vea sometido a semejante pruebas en su liviano paso por el inframundo en el que creyera y alcance pronto el descanso eterno.
−Bueno, vamos por esas copas y de seguido a dormir que por hoy ya es bastante. ¡Y no me contéis más historias de esas! Que después tengo unas pesadillas terribles.
−Lo que tú pidas, Nastia. Pero mañana continúas con nosotros caminando.


Y nada más. 
Cuando has estado sentado en la playa del fin del mundo, viendo nacer las estrellas a la caída del sol, comprendes que tu camino solo puede continuar dando pasos hacia ellas. 
Y amarlas, amar todo lo que encuentres en cualquier parte del Universo; de cualquier universo que se os pueda ocurrir.
Si queréis referencias sobre algún pasaje no tenéis más que dejarme un mensaje.
Por ejemplo, en este enlace podéis leer el poema completo de Dilan Thomson y otros muchos más. Es el que tituló: "We will be conscius of our sanctity".
Poemas en lengua inglesa
Un abrazo a todos; y muchas gracias.

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