sábado, 5 de julio de 2014

Historia de un talento. Relato fantástico.

Este sencillo blog de un viejo peregrino, así se llamaba otro blog que tuve hace años dedicado también al Camino de Santiago, ha superado ya las 250.000 visitas y varios miles de comentarios y no se me ocurre nada mejor para agradeceros vuestra atención y confianza que avanzaros el comienzo de un relato que estoy escribiendo.
Espero que sea de vuestro agrado y sigáis visitando el Camino de las luciérnagas. También tengo otro blog personal que os invito a conocer donde pongo cosas de otro tipo, fotografías, excursiones por la montaña, mis aficiones y música o lecturas favoritas. Se llama Aldaba amiga:
http://ladmis.blogspot.com.es/
Y vayamos con el relato.



Historia de un talento

Hace algún tiempo, en un lugar remoto de un país olvidado, el señor, muy poderoso y rico, mandó llamar a sus hijos y uno por uno les entregó un talento de oro. El más joven, el benjamín de la casa, era muy reticente a recoger semejante regalo; renegaba, agachaba la cabeza, escondía las manos, con tal de no tomar en sus manos aquella fortuna inmerecida.
¿Queréis conocer su historia? No se parece a nada de lo hayáis leído. ¿Os suena de algo? No creo; nunca habréis tenido un talento como el suyo. Oro puro.

¡Tú eres bobo!
¡Marica!
Gilipollas, ya eres rico, y sin tener que ganártelo. ¡Cógelo! Le gritaba su hermano mayor.
¡Pues por eso mismo! ni sé cómo ganarlo ni en qué emplearlo. Replicaba el muchacho.
Al fin terció en la disputa el padre y les expuso la razón de aquel regalo ordenando de paso a su benjamín que recogiera su dote.
Tómalo en tus manos y guárdalo bien. Mañana partiréis todos de viaje a los países vecinos. Durante un año os quiero a todos fuera; a la vuelta haremos cuentas. Sacarle buen provecho.
Y a la mañana siguiente con el frescor matutino partieron sus hijos en diferentes direcciones para conocer otras tierras y otras gentes; tal y como su padre les había ordenado.

Pasado un año regresaron sus hijos, todos menos el pequeño. El señor no quiso esperar más y les llamó a su presencia. El mayor se postró a sus pies y de su alforja sacó cinco talentos que a su padre entregó.
Bien, hijo bueno y fiel. Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo y la casa de tu señor.
El segundo de los hijos se postró a su vez y de su zurrón sacó dos talentos y a su padre se los ofreció.
−Bien, hijo bueno y fiel. Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo y la casa de tu señor.
Y ordenó que se hiciera gran fiesta en su honor. Pero pasaban los días, las semanas, los meses, y el benjamín no aparecía. Nadie sabía hacia dónde había dirigido sus pasos, ningún viajero o comerciante daba razón o señal alguna de su vida. Y fueron pasando las estaciones, los años.

Estando el señor ya anciano, sentado en la puerta principal de su gran mansión, agotados los ánimos y repasando sus últimos días, una tarde calurosa de verano, vio cabalgar en lontananza alguien que se acercaba. Un presentimiento le dio un vuelco al corazón y palpitando como una niña asustada se levantó de un salto de su señorial sillón.
El jinete realizó una cabriola extraña para conseguir frenar su impetuosa montura y, de un salto y cuatro largas zancadas, se arrojó a las rodillas del anciano. De su pecho sacó un talento de oro que le ofreció con ambas manos.
¡Hijo mío! Exclamó el anciano al reconocer su sello impreso en el lingote.
A su grito salieron corriendo hermanos, esposas, sirvientes y deudos que rápidamente rodearon a la pareja que se hallaba fundida en un intenso abrazo.
Antes de la caída del sol se montaron largas mesas y un gran banquete se preparó; patos y faisanes relucían asados sobre los blancos manteles y a los postres el señor, con un simple gesto, mandó callar, y les habló:
Hijo mío, mi benjamín, largo tiempo has estado fuera; yo fui el causante. Te di un talento de oro y hoy me lo has devuelto tal y como te lo entregué, no tiene ni arañazos. Dinos, ¿en que lo empleaste que ni creció ni menguó?
Un rictus de amarga sonrisa se dibuja en el rostro apenas disimulado por las primeras canas de su larga barba y su mirada se va sin querer hacia el incierto horizonte antes de que comience a hablar.
Me diste un talento de oro, aquí mismo, hace años, padre y señor mío que ya devuelto a su dueño y quieres saber en qué lo empleé. Y también vosotros, mis hermanos y amigos; comprendo. Así pues, y antes de que el sol se nos vaya os contaré mi historia.

Salí caminando de mañana, como mis hermanos aquí presentes, sin saber hacia dónde dirigir mis pasos y mucho menos qué podría hacer con semejante fortuna en mis manos. Pero caminé, caminé, galopé, navegué hasta llegar a un país lejano.
Un brillante puerto de cúpulas doradas recibió nuestro bajel, las mercancías fueron descargadas como por ensalmo y, siguiendo los consejos del capitán de la nave (nos habíamos hecho muy amigos durante la travesía) me dirigí a una lujosa joyería donde podría colocar mi talento en almoneda. Con una buena bolsa de tintineantes monedas escondida en mi cinturón caminé hasta el mejor mesón del puerto donde me esperaba mi amigo capitán para cenar y buscar alojamiento.
Cuando estábamos a los postres de una estupenda pitanza un alboroto de gentes y alguaciles llegó hasta nosotros. El capitán, más que ducho en lides de éstas, consiguió parar un minuto a uno de los alguaciles y que le explicara a que son venía semejante algarada.
Volvió al pronto a sentarse en la mesa a mi lado para pedir y pagar rápidamente la cuenta. Sucintamente me contó mientras me llevaba casi a empujones de vuelta a su bajel que una joyería, tal y tal, en la calle cual, había sido asaltada y la joyera terriblemente asesinada. Los ladrones habían escapado con grandes bolsas de joyas y riquezas variadas. Cualquier extranjero sería más que sospechoso aquella noche en aquellas calles del puerto tan escasamente iluminadas. Así que deprisa y corriendo de vuelta al camarote donde había dejado mis escasas pertenencias.
Noche en vela, mirando por la borda, observando de nuevo las estrellas bajo la suave agitación de la nave amarrada al muelle. ¿En quien confiar en un país extraño? Sin hablar su lengua ni conocer sus costumbres, y sin tu talento en mis manos. Al alba y requerido por el capitán para desayunar a su lado no pude evitar contarle mis cuitas internas. Rápidamente se hizo cargo de la situación y tomando un par de buenas espadas me pidió que le acompañara hasta la joyería.
No, no habían encontrado aún a los culpables y el padre de la desdichada lloraba su pena sentado a la puerta. Le expuso lo mejor que supo mi problema y la necesidad de rescatar tu talento.
Robaron de todo, se llevaron cuanto había a la vista y lo demás lo rompieron a patadas. Se lo habrán llevado; se llevaron nuestras vidas.
Recuerdo que su hija se retiró a un cuarto trasero y me pareció escuchar sonidos de madera chocando al guardarlo. Le dije al capitán; tal vez en un rincón oculto de la joyería.
Al escucharnos el joyero me miró extrañado y como si un rayo le hubiera alcanzado terminó por abrir los ojos como platos y la boca como una ballena. Le seguimos al interior devastado del negocio y al cuarto interior, bastante oscuro pues carecía de ventanas. Encendió una lámpara de aceite y se acercó al fondo; había un pequeño altar dedicado a un dios desconocido. Una bonita caja de madera, de puertas corredizas, ocultaba de la mirada profanadora de los infieles la imagen divina; levantando la figurita debajo había un compartimento oculto en el que reposaban cuatro talentos de oro. Uno de ellos lucía tu sello, padre mío.

Partí aquel mismo día, a la puesta de sol, en otra nave mercante que mi amigo me recomendó. Dos semanas de cabotaje seguí con ellos hasta que decidí desembarcar en el primer puerto al que llegáramos. Me fui tierra adentro, lejos del mar, de las algas, de los peces; quería caminar de nuevo por los chaparrales y sentarme a la sombra de un árbol. Llegué hasta una venta donde paraban caravanas de mercaderes con sus jumentos cargados y decidí pasar allí la noche.
Esperando la cena asistí a un suceso sorprendente; llegaron cantando y bailando un grupo de peregrinos y pidieron acogida y asilo para pasar allí la noche, aunque fuera en las cuadras con las bestias. Uno de ellos, un joven muy alto, llevaba consigo, atado con una cuerda, un perrito blanco y sin rabo. Todos, pero todos los de la venta a los pocos instantes solo tenían ojos y oídos para el larguirucho, y él tan solo a su perro atendía. Apenas sentados en una larga mesa le pidieron que contara una historia, una romanza, mientras encargaban algo que llevarse a la boca.

Y esto fue lo que le escuché relatar:
Sabemos todos muy bien que olemos a pedos y sudor caminante pero antes de lavarnos para cenar os contaré una breve historia.
La gente presto se arremolinó sobre él pues debía ser muy conocido el muchacho. Sentados en el suelo, en los bancos, de pie, todos dispuestos a escuchar cada una de sus palabras.
En aquel día iba caminando un peregrino por montes y senderos, y al llegar, muy cansado, a un caserío lejano pidió acogida y refugio para pasar la noche. El casero, un hombre ya mayor, se alegró de su presencia y compañía; por su casa nunca pasaba nadie, estaba escondida y lejana en la montaña.
Compartiremos cena. Le dijo al peregrino y dispuso la mesa.
Primero sirvió un pescadito que había recogido aquella misma mañana en un arroyo cercano; después una liebre famélica que había atrapado a medio día cuando estaba hurgando en su pequeño huerto. Y de postre una tórtola que aquella misma tarde se había roto un ala al estrellarse contra un árbol cercano. Alguna tosta de pan y un cántaro de agua para acompañar la frugal pitanza.
¡No hay más! No tengo otra cosa que poder ofrecerte.
Muy agradecido. Contestó el peregrino. No solo me has quitado el hambre sino que incluso me has saciado el apetito; cocinas muy bien.
Lamento, amigo, que para una vez que pasas por aquí no tener algo más consistente.
¿Consistente dices? Me has ofrecido algo del agua: un pez, algo de la tierra: una liebre, y algo del aire: la tórtola. ¿Y entonces yo? ¿Qué te podría ofrecer para compensarte? Mi bolsa está vacía.
No importa, peregrino; con tu compañía me basta y sobra. Debemos acostarnos ya pues está oscureciendo y no tengo aceite para las lámparas.
En ese caso algo podré compartir contigo, algo que tú no tienes y bien que necesitas.
¿Y qué podría ser? Pues tú caminas con una mano delante y la otra detrás.
Algo del fuego.
Y a un gesto del peregrino una pequeña llama de fuego apareció en la ya oscura estancia y fue a posarse sobre la cabeza del campesino. Le confortó e iluminó, y de algún modo le hizo conocer que ya nunca más se sentiría solo e infeliz, a oscuras, en su pequeña morada perdida en las montañas ni en su pequeña alma escondida del mundo y las gentes.
¡Bueno, qué! ¿Hoy cenaremos algo o seguiremos de ayuno? Concluyó el hombre del perrito blanco.
¡Qué bonita historia, hermano! No podrías contarnos otra más mientras nos traen otro cántaro de vino fresco. El sol aún no se ha puesto y nuestra alegría por tu regreso va en aumento.
Aún no he terminado con ella, lo mejor vino de seguido; segundos después de que el peregrino había dado por concluida su historia, una bellísima y joven mujer que estaba sentada con su cortejo en una mesa detrás de mí se levantó y sujetando en sus manos una pequeña jarra de un intenso y prodigioso perfume se dirigió a la mesa de los peregrinos.
Se desprendió del velo que cubría sus dorados cabellos y se arrodilló a los pies del peregrino cantarín. Vertió un poco de ungüento en sus manos maravillosas, plenas de anillos de oro y Jenna, y los fue aplicando en los ampollados pies del caminante. Uno de sus acompañantes, un tipo afectado y que rezumaba riqueza y vanidad comenzó a bromear:
Con esa esencia carísima sus pies sanaran rápidamente, ¡eh! Tal vez deberías aplicársela en otras partes y que se le mejoraran.
Pero el peregrino tan solo acariciaba su perrito mientras observaba en silencio cómo la mujer le trataba y curaba las heridas de los pies. Cuando estuvieron bien masajeados y untados de esencia la mujer fue besando dedito a dedito a la vez que exclamaba: ¡perdón! ¡Perdón!. Así un dedo tras otro.

Todo el mesón estaba en pie observando la escena. Había gente muy enfadada o alarmada por lo que estaban presenciando. Yo empecé a temerme lo peor.
¡Una mujer de su posición y haciendo esto!
¡Sin velo! ¡Su velo de soltera para secar los pies de ese andrajoso!
¡Besando los pies de un hombre! ¡Y en público! ¡A dónde vamos a llegar!
A alguno tuve que pararle los pies con mis propios brazos para que no la levantara del suelo. Cuando al fin concluyó y levantó la cabeza, de rodillas, a los pies del peregrino, éste dejó su perrito blanco en el suelo y preguntó:
¿Por qué has hecho esto, mujer?
Yo también quiero una de tus llamas sobre mi cabeza deshonrada, señor. Y agachó la cabeza.
Tú nunca estás sola, y con tu belleza y riqueza puedes elegir la compañía que quieras a todas horas
¿Compañía y riqueza? Quiero que confortes mi vida y mi alma como con el pobre cabrero has hecho, Señor. Esto, y le tiró el velo a las manos, son bagatelas para cubrir miserias de dentro y de fuera.
Pues desnuda vendrás y desnuda estarás ante Su Presencia.  ¿Te atreverás? ¿Todo lo dejarás por uno de mis cuentos? ¿Caminarás con unos harapientos? Te saldrán muchas ampollas en tus bonitos pies. Concluyó sonriendo.
Me arrastraré tras de ti como una perra.
Entonces ven con nosotros, y en verdad te digo que también tú tendrás en ti una llama de amor y luz imperecederos.
Y la ayudó a levantarse del suelo y la sentó a su lado en la mesa. Poco a poco el tumulto fue disolviéndose; el cortejo de la dama fue despedido con un simple gesto y los peregrinos cenaron opíparamente convidados por ella.

A la mañana siguiente la vi partir con ellos al clarear el día y a punto estuve de seguirlos; pero llevaba conmigo tu talento. Algo tenía que hacer con eso. ¡Ah! se me olvidaba, la última imagen que tengo de ellos es del peregrino del perrito, llevaba sobre su cabeza el velo de la dama que tras él caminaba, como una peregrina más llevando de su mano la cuerda que sujetaba al perrito blanco.
Y yo volví al mar; no sé por qué, una intuición o presentimiento oscuro llevó de nuevos mis pasos al mar, el negro mar.

Así comienza este relato fantástico que os ofrezco en primicia, amables lectores de Camino de las luciérnagas; espero vuestros comentarios. Aún no está concluido y formará parte de mi próximo libro de cuentos que saldrá a la venta en breve.
Muchas gracias por todo y ser felices.





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