lunes, 2 de diciembre de 2013

Estramboticos paracelticos. Cuento fantastico y alquimico.

Este pequeño cuento es un sentido homenaje a los boticarios y boticarias, a los que tanto debo, y a sus antecesores que tanto buscaron curación para los males del cuerpo, e incluso del alma. Aunque a estos últimos se les solía llamar alquimistas.
¿No sabéis que es la alquimia? ¿Nunca oísteis hablar de ella? Pues leer este cuento fantástico e iluminaros completamente.

Estrambóticos paracélticos

Extravíos alquímicos y otros lunáticos aspectos


¡Esa estrella! ¡Mira esa estrella! En el cenit mismo, ¿una estrella que se va? Se ha movido y ¿se ha ido? ¡Desapareció! ¿Tú has visto lo mismo que yo?
−Pues sí, Theophrastus, también lo he visto y estoy igual de sorprendido. Vayamos prestos al laboratorio y consultemos el natalicio del día. En las cartas astronómicas podremos descubrir cuál es la estrella que ha desaparecido.
− ¡Pero eso es magia celeste! ¡Las estrellas no se mueven y desaparecen! Son inmutables; algo terrible va a ocurrir.
−Tal vez no tanto como pensábamos, abandona esa agitación y vayamos al calor de los hornos y retortas; está muy fresca la mañana.


Las callejuelas del Madrid imperial se hacen eco de los pasos de esta pareja de caminantes inquietos, con sus largos capotes y sombreros de ala ancha van dando trompicones a la escasa luz de un viejo candil cuando las primeras luces del alba clarean las calles que suben desde la puerta de Toledo. En un sótano de la Plaza de la Paja, bajo un antiguo edificio que fue tejera en época musulmana, se encuentra el más secreto e importante taller de alquimia del Imperio Español y alrededores. Theophrastus y Bombastus son los nombres alados y secretos de los investigadores que, pero casi insignificante a sus ojos, tienen para el Común y la Corte los títulos de físico y boticario del rey Carlos II, alias El Hechizado.
Desconocidas dolencias mantienen año tras año al rey postrado y apartado de sus deberes naturales, ha de comulgar en la cama, y el cardenal Portocarrero ha contratado a los dos químicos más famosos de España para que encuentren remedio a sus males.
− ¡Dame esa carta astral! Yo prepararé el natalicio inmediato de esta hora histórica. Tú atiza los hornos.
−Ten las cartas y horarios, agitado, ¡estás mercurial! yo no las necesito para reconocer que hemos visto un prodigio.
− ¿Quién es el astrólogo real? Yo, lo tuyo son las pócimas.
−No necesito mirar las cartas, son muchas las noches que he velado contigo buscando en las estrellas explicación alguna a los males del reino.
− ¿Y? Ves, ya tengo el horóscopo del día; triangularé los aspectos rápidamente, ¡Aggg! ¡Cuadraturas! ¡Cuadraturas!
−Vimos una estrella tan brillante como Venus pareja a Capella en la constelación del Auriga. Una estrella nueva y desconocida pero antes de que pudiéramos efectuar la menor de las cábalas la estrella se movió hacia el norte raudamente, ¡y desapareció! No encontrarás explicación en las cartas.
− ¡Consultaré el manuscrito que tenemos del afamado Juan Kepler! Recuerdo haber leído algo sobre una estrella nova que él mismo observó. Contiene ideas que desafían nuestras creencias, una nueva visión del Cosmos, ¡tal vez nos diga algo sobre este suceso histórico!
−Nada te aclarará, su estrella nova se vio durante 18 meses fija en el cielo, la nuestra instantes. Ni sus teorías ni observaciones nos sirven de algo. Tal vez encontremos algo en las cartas de nuestro amigo inglés, ¡deberíamos escribirle!
− ¡En plena carrera por lograrlo te carteas con el rival! A ese águila ni agua, es un monstruo; y, además, está totalmente loco, como una chota, olvídalo, es un tipo peligroso y de una inteligencia demoníaca.
−No digas eso de nuestro amigo Arthefio. Sus Principia Matemática son un prodigio científico y sus suposiciones sobre el movimiento de los cuerpos celestes superan con mucho todo lo alcanzado por Kepler. Nosotros hemos visto otra cosa.
−Otra cosa, ¿pero qué?


La mañana veraniega transcurre plácida y luminosa y nuestros laboriosos espagiritas apenas paran un rato para almorzar y otro para merendar (¡si esta tarde hubiera un buen auto de fe! como en los viejos buenos tiempos) enfrascados en la consecución de sus pócimas secretas, y tan solo a la caída del sol deciden salir hacia la posada de Huertas y refrescarse y despedir el día con una buena jarra de vino.



Una maravillosa luna dorada se eleva en el cielo, es la luna de la cosecha y el frescor de las huertas cercanas alivia el calor veraniego; pero es el vino fresco lo que remoja gargantas y estómagos tras tantas horas entre hornos y retortas, legajos y rancios tomos de extrañas materias que guardan en cofres y baúles candados. Al segundo vaso ya se desatan sus lenguas y están por requerir una segunda jarra de clarete.
− ¡No puedo dejar de pensar en lo que vimos esta madrugada! Esperemos a que aparezcan las estrellas, tal vez observemos algún indicio plausible.
−Y te he notado bastante ausente todo el día; conseguir el ansiado vitriolo va a resultar mucho más arduo de lo imaginado.
−Tenemos que dejar esta locura, es un gasto desproporcionado y, de todos modos, no serviría para el fin buscado.
− ¡Qué no serviría! Bombastus, aquieta tu corazón y refrena tu larga lengua. Si nos escucha algún espía no veremos la próxima aurora.
−Te lo diré al oído. Los males del rey están más allá de nuestros conocimientos y de los de cualquier persona de este mundo. Le llevo tratando doce años y lo suyo no tiene remedio; que se muera en paz es lo más que podríamos lograr.
−Yo también he pensado muchas veces eso mismo. ¡Pero si tuviésemos el vitriolo…!
−Te lo tomarías tú para echarte una nueva amante. Observo cómo miras de continuo a la cantinera, viejo chocho.
−Disculpa, viejo amigo; ya sabes, este viejo pellejo esconde el corazón de un gañan de pueblo.
−De aldea, que yo también soy gallego. Mira la dorada luna y usa tus ojos claros.
− ¿La luna? ¡Ah! Ya, que parece haber crecido, como si se hubiese hinchado. Va a estar en lo cierto Kepler con sus órbitas elípticas.
−Piensa un poco más. Vuelve a mirar, ¡deja ya a la mesonera! Vale, sí, nos traes otra jarra. Recuerda la Capella desaparecida.
− ¿Y? Vaya ubres tiene la moza; ya, el vitriolo, tenemos que conseguir ese vitriolo cuanto antes. ¡Que no me des cachetes! Sí, ya, la Capella que se fue, ¿y qué? ¿En qué nos cambia la vida eso? Las cartas astrológicas no dicen nada de estrellas que cambian de sitio y desaparecen.
−Pero sí nos están diciendo algo alto y claro.
− ¿El qué?
−Esa estrella no estaba ayer ni en momento alguno de la historia. He repasado cartas árabes, turcas, todo lo que tenemos, ¡y Capella nunca tuvo una hermana más brillante que Júpiter o Venus!
−Tal vez nadie se dio cuenta y…
− ¿Desde Babilonia hasta aquí nunca nadie la había visto? Recuerda a los Reyes Magos.
− ¡Eh! ¡Ah! Ya, vieron nacer una estrella y la siguieron hasta Belén.
− ¡Pero su viaje debió durar meses! Y la nueva que nosotros vimos desapareció en instantes. ¡Fumm! Y desapareció de nuestra vista como si el universo del que surgió se la hubiese tragado.
− ¿En qué estás pensando? Parece que fueras a comerte la luna con la boca tan abierta.
− ¡Teo! ¿Y si no fuese una estrella? Pasame la jarra y respóndeme a una pregunta. ¿En qué diablos consiste la Gran Obra?
−Conseguir un elemento luminoso que… ¿Quieres decir que lo que vimos en el cielo…?.¡Pero la retorta sería inmensa! ¡Del tamaño…! ¡Del tamaño!
−No sabemos su tamaño pero sí vimos su luz. Nos está indicando el camino.
− ¿Qué propones?
−Que volvamos a nuestro taller secreto y retomemos la Obra.
− ¿La noche en vela? Mañana tenemos que estar en el Alcázar a las diez en punto.
−Estaremos, no te preocupes. También la mesonera seguirá aquí para tu deleite.


Es una de las últimas noches de verano, el otoño ya envía claras señales y los viñedos se encuentran rebosantes; en un rincón oculto de la capital del reino dos hombres se afanan laboriosos en sorprendentes actividades. Están soplando una retorta de un tamaño como se vio jamás; Bombastus no tiene una inmerecida fama de poseer la mejor botica de Castilla y lo que muchos ignoran en la propia Corte, que tanto y tan a menudo le reclama y frecuenta, es que se trata de un prodigioso alfarero y experto soplador. Cerámicas y matraces y un sin fin de diversos cacharros han salido de sus propias manos y labores en los hornos.


A mayor reto mayor esfuerzo y creatividad. Theophrastus no para de consultar libros alquímicos y grabados de lo más curioso buscando referencias con las que poder enfrentar el mayor de los retos humanos: la Gran Obra Alquímica. La agonía del monarca y la pugna con las mejores cabezas de Europa por ser los primeros en conseguirlo se han unido para que se reafirmen en el empeño: ¡ahora o nunca!
−Iremos por la Vía Seca, deprisita y a la carrera.
− ¡No! Ni se te ocurra comentarlo, no quiero saltar por los aires. Iremos por la Vía Húmeda y si tardamos dos meses, dos meses, y si son tres, pues tres. Pondré todo mi empeño en lograr una verdadera quintaesencia; ten paciencia. ¡Y lo conseguiremos en una cantidad nunca lograda!
−No es solo por la cantidad que me estoy entusiasmando, es que también se me están ocurriendo ideas novedosas que pueden sernos de gran utilidad. Variaciones sobre los errores cometidos por los Maestros.
−Déjalo; ya llegó mi mancebo de confianza, él cuidará los fuegos y podemos irnos a descansar y desayunar algo. Recuerda, al mediodía debemos estar en las estancias reales.
−Allí estaré, no te preocupes, nunca olvido quien paga todo esto.


Mes de octubre de 1.700, las primeras hojas de los árboles se desprenden de las ramas con los primeros cierzos y los guardias reales han mudado ya sus ropajes a los invernales aunque al mediodía todavía el sol calienta de lo lindo. Idas y venidas de los dos químicos (tan solo el rey conoce su oculto oficio) de la botica al dormitorio real con los más insólitos remedios que humanamente se les ocurren. Pero el rey decae día tras día ante sus ojos, apenas es capaz de musitar a ratos una letanía mirando fijamente un cuadro de San Francisco de Asís a los pies del Cristo Alado; ya mandó redactar testamento y recibió los Sacramentos en el día de San Froilán, y cuando tiene algún momento de lucidez y les reconoce no hace más que preguntar por su labor secreta.
− ¿Cuánto os queda? ¿Cuánto os queda? −Susurra lánguidamente.
−No lo sabemos, majestad, lo ignoramos.
−La Gran Obra no se puede forzar y estamos intentando llevarla a cabo en una magnitud nunca lograda.
−Rezaré a los santos para que logréis conseguir vuestro propósito; será un gran bien para la salud de mis reinos. No desfallezcáis, no cejéis, seguir, seguir.


Fue la última vez que escucharon decir algo al rey Carlos, era el día de la Virgen del Pilar, los siguientes días estaba completamente ido, inconsciente de las terribles intrigas que se estaban formando a las puertas mismas de su dormitorio. Correría la sangre, eso seguro; no había acuerdo posible entre las dos facciones en liza. Solo cabe persignarse y esperar el desenlace fatal.
Día de Todos los Santos en Madrid, mañana luminosa y fresca; por los Santos nieve en los altos, repiten los abuelos a los zagales mientras el mancebo sortea grupos de gente en su carrera hacia el sótano oculto. Baja las escaleras de cuatro saltos y grita:
− ¡El rey ha muerto! ¡El rey ha muerto!
− ¡Qué! ¡Qué! ¡Hoy! ¡Precisamente hoy!
−Han venido guardias del rey para que vayáis a certificar la defunción. ¡Vamos! Os están esperando en la botica.
−Pero, pero, pero, ¿ahora? ¿Qué hacemos?
−Salgamos a la carrera, no voy a poner mi cabeza bajo el hacha. Deja eso y vamos.
−Pero puede ocurrir en cualquier momento.
−Lo que de verdad ha ocurrido es que el rey ha muerto y nosotros somos los encargados de dar fe pública de ello. Vamos, cuanto antes vayamos antes volveremos; que quede el mancebo al cuidado.
Parten los espagiritas prestos hacia el Alcázar Real pasando primero por la botica para recoger las cosas necesarias y cambiar sus hábitos; flanqueados por los guardias reales las gentes les abren camino libre al instante. La voz se va corriendo por calles y plazas esta fresca mañana otoñal y cuando entran en las estancias reales miradas y silencios les van dando las funestas novedades.


Apartan monjas y cardenales, nobles y a la reina misma, para poder hacer su trabajo. Se confirma plenamente la noticia, ya no respira, Carlos II está muerto. Tendrán que llevar a cabo la preceptiva autopsia e irán pasando de espanto en espanto mientras van relatando al escribano real lo que se van encontrando en el seco cadáver. Finalizada la operación y antes de firmar el legajo ambos no tienen por menos que santiguarse ante la ruina humana que han terminado de trocear.
Acongojados, agarrados del brazo, se acercan a una de las ventanas para recobrar el aliento con el frescor del patio tras estar tanto rato respirando miasmas espantosos. Es la hora de los embalsamadores, que ellos dejen presentables los restos del rey. Los químicos apenas se tienen en pie.
−Venga, anímate, Bombastus. Mira, desde esta ventana se ve la casa donde tenemos nuestra guarida secreta.
−Ya, en cuanto podamos nos escabullimos, ¡puede ocurrir en cualquier momento!


Tiene suerte esta pareja de secretos alquimistas, apenas consiguen dar el sentido pésame a la reina ven franca la puerta de salida y se escapan del Alcázar con el culo pegado a las paredes. Los partidarios de los dos pretendientes bullen de una sala a otra buscando a quien enredar en su campaña. Deprisita y a la calle, caminando como si les persiguiese un fantasma se acercan a la botica para guardar sus aparatos e instrumentos de autopsia. Apenas han dejado sus cosas y se han cambiado de prendas de vestir para librarse del olor infame que traían consigo con la mirada se comunican la intención de volver cuanto antes al sótano, pero, pero, ¿qué ha sido eso?
− ¿Esa explosión?
− ¿No habrán empezado ya la guerra? ¿Con el cuerpo del rey insepulto? Vamos fuera.
Las gentes corren de aquí para allá asustadas y fieras, espadas y dagas ya muestran sus afiladas puntas y los grandes sombreros ocultan los rostros de los espías y criminales a sueldo. Más que andar corren hacia su secreto cuando de frente ven llegar a la carrera a su mancebo de confianza. Al verlos exclama:
− ¡Explotó! Ha tirado media casa abajo.
− ¡Pero qué dices! Calla, habla bajo; ven a este rincón.
−Que explotó, señor licenciado, ¡la retorta! la retorta, de repente se puso a brillar, a brillar, y levitar sobre el fuego del horno. Yo me asusté por el fulgor demoníaco que aquello soltaba y salí a la calle, ¡no sabía que hacer! Era una luz blanquísima que salía por las rendijas de las ventanas, y yo, por natural prevención, me alejé un poco, hasta una esquina y, de repente, ¡Pum! Media casa salió por los aires, no sé si habrá habido muertos, ni cuantos.
−Vale, venga, lárgate para la botica y no digas nada a nadie. Enseguida iremos.
−Espera, quietos los dos, ¿qué ocurre? ¿Qué dicen? ¿Qué pasa vecinos? ¿En el cielo?
Con la boca abierta los madrileños contemplan asombrados un astro tan luminoso o más que el planeta Venus bailando cercano al sol poniente. Nadie sale de su asombro. ¡Es como si bailara con el sol!
− ¿La Capella perdida, Theophrastus?
−No sé, tal vez; pero mira, mira lo que está cayendo. Parece cabello de ángel, ¡y sabe bien!
−Sí, es verdad. El rey ha muerto, una estrella baila con el sol y llueve vida dulce sobre nosotros. 
En verdad nada sabemos.


Fin

Y con lo poco que creemos saber fantaseamos. Espero haberos ayudado en vuestra búsqueda de la verdad luminosa, o jocosa, con este sencillo cuento. Hoy día la Alquimia nos parece una completa chaladura, pero cuando descubres que las mejores mentes del mundo, en Europa, Oriente Medio, India, China, durante siglos las mejores mentes de la humanidad, os hablo de gente como Keppler o Newton, pasaron años y años intentando descubrir el Secreto Oculto ya te quedas con la duda. 
¿Qué buscaban? ¿Qué encontraron?
¿Lo sabéis vosotros?


En muchas ocasiones he paseado, desnortado, por las calles del viejo Madrid buscando ideas para cuentos y relatos, alguna encontré, hace muchos años, que aún no he sido capaz de llevar al papel pero esta sobre boticas no podía dejarla pasar mucho más tiempo. 
El reinado triste del rey hechizado, Carlos el Segundo, me rondaba desde hace mucho tiempo por la estancia de las ideas cual fantasma aullador, tenía que contároslo. España, medio mundo, se fracturó a la muerte del último rey de la casa de los Austria. Estamos pagando aún las consecuencias, y si no me creéis preguntarle a los catalanes.
Los químicos estaban avanzando en su conocimiento de la naturaleza pero los males del rey de Las Españas estaba mucho más allá de sus conocimientos; a la para-química respondían con alquimia, remedios tangibles para los males del espíritu, de lo intangible. Fracasaron.
Encontraron los oligoelementos, la naturaleza de la luz, nuevas leyes físicas, métodos más fiables para la navegación marítima pues los barcos europeos surcaban todos los mares de este mundo, pero, pero, para los hechizos poderosos que podía padecer incluso un rey, no un rey cualquiera, un Austria, el rey de medio mundo cuyo imperio daba la vuelta al mundo entero de continente en continente, no encontraron remedio.
Era algo que estaba, como un paradigma oculto, en su modo de ver, de vivir, de pensar, de creer, de vivir. Quemaban herejes o brujas, los quemaban en presencia carnal o en figura. ¡Como no iban a creer, el rey mismo, que no existían los hechizos y embrujos para los que no existía remedio!


No me da risa alguna ver y conocer las desgracias de siglos pasados, me vale y sobra para sonreír con los de nuestros días. ¿No los reconocéis? ¿No os dais cuenta de ellos? ¿No?
Pues la próxima vez que vayáis a una farmacia de guardia, deprisa y corriendo, reflexionar unos segundos sobre este cuento.
Theophrastus y Bombastus son nombres supuestos de auténticos sabios españoles de aquellos años; Arthefio era el nombre espagirita que le pusieron a Newton, don Isaac, que incansable rebuscaba en los misterios de la naturaleza y la humanidad. Hijo del Arte.
Vieron los colores maravillosos que ocultos estaban en la blanca luz. Vieron las estrellas y planetas girando en el universo, vieron, soñaron, soñaron, tal vez con un mundo mejor donde los hombres pudieran transmitirse los conocimientos que hubieran alcanzado y mejorar con ellos la pobre existencia humana con remedios verificables y un millón de veces repetibles, no un milagro que una vez se hace presente y cien millones inalcanzable.
Algo así.


Por favor, no queméis los libros, aunque sean míos; tal vez alguien, en algún lugar remoto, encuentre un remedio cierto para este gran mal que hoy día daña al mundo.
La estupidez.

Este es el borrador de un cuento que salió publicado en mi antología de fantásticos titulada: Milagro en Benarés y otros cuentos prodigiosos

1 comentario:

  1. Me marcho a Burgos, el Museo de la Evolución Humana y las excavaciones en Atapuerca me llaman. A la vuelta os contaré algo. Intentar hacer feliz a algo. Aunque sea al perro. Chau.
    http://www.museoevolucionhumana.com/es

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