martes, 17 de diciembre de 2013

Milagro en Benarés. Cuento prodigioso.

¿Habéis estado alguna vez en el Tibet, en Nepal, el inmenso subcontinente indio? ¿Conocéis los secretos del tantra, del yoga, de la meditación transcendental? ¿No? Entonces seguir los pasos del Jipi en su incansable búsqueda de la iluminación personal y transitoria por las montañas y valles, cuevas habitadas por santones, ir a buscar la muerte y el renacimiento a la orilla del rio en la maravillosa Vanarasi, Benarés.
Nunca volveréis a ser los mismos tras la lectura de este cuento prodigioso.
Amor.

Milagro en Benarés
Un jipi atópico esperando el amanecer


Fantásticas jornadas de largas caminatas hasta llegar al pie del Kailash, montaña sagrada entre las montañas sagradas del mundo mundial; cuatro montañeros, naturales de las cuatro esquinas de la vieja España, caminan entusiasmados y triunfantes entre docenas de peregrinos tibetanos en espera de llegar a ver pronto la fantástica fachada de la impresionante montaña.
Se conocieron en el aeropuerto de Frankfurt al coincidir con el mismo destino y empresa de trekking nepalí contratada. Los únicos hispanohablantes de la excursión organizada enseguida hicieron grupito aparte de sus compañeros europeos.
− ¡Que los alemanes van mejor equipados que nosotros y visten fenomenalmente! Nosotros desastrados y fumando.
− ¡Que los ingleses se han subido tropecientos picos y han abierto setecientas vías! Nosotros eso lo hacemos en chancletas.
− ¡Que los franceses son los más gallos y solo les falta ya subir en globo a la estratosfera! Nosotros volamos mucho más y echamos el humo por la nariz. Y sacando pecho.−Bueno, pecho, pecho, las que enseñan son estas dos. Vaya lujuria de tías, y no paran un momento sentadas. ¿Tú me entiendes, verdad, sherpa?
−No empieces, otra vez, Jipi, que ya te vamos pillando el rollo. ¿Qué decías que ibas a hacer al llegar al Kailash? Ya se ve desde aquí.
−Lo subiré en sueños, me sentaré en la base del monte y con un impulso átmico subiré hasta la cumbre y bajaré transfigurado y radiante.
− ¡Quieta! ¡Espera! ¡¡Jipi!! ¿Ves lo que has hecho? Sheila se está meando de la risa y ha tenido que salir corriendo, ¡te voy a dar una!
−Reacción natural en mujer tan esbelta y guapetona al aceptar al fin que camina en comunión perfecta con mi presencia infinita y frugal.
−Pero bueno, ¿tú que te fumas? Yo solo te veo sacar un camel de vez en cuando. Claro, va a ser eso, fumar a cinco mil metros de altitud, solo se le ocurre a alguien como tú.
−El que viene fumando especias olorosas es el amigo Yokin que por ahí llega con un par de alemanas. Dile a Sheila que nos espere al llegar al santuario, pondremos banderines en ese jito cercano para suspirar la protección de los dioses tántricos del lugar.
− ¿Ya te la has tirado?
−Ni en sueños, pero yo tantranquilo; reservo mi potencia orgásmica para superar tan excelsa cumbre. Pero, ¡ahora que lo pienso! podríamos hacer un trío. Me sentiré tan solo en la cumbre…
−Bueno, mira, lo tuyo no tiene remedio; ahí está Sheila y Yokin nos alcanza enseguida con las rubias. ¿Qué era eso del banderín?
−Debemos complacer a las deidades para que nos hagan prolíficos y benéficos en general y orgásmicos múltiples en lo particular.
−Bueno, te dejo que hagas la dichosa ceremonia o tendré que salir yo también corriendo a orinar. Procede.


Procedamos a solicitar la protección de las altas deidades universales y los genios protectores del gran Kailash y que el humo del cigarro eleve nuestras súplicas hasta su altísima morada. Somos simples peregrinos llegados de allende los mares y cordilleras para alabar la montaña sagrada.
Humildad, protección sencilla y sincera solicitamos, buenos auspicios, hacemos presente de un gran bien traído de nuestra lejana patria símbolo de nuestro gran corazón peregrinante en tierra lejana. Suspiramos. Buena fortuna, buena fortuna necesitamos, lejos, muy lejos mal dharma, limpiar señores nuestro sucio karma. ¡Auuuuu!
−Pero, bueno, ¿Qué hace este chiflado? Se pone a aullar como un lobo y ¿una bandera de León? ¡Joder, Jipi, que soy vasco!
−Se supondría que los dioses no hacen distingos lingüísticos y apenas átmicos. La ofrenda ya está hecha y vale por los cuatro, ¡sí! guapa, también por las valencianas, y cabría pensar que podríamos continuar tras los peregrinos hasta el refugio. Necesito una birra ya mismo.
−No sé, no sé si podré acompañaros, siento una rozadura en la planta del pie derecho.
−Blanca, corazón loco, ¡estás conmigo! Llevo en el botiquín una docena de Compeed. Si me permites.
−Si estarás ya perdido y chocheante, Jipi, que por tocarle la pierna a una tía hasta te arrodillas.
−Y beso su pie inmaculado y fragante. ¿De quién es esta pupita?


La mañana transcurre plácida y maravillosa, un cielo prodigioso, la espectacular montaña derrama aludes de bendiciones sobre peregrinos y excursionistas mientras se acercan al refugio Darchen. Los tibetanos cantan antiguas salmodias sagradas, dan palmas con sus sandalias, y muchos caminan descalzos o incluso de rodillas. Los españoles, en cuanto notan que los demás excursionistas se atreven a abrir la boca entonan a grito pelado su novedoso himno nacional, el consabido y mundialmente repetido: ¡Soy español, español, español! ¿A qué quieres que te gane, matao?
Gabachos, teutones, alcohólicos británicos y otros excursionistas llegados de sus antiguas colonias no tienen por menos que humillar la cerviz y caminar en silencio, penitentes. Hay españoles cerca, y solo falta que invoquen a Santiago Matamoros y nos corran a hostias dando vueltas al monte. ¡Y el peligro que tienen las tías hispanas! todo el rato enseñando unos pechos de dinosauria y al primero que les dice algo le sueltan unos sopapos que retumban en todo el Himalaya. Penitencia. Nos tocó en el viaje cuatro españoles. La Armada Invencible.
¿Españoles? ¿Españoles has dicho tú, galés etílico, sin poner atención a lo que dices? Tú escúchales.


− ¿Por qué no puedo hablar en valenciano cuando me dé la gana? ¡Eh! ¿Por qué? Sheila, dime, ¿por qué?
− ¿Y quién te quita Blanca? Charla entonces con Yokin que seguro que te entenderá todo y te responderá en euskera. Me voy con el Jipi hasta el refugio y estaré pegando la hebra con él hasta la hora de acostarnos.
−Eso, eso, los castellanos que se acostarían juntos, nada querríamos con ellos.
−Soy leonés, fumeta, Sheila cordobesa, y si con la lengua nos entenderíamos con las carnes nos comprenderíamos. ¡Joder! Es imposible hablar vasco, se me traba la lengua.
− ¿Vais a joder en el refugio? ¿Con todos los guiris mirando? Deja de imitar mi modo de hablar.
−Mira que eres acémila, Yokin, tan solo intercambiamos recetas de cocina. Ya sé cómo hacen el rabo de toro y preparan las berenjenas en los bares de Córdoba. Por cierto, ¡exquisitas! Es que trabaja de camarera en un restaurante.
−Vale, venga, que ya estamos llegando, no discutáis los machitos y a ver si hoy nos acostamos pronto. Ya estarán los guiris sobando hace una hora y nosotros aún no nos hemos duchado ni cenado.
−De acuerdo, reine la paz inmensa a los pies del Kailash y satisfagamos nuestras más elementales necesidades.
Noche de refugio en los Himalayas, noche de refugio en la alta montaña, ronquidos atronadores de los sopladores teutones, estampidas a los váteres de los británicos, y los gabachos a la caza de alguna incauta que les haga sitio en el saco para sobarse un rato; noche de refugio a no sé cuántos grados bajo cero en el exterior pero el dormitorio parece una sauna. Alguno está que levita de la mala sangre que le está entrando de no poder pegar ojo en toda la puñetera noche. Y ya que escalar no se va a escalar nada, ¡porque no nos dejan que sí no lo subíamos en chanclas! aprovechemos para practicar con lenguas ajenas. Las chicas se atreven con el inglés, Yokin con el alemán, y el Jipi, bueno, el Jipi está con la cabezonada de volver a Katmandú chapurreando correctamente el tibetano. No para de soltar frases inconexas a todos los sherpas y peregrinos que pasan a su lado.
Los guiris, y no digamos los nipones, no paran de hacer centenares de fotos con sus enormes cámaras pero los españoles, chulos ellos, se valen y sobran con los teléfonos; incluso el Jipi se presta a hacer poses en cualquier jito del camino o en los refugios. Él no tiene ni usa artefactos semejantes.
−Es que las radiaciones que emiten esos cacharros afectan mi equilibrio ayurvédico. ¡Aleja ese trasto de mi rostro!
− ¡Mira que es desastrado este cazurro y que guapo sale en todas las fotos! En cuanto pueda se las enviaré a las amigas. Aquí no tenemos cobertura.
−Lo mío se llama estilo personal, guapísima Blanquita, y porte galante.
−Mira, rubio, eres lo más presumido que he conocido. Vete a ligar con los tibetanos y deja de rayarme la cabeza.
−Voy, me pierdo por sus coletas y su andar majestuoso.


Tienen suerte con el tiempo y escapan a tiempo de las tormentas diarias; en los refugios consiguen crear al segundo día, con su idiosincrasia inigualable, un estupendo ambiente y una noche Sheila les deja a todos arrobados y patidifusos bailando descalza un disco de sevillanas que uno de los guardas conserva como oro en paño, recuerdo de otros españoles que por aquí pasaron el año anterior. Y les muestra, henchido de gozo, las pintadas y garabatos que dejaron en las puertas de los baños.
¡Sí, señor! Por aquí pasó un español. ¡Pardiez!


De vuelta a Katmandú los cuatro pasean impávidos al trasiego humano y motorizado y, después de darles muchas vueltas a los molinillos de oraciones, deciden que pues les quedan bastantes días antes de volver a la patria y al curro podrían darse una vuelta por la India misteriosa y mistérica.
− ¿Dónde podríamos ir Yokin?
−Ni idea; en la India no hay montañas, ¿no sería mejor apuntarnos a un trekking corto por los alrededores?
−Nos vamos a Bodhgaya, en India. Los tibetanos me contaron que se va a celebrar el Kalachakra pasado mañana y asistirá este año el Dalai Lama. ¿Os lo queréis perder?
− ¿Kala qué? Bueno, si va a estar el Dalai yo me apunto. Me va su rollo pacifista. ¿Y las chicas? ¿Qué decidís? ¿Blanca?
−Pero, ¿no saldrá muy caro? ¿Dónde queda eso?
−Lo hacemos con cuatro rupias. No queda muy lejos, al sur; iremos en tren y lo pasaremos fenomenal, ¡aprenderéis a respirar correctamente!
− ¿Me estás diciendo que no sé respirar? ¿A mí? ¿Tú, que te ahogas en cada cuesta?
−Sheila, corazón, no te lo tomes a mal, tú lo ignoras seguramente, pero cuando roncas las ventanas del dormitorio están a punto de suicidarse saltando al vacío. Es respiración tántrica lo que nos van a enseñar.
− ¡Ah! Ya; para joder. Siempre estáis pensando en lo mismo.
− ¡No! Es para coordinar tus ritmos respiratorios con los ciclos del tiempo universal. Venir a Bodhgaya y el Dalai os lo explicará mejor.
−Bueno, vale, si va estar el Dalai y un mogollón de monjes seguramente os cortaréis con vuestras guarradas. Me apunto. ¿Blanca?
−Yo también voy. Me apetece conocer algo de la India y tomar el sol. Ya está bien de pasar frío. Venga, recogemos nuestras cosas y nos piramos ya mismo.


Faustico, no existe otro adjetivo para referirse a un viaje en tren por las asoladas tierras del subcontinente indio. Son docenas, centenares, unidades de millar, las personas y animales que suben y bajan del convoy en cada parada. Las chicas lo sobrellevan escuchando música con sus cascos, el Jipi pasa de ruidos, solo le va el Funk y la Bossa Nova, prefiere ir probando las delicias del país que por las ventanillas les ofrecen; y Yokin se debe estar fumando la mitad de las hiervas raras de la estepa índica.
Llegan a Bodhgaya justo a tiempo para contemplar la celebración del Kalachakra anual, festival mundial y multidimensional. Deprisa y corriendo a integrase en la corriente principal de los festivos tibetanos dispuestos a renovar un año más los universales ciclos de muerte y renacimiento. ¿Y os lo queríais perder?


Mandalas por aquí mandalas por allá, suenan los gongs y los largos cuernos para la llamada a la meditación comunitaria y millares de fieles y turistas se sientan en grandes explanadas a pleno sol. El Jipi intenta transmitir conceptos básicos de respiración, concentración y meditación, a sus compañeros; la visión tántrica de la vida, los interminables ciclos de muerte y encarnación, nacimiento y destrucción de todas las cosas del universo y del universo mismo. Respiración: inhalar, exhalar; un universo que nace y se expande en tu interior y muere y desaparece en los siguientes instantes. ¡Fuuu! ¡Se fue! ¿Lo entendéis?
Nacer, crecer, menguar, morir.
Escuchemos ahora el recitado del tantra del Kalachakra.
− (¿Qué dice, Jipi? ¿Entiendes algo?)
− (Ni jota de lo que dicen, pero sé de qué va)
− (Cuenta, cuenta)
− (Mejor que no, las mujeres quedáis a la altura de las perras y las burras)
− ¡Piensan así! Yo me largo ahora mismo.
−Espera, Sheila, calla un poco. Solo unos minutos más y nos vamos los cuatro. (Voy a proponeros algo que os gustará muchísimo más que esto)
− (¿El qué? Estoy harta de respirar y no entiendo nada de todo este rollo; pero habré tirado doscientas fotos con el móvil)
− (Algo especial, Blanca; vais a quedar fascinados al conocer la auténtica India)
− (¿Mejor que este carnaval? Cuando se lo cuente a los de la peña…)
− (Algo insuperable, Yokin. Aquí, el colegui hindú, ahora os lo presento, nos va a llevar a conocer a un auténtico gúru que vive en una cueva en un monte cercano. Tan solo un pequeño viaje en tren)
− ¡Otro viaje en tren!
− ¡Chiss! (Es apenas un par de horas de viaje y después subir al monte, hasta la cueva)
−Si hay monte me apunto.
−Iremos los cuatro y callar de una santa vez o estos kalachakros van a empezar a llamar a todos los demonios tántricos del hiperespacio para jodernos a base de bien.
Cuando la noche se va y el alba asoma sobre las calles de Bodhgaya los cuatro montañeros españoles y un muchacho hindú (que ha resultado ser ingeniero informático que ha vuelto hace días de España a su país tras pasar un año haciendo un máster en superordenadores) se dirigen a la estación de tren para cambiar de estado, de gentes, y de visión del mundo. El Jipi intenta que se vayan haciendo a la idea de lo que van buscando y de lo que se pueden encontrar. ¡Un gúru auténtico! ¡La iluminación! Adiós Tíbet, adiós Tantra, agur Dalai.
− ¿Un gúru? ¿No se dice gurú?
Verdaderamente no tienen la menor idea de lo que se van a encontrar pues no tienen ni pajolera idea de lo que son ellos mismos, ¡pero se divierten! ¿No hemos venido a eso?


La marcha no es dura pero sí lo suficiente para que pasen cuatro entretenidas horas caminando por senderos y pequeñas cuestas hacia unas montañas poco elevadas. Van siguiendo el cauce de un arroyo de cantarinas aguas y a menudo caminan a la sombra de los árboles.
Jiddu y el Jipi van introduciendo a sus compañeros en la milenaria cultura e historia hindú, tan diversa.
−Entonces, ¿qué es un yogui? ¿Qué es el yoga? No entiendo nada.
−Yoga es estar unido con lo que llamamos El Creador, yogui el que lo ha logrado. Es así de simple; existen multitud de escuelas tradicionales para intentar alcanzar ese estado y multitud de maneras de demostrar que se ha alcanzado. Vamos a ver a un hombre que renunció a todo para ser un santón; vivía en una gran ciudad, tenía un buen negocio, mujer, hijos, deudos y amigos, pero un día, hace años, abandonó todo y se vino a las montañas. Hace dos años que comencé a oír hablar de su auténtica realización y hoy podré comprobarlo.
− ¿Comprobarlo? ¿Cómo? ¿Hace milagros? ¿Levita?
−Con un yogui auténtico nunca se sabe.
− ¿Es de los que se torturan, Jiddu? No me gusta esa gente; es algo muy desagradable.
−Confío que no; esa gente de la que hablas son los faquires. Lo hacen para ganarse la vida, como vuestros futbolistas. Los hay muy famosos y con muchísimos seguidores. Algunos son muy ricos.
− ¿Y qué hacemos al llegar a su cueva? ¿No habrá que postrarse o algo así?
−Piensa que estuvieras ante el Sumo Hacedor; algo se te ocurrirá, Sheila. Llegaremos enseguida, ya falta poco.
−Pues menos mal, porque ya está el sol bajo y vamos a tener que dormir en algún sitio. ¿Nos dejará dormir en la cueva? Menos mal que hemos traído las esterillas. ¿Seguro que allí no hay serpientes venenosas?
−En India hay serpientes por todas partes, pero no tantas como piensas. Le pediremos permiso para pernoctar a su lado; y no es un gurú. No intenta dirigir ni manipular la vida de otras personas; o eso es lo que me han contado. Por eso quiero conocerle.
−Pues, mira, ya puede ser un dios o algo así pero como me hagáis dormir al raso con la cantidad de bichos venenosos que habrá por aquí nunca os lo perdonaré.
− ¡Sheila! No empieces otra vez. Te acuestas con el yogui y en paz. Lleva años viviendo aquí y aún está vivo; por algo será.
− ¿Qué me acueste con…el dios? Yokin, no empieces con tus chorradas, y tú, Jiddu, pegadito siempre a mi lado; estos dos están completamente pasados de revoluciones. ¡Y no fumes más de esa mierda! Apestamos todos.
El sol cae rápido en las latitudes ecuatoriales pero con las últimas claridades, ya se puede observar la constelación de Orión en lo alto del cielo y su perrito Proción, a su estela, es cuando nuestros excursionistas de lo fantástico consiguen llegar a la entrada de la cueva. El yogui, un abuelete escuálido, el típico santón hindú, está sentado sobre una piedra y les saluda agitando una mano, igual, igual, que hacen los turistas al paso de los monarcas o las celebridades actuales. Ya han llegado.


Quien no sabe lo que busca no sabe lo que encuentra dice el viejo adagio; al llegar los excursionistas ante el yogui Jiddu toma la iniciativa y arrodillándose con las manos unidas ante su rostro inclina la cabeza ante la mirada divertida del abuelito que se limita a posar una mano en el hombro del muchacho y le indica que pase al interior. Sheila, que se está tomando el asunto cada vez más a broma, ¡al fin! (este hombre tiene cara de hambre) se acerca y le ofrece una barrita de cereales, el yogui la toma, rompe la envoltura y la prueba. ¡Sonrisa de oreja a oreja! Adentro. Jipi intenta imitar a Jiddu pero lo que consigue es que el yogui le quite el sombrero de la cabeza y le dé con él unos cuantos sombrerazos. ¿Buena señal? la cara del santón pasa en instantes de los signos de furia al asomo de carcajada. ¡Apártate! le indica con un gesto y otro par de sombrerazos. Blanca no sabe qué hacer.
−Pasa tú delante, Yokin.
−No, pasa tú, que me estoy haciendo un peta. ¡No te va a hacer nada!
Blanca avanza unos pasos y enfrentándose al santón sentado le suelta un sencillo:
− ¡Buenas tardes! ¿Cómo está usted? ¿Hace buena tarde, verdad? Y le ofrece la mano para un cordial apretón.
Segundos de tensión, un minuto de incertidumbre; Blanca, con el brazo extendido, no baja los ojos ante la profunda mirada del santón. ¿Qué pasa? ¿Qué están haciendo? ¿Se hablan con la mirada o qué? Al fin el santón decide levantarse de la gran piedra y poniéndose a la altura de Blanca extiende su mano para el apretón a la vez que exclama un escueto:
−Fine Thanks. Come this way, please. −Indicándole a la chica la entrada de su cueva y después avanza directamente hasta Yokin y sin la menor consideración le arrebata el porro y se pone a fumar con unas caladas muy profundas. De un par de sombrerazos mete a Yokin y al Jipi, que estaba al margen, en el interior de la oscura cueva. Sheila y Blanca ya se han desprendido de las mochilas y con las linternas están buscando un rincón donde extender sus esterillas y sacos de dormir.
Noche en la cueva, noche observando el paso de las estrellas por la gran entrada, noche primigenia y frugal pues es una de las más cortas del año, noche silenciosa pues nadie se atreve a decir palabra esperando alguna frase o acción del santón, el cual se limita a sentarse en un rincón o a estirarse un poco en el suelo arenoso y dar una cabezada; noche misteriosa. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Será un dios o un buda o algo así? ¿Qué podría hacer yo para alcanzar la iluminación? ¿Y si me fumara otro porro? Jiddu no discurre o no se nos alcanza, duerme como un tronco y ronca suavemente. No está acostumbrado a las caminatas lo suyo es pasarse horas delante de un ordenador.
Es de noche, ¿dónde veis o notáis algo raro? Suele ocurrir todos los días.
Poco después del amanecer y tras un frugal desayuno a base de barritas y refrescos isotónicos liofilizados que el santón acepta compartir, de cuatro sombrerazos echa a los excursionistas de su guarida yóguica y se vuelve a sentar, impávido, en su piedra de siempre. A punto está de quedarse con el sombrero del Jipi pero finalmente se lo lanza como si fuera un jugador de platos de playa.
Les despide saludando con la mano del mismo modo que les recibió. Una sonrisa de oreja a oreja y algún eructo es todo lo que pueden obtener del santón en el último instante y mirada fugitiva. De vuelta hacia la estación de tren, de nuevo el sendero a la orilla del arroyo, pisar las mismas piedras y charcos de ayer por la tarde. Jiddu camina unos pasos delante de los españoles, callado, silente, encerrado en sí mismo y su propia mente. Pero los españoles, los españoles, ¿Quién coño hace callar a un español?
−Bueno, y digo yo ¿para qué collons nos has traído aquí, Jipi? ¿Para dormir en una puñetera cueva? No digo yo que no salga barato, pero es que apenas he podido dar alguna cabezada.
−Ya lo sé Blanca; no sé, me esperaba otra cosa, no lo entiendo, yo también he dormido poco, estoy como alelado; y me da la impresión que el yogui dormía menos que yo. Se levantaba cada poco y andaba de aquí para allá y se acercaba a cada uno de nosotros.
−A mí tan solo se me acercó una vez. ¡Y me tocó el culo!
− ¿El culo? Estarías soñando, ¡que te va a sobar el culo! si era más inofensivo que un ratoncito.
−Me tocó aquí con un dedo, ¡sí! aquí mismo.
− ¡Ah! en el sacro. ¿Y qué pasó a continuación?
−Que me quedé dormida, frita en segundos.
− ¡Que curioso! A mí me hizo algo similar y también me dormí en segundos.
− ¿También te tocó el culo Yokin?
−No, fue aquí, en el ombligo. Se agachó a mi lado, me vio que estaba con los ojos abiertos, mirándole, y me pulsó con un dedo en el ombligo; oye, ¡y que en segundos estaba ya roncando!
−A mí también me tocó ese ET hindú. Pero fue en el pecho, entre los senos, y la misma solución, no desperté hasta dos horas después. Por cierto, no dices nada, Jipi. Y yo le vi cómo se agachaba junto a ti varias veces.
−Ya, os que no me atrevía a decirlo, no fuerais a tomar por tonto.
−¡¡Más aún!! ¿Qué te hizo?
−Gracias Blanca, tú siempre tan expresiva. La primera vez me tocó con un dedo en el entrecejo y en cuanto desperté vino otra vez a mi lado y dejó el pulgar bien marcado en el centro de la frente. Y aún me parece que volvió una tercera vez para pulsarme aquí, en la base de la garganta; pero no estoy muy seguro, estaba como medio dormido, medio soñando o… ¡estaba teniendo visiones auténticas!
−Pues yo visiones no sé, no creo, ¡pero he tenido unos sueños! Y además de un vívido que no me lo creo, nunca había tenido sueños con esa intensidad, con esa realidad.
− ¿Recuerdas algo Blanca?
−Casi minuto a minuto. Me quedé dormida y soñé que participaba en una especie de desfile de lencería; las chicas estaban impresionantes, pero yo, yo, ¡estaba divina! Y cada poco salíamos al, no sé, como si fuera el salón de un palacio lleno de ricachones hindúes, y europeos, chinos, americanos, de todo, y se volvían locos con los modelos que exhibíamos. Con lo que babeaban se podría fregar el suelo del salón. ¡Una locura divertidísima! Venga a ofrecernos copas de champan y canapés riquísimos. ¡Es que parecía tan real! Qué pena que me despertase, ya le había echado el ojo a un ricachón hindú, ¡guapísimo!
−Pena que no estuviéramos en tu sueño los de mi peña, ¡Vaya fiestorro tuvimos anoche!
− ¿Anoche? Pero si estabas con nosotros en la cueva, ¿flipaste hasta Motrico?
−Pues eso sería porque no se entendería que esta mañana no haya probado ni bocado y tengo el estómago lleno. Tendré que hacerme un peta para bajarlo. ¿Por qué no paramos un poco? Ya estamos cerca de la ciudad.
− ¿Soñaste que estabas de cenorra?
− ¡Y qué cenorra! Yo, que casi nunca como dos platos seguidos, anoche estuve zampando de todo, oye, ¡pero que además yo también cocinaba! Y no sé hacer ni dos huevos fritos. Sí, vaya sueños los de anoche, os prepararía unas cocochas ahora mismo.
−Mira a ver si pescas alguna merluza en el río. Si comieras más y fumaras menos…
−No te pongas agria Sheila, toma echa unas caladas.
− ¡Quita eso de mi cara! ¡Lárgate con Jiddu! No soporto esa peste. Yo también soñé. No sé, sería la cueva; pero no me pareció un sueño. Fue, fue, otra cosa, ¡había tanta luz por todas partes y en todos nosotros!


Soñé, ya no sé si soñé, parece que todavía estoy allí, en esa montaña. Caminaba a duras penas, espantada, resbalando con los crampones sobre el hielo, dando trompicones, agotada, cayéndome una y otra vez, levantándome, el viento gélido me arrancaba las fuerzas, la desesperación me arrojaba por abismos infinitos, la soledad me conducía de la mano a la locura. ¡Estaba sola! Un horror interminable, siempre cuesta arriba, sin ver nada, solo niebla y frío, hambre que arrancaba aullidos de mis pobres tripas.
Otro resbalón, trompazo en la cabeza, menos mal que llevaba el casco puesto. Y al levantarme, casi gateando, veo delante de mí, allí plantado, luminoso, acogedor, cálido, ¡un refugio! El pavor desapareció en instantes y casi a la carrera alcancé la puerta y entré; una especie de onda de luz y calor dorados me traspasó al instante y me sentí, no sé, maravillosamente, alegre sin motivo, sonriente, ¿feliz?
¿Dónde estaba? ¿Dónde estoy? No tengo el coño para espantos y me encuentro esto. ¿Qué me está ocurriendo? Y no había nadie, no se oía una voz, un ruido, nada. Calor, un calorcito agradable y gentil. Me fui quitando los crampones, el casco, todo, el anorak y la chaqueta, todo me sobraba. En las perchas tan solo había colgada una vieja pelliza de piel y en un rincón un largo bastón de madera, como los que usan los pastores, nada más.
Las botas, ¡Uff! me costó un imperio desprenderme de ellas, parecía que se me hubieran pegado a los pies; los guantes, ¡tiritaba! pero aquel calor me estaba como resucitando.
− ¡Alguien a bordo! Grité sin pensar, sin saber por qué; vosotros sabéis cómo somos los montañeros. Escuché entonces una voz suave y melodiosa, con un cierto tono de retintín, decir:
−Pasen al fondo, pasen al fondo; al fondo hay sitio.
No me atrevía a quitarme los calcetines, creía que tenía los pies helados y que los calcetines se me habían pegado a la carne; por un tomate asomaba una uña completamente negra. Caminando como los patos dejé el pasillo de entrada y comencé a explorar el refugio. Ni idea, se parecía a cualquiera de los cien refugios en los que habré estado; yo venga a pensar: ¿Collado Jermoso? ¿El Goûter? ¿Es el Dhaulagiri lo que se ve por la ventana? ¿Dónde estoy?
En el salón hay una chimenea y cercano, sentado en una silla baja, hay un hombre sentado, de espaldas, escaso cabello oscuro, que gira la cabeza y me mira.
−Bienvenida, se bienvenida, siéntate donde quieras, hay bastante sitio. Los otros ya se han ido. ¿Quieres un vaso de leche caliente o prefieres una copa de vino?
No sabía qué decir, qué hacer, allí, de pie, mirando al ¿guarda? observando la sala, su extraña decoración, ¿fotos de galaxias, estrellas, planetas, en vez de montañas? La chimenea no parecía estar encendida y sin embargo la temperatura era elevada, daban ganas de quitarse la camiseta, había mucha luz en aquel refugio pero yo caminaba de aquí para allá, asombrada; por cada ventana que miraba la vista era de montañas y cordilleras diferentes.
− ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
−Está usted en su casa, tome asiento donde quiera, tan solo soy una persona, como usted o los demás. Mire, ahí llegan otros dos.
Escuché ruidos y voces en la entrada y al asomar vi que acaban de entrar un par de montañeros, cara de estar tan terriblemente asustados como yo minutos antes; no sabía si eran japoneses o coreanos hasta que se desprendieron de los gorros y me saludaron juntando las palmas de las manos. ¡Me tomaban por la guardesa del refugio! Y, lo mejor de todo, nos entendíamos a la perfección, como si todos hablásemos la misma lengua universal sin acento alguno. No había terminado de indicarles el camino al salón y otro montañero estaba entrando por la puerta. Por la pinta, norteamericano. Le indiqué dónde podía dejar sus cosas y me fui para adentro con los japoneses.
Dos tipos de lo más agradable y simpático; esta vez sí acepté llenarme una copa de vino de una jarra de vidrio mientras los nipones se llenaban un gran par de jarras de leche; estaban ateridos. Yo aún temblequeaba un poco pero el primer buen trago me llenó el organismo de un calor inexplicable. ¿Esto es vino? El calor bajaba por mi garganta, el estómago, el vientre, las piernas, y me llegaba hasta los dedos de los pies que comenzaron a moverse como si tuvieran vida propia, renacidos. Los japoneses debían sentir algo similar con la leche pues al primer sorbo ya no paraban de saludar con la cabeza y la jarra en las manos; un sorbo una inclinación, otro sorbo otra inclinación; se la bebieron entera y fueron a repetir.
El guarda sonreía levemente observando nuestro curioso trío; debíamos parecerle los Hermanos Marx. ¡Me sirvo otra copa de brebaje! pero, de repente, mientras nosotros estábamos bebiendo y charlando, el guarda se levantó casi de un salto y salió disparado hacia la puerta; el americano estaba apoyado en el marco, medio cayéndose, y llevándose las manos al corazón.
− ¡Ayudadme! Nos ordenó el guarda.
Y entre los cuatro conseguimos llevar al yanqui hasta un butacón y echarlo a larga. No se quitaba las manos del corazón, como si le doliera intensamente, y mantenía los ojos cerrados con una mueca de intenso esfuerzo. El guarda puso su mano derecha sobre las manos del montañero y suavemente le dijo:
−Tranquilo, hombre, tranquilo; ya ha pasado. No es auténtico dolor, es solo el reflejo de un recuerdo. Relájate.
El yanqui al fin abrió los ojos, nos miró con ojos de alucinado y gritó:
− ¡Esto no es real! Yo, yo, ¡estoy muerto!
−Bueno, ¿y qué? Le dijo el guarda. ¿Y por eso va usted a rechazar nuestra compañía? ¿Qué prefiere leche o vino? Levántese.
− ¿Qué importa ahora lo que decida? ¿Hay alguna diferencia entre elegir una cosa u otra?
−Por supuesto, amigo. Si usted prefiere la leche en cuanto se sienta totalmente repuesto tomará sus cosas y bajará de la montaña para volver a la vida, a una vida muy similar a la que hace instantes tuvo que abandonar.
− ¿Y si toma el vino? Casi le grité yo con la segunda copa ya vacía en mi mano temblorosa.
El guarda se giró hacia mí y me habló mirándome fijamente a los ojos.
−Cuando usted quiera, me dijo, puede recoger sus cosas y seguir con su escalada personal. Es muy sabroso, al parecer, ese vino. ¿Quiere otra copa? Tómela, la jarra está llena.
− ¿Qué vuelva a ese infierno de fuera? ¿Y seguir subiendo? ¿A dónde? ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Yo sola?
−Me parece que nadie le dijo que iba a ser fácil llegar hasta donde se propuso llegar al empezar a escalar. Ni que iba a conseguirlo por un camino ya hoyado y marcado. Míreme a mí, yo tan solo he llegado hasta aquí; no he tenido fuerzas ni ánimos para seguir más adelante.
− ¿Más adelante? Perdone, pero, no le he visto a usted tomar un trago de nada.
−Cierto, aún no he decidido cuál de los dos brebajes tomar, por ello soy refugio y guardián, leche y vino, luz y oscuridad, frío y calor.
− ¿Y cómo he llegado yo a este lugar y con esta gente?
−Porque usted entró en mi corazón al persistir en venir hasta mi cueva, a pesar del terror que le causan las serpientes; yo tenía hambre y me dio de comer, yo, tan solo puedo ofrecerle algo de beber.
−Pero, entonces, entonces, ¡usted es…!
Y al girarse para entregarme una nueva copa de vino reconocí aquellos ojos y aquella sonrisa de oreja a oreja. ¡Era el yogui!
Me desperté cuando ya la claridad de la mañana entraba en la cueva. No me atrevía a deciros nada, no fuerais a tomarme por una pirada como el Jipi, perdona, pero como hemos parado y hemos empezado a hacer confidencias… ¿Dónde está Jiddu? ¿No habrá seguido caminando?
−A estas horas estará ya en la estación, sacando billete para el primer tren que pase. Le noté muy afectado esta mañana y no habrá parado ni un minuto de caminar.
− ¡Pues anda que tú! Pareces transido, ¿por qué no nos cuentas lo que te ha pasado esta noche? ¡No fumes esa mierda de Yokin!
−De acuerdo, no tengo ganas ni de fumar, pero que sea camino del tren, quiero largarme de aquí cuanto antes. No pasaría otra noche en esta tierra por nada del mundo. ¡Qué sí! que os lo contaré en cuanto me sienta bien; pero coger las mochilas que nos vamos.
− ¿Te ocurre algo Jipi? Disculpa lo que te he dicho.
−Disculpa aceptada, Sheila, no hay necesidad de que pongas la mano en el corazón. No sé lo que me ocurre; caminemos, por favor, vámonos de aquí.
Sí, estaba en lo cierto Jipi, no les quedaba un tramo muy grande de sendero hasta llegar a un lugar civilizado y media hora después ya caminan por el andén de la estación. Jiddu está sentado en un banco y les saluda cuando llegan; extraño que lleguen los cuatros juntos y en silencio. ¿Caras de preocupación?
− ¿Os ha ocurrido algo por el camino? Llevo casi una hora esperando por vosotros.
−Aquí, Jipi, que se encontraría mal, raro, no sabe qué le ocurre, se desorienta constantemente, y no porque haya fumado algo de lo mío.
−A ver, amigo, dame las manos y dime qué te ocurre. ¿Me reconoces? Recuerda: España, León, Barrio Húmedo, ¡despedidas de solteros!, recuerda.
−Disculpa Jiddu, siento una fuerte punzada en el entrecejo y por momentos se me nubla la vista hasta dejarme ciego. Han tenido que hacer de lazarillos conmigo hasta llegar aquí. Necesito sentarme y comer algo sólido, a ver si se me pasa.
−Siéntate aquí y no te preocupes más. Llamaré a un vendedor ambulante de esa comida que tanto te gusta.
−Eso, eso, buena comida hindú y curries variados, no quiero volver a probar otra barrita. Tomaré también un paracetamol.
Pasado un rato ya más tranquilos y comunicativos todos Jiddu, que parecía toda la mañana una figura de un museo de cera consigue con su pobre nivel de lengua española que Jipi se anime a charlar y se relaje un poco. Por momentos parecía una estatua de piedra, debido a su rigidez extraña y su ceño fruncido.
− ¿Se te va pasando?
−Supongo. Esto no ha sido buena idea, mala, mala idea; debí quedarme pasando las vacaciones escalando en las Hoces de Vegacervera y no venir nunca a este país.
− ¿Por qué lo dices? No has parado de reírte y divertirte desde que nos conocimos en el aeropuerto de Frankfurt.
−No sé cómo explicarme Blanca, son sensaciones, cosas que veo sin mirar, angustias sin motivo, frases que escucho sin que nadie haya a mi lado, ¡no sé qué me está ocurriendo!
−Tranquilo, tranquilo, Jipi, tranquilo. ¿Otro paracetamol?
Después de una hora larga atendiendo al Jipi, blanco, lívido, pálido como la luna, sudando como un caballo, ¿no se te habrá cortado la digestión? Si no ha comido nada, prueba lo que te ha traído Jiddu, anda come algo; allá por el tercer paracetamol parece ir reaccionando.
− ¿Qué me ocurre Jiddu? No me quito al yogui de la cabeza.
−Por lo que sé y estoy viendo me parece que estás en poder del yogui. Yo no puedo hacer nada contra su magia poderosa.
− ¿Y quién, quién podría ayudarme?
−De un yogui solo puede librarte otro yogui mayor aún. No te preocupes, tienes suerte.
− ¿Suerte? ¡Estoy delirando! Me estoy muriendo o enloqueciendo o no sé qué. No sabes lo que pasa por mi cabeza y continuamente. ¿Qué debo hacer Jiddu? ¿Qué puedo hacer?
−Sacar billete para el próximo tren. Es un directo a Benarés. Allí encontrarás yoguis por docenas, alguno podrá ayudarte.
− ¿A Benarés? ¡A Benarés!
El Jipi ya está corriendo hacia las taquillas para sacar billete dejando en el suelo su mochila y cosas y sentados como tontos a sus compañeros antes de que alguno pueda dar opinión alguna.


¡Otro viaje en tren por la India profunda! Solo falta que suban las vacas y los elefantes también, el jolgorio es tremendo y los niños, Jipi parece tener un imán oculto, no paran de ir y venir y sobarle a base de bien, pero logran el efecto de que el marasmo y el terror se vayan difuminando de su ánima penitente. Ya está calmado, ya sonríe, ¡cómo no vas a sonreír si estás en India! compra comida por la ventanilla en alguna parada, da mordisquitos antes de dársela a algún chaval. Vuelve a ser el mismo de siempre. Al menos eso parece, pero ¿podemos estar seguros?
− ¿Sabéis lo que os digo? Sheila, escucha, se me está ocurriendo, recordando tu sueño maravilloso, que podríamos, entre los cuatro, inventar una auténtica logopandocia mientras llegamos y no a destino.
− ¿Una logo qué? ¿Lobotomía? Yo te la haría con la navaja suiza, verás, en cuanto supures un poco se te pasaría…
− ¡Que no Yokin! que no es eso, solo permito que me urge en la cabeza mi peluquero de siempre. Logopandocia, crear una lengua universal con la que se entendieran todos los seres de la galaxia y entonces…
− ¡Podríamos ligar con todas las chicas de la India!
− ¡Y más allá! Galácticas, Yokin, seguro que hay chavalas galácticas y auténticas y si pudiéramos hablar con ellas entonces…
−Sheila, yo, en cuanto pueda me cambio de asiento. Debimos dejar a estos dos en la cueva y marcharnos con Jiddu. Están como chotas.
− ¿Con Jiddu? ¡Ja! no te creas, guapa, que el morenito estaba mejor que estos dos, tenía un acojone encima que ni te imaginas
− ¿Y eso?
−Algo me contó. Que se pasó la noche de Bollywood; ya sabes, cantando y bailando todos a coro. Y eso no es lo peor.
− ¿Qué tiene de malo soñar con cantar y bailar?
−Pues que está comprometido para casarse antes de final de año y, en su sueño, con la que, ya sabes, cantaba y bailaba, era otra. Una compañera de universidad que es de otra casta o clan o algo de eso. ¡Tiene un lío que ni te imaginas el chico!
−Pues que se case con las dos, ¿no hacen eso aquí?
−Me parece que solo los musulmanes, y él es hinduista, su padre es brahmán o algo así. Tiene un problema entre manos, me dio su teléfono por si le necesitamos. Qué pena que no pudiera acompañarnos.


Benarés, el fin del mundo en el centro del mundo mismo, otro principio de todas las cosas, otra marabunta inigualable. Benarés, donde las almas son lamparitas que brillan hacia la eternidad, Benarés, donde todo habrás de dejar atrás. Toma lo que necesites y deja lo que ya no desees. Pero nuestros cuatro expedicionarios inmarcesibles ni se han enterado aún perdidos y desarbolados por el tráfico imposible que se encuentran nada más salir de la estación ferroviaria. Coches y autobuses, camiones, motos, bicis, hasta vimanas deben pasar y cruzar todos lados y todas direcciones.
−Vosotros seguirme, pegaditos a mí, yo os guío. No veis que soy de León; allí también conducimos así.
−Mira Jipi, para un poco, nos tienes locas, pero locas, ¡eh! ¿Dónde nos llevas? ¿Dónde vamos?
−A un hotelito cerca del río, a cuatro pasos de los balnearios.
− ¿Balnearios? No me vendría mal un buen baño.
−Pues te lo das en el hotel, Blanca; algunos balnearios no dejan entrar si no eres hinduista. Pero tenemos el río a mano y ¡lo mejor de todo! se está celebrando el Festival de Rama, o Kalki o algo así, habrá docenas de gúrus y kalachakros y no sé cuántas cosas más.
− ¿Se te pasó el dolor de cabeza?
−Se ha difundido por todo el cráneo y me baja hasta la clavícula por lo menos. Estoy como los famosos monos, ni veo, ni oigo, ni digo más que sandeces.
−Entonces, ¡estás como siempre!
− ¡Pero yo sabía que era yo el que soltaba las chorradas o pensaba las tonterías y hacía las majaderías. Era yo el que tomaba las decisiones, ¿entiendes?
− ¿Y ahora?
−Ni puta idea. Cada vez que intento pensar por mí mismo se me pone un punto doloroso en el entrecejo y se me va la pinza totalmente. Me miro en la foto del pasaporte y no me reconozco en lo más mínimo, ¡como si fuera otro! ¿Entiendes? como si hubiera cambiado de personalidad o algo así.
− ¿No habrás cambiado también de sexo? Total, ya de paso que estás mutando.
−Me lo estará pensando, me lo estará pensando.
−Pero, ¿el qué?
−Y yo que sé. Por eso hemos venido aquí, necesitamos respuestas. ¡Umm! Me encanta la comida casera que hacen en esta tierra, venga, vamos a alojarnos y os invito a cenar.


Calles súper transitadas, puestos de comida deliciosa, (¡Nos vamos a volver vegetarianos! ¡Qué rica!) Templos y más templos de todos los tamaños y colores dedicados a todo tipo de santos y deidades. Jipi entra en todos, besa a todo el mundo, se arrodilla, exclama, aclama, implora, vocifera; nada. Al llegar al río, en un hueco que hay entre balnearios, se postra a los pies de un grupo de yoguis que se están fumando unos canutos tamaño Montecristo Nº 2, pero nada, le hacen carantoñas y le indican que vaya a bañarse al río.
− ¡Que estoy teniendo visiones de dioses!
− ¡Al río!
− ¡Que estoy discutiendo con los siete Rishis!
−Al río.
− ¡Que me están sobando y empujando unos seres extraterrestres e invisibles!
−Que te están diciendo que tires al río.
Cada vez más choto loco y más alucinado el pobre Jipi, pare donde pare, sube y baja escaleras, hable con quien hable todo el mundo le indica la misma dirección: al río. (Yo ahí no me meto, ¡menuda letrina!)
Reunidos de nuevo los cuatro escaladores en la habitación del hotelito cercano y ante el estado de excitación y trastorno, cada vez más evidente, del Jipi deciden que lo más aconsejable es regresar al río, ya es tarde y pronto anochecerá, de nuevo con los yoguis, tal vez consigan hacerse entender con ellos, y pueden llamar por teléfono a Jiddu para que les traduzca lo que dicen.
−Volvemos de nuevo a la orilla y tal vez allí recobres la calma y la cordura, ¡pareces poseído! Cálmate. Vamos y nos sentamos con los yoguis y nos fumamos unos buenos petas, ¿de acuerdo?
−Es que tengo como una especie de remolino que me horadara aquí, en el centro de la frente, y no hago más que alucinar constantemente.
−Pues venga, vamos, te acompañamos al río; no nos vas a dejar dormir con tu maturranga.
−Gracias Blanca, gracias a los tres. No sé qué sería de mí si estuviera ahora solo, en este estado.


Anochecer en Benarés, oscureciendo en las orillas del Ganges, el humo de las cremaciones oculta los últimos rayos del sol pero cientos de lamparitas iluminan el cauce del inmenso río camino del amor y la muerte. Hay gente lavándose en las orillas, entre los templos, en los balnearios, en las escalinatas, por todas partes. En el mismo rincón de siempre encuentran al grupo de yoguis meditando con diferentes asanas (unas posturas muy raras para que fluyan las corrientes energéticas o se te corte hasta la digestión; según sea tu constitución personal)
Anochece y el Jipi no encuentra solución a su alarmante estado de chifladura continuada y a la protección y presencia de los yoguis desnudos y sucios se acoge pidiendo su ayuda en todos los idiomas conocidos (ya es un auténtico logopandocio) hasta se lo pide en checovolsvopolaco. Al fin, un acólito de alguno de los yoguis presentes y que chana algo de inglés le hace entender que le aceptan a su lado, que puede quedarse con ellos a pasar la noche, si lo desea; estarán meditando.
− ¡Gracias! Gracias. −Jipi casi pega con la frente en el suelo con sus exageradas reverencias. ¿Qué tengo que hacer?
−Desnudarte es lo primero para que te acepten a su lado.
Dicho y hecho, en segundos Jipi ya está en calzoncillos y descalzo.
−Blanca, porfa, ¿me llevas mis cosas al hotel? ¡Vale! ¿Y ahora qué hago?
−Usted debe adoptar una postura para meditar al lado de nuestros sagrados santones.
− ¿Una postura? ¿Cualquiera? ¡Bah! Eso está chupao, ¡no os riáis vosotros! Soy español, sabe usted.
En efecto, no solo a sus compañeros sino a todos los que contemplan la escenita termina por darles la risa al ver al Jipi intentar una tras otra las terribles asanas y verle darse trompazos o desencajarse hasta la mandíbula. Imposible, es español, está en lo cierto, para él no hay nada que no esté a su alcance pero tendría que estar años y años practicando antes de conseguir realizar correctamente alguna de esas filigranas de contorsionista. Desesperado, al borde del llanto, implorando a los impasibles yoguis consigue que uno de ellos le indique algo a uno de sus acólitos.
−Santón Kaliculi decir que usted deber hacer postura occidental, postura cristiana, o se le hará de día y no conseguirá nada.
− ¿Cristiana? ¡Joder! ¡De rodillas! claro, claro.


Se coloca al fin al lado de los santones de rodillas, el torso erguido, con palmas de las manos unidas, (Como las ponen los bodhisattvas, eso es; para Buda ya se ve que no valgo) a la altura del ombligo. Tieso como un álamo, ¿así? Uno de los yoguis asiente, incluso se levanta para corregirle la postura pues a los pocos segundos ya se comba como un junco para todos lados. Le pinta una raya en el entrecejo y le dice algo que no entiende. El acólito, apiadándose de este gañan, ¿cuántos occidentales como éste no habrá visto ya por estos parajes? le dice al oído:
−Santón Kaliculi decir que usted aguantar así, quieto, hasta la salida del sol, y usted completamente curado. Ahora respire, respire, respire correctamente.
No han pasado ni cinco minutos y, entre temblores y dolores, el Jipi comprende que hará falta un milagro, un verdadero milagro, para que pueda aguantar toda la noche en semejante postura y con semejante tortura. (¿Cómo me dijo? ¡Ah! sí, que respire; eso lo sé hacer. Inspirar, eso, eso, inspirar y expirar, eso es. ¡Dios! Cómo me duelen las rodillas, me tiemblan hasta las orejas, me está sufriendo hasta el encéfalo. Tengo que resistir, ¡debo resistir!)
Al cabo de una hora escasa el Jipi siente hasta los movimientos de su flora intestinal pero el ejemplo de la imperturbable presencia de los yoguis le anima a continuar. Los párpados se le caen de vez en cuando y deja de ver las estrellas y el río pero, como si presintieran, alguno de los yoguis, de vez en cuando, se levanta y le corrige la postura, o le echa ceniza por encima, o le hacen muecas de lo más obsceno delante de su propia jeta.
¿Cómo era aquello? Cada uno solo puede dar de lo que lleva en el morral; pero Jipi no cree tener nada, está en slip, le tiemblan hasta los pelillos de la nariz y una sensación de terror absoluto le tiene aún más paralizado que el propio deseo de mantenerse firme en su novedosa postura yóguica. Respirar, respirar bien, ¡no soy capaz! Ahora me da la risa tonta. Ahora me da por recordar las historias del Drukpa Kunley; será una venganza tántrica.


¿Qué hago? ¡Qué hago yo aquí! Cierra los ojos y contempla batallas que bien podrían ser de Kurus y Pandavas, los abre y le parece ver un ojo en el cielo hacia el que se precipitan estrellas y galaxias, hombres y dioses, todas las obras de los seres creados.
Cierra la boca y oye voces que le insultan, la abre y le parece ser forzado a decir obscenidades.
− ¡Aprieta el culo! que por ahí te entran. Le parece escuchar la voz de una amiga.
− ¿Blanca? ¿Eres tú, Blanca? Me quiero morir. Vale, vale, aprieto el culo.
Otra hora pasa a la orilla del Ganges pútrido, pestífero, aterrador a estas horas nocturnas; el humo de las hogueras y el hedor de los cadáveres llegan y plenos profundos al agudizado olfato del empedernido escalador español. Arcadas, vómitos, babas, hipo, el pobre está que revienta de tanto sujetar su esfínter y, al aflojar la tensión de los glúteos, se va por las patas abajo. Ya no sabe a qué santo recurrir. ¡Qué olor! Estoy completamente podrido. ¡Cierra los ojos!, ni se te ocurra mirar la peste que has soltado en tus propias piernas.
−Toma, inhala un poco de mi mierda y termina ya de echarlo todo.
− ¿Eres tú Yokin? Por el olor yo diría que es…
−La mejor grifa que nunca ha salido de todo el Magreb. Inhala.
−Pero, ¿tú dónde estás que no te veo? ¿Detrás de mí? Es buena esta mierda.
−Durmiendo en el hotel, ¡no te jode! Aquí iba a quedarme yo, con el frío que hace. ¿No eras tú el que quería iluminarse? Pues jódete y aguanta.
−La iluminación, ya, era eso, la iluminación. ¿No podrías sacarme la frontal de la mochila y traérmela? Estoy en un abismo oscuro y no veo nada de nada, me palpo y no me siento, me hablo y no me escucho, ¡ayúdame Yokin!
−Que te ayude tu padre, cazurro, que yo estoy durmiendo con las dos chavalas. Agur.
Otra hora más de terror y angustia en la orilla del Ganges, tieso como una vela, ¿tieso? yo diría que tiembla más que su llama. ¿Le escuchamos parlotear en su cháchara interior?
− ¿Cocodrilos? ¡Eso son cocodrilos que devoran cadáveres! ¡Vendrán por mí! Ya están aquí, estoy en sus fauces, no tengo salvación. Cierra los ojos y nos les verás.


Y ahora mandalas, mandalas y más mandalas aparecen en su visión interior y terrorífica, y los demonios le conducen a su universo pavoroso. Le arrancan mechones de cabello. ¡Que no soy el Yeti! Solo alcanza a decir en su defensa. ¡Y ahora me quieren devorar los sesos! Señor, Señor, compasión te pido.
Uno de los yoguis, ¡no! no es Kaliculi amigo, se apiada en este momento del sufrimiento ajeno y le rescata del infierno tántrico dándole una fuerte palmada en la espalda.
−Gracias. Alcanza a decir el Jipi.
Pero es para peor, en instantes se ve caer en el infierno de los Nagas, mientras el yogui se tira un pedo enciclopédico en su propia cara, un pedo olímpico, pestífero, inigualable: lo que hace el yoga.


Serpientes, millones de serpientes, hombres serpientes, diosecillas serpientes, (¡Jo! vaya tetas tiene esa) el mundo final para quien se arrastra buscando La Verdad Hinduista. Serpientes con cuernos, con colmillos, con una dentadura de oso polar, etc. etc. etc. No os quiero cansar que el chico lo está pasando auténticamente mal. Nagas y Devas, tumba y ultratumba pleitean por el ánima exhausta del escalador, mientras se lo hacen pasar verdaderamente putas. ¿Dónde iba este occidental vacilón y sandunguero? No me peguéis, no me peguéis, ¿os gusta la Bossa Nova? Recuerdo una canción, ¡sí! Chica de Ipanema, os encantará. Se nota cantando esa preciosa canción en los adentros de su coco podrido y a punto de convertirse en pura gelatina.
Respuesta: ¡Un bofetón! Un bofetón que le pone el mentón en el hombro izquierdo.
− ¡Uff! Esto va a ser jodido de aguantar, pero jodido, jodido. Otra hostia como esa y voy a parecer la niña del Exorcista. No saldré de ésta, no saldré de ésta, ¡No saldré de ésta!
− ¿Te quieres callar de una puta vez? No hay quien pegue ojo contigo.
− ¿Quién eres?
− ¿Quién voy a ser? Tu querida bailarina cordobesa, cabestro, Aprovecha que los distraigo para beber algo de vino, estás que te caes.
Julio Romero de Torres hubiera dado una mano por poder retratar a esta preciosa piconera, sus bailes flamencos obran en instantes efectos taumatúrgicos en demonios y pequeñas deidades del panteón hinduista embelesados por el movimiento de sus caderas y la cola de faralaes y el taconeo maravilloso de sus pies desnudos. Sheila está que se desborda, es todas las niñas de Cádiz, el embrujo moro, el duende gitano, el poder de la copla española en un solo cuerpo reunido. Ojos atónitos, deidades babeantes, grandísimos interrogantes.
− ¿Es una extraña deidad tamil?
− ¿Una hija desconocida del Señor Rama?
− ¿Kalki disfrazada?
Maravillados por el prodigioso despliegue de la Danza de la Canción del Fuego Fatuo, que Sheila les regala no atinan a nada, Rocío Jurado, ¡sí! ella, ella, la Jurado, la que está poniendo la voz y el Maestro Falla parece que sonriera desde un cielo dorado entre las nubes; dejando sencillamente estupefactos a dioses y genios de toda la cultura indostánica.
− ¡Y viva España! No puede por menos que exclamar Sheila tras concluir mirando desafiante a toda la concurrencia que en su redor se agolpa. −Mira que sois feos, ¡mi arma!
−Gracias Sheila; muy bueno estaba el vino, ¿Rioja? ¿Rivera del Duero? Exquisito, te debo una, vale, vale, sigo con la postura.
La noche y el río, las esferas celestes, todos los panteones orientales, ¿También han venido Zoroastro y todos los babilónicos? ¡Los Annunakis con alas!
−¡Señor! Señor, estoy perdido entre delirios constantes, los calambres me están matando, la mandíbula se me cae y me babo como un bebé, me he meado, todo lo que soñé beber, me he cagado todo lo comido y por comer, he sudado todo lo habido y por haber, la ceniza se me pega y tapona cada poro de mi ser, el hedor de mis vómitos ofende a mi cerebro hasta más no poder. ¡Esta peste tumbaría a un elefante! Me caigo. No puedo. No resisto. Señor, necesito un milagro, un milagro o no llegaré a ver amanecer. Me caigo, me caigo.
No es un río lo que tengo delante, es el fluir incesante de creaciones infinitas y también sus finales. No es agua, son constelaciones, galaxias, ramificaciones de cosas estelares; todo pasa ante mí, todo fluye suavemente, todo me lleva hacia… ¡Uff!
Jipi nota entonces un golpe en la crisma y comienza a derivar en sus delirios hacia los paradigmas occidentales; su organismo, su ánima entera, transido de dolor, abandona los fértiles campos orientales.
− ¡Se nos va!
− ¡Huye!
−Pues lo va a pasar aún peor, los de allí son mucho más malos.
− ¿Cómo podrá curarse bañándose en los males occidentales?
No puede evitarlo, ya no es él mismo, ¿o sí? no se sabe ya. Una espesa niebla lo cubre todo y de pronto Jipi se encuentra ante un aquelarre de dioses y monstruos occidentales; hasta las gárgolas bajan de las catedrales para unirse al festín que se está preparando.


Gentes, ¿Es gente, no? que se reúnen y bailan en una plaza mayor, ahí traen a los tontos de capirote, los racionalistas, los filósofos, científicos, gente de buena fe, con los capirotes a cuestas y los hábitos de falsos penitentes y herejes, alguno le traen montado en burra, ¡este quería ser político! ahora sí que no te vas a poder bajar nunca de ella.
−¡Tenemos que discurrir! Exclama uno de ellos.
−¡Tenemos que acordar entre todos juntos! Grita otro.
−Podríamos llegar a un consenso, le dice a las losas del suelo otro de los condenados.
Estos serán los primeros que arderán en la hoguera. Por idiotas. Y alguno que estaba pensando librarse de la quema lo tiran desde lo alto del campanario. ¡Y a los demás les vareamos! Una buena zurra es lo que necesitan para entrar de nuevo en nuestra sinrazón.
− ¡Por dios! Un poco más, grita un guirrio. −Un poco más y tengo que sumar y restar cada vez que intento estafar. ¡No hay derecho!
− ¡No hay derecho! ¡No hay derecho! Exclama la multitud de guirrios y birrias agitando sus largas varas. Y se lanzan a soltar zurriagazos a todo bicho presente.


Una viejecita le cuenta al oído del Jipi que ya estaban hartos, ¡que tenían que declararlo todo! Y claro, hemos estallado. Tú, lo comprendes verdad, se nota que eres de aquí. Y la abuelita le lleva de la mano a otra plaza donde están celebrando el culto.
−Disculpe, abuela, pero es que yo no soy mucho de…, usted me entiende, ¿verdad?
−Tú te pones a adorar como todo los demás, ¿o es que te has hecho moro? De hinojos te pondrás, como todos.



En el centro de la plaza han construido un avioncito de madera, una especie de falla valenciana, ¿un avión de cartón piedra? ¿Esto qué es?
− ¡Adoremos al avión! Exclama el obispillo. −La nave que nos llevará al cielo excelso y eterno.
Y toda la concurrencia se arroja al suelo, se hincan de horcajas en el frío cemento, y claman de rodillas y hacen gran adoración al aviador inmortal que les llevará, de seguro, más allá de las estrellas del firmamento.
Un mutante translúcido, posthumano, y transsexuado seguramente, se atreve a caminar entre la gente hasta la altura del Jipi.
− ¿Tú qué eres? ¿Masón? Le dice al oído.
−Lo mío no es poner ladrillos y tampoco ponerme a hacer el ganso cuando me estoy muriendo por dentro.
−Entonces ven conmigo. Deja la plebe abyecta que se arrastre como debe.
Y le conduce a un lugar apartado, un rincón oscuro, por callejuelas sombrías, lejos de las plazas y la carnavalada inmensa.
−Eres, sin duda, el elegido, el mensajero, eres lo más de lo más, el ultra plus.
− ¿Eres marica? ¿No? Pues deja de sobarme.
−Soy sososexual, necesito agitar mucho mis plumas para llegar al clímax final.
− ¿Dónde me conduces? Estoy en la última agonía, necesito la extremaunción o algo similar.
−¡La extrema! Nosotros somos tu salvación y tú nuestro nuevo salvador. Ven por aquí.
Parecen calles angostas y maravillosas por las que caminan, tal vez sea Praga, tal vez Toledo, algo europeo con un toque chic, fan, irreal, y fluctuante. Y caminan hasta llegar a la parte trasera de un gran edificio que podría ser un palacio ducal o cine del siglo XX. Dentro hay una especie de baile de máscaras, otro tipo de carnaval, que se representa dentro del gran teatro Emperador del mundo mundial. Las máscaras caminan en parejas, se frotan en tríos, se pulen en cuádruples, y se agostan en montones por los rincones.
Los más se agolpan hacia el escenario hacia donde Jipi es trabajosamente conducido por su amigo plumífero y con zancos. (¿Cómo puedes andar con esos tacones?) Un ballet con todas las chicas del Cancán o similar cabaret están exhibiéndose en estrecha formación aguantando impertérritas las burradas que les sueltan los espectadores. Tras ellas, en el centro del escenario, hay una especie de altar y tras eso hay un gran trono, y superándolo todo, inmensa, una moneda brilla y destella; sentado en el trono se muestra un hombre, parece uno de esos que anuncian calzoncillos pues no para de lucir tableta de chocolate y un buen bulto debajo.
Cuando las chicas del ballet se retiran y las luces enfocan al figurín las mujeres, ¡y los hombres también! comienzan a vitorearle y lanzarle bragas, sujetadores, consoladores, vibradores y otras cosas que mejor no mencionar. Los hombres se humillan, lloran, se tiran de los cabellos. ¡Tantas horas de gimnasio y sigo con barriga! ¡Voy ya por la quinta dieta y sigo engordando! ¡Me he hecho vegano y sigo reteniendo líquidos! ¡¡Ayúdanos!! O tú Gran Pollón, Altísimo Representante del Gran Monedón. Nuestro Dios Único y Verdadero.


El griterío de los varones barrigones espabila sin querer al Jipi, que está sencillamente que se cae, y mirando en torno suyo le hace exclamar cayendo de rodillas:
− ¡Señor! ¡Señor! ¿Qué mal hice yo naciendo aquí? ¿Estoy acaso pagando por el pecado de mis padres o cometí alguno nefando en mis peores sueños?
Alzando los ojos hacia uno de los palcos le parece entrever a un Plutón mayúsculo y a su lado una lasciva Proserpina que se lo está comiendo con los ojos ocultos por los anteojos.
− ¿Es tonto ese rubio? ¿Qué hace aquí? No es de los nuestros.
−No, no lo es, pero de tonto tiene bastante. Buscaba La Verdad, ¿no te hace gracia?
−Ahora que lo dices valdría para actor, es muy guapo.
−Y así poder visitarle tú en los camerinos. Estoy pensando en mandarle a los sótanos, para que trabaje con los motores y levantando las tramoyas que mueven los escenarios. ¿Qué opinas reina?
−No le entierres tan pronto, ¡es tan joven! tan audaz. ¿Buscaba La Verdad? Qué iluso, qué romántico, (me derrito por sus huesitos) Mándale a trabajar con el proyectista de filmes, que consuma sus días poniendo y montando películas para deleite nuestro.
Dicho y hecho, para algo son dioses auténticos y occidentales, ya está el Jipi cargando rollos de películas para montar en el proyector. Rollos y más rollos. ¡Tarzán y las amazonas! Esta mola. El padrino, es genial; pues mira que bien, condenado a divinis a cargar, proyectar y ver todas las películas que ha concebido el genio occidental.
Pronto llegará al hastío, inconsciente del espacio y el tiempo, ausente, ni un mínimo signo de conciencia debe palpitar en su agotado corazón ignorante de su condena, que ni Tántalo soportaría. Pues su humanidad parece haberse ido por el ventanuco con las luces del proyector.
− ¿Qué soy ahora? ¿Un zombi, el Golem? Pobre de mí, perdido para siempre. Nada me podrá salvar de esto. Qué aburrimiento.
− (Mira que eres bobo, ¡mira por la ventanilla)
− ¿Esa voz? ¿Jiddu? ¿Eres tú? Que mire por…
En la gran pantalla se está proyectando una fastuosa película de Bollywood, con docenas de cantantes y bailarines entonando una preciosa canción romántica. En escasos segundos ya está Jipi, encerrado en el cuartito de los proyectores, intentando seguir el cántico y el ritmo y movimientos de los actores. ¡Qué pasada! Jiddu es un fuera de serie, lo que daría por poder bailar a su lado.


No lo puede evitar, en sus últimos estertores, cuando ya siente a La Parca llamar a la puerta del cuarto, no puede por menos que bailar y bailar, ¡Bailar! ¡Cantar! Señor, ¡Nosotros nacimos para eso! Es mi espíritu humano, es mi amor danzón, es mi ánima animal, lo que baila. ¡No pudo ser y muero! pero muero cantando y danzando, no di para más en mi puñetera vida. Esto no da para más. Mejor morir ya.
Cree que exhala cuando expulsa el último veneno por los lacrimales escuchando la preciosa canción que Jiddu está entonando y cuando le parece que se va definitivamente al suelo para no volverse a levantar siente que algo, alguien, una cosa, ente, incognita extrema, le sujeta y mantiene en pie.
Derecho, firme, incólume, ya ni babas le salen y se está comiendo los mocos de puro hambre y sed, pero está aquí, presente, de nuevo presente en sí mismo.
− ¿Estoy de nuevo en India? ¿Eso que huelo sigue siendo el Ganges? ¿Por qué? ¿Por qué no llega el amanecer?
−Pero si ya hace rato que es de día, idiota. ¿No ves el sol y que te has quedado solo?
− ¿De día? ¿Sheila? Es que las cenizas me han tapado los ojos y no veo un pijo. Un momento. Quítamelas de los ojos.


Ante el Jipi se despliega el Ganges en todo su esplendor y un sol inmenso, el sol hindú, una paella ardiente y dorada brilla ante sus ojos.
− ¿Blanca? ¡Blanca!
− ¿Qué? ¿Qué te pasa ahora pirado? ¿Por qué no te levantas?
− ¿Dónde? ¿Dónde están los yoguis? Necesito consejo, tengo un millón de preguntas por hacer, ¿dónde están?
−Se fueron a desayunar al vernos llegar. ¿Vas a estar así mucho rato?
− ¡No puedo moverme! Pesa sobre mí la terrible maldición del yogui supremo de la última realización positiva, átmica e irreal. ¡No puedo moverme!
Moriré en las sagradas orillas del Ganges, quemaréis mi cuerpo con maderas nobles y olorosas y unas gotas de Chanel Nº 5, por favor, en recuerdo a una novia que me abandonó, me vendrían bien en mi óbito final. Me voy os dejo. Ya no me queda nada aquí, ya no soy, ya no fui, no seré, adiós.
−Avisa cuando palmes de una puta vez que me voy a hacer otro peta entre mientras.
−Eres un bruto Yokin, no ves que lo ha pasado fatal toda la noche aquí tieso. ¿Qué podemos hacer por ti Jipi? ¿En qué podemos ayudarte?
−No sé, no sé, ya no recibo, os dejo, es lo que siento, me voy, me muero por dentro. El sol es terrible en esta tierra, Blanca, ¿puedes ponerme el sombrero? ¿Lo habéis traído?
−Claro, hombre; tu sombrero y todo lo demás. Ya no recuerdas que eres atópico y no puedes ver el sol ni pintura. Toma, tu sombrero, pesado, que eres un pesado, ¡tu precioso sombrerito!
¿Tópico? No, ha dicho atópico, ¿atópico? ¡Atópico!
−Joder, yo soy atópico.
Como si una reacción atómica, que digo, un nuevo Big Bang se desencadenara en el interior del explorador galáctico, en instantes se arroja al suelo, rueda, se desentumece y estira y se lanza aullando escaleras abajo hasta tirarse de cabeza al río.
− ¡Ves! lo que yo te decía Blanca, lo que no pueden todos los yoguis del mundo y los santones variados lo alcanzan los terrores verdaderos. Este huye más del sol que el propio Drácula. A ver si ahora se ahoga.
−Ya, pero lo que no alcanzo a comprender es cómo fue capaz de aguantar toda la noche de rodillas y con los yoguis choteándose de él. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo lo logró este pirado?
−Pues habrá sido un milagro, un milagro más en Benarés; yo estaría por empezar a creer, pues.
− ¡Que no fumes esa mierda! O te vas tú también al agua.
Un sombrero de montañero, un sombrerito occidental va hundiéndose en las oscuras aguas del río arrastrando consigo la terrible maldición de los poderes mágicos del yoga auténtico, y en la orilla emerge un joven atolondrado y, esperemos, que escarmentado.
Una cosa es el buen humor y otra la burla profana hacia lo que a otros les parece sagrado. Confiemos que de aquí en adelante sepa mostrar respeto auténtico hacia otras personas, y hacia sus realizaciones, que no todas son tangibles; y algo nos dice que Jipi ya se ha dado algo de cuenta. Y si no, cada vez que note dolor en las rodillas, subiendo y bajando sus amadas montañas, algo se lo hará recordar.

Algo como si fuera el recuerdo de una broma macabra y terrible de alguien a quien despreció por su aspecto exterior.

Espero que encontréis rápidamente el sentido profundo de este pequeño cuento y el noble motivo que movió a escribirlo, amorcitos; son solo cuentos, son solo sueños.
Próximamente saldrá a la venta una nueva colección de cuentos fantásticos con la que espero alegraros la vida y alejaros de la pesadumbre cotidiana.
Hasta entonces, un abrazo.


Si no conocéis la Canción de la Danza del fuego fátuo de Manuel de Falla aquí tenéis un vídeo con la voz de Rocío Jurado y la guitarra de Paco de Lucía. ¿Dónde termina el Oriente y comienza el Occidente?

No hay comentarios:

Publicar un comentario