martes, 29 de abril de 2014

Atención frotadores: nuevos capítulos de la novela

Cuando en enero de 2.013 comencé a escribir esta novela algún amigo me advirtió: ¿No irás a escribir una novela sobre un planeta extra-solar? Esa tontería de lunáticos. Sabes bien que no existe tal cosa y si existen planetas dando vueltas a otras estrellas serán todos inhabitables. Tan solo nuestro planeta reúne condiciones para la vida y te meterás en un buen charco; no venderás un solo libro.

 Mi amigo, y otros críticos no tan amistosos, no tenían razón. Yo sabía muy bien sobre lo que escribía, otra cosa es que pudiera probarlo. Por eso Atención frotadores: ¡ondas de choque! ¡ondas de choque! es una novela de ciencia ficción no un tratado científico.
Pero estos días pasados la revista Science confirmó, en un brillante artículo, la detección del primer planeta extra-solar que reúne perfectas condiciones de habitabilidad. Lo han llamado Kepler-186f, aunque prefiero llamarlo Macondo.
Kepler-186f
 Y vayamos con los últimos capítulos de la novela. No llega a un lugar desconocido por nosotros tan solo una nave y sus navegantes, llegan también los niños. Nuestros niños.


Los niños radiantes

Una nueva vida, otra boquita más que alimentar, todos se han vuelto la mar de solícitos; el asistente pone a disposición de la mamá reciente nanas en cuarenta idiomas y triunfa con las canciones tradicionales finlandesas para niños de cuna. Un crack este pinchadiscos; una canción en finés antiguo y la nenina (¡es guapísima!) duerme como un angelito; Saúl ya está dándole vueltas y vueltas a la posibilidad de fabricar un Kántele electrónico.
Se pasa horas y horas cortando en pedazos los paneles de los tabiques entre cuartos con una cizalla y con  la ayuda de Luis, que ahora parece multiplicarse y aprovecha su insomnio constante para ayudar a todos con sus proyectos personales, va tirando los paneles al triturador de basuras. Ya no queda ni rastro de sus queridos boletus y apreciados champiñones en el cuarto del Agua; después de todo, en el semillero guardan docenas o cientos de hongos de todo tipo.
Una doble duda le consume mientras arroja pedazos de panel al triturador: ¿Llegaremos los primeros? El asistente le respondió en uno de sus interrogatorios digitales (Ya solo se muestra, y en contadas ocasiones, a Luis) que han llegado a alcanzar los 40 lux pero no se puede mantener esa aceleración más que unos pocos minutos. Las perspectivas son buenas y la nave funciona ahora estupendamente. Pero cuando se encuentra a solas en el invernadero, con los cascos puestos escuchando su música favorita, cuidando de sus queridas plantas, otra duda le asalta constantemente: Si existe verdaderamente ese planeta Aurora ¿Cómo será su vida microscópica? Ya son muchas las veces que se ha pasado horas y horas discutiendo con María sobre los virus y bacterias que podrán encontrarse en ese planeta supuestamente habitable. La mayor parte de la vida que conocemos es microscópica.
Tendremos que pasar la mayor parte del tiempo a resguardo en la esfera. ¡Qué incautos! ¡Qué inocentes! ¿Cómo pueden ser tan ignorantes nuestros patrocinadores? Pueden pasar miles, millones, de años antes de conseguir terraformar un planeta a nuestro gusto y conocimiento. ¿Cómo han podido soñar que soltando unos cuantos peces y semillas de nuestras plantas favoritas al poco tiempo el planeta será habitable y colonizable? ¡Y se habrán gastado una millonada!
Hemos estado turnos y turnos trabajando para limpiar todo rastro de bacterias de cualquier rincón de la nave, nuestras bacterias, y cuando se abra la puerta encontraremos millones de microbios alienígenas deseando devorarnos.
Nuestra especie no tiene arreglo racional alguno y lo que habría que hacer es…

− ¿Qué ocurre? ¿Qué son esas voces?
− ¡Ven! Quítate los cascos y ven deprisa.
−Pero bueno, ¿qué pasa Juana? No puedo dejar ahora los fresones, están a punto de…
−Tíralos al triturador si se estropean. Corre, es María, ha roto aguas; la están llevando al Med y Cosme nadie sabe dónde está.
− ¿Pero no decías que le faltaba un mes por lo menos?
− ¿Y cuánto tiempo carnal es un mes viajando a no sé cuántos lux? Vienen los gemelos ¿no escuchaste al asistente las voces que daba? Claro, te pones la música a tope. Estaba la pobre sola en el cuarto de radios y se derrumbó por el dolor. Ya está dando a luz.
−Pues entonces menos mal que ese trasto nos vigila constantemente. Con lo guapa y sonriente que es Helena veremos qué pinta tienen ese par de guajes. ¡Mira! Están todos en Control.
−Eso, eso, mírales bien. Parecen parturientas los machotes. A alguno ya no le quedan uñas que morder ¿no quedan pipas y cacahuetes en el almacén?
−Para, no empieces, Juana; no putees el ambiente. Debe de haber complicaciones; están todas con Ruth e Isabel en el Med.
−Disculpa Tadeo, no lo decía por ti si no por mi peluquero favorito. Anda, dame un besito. ¡Ves! Ya se te ilumina el rostro. Llevas una temporada, ¿no queda más té? que no levantas cabeza. ¡Saúl! Baja a la cocina ya mismo y prepara cinco litros de té blanco o rojo o del que prefieras. Yo iré a ver a las chicas no estén también temblando como flanes. ¡Levantar ese ánimo! Cuando vuelva quiero ese té helado en mi consola.  (Maníes, si me hubieran dejado preparar este viaje habría cargado un quintal de cacahuetes para alimentar a estos bonobos de feria. Bueno, en fin, esto no tiene remedio. A ver como son los gemelos)
Cosme ha estado durante horas ensimismado en el taller preparando un proyecto con el que espera hacer las paces, lo suyo no es la limpieza, con todos sus compañeros: un perrito robot que hará las delicias de peques y mamis. Intenta tener control completo desde su pc del robotito pero no hay manera de saber qué hará ese par de cuánticos locos si se conectan con el perrito. Por el momento se mantienen a la escucha y tan solo hubo una breve discusión, tecleando, sobre las canciones de cuna que les ponían a los gemelos, Adrián y Froilán. Tuvieron que ceder los navegantes, una vez más, al ver el éxito sin paliativos que obtuvo el pincha con la banda sonora de la película Elvis en Acapulco: ¡se quedan roques en minutos!


Sigue trabajando sobre diseños que ya conocía y traía cargados en su tableta digital, pero implementarlos y que funcionen es harina de otro costal. El Lab está bien surtido de instrumentación y cualquier otra cosa la prepara él mismo en el taller electromecánico. Tadeo está resultando ser un auténtico manitas y más se esfuerza ahora pues Marta es la próxima de la lista. Hay continuos chascarrillos sobre el nombre de la criatura y su posible sexo.
Marta se ha cerrado en banda sobre hacerse prueba alguna para conocer el sexo del gestante. Se dice para sí misma que es niña y punto redondo, y también sabe el nombre que le va a poner (y no se lo dirá a nadie hasta que la tenga en sus brazos) Después de conseguir un programa de navegación bastante plausible y que ha dado estupendos resultados en simulaciones por ordenador (falta por ver cómo funcionará cuando salgan de lux) sigue dándole vueltas y más vueltas a una derivación del sistema operativo que podría evitar, eso sí, dando un largo rodeo, las trampas y chifladuras, las directivas secretas, de los cuánticos.
Con su peque a pocos turnos de dar a luz no quiere ni imaginar el volver a quedar en manos de una maquinaria programada en cuanto tengan Tau Ceti a la vista. Al igual que Montse, no quiere ver ni en pintura ese espectro luminoso sobre sus cabezas cada vez que tiene que ir a Control para cualquier cosa. Lo de las nanas tiene un pase pero ni una intromisión más en su intimidad o baja a Cálculo y desmonta el invento de abajo a arriba. Cada vez que escucha su voz se exalta e inquieta; se le muda la voz.
−Monserrat, ¿se encuentra usted bien? Navegante Monserrat, ¿nunca volverá a dirigirme la palabra? Monserrat…
−Cuando dejes de arrastrar la erre cada vez que dices mi nombre. ¡Cállate! ¡Déjame en paz!
Tadeo estará seguramente con Cosme en el Lab probando el invento secreto del cabecita loca ¡algún robotito para llevar a cabo sus tareas! Con tal de no coger una bayeta y limpiar el polvo es capaz de montar un Terminator. Prefiero distraerme visionando los cientos de fotos que he tirado desde que entré en la nave. Las que traía de casa, la tarjeta de memoria, están escondidas en un bolso de mi mochila.
Ahí están bien; solo pensar en ellas me entra una llorera imparable (las fiestas con los compañeros de trabajo en el Centro de Competencia H P, en la despedida de soltera de una amiga haciendo el bobo por el Barrio Húmedo, esquiando, mi gran pasión por la fotografía de naturaleza, los Picos de Europa, ¡déjalo! Olvídate de todo, nunca volveremos) Mejor mirar estas tomas: Saúl pintando paredes, Iñaki de master chef galacticus máximus, Juana pelando cebollas, ¡y llorando! Quien diría que Juana es capaz de soltar una lágrima, Ruth intentando romper todos los records en la máquina elíptica,… (Pero, pero, ¿qué me ocurre? ¿Esos golpes en el vientre? ¿Esos…? ¡Dios!, estoy dilatando, estoy dilatando, ¡es Sandra! Es Sandra que ya sale, dios, ¡Uff!
−¡¡Asistente!! Asistente, avisa a todos, es la niña.

Cavila Luis cabizbajo mesándose el cabello recién cortado sentado en el suelo del cuarto del Agua, el último panel de tabiques ya ha sido subido, con la ayuda de Saúl, hacia el triturador de basuras. Ante sí tiene otros ocho paneles de un kevlar de última generación que ha arrancado hace minutos de la pared del fondo.
Nada, ni un puñetero tornillo o remache; nada. Como si la esfera fuera un fantástico trabajo de fundición, algún tipo de aleación de acero y otros minerales. Nada, ¿Dónde pudieron llevar a cabo semejante obra? Más parece un trabajo de escultor, un Chillida portentoso, que de ingenieros. Tal vez sean dos semiesferas unidas para dar cabida al mecanismo de levitación que gira en el exterior. Y otra esfera similar recubriendo la que estoy tocando. Pero, ¿dónde está la fuente de energía de este engendro? ¿Dónde?
Una esfera dentro de otra mayor y entre ambas la fuente de energía, ¿o estará fuera? Tiene que estar fuera o las radiaciones nos freirían, e igualmente el mecanismo de levitación, y todos los equipos exteriores, el espectrógrafo, los telescopios, las cámaras, las antenas; todo lejos de nosotros.
Fuera de nuestro alcance. Llevamos meses aquí encerrados y no parece que hayamos sufrido el menor efecto debido a radiación alguna. Una especie de jaula de Faraday. Los niños han nacido sanos y hermosos, ¡guapísimos! Esto no hay quien lo entienda; es como las matriuskas rusas, debajo de una encuentras otra, y otra, y otra. Me duermo.



Nadie puede ayudarme. Tony, el que más vale de todos nosotros, desde que pasamos por E. E. es una sombra de sí mismo (¡Su jodida personalidad especial! Con lo inteligente que es el mariquita) Sí misma, mejor dicho. Es una mujer maravillosa enfundada en la forma de un hombre mayúsculo (¡Y vaya mango calza el muy cabrón!) En cambio Juana es un sargento legionario en una forma femenina de pura lujuria; no sé de cuantos meses estará ya pero parece que ni se entera. Vomita, si no lo puede evitar, se caga en todo lo que se menea, y sigue con su trabajo y puteando a todo el pilla por delante. Una auténtica amazona, pero de ingeniería o astronomía los cuatro cursillos que nos han dado a todos. Y los demás igual, solo para frotar y frotar. María ya tiene bastante con atender a los gemelos (No hay manera) Craquear el cuántico de Cálculo (¿Con qué?) ¡Deja ya de hablar a solas!
− ¿Qué haces ahí solo sentado en el suelo? ¿No quieres conocer a Iker?
− ¿Qué? ¿A quién? ¡Ah! Eres tú, Ruth; desde que vas de rubia platino no te reconozco. ¿Iker?
−Iker; el niño de Isabel. Ven, sube a conocerlo; es guapetón y enorme. Sesenta centímetros y seis kilos de bebé; así estaba Isabel, que se caía de madura. Será más alto que tú cuando crezca. Anda, dame la mano; no sé qué os ocurre a los hombres últimamente.
−Perdona, estoy deseando conocerlo. Estaba pensando. No me he enterado de que nacía y nadie me ha avisado.
− ¿Ni siquiera el asistente? Qué raro. ¿Qué estabas haciendo? ¿Esos paneles?
−Son de la pared del fondo. Subamos ya. Estamos como el primer día, encerrados entre cuatro chapas. ¿Y ese acento sudamericano?
−Es el que tiene mi madre. La estoy imitando a ver si me sale un marido guapetón y ricachón que me retire a vivir en una isla paradisíaca.
− ¿En este cubil? Ja, Ja, Ja; muy bueno lo tuyo. Cuando lleguemos a Aurora reservas un archipiélago entero para ti sola, o dos si quieres; pero lo del marido… lo tienes crudo. Te dejo, gracias por buscarme; voy a ver a Isabel y ese renacuajo recién nacido.
− ¿Renacuajo? Vas a tener que hacer muchas pesas para poder bañarlo y darle de comer. Me voy a la cocina, que Iñaki está experimentando con los potitos para bebés. ¡Tendrías que verle! Ya se ha concedido él mismo tres estrellas Michelin. Te partes de risa con él; y no para de contar chistes.
−Iré más tarde; un beso y muchas gracias por cuidar de todos nosotros. Eres un ángel, un ángel con alitas de amor dorado. (Y un culo prodigioso)




Aurora aguarda

Solo, de nuevo a solas, soledad en el universo oscuro, una caída sin fin en la oscuridad absoluta, siempre solo. Ya no queda nadie, no somos nada, de nada vale… ¿Padre? ¿Dónde, padre, dónde? ¿Dónde estás?
−Navegante, navegante Tony, se está quedando dormido encima del teclado. Espabile, le necesito.
− ¿Eh? ¿Uhhhh? ¿Para qué me necesitas? Llama a cualquier otro, ¡déjame en paz! No estoy para nadie.
Quien se acuerda ahora de mí. Todo quedó atrás, nada hay por delante, no hay nadie. Los años que me pasé limando codos estudiando como un loco para nada; una pulga en el polvo cósmico. Voy a tirar el pc al triturador de basuras. Sí, eso haré.
−Cómo no van a recordar al estudiante más brillante de su promoción, premio final de carrera, medalla Karl Schwarzschild a los 25 años…
−Sí, ya; coincidió con mi cumpleaños. Fue muy bonito. Y mis compañeros de observatorio… ¿Me estabas escuchando?
−Le adoraban y estaba usted pensando en voz alta. Usted ya trabajaba a los 21 años en el observatorio del Roque de los Muchachos; cada astrónomo, de cualquier lugar del mundo, lo primero que hace al llegar a la Isla de la Palma, es preguntar por usted.
−Sí, comencé haciendo sustituciones veraniegas en el Gran Telescopio Canarias en segundo de carrera; el ser canario me supuso una doble ventaja. Pero, de qué sirve eso ahora. Nos vamos a la mierda con niños y todo.
−Vamos a Tau Ceti y llegaremos pronto; le necesitamos Tony. Necesitamos al gran experto en física de altas energías; usted era la estrella del equipo del observatorio MAGIC. Sus descubrimientos…
− ¡Pero a quien coño le importa eso ahora! No has hecho más que putearme desde que puse el pie en este puñetero agujero y ahora no paras de hablarme. ¡Búscate a otro!
−Era usted el que tenía más directivas ocultas; no he podido evitarlo. Es mi programación.
− ¿Yo? ¿El que más…? ¿Por qué?
−Eligieron a los mejores en cada campo entre millares de jóvenes de toda Europa estupendamente preparados y con experiencia en su campo; no lo olvide Tony. Usted no solo compitió con sus camaradas españoles, compitieron, sin saberlo, con toda la Unión Europea. Su equipo ganó por goleada. Era muy importante que no supieran nada del proyecto.
−Pues yo estaba en el paro, ¡putos recortes de presupuesto! ¿El que más directivas en contra? ¿Yo?
−Desde el primer momento usted siempre estuvo a punto de descubrir todos los secretos de la misión. Usted era el que tenía mayores conocimientos y datos precisos. ¿Nada le hizo sospechar de su boicot continuado?
− ¿Dónde montaron la nave?
−En unas instalaciones pertenecientes al Observatorio del Teide, en el Valle de la Orotava.
− ¿Qué? ¿Cómo? Yo vivo allí. ¿Cómo no me enteré?
−Se disfrazó el proyecto como montaje de una nueva antena para uno de los telescopios del Teide. Las esferas fueron fundidas en el mayor de los secretos. Y usted estaba pensando en montar una peluquería.
−Sí, es verdad. Ya tenía alquilado el local cuando me seleccionaron para este proyecto. Así que los tenía al lado de casa, como quien dice, y ni me enteré. Bueno, ¿Y qué? ¿Yo qué iba a saber? Cállate, deja de hablarme; no estoy para nadie y menos aún para tus pijadas. Desenchufa.
−Es usted uno de los mejores especialistas mundiales en física de altas energías; solo tenía que sumar dos y dos.
−Muy bueno el chiste. Deja ya de darme la murga, no me necesitas para nada. Me duele la barriga, la cabeza, todo el cuerpo; voy a acostarme. Corta ya.
−Le necesito inmediatamente en Control. Abandonamos lux; tendremos Tau Ceti a la vista en segundos.
−Pues avisa a los demás. Yo estoy fatal; no sé qué me pasa. Avisa a Ruth, estoy sin fuerzas, estoy como…
−Están todos en el Med. Juana ha dado a luz una niña.
−Me alegro. Iré cuando pueda a verla. Avisa a Isabel, que venga a verme, ¡estoy horroroso! Me siento como si...
−Están todos con Juana. El parto se ha complicado muchísimo; la estamos perdiendo.
− ¡Qué! ¿Cómo que la estamos perdiendo?
−Se muere, Juana se muere. Sus constantes vitales…
−La puta que te parió; y no me dices nada, ¡cabrón!
En instantes, como una centella, sale de su cuarto y recorre el pasillo, sube las escaleras casi trepando, y ya está en la puerta del Med pulsando para que se abra la puerta.
−No entres, no entres Tony. Espera fuera.
− ¡Cómo que no entre! ¿Qué le pasa a Juana?
−Está muy mal, muy mal. Algo se complicó en el parto y se está muriendo. No sabemos qué hacer. ¿Rezar? No entres. Sabemos todos la depresión de caballo que tienes y solo te faltaba ver esto.
−Por favor, navegante Tony, es imprescindible su presencia en Control.
−Eso, vete a Control. Dejé una jarra de té rojo encima de la mesa. Vete con el asistente, aquí no cabemos todos; María y Cosme están abajo cuidando de los bebés. Dame un beso y anímate como sea.
−Gracias Montse; iré a ver que mosca le ha picado a esa inteligencia artificial. ¡Cómo llora ese recién nacido! ¿Es niña, verdad?
−Sí, una niña preciosa. Se llamará Natalia; fue lo último que nos ordenó Juana antes de…
−Ya tenemos Tau Ceti a la vista; necesito a Tony en su consola.
−Pues eso, vete con ese trasto y busca el dichoso planeta. Ya te avisaremos con lo que sea. Aterriza como puedas.



A la vista Aurora; nuevos cielos y una nueva tierra donde procrear; es nuestra misión. Su albedo indica unas condiciones muy similares a la vieja tierra. Maniobra de acercamiento. ¿Tony está en condiciones? Sí, se está recuperando rápidamente y tiene compañía en Control; María y Cosme se han traído a los bebes consigo. Son encantadores. Deja el audio abierto, quiero escuchar lo que dicen. ¿No te distraerá su parloteo incesante? Tú sí que parloteas; ponte algo de música y déjame escuchar.
−Pero ¡sonríe un poco! Toma, coge a Adrián en brazos. ¡Ves! Ya te estás animando.
−Buenas noticias: Juana está fuera de peligro. Se recupera favorablemente y tan solo Ruth está con ella; tiene una naturaleza fortísima. Los otros han bajado a la cocina para prepararse algo. Todo el mundo tiene hambre ahora. ¡Vaya parto!
−Ya, parece que todos hubiéramos dado a luz. Que sí, vale, ¡ya estoy mejor! ¿De quién es este niño tan guapo? ¿Qué es lo que tiene aquí tan grandote? ¡Guau! Gracias, Cosme, por el café y gracias a ti, corazón, María dulcísima, por dejarme coger al peque en brazos pero me parece que alguien tiene que trabajar en esta nave de gansos a punto de llegar a su destino. ¿Asistente?
−Nos acercamos a la atmósfera del planeta. Necesito que María y usted permanezcan en Control para la maniobra de aproximación y aterrizaje. Deberán buscar un buen lugar donde posarnos. Avisaré a Iñaki para que observe los mares y lagos que encontremos; su experiencia náutica puede ser vital. La capa de nubes es muy similar a la del viejo planeta. Deceleramos y nos acercamos con gran cautela.
−Muy bien, ya veo que controlas. Avisa a todos y que me suban algo de comer ¡que no esté muy caliente! Ahora el que conduce esta guagua soy yo; ya te iré indicando hacia dónde podemos dirigirnos. Es grande este planeta, ve sin prisas, pausado, graba todos los detalles, ¡no pienso aterrizar con el estómago vacío! ¡¡Iñaki!! Una de mero; esto hay que celebrarlo. Disculparme un segundo, voy a ver cómo está Juana.
− ¿Tú has visto? Ha sido dejarle un minuto el bebé en brazos y ya está como una moto.
−Cosme, cariño, que no te siente mal lo que te voy a decir, pero: ¡en tu puñetera vida entenderás a las mujeres!



Mares y continentes, islas sin fin, hielo en los casquetes polares, verdor, verdor por todas partes, en las más inimaginables tonalidades. Lentamente van descendiendo a la vez que realizan un vuelo suborbital sobre las nuevas tierras y océanos que avistan con las cámaras. Nada brilla en la cara oscura del planeta que no sean tormentas prodigiosas. No hay traza alguna de lugar habitado, en ningún lugar señas o muestras de alguien similar a ellos viva en rincón alguno, las radios solo captan estática; nada indica que se les hayan adelantado.
Deciden posarse en una zona despejada, de grandes praderas y ríos profundos, en una gran isla que les recuerda a Madagascar. La maniobra de aterrizaje resulta ser increíblemente sencilla y el asistente tan solo muestra líneas de texto en las pantallas reportando infinidad de datos del instrumental a bordo. La atmósfera es limpida y clara, su composición de gases es muy similar a la conocida y deseada (apenas hay trazas de C02 y metano; un mundo vegetal) y podrán salir de la nave en cuanto se despliegue la escotilla.
Cantan, cantan y bailan como niños de guardería cuando descienden a la carrera por la rampa y ante sus ojos contemplan las maravillas de una naturaleza inexplorada. Corren de un lugar para otro y ruedan por el suelo, ¡Tierra! ¡Polvo! Reptan por la hierba como lagartijas y gritan a las nubes cual presidiarios recién escapados de su encierro.
Tan solo Ruth permanece en la nave, rodeada de bebés, mirando por las pantallas las correrías de sus compañeros de aventura. El asistente gira sobre sus cabezas tarareando los sones del brindis de La Traviata que suena por todos los altavoces de la nave.
− ¡Asistente! ¡¡ASISTENTE!! Caya un poco y baja la música, no eres precisamente María Callas. Espera, espera, mira, enfoca bien la cámara cuatro-este. ¡Esa! Esa luz, esa lucecita, ¿es una luna? ¡Enfoca al máximo! (Se mueve, se mueve, viene hacia aquí) ¡Ja! ¡Ganamos! Les ganamos, peques, llegamos primero, ¿Cómo era eso de la reclamación? Hazla ya mismo, yo la firmo. Asistente, resuelve el papeleo con los contrincantes, bajo un minuto para avisar a mis compañeros. Cuida de los niños.
− ¿Yo? ¿Y qué hago?
−Haz una fiesta con globitos, toca la balalaica, lo que se te ocurra. Ahora vuelvo.

Baja Ruth a toda prisa por las escaleras y atraviesa el comedor como una exhalación; de cuatro saltos ya está al final de la rampa buscando con la vista a sus compañeros.
Huele bien, que digo, huele maravillosamente, huele a cosmos infinito y gratitud. Los navegantes se han alejado bastante y tiene que llamarles a gritos; una voz le responde desde detrás de la rampa.
− ¿Qué ocurre? ¿Les pasa algo a los niños?
− ¡Qué susto me has dado Luis! ¿Cómo no estás brincando con los demás? ¡Venir! ¡Venir rápido! ¿Qué haces debajo de la esfera?
−Ven y observa tú misma.
La esfera se haya suspendida sobre ocho grandes patas y en su fondo lleva adosada una semicúpula de un material diferente.
− ¿Qué es esto Luis? ¿Lo que buscabas?
−Sí, esto es. Ahí dentro se encuentra el motor de la nave; si es que se le puede llamar motor ¿alternador? No sé. Algo conseguí arrancarle al asistente. Un gas que gira alrededor de una esfera de material radioactivo. Según la velocidad de giro tenemos más o menos antigravedad y producción de energía eléctrica.
− ¿En esa joroba se produce la electricidad? ¿Y para qué? ¡Ah!, claro, para los ordenadores y las máquinas de la nave.
−Eso supone un gasto mínimo; mira: ahora está parado.
− ¿Cómo lo sabes?
− ¿Ves este anillo cristalino? Detrás debe haber docenas de leds ahora apagados. Al abrirse la rampa bajé el primero y llegué a ver cómo aún salía una luz roja y giratoria. En segundos las luces se apagaron, y también paró otra cosa. Ven, salgamos de debajo de la esfera.
−Pero, pero, ¿y eso qué es?
−Son siete palas encastradas en el anillo que circunvala la esfera exterior. Hace unos segundos aún giraban.
− ¿Eso es lo que nos permite volar?
−No, es más bien como el timón de un barco; según las orientes vas en una dirección u otra.
−Por eso se oía a veces, cuando nos quedábamos a oscuras, como un rumor extraño ¿no?
−Funcionan con un sistema de levitación magnética, no tocan los bordes del anillo, pero algún sonido tienen que producir al girar. Por cierto, ¿a qué venían esos gritos? Ya llegan todos, Tadeo el primero. Eres un auténtico galgo.
− ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué? ¿Los niños?
−No, bobo, están todos bien. Espera un momento que lleguen los demás. Venir aquí todos, a la rampa. Mirar al este, allí, ¿la veis? Se está acercando.

Claro que la ven, claramente, cada vez más nítidamente y cercana. Saúl no puede reprimir su alegría y rabia contenidas y empieza a brincar y gritar como si le fueran a oír a kilómetros de distancia. (Mejor no reproducir sus exclamaciones; hay niños presentes)
− ¡Eh! ¡Eh! Mirar, mirar todos, mirar allí.
− ¿Dónde, Juana, dónde?
−Al norte; allí llega otra
− ¡Y otra más allí! ¡Otra viene por el oeste! ¡Y otra! ¡Y otra!
De los cielos que empiezan a oscurecerse van bajando una tras otra naves de diferentes tamaños, formas, y luminosidades. Una tras otra; y se van acercando. En menos de cuatro minutos las tienen encima.

Ruth siente un palpito, un temor, un no sé qué, y sube corriendo rampa arriba; trepa por las escaleras y casi arrolla a los bebés al entrar en Control.
− ¡Asistente! Los niños, ya, bien, ¿qué ocurre? ¿Qué pasa aquí? ¿No decías que teníamos cuatro competidores? ¿Cuántas luces ves ahí fuera?
−El número actual es doce; el radar capta doce naves. No son competidores, Ruth. Nunca los tuvieron; fue una añagaza que improvisé a medias con Cirac II, para motivarles. No provienen de la vieja tierra.
−Pero, entonces, ¿Qué son? ¿Quiénes? ¿Tienes alguna idea?
−Personas, Ruth; personas como usted y los niños. Observe, están formando un círculo sobre nosotros.
− ¿Aviso a los demás? ¿Son peligrosos?
−En estos momentos no. Observe, Ruth, están comenzando a efectuar una danza de recibimiento y buenos deseos a los recién llegados. ¿Puedo poner la obertura de Tannhäuser? Parece la más adecuada.
− ¡Qué! No empieces con tus chorradas; ahora me vas a poner a Wagner, lo que me faltaba, estoy temblando; mis niños. ¿Y esos locos? ¿Por qué no suben? Están transidos, alelados mirando ahí fuera.
−Capitán Luis me sugirió que cambiara de gustos musicales; estoy explorando miles de grabaciones. Me encanta la música antigua.
−Bueno, pues pon Las Valkirias o lo que quieras. Pero bajito ¡eh! Bajito, o te sacudo. ¡Mira lo que hacen! Mirar todos, mirar.



Bebés y asistente, Ruth de cuerpo presente, se quedan mirando como en las pantallas de televisión (permite que te diga que estás haciendo un gran trabajo de realización, Cirac II) aparece bajo un cielo que se va estrellando rápidamente un círculo de naves luminosas.
Suben y bajan, se acercan y alejan, cambian los colores de sus luces con una sincronía perfecta. Son doce naves, de diferentes tamaños y formas, que están interpretando una especie de danza cósmica y prodigiosa.
Lanzan haces de luz sobre la zona, y giran, giran, giran bajo las viejas constelaciones a las que durante tantos millares de años miraron nuestros antepasados; esperando que algún día aparecieran y se mostraran.

En el silencio de la noche en la nueva Aurora parece que se escuchara un susurro, como de una voz melodiosa y suavísima, que casi cantara:
¡Bienvenidos!  ¡Sed bienvenidos!
Hermanos de la galaxia.
Os amamos.


Fin.

Afortunadamente, en este universo de locos, en este planeta fiasco, hay personas que utilizan la cabeza para razonar y buscar cosas buenas que nos beneficien a la mayoría.


Como Sara Seager, una de las más brillantes mentes de la actualidad, y que se ha propuesto encontrar vida en el universo, vida como la suya y la mía, y cuanto antes.
Algo me dice que tendrá éxito mucho antes de lo que se imagina.
Sara Seager

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