miércoles, 16 de octubre de 2013

Picnic en el deposito. Cuento fantástico.

En ocasiones escribo cuentos del tipo como se decía hace años: de anticipación; en este caso Picnic en el depósito es un cuento que escribí a modo de pequeño homenaje a los grandes maestros rusos de la ciencia ficción Boris y Arcadi Strugatski y me inspiré libremente en un par de novelas suyas: Picnic junto al camino y Ciudad maldita.
No es un cuento alegre ni divertido, aviso. Trata del amor y la desesperación. La completa pérdida de cualquier tipo de esperanza.
Espero vuestros comentarios.


Picnic en el depósito

¿Iremos esta noche subray?
−Esta tarde, antes de que se ponga el sol y venga la niebla, NC. Será hoy o nunca
−Pero, ¡podrían vernos! CM.
−¿Quiénes? ¿Los otros? ¿Los Petsis? Eres un miedica ¿Cuánto hace que estamos solos? Que no les oímos hablar. No hay nadie en ningún sitio y necesitamos comer; cualquier cosa o moriremos. Abrígate bien; saldremos pronto.
Caen los últimos rayos de sol mientras la niebla avanza imparable sobre la urbe incógnita cuando los dos subrays se acercan temerosos a una vieja alambrada. Hay un gran orificio y por él se cuelan hasta alcanzar un haz de vías ferroviarias. Aprovechan la escasa luz para correr hacia su objetivo.
Es la tercera vez que se atreven a entrar en la zona desconocida y peligrosa; un paraje, un lugar sin nombre en medio de la ciudad abandonada. Corretean como ratas encogidas paralelos a la tapia hasta llegar a unas casetas semiderruidas. Es el punto hasta el cual se atrevieron a llegar las otras dos veces anteriores; pero hoy irán más allá.


El hambre y la necesidad de encontrar algo valioso impulsa sus piernas con más fuerza que los horrores que han vivido. Siguen caminando abandonando la seguridad de la tapia de ladrillos hasta acercarse a unas máquinas que les resultan por completo desconocidas. Arrimándose cautelosos van de una a otra intentando encontrar algo reconocible, inteligible, valioso, o mejor aún: comestible.
De las máquinas solo entienden que unas son grandes y pesadas, otras largas y fusiformes; se dirigen al primero de los edificios pero las puertas están cerradas, y también las del segundo; no hay por donde entrar. Pero la del tercero consiguen abrir sin esfuerzo; entran cautelosos.
A ambos lados hay escaleras pero de frente hay unas puertas abiertas, y entran a mirar. Encuentran una espaciosa sala con montones de ropa por todas partes y al fondo ¡una cocina!


Eso sí que les resulta familiar. Hay unas pequeñas máquinas a un lado cuyo funcionamiento ignoran pero en el fregadero encuentran útiles de cocina similares a los que ellos utilizan ¡cuando encuentran algo que poder cocinar! Toman un cuchillo y un sartén cada uno y abandonan la estancia, suben por las escaleras y encuentran otra gran sala llena de grandes cajas metálicas, abiertas, enmohecidas y forroñosas; ropas, ropas por todas partes. Son prendas muy grandes para ellos ¡qué tamaño tendrían!
Aquí tampoco hay agua potable, tan solo algunos charcos en el suelo producto de las goteras. Bajan por las escaleras contrarias y salen del edificio. La niebla, la niebla está cada vez más cercana. El miedo les impulsa a saltar una verja metálica y escapar raudos a su escondite pero lo alta que es y los crujidos de sus vientres pueden más y siguen caminando pegados a las paredes del edificio siguiente.
Ya están a las puertas del gran edificio; temerosos entran por una puerta estrecha que, casi milagrosamente, está abierta. La maravilla y el espanto les están esperando. No hay más que piezas metálicas y máquinas extrañas cubiertas por una gran capa de polvo; charcos de agua y aceite oscuro en el suelo y escombros caídos del techo por todas partes.


Un silencio sepulcral, un frío de muerte, puertas que se golpean debido a las rachas de viento gélido que azotan el edificio. Tal vez algún sonido de ratas corriendo huidizas corriendo por los fosos.
− ¡Si pudiéramos cazar alguna!
− ¡Tengo un hambre!
Salen correteando a un patio posterior donde observan otros edificios más pequeños, a punto de derrumbarse; van de aquí para allá como ratoncitos buscando migajas.
Nada, máquinas y más máquinas, escombros, chatarra, restos de unos seres ignotos y desconocidos. (Esto era de los Petsis, ¡Que ya no queda ninguno! Miedica)
− ¡Vamos dentro! ¡Vamos dentro!
− ¿Has visto algo? ¿Has visto algo? ¿Una rata?
−No, mira, mira la niebla, ¡está muy cerca! La niebla que mata.


Entran de nuevo en la nave grande y cuarteada y corren, tropiezan, saltan, yendo de un lugar para otro buscando algo que pueda serles de utilidad para protegerlos del frío o, mejor aún, para calmar los ruidos de tripas; dar de comer a los gusanos que tienen en los intestinos. Pero es en vano; tan solo encuentran chatarra y trapos engrasados.
La desesperación. ¿Qué nombre le da a eso el alma? No lo nombra; es algo que al bicho le pasa. Un día el bicho muere, y se olvidó la causa.
Ya van los subrays raudos de retirada alejándose del gran edificio, se trastabillan, tropiezan el uno con el otro; están agotados. Hay otra nave más pequeña y aislada en su ruta de escape pero también las puertas están cerradas. El mundo se ha cerrado; esto se acaba.


A un costado hay un gran montón de grandes traviesas de madera oscura. Intentan arrancar algunos trozos; podrán hacer fuego (¡necesitamos calor! ¡Calor!) Pero el esfuerzo les derrota y uno de ellos cae de rodillas.
− ¡Levanta, NC, levanta! Viene la niebla, ¡viene la niebla!
−No puedo CM. No puedo más. Déjame morir, déjame morir ya.
− ¡Que la niebla ya está aquí! ¡Ya está encima!
−Quédate conmigo. Deja ya de correr, quédate conmigo.
−No puedo, no puedo, tenemos que seguir. –Intenta arrastrar y levantar como sea a su pequeño compañero pero no puede, también se desploma.
−Mira CM, ahí vienen los Petsis, con la niebla; los Petsis.
Entre la niebla vislumbran un grupo de espectros que caminan hacia ellos y se acercan lentamente. Llevan puesta la misma ropa vieja que vieron tirada en el primero de los edificios, las mismas grandes botas negras, y les están mirando. Van despacio pero directos hacia ellos. Uno de los subrays, CM, el más alto, se incorpora, suelta el brazo de su compañero, y sale corriendo espantado; el otro, el otro, cierra los ojos inhalando los primeros vapores de la niebla espesa.
− ¡Rata! ¿No es este uno de tus nietos? Exclama uno de los espectros, un tiarrón alto y fornido, mientras levanta en sus brazos el cadáver del chiquillo.
−No, me parece que es uno de los sobrinos del Alemán. Por ahí andará. Responde el aludido. –Despierta, niño, despierta. Le dice pasando su ajada mano de obrero viejo sobre el rostro del crío famélico consiguiendo que este abra los ojos.
−Tranquilo, nenín, tranquilo, ya pasó, ya pasó el dolor y el miedo. Le dice con voz calmada y suave una mujer de pelo rubio y desmañado. –No te preocupes, estás con nosotros, y nunca más estarás solo.
−Solo, solo veo niebla, veo niebla, pero escucho voces. Escucho gente hablar, ¡pero no veo a nadie!
−Tranquilo, nenín, ya nos verás. Tranquilo, ya estás en Casa.


Fin


Habéis leído el borrador de Picnic en el depósito, que es el cuento que cierra mi antología Noche en la estación del Norte y otros cuentos fantásticos. Si el primero de los cuentos Noche en la estación del Norte está lleno de alegría, buen humor, y sobretodo de esperanza, en Picnic en el depósito todo ello se ha evaporado y los protagonistas de los cuentos, hace poco tan llenos de vida, tan solo son ahora espectros.
¿Qué ocurrió? ¿Qué hicimos mal? ¿Por qué un fracaso tan estrepitoso y completo?
Noche en la estación del Norte y otros cuentos fantáticos
En Navidad, si llegamos, sacaré otra colección de cuentos fantásticos que estoy escribiendo. Seguro que os gustarán.

1 comentario:

  1. Tal vez el cuento os resulte extraño, pero hasta aqui se llego y vosotros, todos, sabeis como ocurrio. Ahora pensar en como podremos salir de esto. Los niños os iran diciendo como, por donde, y por que. Yo ya estoy escribiendo otros nuevos cuentos, me aburria escuchando necedades y tengo muchas historias que contar y relatar a muchisima gente. Adios. O, hasta la vista.

    ResponderEliminar