jueves, 1 de agosto de 2013

Las dos hijas del rey Alfonso. Cuento fantástico.

Al fin estoy de vacaciones y necesito distraerme un poco así que marcharé de León y no volveré hasta finales de mes; pero antes de irme os dejo una pequeña muestra de lo que estoy escribiendo actualmente. Es un cuento corto y con un cierto tono historicista pero espero que lo encontréis interesante; será uno de los que salga en la próxima antología de cuentos que espero publicar antes de navidades.


Las dos hijas del rey Alfonso

Esta es la historia verídica e insólita de las dos hijas pequeñas del rey Alfonso. Nos encontramos en la vieja capital de un antiguo reino, de nombre olvidado y memoria escondida en los sueños, y podemos ver el patio de armas del Palacio Real bullendo de actividad. En el centro mismo pelean como toros el rey y su hijo Sancho dando vueltas y más vueltas soltándose mandobles terribles. El rey sonríe, que digo, se está riendo, mientras le da unos trompazos tremendos con la espada y el escudo.
Por momentos ha conseguido recobrar el semblante risueño que siempre le caracterizó, pero sigue alerta; noticias extrañas llegan cada poco de la frontera sur. En un par de esquinas del gran patio algunos soldados se ejercitan a la vista del alférez mayor y al paso del rey redoblan sus esfuerzos por demostrar maestría en el combate. Entre mandoble y mandoble observan la lucha del rey y su infante; bien saben que pronto volverá a llamarles a formar en el patio y partirán al encuentro de las tropas de los condes y señores de tierra para ir de nuevo hacia la frontera.
¡Botín! ¡Botín! ¡Botín! Parecen exclamar las espadas al chocar con los escudos. Riquezas ajenas, mujeres hermosas, esclavos, esperan más allá de las Marcas. Y muertos, miles de enemigos muertos; de nuevo correrán ríos de sangre.
Por una ventana del torreón la reina Zaida observa la esgrima real con indisimulada satisfacción y lo comenta con la infanta Urraca, hija de un anterior matrimonio de Alfonso; se llevan bien pero tras ellas los problemas asoman. Las dos hijas pequeñas del rey están, cómo no, de gresca. Sancha y Elvira, Elvira y Sancha, siempre peleando por cuál de las dos tiene, en no importa qué lugar o situación, preeminencia.
Ahora están enfermas, no importa de qué, no se sabe el cómo, el caso es discutir sobre cuál de las dos está peor, más malita, que necesita más cuidados y atención. El obispo le ha comentado a la reina en alguna ocasión sobre las propiedades prodigiosas de un antiguo balneario al pie de las montañas del norte. Durante siglos cuentan las crónicas y los restos que dejaron cónsules y legados imperiales, condes y reyes, han disfrutado de las salutíferas aguas medicinales del bendito manantial. Decidida, ha ordenado llamar al abad del monasterio cercano pues es el encargado del cuidado del lugar y por el patio ve, al fin, desfilar un par de frailes montados en borricos. Seguramente uno de los dos será el abad.
Ordena que les lleven a su presencia en su salón privado. Es un frailecito que apenas le llega por el hombro y tiene la cabeza casi completamente rapada el que se atreve a hacer el saludo de rigor; viene acompañado por un fraile joven casi tan ancho de frente como de perfil.
−Abad Fraucinio, bienvenido; le he mandado llamar pues necesito su ayuda y consejo.
−A los pies de mi reina están mi ánimo y esperanzas; solo queremos servir.
−Le cuento; mis dos hijas pequeñas sufren dolencias extrañas y el físico nos ha recomendado que pasen el verano tomando las aguas de su balneario. ¿Cómo se llama?
−Está bajo la advocación de los santos Adrián y Natalia, señora, y a su vera tenemos una ermita donde podremos también atender la salud de sus almas. Serán bien recibidas.
−Muy amable, abad, sé que serán bien recibidas y estarán mejor protegidas; el rey, nuestro bravo señor, ha mandado aviso a los caballeros que atienden las torres del valle. Pero, pero, pero, hay un problemilla que seguro podremos solucionar.
−Escuchamos, señora.
−Las dos hijas del rey siempre están peleando por ver quién tiene más relevancia y recoge mayor admiración en cualquier acto o función al que asisten.
−¿? ¿? ¿?
−Me han informado que vuestra querida ermita, amén de ser minúscula, tiene una puerta por la que no caben dos personas a la vez.
−Pues sí, ocurre tal y como lo cuenta; tenemos que entrar y sacar los difuntos en parihuelas, con tan solo dos portadores.
−Pues tendrán que ampliarla. Confío que estas monedas ayuden a solucionar nuestro, ejem, problema rápida y satisfactoriamente.

Una bolsa de tintineantes monedas de plata en la alforja parece dar alas a los pollinos y fuerzas hercúleas a los canteros, pues en cuestión de cuatro días la ermita luce una nueva puerta tres veces más ancha en la pared contraria que la existente.
Las torres de señales comienzan a clicar incesantemente esta mañana primaveral y prodigiosa, los mensajeros a cabalgar veloces de aquí para allá, y en minutos un clamor se va extendiendo por toda la vega y el valle: ¡Llegan las hijas del rey! Las dos hijas adolescentes de nuestro buen rey Alfonso van camino del balneario musitan entre rezos y berzas los frailecitos. Expectación.
El abad recibe, escondido tras las grandes espaldas del capitán de caballeros guardianes, a las nobles damas impresionantemente ataviadas. Lo suyo son los borricos, le aterran los rocines y más aún si son tan briosos como los que las damas montan. Dos guardias del rey ayudan a las damas a descabalgar y de su brazo las acompañan a los aposentos reales en el balneario.
Es una antigua mansio romana, bien conservada y ataviada para la ocasión con los pendones de las villas cercanas y los estandartes del rey y sus deudos regionales. Visto bueno, ninguna tuerce la boca, sonríen y saludan a las autoridades locales. Las dos a la vez, idénticos gestos, exacta respuesta. Se retiran a sus aposentos. Estamos a salvo; por el momento.
Pasan los días en alegre solaz veraniego Elvira y Sancha, Sancha y Elvira, sin hacerse de menos; las aguas benéficas y el sol montañero están haciendo maravillas en la salud (¡Parece que han crecido!) de las muchachas que disfrutan de alegres paseos a caballo visitando antiguas fortificaciones, de cuando aquí estaba la frontera, y las fértiles vegas aledañas y sus numerosos molinos. Un grupo de caballeros siempre a su servicio, vigilantes; y en las aldeas las gentes se pelean por hacerles llegar algunos sencillos presentes consiguiendo que ahora compitan con sus risas sanas donde antes eran gruñidos y requiebros constantes. Al llegar de cada paseo, son unas amazonas prodigiosas, gustan de pasar horas bañándose en las caldas de aguas siempre templadas. El suave canto de los grillos y el croar de las ranas acompañan la puesta de sol y saludan la retirada a sus estancias privadas.
Hoy es domingo y fiesta mayor en el valle, día de la Asunción de María, y las hijas del rey lucen sus más lindas galas para asistir al oficio religioso; son tan amplias las sayas, tan largas las capas, tan lujosos los velos y pendientes que al entrar en el templo (Y mira que han hecho una puerta bien ancha) se enganchan.
¡Vaya juramentos! Le arden los oídos al abad y casi le sangran al capitán de caballeros (Lo que daría por estar en estos momentos en Tierra Santa lo más cerca) El oficio religioso pasa en segundos de sublime a ridículo y aunque por momentos hay silencio en los presentes las miradas en tan pequeño recinto llegan pronto al grado de incendiarias.
Ite Missa Est.
Ya se disponen a salir las dos más bravas hijas que ningún rey bravo jamás tuvo. Los campesinos aguardan fuera, expectantes, en el prado, las hoces en la mano; por si hay cabezas que cortar. Y, ¡Cómo no! Al salir del templo los velos de ambas se vuelven a enredar (un ligero vientecillo está obrando el maligno hechizo) tafetanes y organzas, ropones y brocados, todos enredados, con anillos y ajorcas enganchados. ¡Qué bramidos, Señor! Se espantan corzos y rebecos en los montes cercanos, ¡hay pelea!, pelea de la buena, ¿a pie? ¿a caballo? ¿espada corta? ¿lanza larga? Con los chuzos de los caballeros, deciden presto.
− ¡Te voy a pinchar!
− ¡Te voy a varear!
Eso, eso, que se vareen, que se vareen, que tienen buena lana las dos infantas. Hacen corro los aldeanos en la campa larga, una lucha de infantas no se ve todos los días; ¡menuda fiesta de la Asunción! Sitio hay de sobra y la hierba está recién segada pero cuando parece que nada podrá impedir este duelo de bravas en toda regla una alegre musiquilla y cánticos foráneos les alcanzan y aquietan; y todo se para.
En un par de minutos el misterio se desvela: es un grupo de peregrinos que llegan cantado alegres y floridos.
Son cerca de veinte caminantes que acompañan su peregrinar con cánticos de su tierra foránea y músicas encantadoras que surgen de una media docena de instrumentos musicales. Hay hombres y mujeres, casi a la par, y visten largos hábitos con amplios sombreros adornados de flores y pequeñas conchas de mar. Al instante ya están las dos infantas disputando por cuál de las dos tiene más peregrinos a su vera, alabándolas. Y en minutos sus risas poderosas y su voz aguda ya se escuchan en todos los rincones del valle. (Sí, también en eso disputan) No tienen problema alguno con la lengua franca pues la parlan desde niñas.
− ¡Qué bonitas son esas conchitas? ¿Cómo se llaman?
−Son las vieiras del rey Arturo, gran rey de los normandos, nuestro pueblo; noble dama. Las llevamos como presente a la tumba del Apóstol de los hispanos.
− ¿Un rey llamado Arturo? Nunca oí hablar de él.
−Pues él bien hubiera gustado de contar con tan aguerridas damas entre sus caballeros. Nunca hubiera perdido una batalla.
Y la otra infanta:
− ¿Y cómo es que los peregrinos se llegaron hasta nuestro balneario? El viejo camino no pasa por aquí. ¿Qué les llevó a desviarse y retroceder sobre sus pasos?
Uno de los peregrinos, el de más edad, de barbas blancas y roídos zancajos se atreve a confesar:
−Nos envió por delante la reina, vuestra señora, y guío nuestros pasos su infanzón por la vereda del arroyo. Si miran hacia los árboles del soto la verán montada en su caballo y escuchándonos.


Un giro de cabeza y tras las sebes y bajo la sombra de unos chopos descubren la presencia altiva, majestuosa, de la reina, su madre y señora, acompañada de la infanta Urraca y un largo cortejo de guardias y damas de compañía. Apenas hacen el gesto de salir de estampida y ya el caballo de la reina les cierra el paso (Ahí quietas las dos) Desmonta de un salto la reina y con la mirada las enfrenta.
−Vaya, vaya, vaya, con las hijas enfermitas del rey Alfonso; nuestro bravo señor. Si algo no me hace estallar es la presencia de los peregrinos francos que con sus cánticos evitaron que Urraca escuchara las voces que dabais al salir de misa. Si por mí fuera vuestro padre os debería mandar acompañarles hasta el sepulcro de Santiago ¡pero cargadas de grilletes y cadenas! Venga, inmediatamente, las dos, a vuestros aposentos y preparar los baúles. Ya estáis curadas y más que sanas. El rey os reclama.

Deprisita y cabizbajas van ahora las dos damas, suben a saltos por encima de cualquier lápida, escalón, o persona que encuentran; recogen sus cosas como si el moro llegara para raptarlas.
−Estas peleas, estos celos, estas bravuconadas hay que pararlas.
− ¡Incluso dentro de la ermita me gritabas!
−Hagamos las paces que me parece que sé por qué padre nos llama.
−Nos va a caer una bronca de espanto; se lo contará esa chivata de Urraca.
−Pues aguanta el chaparrón y verás cómo antes de que termine el año nos vemos las dos casadas y lejos de aquí. Ya se les olvidará la riña boba que hemos tenido.

Apenas un frugal almuerzo y ya parte el cortejo real de vuelta a la capital. Aplauden los campesinos, vitorean los caballeros desde las torres almenadas y rezan los frailecitos dando gracias al Señor por que no se llegó a ver sangre derramada, ¡y de infanta!


Fin


Tan grande fue el disgusto que se llevó la reina Zaida que ordenó y pagó de su bolsa una lápida que en las paredes del templo aún está incrustada (Han pasado ya 900 años) y reza así:
"Quien entra en esta aula o morada de Dios sin intención recta, de nada le valen sus votos ni sus dones. Deben, pues, los que aquí entran, deponer intenciones torcidas y malas".
Para que perdure en la memoria humana esta pequeña muestra de la estupidez humana.
Elvira casó al poco tiempo con Rogelio II, y reinó hasta su muerte en Sicilia.
Sancha matrimonió con el conde Rodrigo González de Lara, de Liébana; y nunca salió de sus montañas cántabras.
Sancho murió en la batalla de Uclés.
Urraca heredó todos los reinos de su padre Alfonso, y fue una de las más grandes reinas de toda la historia de España. Y quizás la más desventurada.

Si tenéis interés en el tema y lugar de los hechos podéis consultar estas entradas:


La puerta fue tapiada al poco tiempo pero aún se reconoce las trazas de la obra que tuvieron que hacer para la estancia de las dos hijas del rey Alfonso.

Este cuento corregido y ampliado salió finalmente publicado en la antología titulado Milagro en Benarés y otros cuentos prodigiosos.
Milagro en Benarés




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