martes, 25 de febrero de 2014

Oporto, estacion termino. Cuento fantastico.


Jipi en Portugal, ¿estáis preparados para tal conmoción?. Una nueva historia relatando sus andanzas legendarias.
Tras su regreso de India, Nepal, y Tibet, ya convenientemente iluminado, habiendo pasado por estados transcendentales, aritméticos, y alternativamente supraconscientes, incluyendo el de ser completamente transparente, solo se le ocurre que irse a Portugal en su continua búsqueda de algo más, algo auténtico, algo, no sé como decirlo, algo que poder palpar.
Seguir sus pasos por la bellísima ciudad al borde del mar y el río dourado y descubriréis qué encontró en su incesante viajar.


Oporto, estación término

Llega a las dos de la mañana el último tren metálico y un extranjero sale de la estación con su pequeña mochila a cuestas. Pregunta a un policía municipal por un local donde poder cenar decentemente.
− ¿En Oporto? ¿A estas horas? Imposible; vaya a buscar cama rápidamente o le detengo por maleante.
En una esquina un chaval que andará rozando los 18 años le para pedirle un cigarro. Al verle sacar el paquete de Ducados exclama:
− ¿SSSSpañol? Yo, amigo, amigo SSSpanioles.
−Pues vale, amigo, toma un pito. ¿Tú sabes donde se puede cenar algo a estas horas?
−Sígame, sígame. Yo llevar a buen sitio.

Efectivamente, una especie de hamburguesería portuguesa donde están haciendo filetes de pollo a la brasa será la próxima parada de este tren neumático e imparable. Vino verde, grandes porciones de pollo asado con patatas fritas y música deliciosa del blues americano de los años 50. El muchacho se niega a acompañar en la pitanza al viajero extremo. Demasiada buena educación.
− ¿Estás estudiando en alguna universidad?
−Primero de Ingeniería Electromecánica.
−Estupendos los rotores trifásicos; ya lo estudiarás el año próximo. ¿Sabes también donde se puede bajar la cena?
− ¿Baisar?
−Bailoteo, discoteca, ¡chicas!
− ¡Ah! Aquí, cerca, gran discoteca. Los tres caballos rojos.
−Pues llévame y entras conmigo.
−Le acompaño, pero yo no puedo entrar.
− ¿Por qué? ¿Por el color de piel? ¿El pelo rizado?
−No; es que no he cumplido 18 años y es muy cara.
−Tú guía y pasas pegado a mí. Para algo servirán en este país las tarjetas de crédito.
A pocos metros del Burger se delata por las luces y el aparcamiento una discoteca verdaderamente macro. Pero macro, macro. (¿No será esto el campo de fútbol del Porto? ¿Iluminado a las tres de la mañana? Va a ser que no; adelante, que ya no eres principiante)
Chequeo en la entrada, los brazos de los porteros son más gruesos que los muslos del chaval moreno pero tu sonrisa implacable de playboy ibicenco y tus largos cabellos rubios le desconciertan. (Habrá que decirles algo; en plan Depeche Mode)
−Du yu spik pitinglis? Yay, my friend is my boyfriend. Yuure olray? OK.
− ¿Err? ¿Uhm? ¿Ohm?
Pasando; lo que hace una visa oro en los dientes, la mochila en consigna. Gracias, my love, ¿un tiquet? que originales; ¿Y no me tatuáis las muñecas o algo así?
−No, señorito, deberá usted portar este cartón.
−A ver, ingeniero, informa. ¿Aquí se juega al bingo o se baila?
−Es para apuntar las copas que consuma.
−Pues vamos a hacer línea ahora mismo. ¿Y dices que nunca habías entrado aquí?
−Nunca había pasado de la puerta.
−Claro, claro, como que te voy a creer. ¿Dónde están aquí las mujeres, tú ya me entiendes, con poderío?
− ¿Putas? Por todos lados, ¿quieres que te busque una? Es muy limpia, amiga mía.
− ¡Ya! Y estudiante de tercero de Empresariales. ¡No! No he venido a tu pueblo a gastar dinero. Mujeres, mujeres con plata, con mucha plata y ganas de divertirse.
− ¡Ah! Ya, intelectuales. Venga conmigo.
− ¿Solo has pedido una cerveza? Así no te saldrá pelo en el pecho. Hazme caso, tira eso y pide un cubata. ¿Dónde están las golondrinas?
− ¿Golondrinas? Son águilas. Algunas tienen espolones que te darían la vuelta al cuello; piensa por un momento, si eres capaz, que las bravas de Tras os Montes no se arrugan a las primeras de cambio.
−Anda, morenito, vete por el cubata, ya te veré más tarde. En tu vida has visto torear a un español. Observa. Disculpe, ¿lee usted a Pessoa con tan poca luz? Yo le adoro. Lo leería a la luz de las cerillas.
− ¿Español? ¿Tu antónimo?
−Krisnaburbi, es que hago yoga.
− ¿Elástico?
− Y fluorescente, con esta luz. Mi corazón emana fulgores automáticos al leer una buena prosa. ¿Apasionada?
−Viuda; tienes aspecto de suevo.
−Son los pantalones pitillo, que me oprimen las partes bravas. Tiene usted ojos de mora y sus pechos huelen a rosas de Alejandría. ¿Cómo lo consigue? Aquí todo dios fuma sin parar.
−Secretos de dama, no se fuma mientras se jode.
− ¿Lo hizo con Pessoa? No es más que una niña, imposible.
− ¿Imposible? Nada hay imposible en este país; seguro que aún no has pasado por los baños de este antro.
−Iré ahora mismo; llevaré su recomendación expresa para entrar en el de chicas.
−Quieto aquí; tu eres muy "marra", ¡arrogante! Me gustas con los pantalones puestos; por el momento. Ven, parvo, acompáñame fuera; vamos con un grupo de amigos a cenar algo en un casa de fados. Probarás el mejor vino verde del mundo.
−Prefiero el oporto, señoría, tiene una textura…
− ¡Calla! Perdona que haya dado con la mano en la boca. ¡Si no fueras tan guapo…! Acompáñanos; te presentaré a mis amigos. Son famosos intelectuales.
− ¿De los que se dedican a pensar y cobran por sus cuentos?
− ¿Cobrar por sus…? ¡Ah! Perdona, casi no te entiendo con esta música tan alta. ¿Cuentos? Bueno, algo así. Son los más importantes pensadores del Partido Comunista Portugués. Te encantará charlar con ellos.
−Seguro que sí. Estuve la Semana Santa pasada en Rumanía. ¡No te imaginas lo felices que son los rumanos con Nicolai Ceaucescu! Será gente interesante, auténticos explotadores. Muy productivo para mí; quiero aprender técnicas de persuasión y embaucamiento, ¡la magia se me da fatal! Siempre me ganan a las cartas en todos los juegos y la única ilusión que me funciona es mirar a las mujeres maravillosas con ojos de arrobado enamoramiento. Funciona, a que sí. (Por los hombros, suave, y firme, es como les gusta)
−Lo que funciona es el cambio de tono de voz, a grave de galán de cine.
−Pues el que pones tú de galante prostituta es digno de una obra maestra del cine alemán.
−Eres muy teatrero, ¿actor? Besas bien.
−La fierecilla domada es mi obra preferida.
−Conmigo ni lo intentes; no soy tan vieja como Elizabeth Taylor pero esos trucos me los conozco muy bien. Soy marquesa e hija de marqueses, para que te enteres.
−Seré vuestro más fiel caballero, my lady.
−Ya estamos llegando, la casa de fados está cerca de la catedral.

Caminan arrobados nuestra pareja de infelices tras otros varios comensales, calles arriba, subiendo hacia la catedral y relamiéndose de besos pasados y bacalaos futuros. Paga el Partido, apoquinan los trabajadores.


Casa de fados en Portugal. Comida exquisita, vino sano, canto de hondura y sentido azuzado, paredes de piedra y mucha madera vieja, voces azules azulean almas y limpian corazones partidos. Cantan fado. Amores fingidos, amores sufridos, venganzas cumplidas, el sentimiento de ser algo vivo sale de los labios de la cantante mientras lamenta con melancólica voz no haber partido, marchado, ido, en un barco a Mozambique tras su amado preferido.
En las mesas se come a tres carrillos las delicias del país verde, el rio dourado, y el mar azulado. Hay francachela franca y sincera en la mesa de la marquesa, ¡un joven español ha traído esta noche! ¡Hijo de obreros! ¡Estudiaste gracias a las becas que pagaban los trabajadores! Parabéns, uno de los nuestros.
− ¡Lo que habrás sufrido durante la dictadura!
−No lo sabes bien, me obligaban a ir en pantalones cortos a clase incluso en invierno, ¡con el frío que hace en mi tierra! Tengo un bello intenso en las piernas que no hay manera de hacerlo desaparecer, y eso que me depilo para practicar ciclismo.
−Eso tengo que verlo yo.
−Pues tendrás que pedir permiso, ¿Lila? a la marquesa que está primero para bajarme los pantalones. Primero la nobleza y sus caballeros, ya podéis hacer cola los partidarios para verme las piernas; que aún hay clases en este país y en el de dónde vengo.
− ¡Clases sociales! Pero, ¿no eres marxista? ¡Eres hijo de un obrero! Eres de los nuestros. Aunque vistas así.
−Hijo, nieto, y bisnieto, como mínimo. ¿Marxista? ¿Aquello del materialismo dieléctrico y el materialismo ahistórico? ¡Perdón! Es que estudié para ingeniero, quise decir dialéctico.
− ¿Pero tú nunca has leído a Marx o a Lenin?
−Casi todo lo que editaron de ellos, antes de ir a la universidad. También a Engels, Rosa Luxemburgo, Bloch, Marcusse, etc., etc., etc. A los vente años solo me quedaban por leer las actas de las asambleas del Partido Comunista de la Unión Soviética.
−¡¡Y no eres del Partido Comunista!!
− ¡Yooo…! ni borracho. Menuda tomadura de pelo es el comunismo. Hace cuatro meses estuve en Rumanía y lo comprobé con mis propios miembros.
− ¿Con todos, todos?
−Perdí la cabeza, mi adorable marquesa, por la comisaria política y sargento de la Securitate que nos hacía de guía al autocar de turistas. Ya sabe usted: el amor no conoce fronteras ni partes ni partidos, comparte y abarca, enlaza y suma, te sumerge bajo las apariencias de esta vida vana y te muestra un océano profundo de goce sin fin, ni comienzo.
−Te estás poniendo muy poético en estos momentos, rubito.
−Serán los fados, marquesa. (O saca ahora mismo la mano del bolsillo de mi pantalón o tendremos que ir los deprisa y corriendo a visitar los baños del restaurante)
− (¿Y eso por qué?)
− (¿No irá a dejar que se pierda este esbelto y dulce fruto del amor?)
− (¿Esbelto? Menudo pepino, espero que no me amargue si me lo llevo a la boca)
− (Ayúdelo a encontrar el buen camino)
− (Cuando terminemos con los postres, ahí viene la tarta)
− (Y además golosa, ¡caray con la marquesa! Me va a sacar hasta el tuétano)



Pero bueno, no escuchemos más a esta pareja de inconscientes a sabiendas y artistas plásticos, pues ella le lleva más de veinte años de edad y aventuras y le va a dejar luciendo como el arco iris cuando termine con él (O sea, doblado y pingando) mientras que el jipi está pensando que ha encontrado el chocho, ¡perdón! chollo con el que pasar el verano sin dar ni clavo y pintando murales, y escuchemos a nuestros encantadores intelectuales menestrales comunistas que ya se encuentran ahítos de tanto bacalao y langostinos. Y que no han podido escuchar los susurros de los pipiolos.
− ¡Nuestra necesidad imperiosa es derrotar al capitalismo! ¡Liberar a los trabajadores de la opresión de la burguesía y la banca!
− ¡Debemos apoderarnos de todos los mecanismos de poder! ¡Destruir la dictadura del capital!
− (Marquesa, ¿Quién paga la cena? ¿Usted?)
− (No, guapito, no estoy loca, con estos no me gasto un escudo, paga el partido)
− (¿Y lo harán con billetes de banco o cantando la Internacional?)
− (Llevan sobres en las chaquetas y en los autos con billetes suficientes como para enterrarte)
− (¡Ah! Ya me lo imaginaba) ¡Muy rica la tarta! Es un fantástico dulce portugués.
−Tenemos la mejor confitería del mundo. (Y como no quites ahora mismo tu mano de mi culo te clavaré un tenedor en un ojo, cariño) ¿Tu mamá también te da de comer la tarta a la boquita?
−Me tiene castigado por no cortarme el pelo. Perdona un segundo, corazón, que es interesante lo que están discutiendo. ¡Disculpen! Les he escuchado decir que pretenden atacar y conquistar El Castillo, como decía Kafka, para liberar a los esclavos de sus cadenas y argollas y al pueblo llano de la tiranía de los créditos.
− ¡Exactamente! muchacho ignorante y ramplón, liberar al pueblo de la opresión, romper las cadenas, abrir las ventanas, ¡que vuelen las palomas de la paz! ¿Viene ya ese Madeira? Nunca habrás probad un vino como éste, español.
−De esa marca tan exclusiva seguramente no. ¿Son auténticos habanos? ¿De Cuba, Cuba?
−Por supuesto, ¿quieres uno?
−No gracias, solo fumo Camel, gracias marquesa, desde que me salió bigote. Si me permite otra pregunta: Una vez se hagan con el control del Castillo, ¿lo derruirán?
− ¿Bakunin?
−No, Buenaventura Durruti. Porque si van a mantener en pie El Castillo, con sus guardias y mazmorras, fosos y cocodrilos, estaremos siempre en lo mismo, solo cambiaremos de tiranos. Ustedes.
− ¡Pero solo hasta que hayamos depurado el estado de elementos indeseables!
− ¡Ah! Discúlpeme, ¡Una purga! para dejar el cuerpo social sano y feliz.
− ¡Exacto! Te está haciendo un efecto el madeira. Ya nos vas comprendiendo; tú nunca has estado en una revolución.
−Está usted en lo cierto; era un niño en la de los jipis y a España nunca llegó, y un chaval en la suya de los claveles. Perdóneme. Prefiero las flores a los fusiles y a menudo me pongo a pensar en cómo se podría liberar a las personas de su principal opresión.
− ¿Y cuál es, joven, en su opinión esa opresión suprema?
−La ignorancia. Por lo general, y hasta nuestros días, cuatro palurdos tiranos y sicópatas sin freno alguno, que en su vida no han sido capaces de escribir un par de libros, han guiado los destinos de la humanidad. Así nos ha ido. De holocausto en holocausto.
−Entonces, ¿qué propones con tu infinita sabiduría? supongo que innata.
−Por mi parte y en cuanto pueda lo que haré será plantar árboles, criar todos los hijos que tenga, y huir como de un incendio de cualquier tipo de tiranía.
− ¿De cualquier tipo? ¿Aunque sea provisional para lograr un mundo mejor? Lárgate a otro planeta.
−Un tirano o mil y uno reunidos nunca lograrán un mundo mejor en ningún sentido. Solo mejorando las personas y siendo menos ignorantes se podrá conseguir algo consistente, si somos capaces de ponernos de acuerdo. Mientras no se vean las cosas claras perseguiremos mitos y fantasías ajenas y la realidad nos golpeará en la cara, destrozándonos.
− ¡Pero el pueblo está en la ignorancia y es fácilmente manipulable!
− Si usted sabe algo bueno para las personas, ¡persona a persona! no para un rebaño, no somos gallinas, ovejas, o mulas, busque los medios para comunicárselo y las mejores formas para que lo acepten y comprendan, pero nunca intente imponérselo; pues les degrada. Mire bien esta mesa: ¿Qué ve usted?
−Bueno, pues los restos de la cena.
−Ha sido estupenda, ¿correcto?
−Estupenda, estamos de acuerdo en algo.
−¿Necesitaría mucha ayuda para convencer a alguien que usted conozca que una cena así sería algo bueno para cualquier persona siempre que no fuera conseguido humillando, estafando, y explotando a otras personas?
− ¿Y cómo se podría conseguir algo así? No hay recursos en este mundo para lograr algo así; siempre han sido y serán escasos.
−Pero no las personas, que cada día hay más. Y si comparten lo que saben podrán llegar a estar ahítas y rebosantes de tantos bienes materiales como llegaran a concebir. Los nabos crecen en la tierra y los peces en el mar sin que nadie mire por ellos pero son las personas las que son capaces de ponerlas en una mesa y hacer de paso felices a los demás.
−Este joven es tonto del culo y sin remedio, Amaya, ¡lárgalo! lo suyo son las drogas y los sueños.
−Sí, me parece que mis amigos tienen razón, tú no sirves ni para darse un revolcón.
− ¿Y eso? Señora Marquesa.
−Piensas, sabes discurrir, no puedo confiar en ti. Será mejor que te largues ahora mismo, tú y tu mochila nos estorban.



Noche oscura, noche veraniega en las proximidades de la catedral; un jipi con la mochila a cuestas camina con las manos en los bolsillos de callejuela en callejuela hasta que encuentra abierta una cafetería. Le atienden por una ventanilla y le preparan un estupendo café con leche y una tostada. Sentado en un banco, mirando las estrellas luciendo sobre la brillante ciudad lusitana está como pensando, en realidad tan solo mirando al infinito; el rubio melenitas que creía haber encontrado un buen bacalao portugués y pasar tal vez un par de meses de holganza, pero que está como sintiendo la patada en el culo que le ha dado hace un rato lo más granado de la intelectualidad portuguesa. Mira como si viera el movimiento incesante de las estrellas y las galaxias en constante expansión.
−Hola de nuevo, ¿puedo sentarme con usted?
− ¡Hombre!  Mi morenito amiguito portugués; por supuesto, ¿quieres un café?
−No, gracias; ya me iba para casa.
−Pues gracias por parar conmigo y no me trates de usted; ¿lo pasaste bien en la disco?
−Estupendo, pero nada más ver tu cara observo que tú nunca debiste venir a Oporto.
−Nunca he venido ni llegado, de hecho, ni siquiera estoy aquí.
−Este no es tu sitio ni esa gente con la que te fuiste la que estás buscando.
− ¿Por qué lo dices? No me conoces más que de tomar un gin-tonic juntos, ¿qué es lo que piensas, morenito?
−Estás buscando fuera y lejos una vida que ya tienes y te rebosa; se te nota cada vez que abres la boca. Vuelve a tu hogar y que sean los demás los que te busquen a ti; piensas conseguir algo de otras personas y eres tú el que convidas y regalas de los mucho que tienes.
− ¿Qué me aconsejas, ingeniero?
−Te acompaño hasta la estación de tren, vivo cerca. A las ocho sale un tren expreso para España; tómalo y vuelve a casa.
− ¿Y si me quedo en Portugal? ¿Dónde tendría que ir, según tú opinión?

−A Fátima, rubio, a Fátima; tú sí que podrías ver bailar el sol. Apura el café que nos vamos.



Es un cuento corto para lo que las aventuras de Jipi suelen dar de sí. Darme vuestra opinión.
Esto es el borrador de un cuento que salió publicado en la antología Milagro en Benarés y otros cuentos prodigiosos.
Milagro en Benarés y otros cuentos prodigiosos

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