viernes, 14 de noviembre de 2014

La mujer de Loot, un sueño que me atrevo a contaros.

Animaros a contar vuestros sueños, ¿que daño os puede hacer? Soñar y relatarlos con libertad; yo he lanzado la iniciativa y nada mejor que predicar con el ejemplo.
Contar a otras personas los vuestros y aún mejor: escribirlos; no os arrepentiréis.


La mujer de Loot


Tan solo era un experimento, un sencillo, elemental, básico, experimento; una apuesta con los amigos. Ciencia para aficionados, no cabía magia alguna en mi apuesta; pues de eso se trataba el asunto. La mejor sal que nunca había conseguido alcanzar en mis retortas, la más pura y de cualidades aún inexploradas, sería sometida al calor más intenso y concentrado que pudiese conseguir y el resultado sería: ¡luz!
Sí, mi apuesta personal, bastante elevada por cierto para lo menguado que estaba ya nuestro capital, sería conseguir que aquella sal luciera, brillara, como una pequeña esfera celestial, con luz propia, hasta consumir el material.
Burlas, mofas, escarnios, de todo recibí por parte de amigos y vecinos hasta que conseguí que me cubrieran la apuesta. Las viejas consejas de mi madre no hicieron efecto alguno en mi poderosa voluntad: ¡lo perderás todo! De nada sirvió que me lo repitiera; yo, erre que erre, preparando el experimento hasta que llegó el día fatal.
Medio clan estaría reunido en nuestro hogar y los que no podían entrar miraban por las ventanas; allí congregados y apretujados, vociferando, agotando apresurados mis barriles de la mejor cerveza del país, pero mi esposa, que siempre fue muy guerrera, les atizaba con la lanza aquí y allá en sus duras cabezas para que me permitieran operar a conciencia.
Y llegó el momento culmen, en la gran retorta la blanquísima sal comenzó a recibir el fuego intenso de mis mejores piedras negras, una a una escogidas para aquel momento; cuando alcanzó el punto de fusión ¡el golpe de efecto! Por una conducción alambicada hice llegar hasta la sal todo el aire de mis pulmones. Funcionó.
Tal y como había soñado así sucedió.
La sal comenzó a emitir una luz brillante y dulcísima, pequeña, pequeñísima pero maravillosa estrella. Apagamos las lámparas de aceite para verla mejor. ¡¡Sí!! Brillaba, lucía tan pura como la Conciencia de Nuestro Creador pero al poco la luz remitió y empezamos a quedarnos a oscuras, estupefactos y maravillados por el prodigio que habíamos contemplado nadie se movía de su sitio viendo como desaparecía. Cuando ya estaba encendiendo una lámpara que tenía a mano los congregados comenzaron a gritar:
− ¡Vuelve! ¡La luz vuelve!
¿Qué estaba pasando? Miré en todas las direcciones.
Mi esposa, que, sin soltar la lanza de la mano, (Al menor descuido nos hubieran robado hasta la vajilla. Bien conocíamos a nuestros familiares) se había puesto a soplar con todas sus fuerzas por el alambique dorado. El prodigio volvió a suceder por segunda vez, ¡pero si apenas quedaría algún grano ínfimo de sal que no se hubiese consumido!
¿Cómo pudo suceder?
Pero allí estaba, ante nuestros ojos deslumbrados una nueva estrellita de luz prodigiosa. Abracé a mi esposa, canté, bailé, les grité a pleno pulmón:
− ¡He ganado la apuesta! Sin la menor de las dudas. Pero, ¿qué ocurre? ¿qué pasa? ¿ya ha dejado de brillar? Pues da igual porque yo voy a cobrar ahora mismo.
−No, que va, está aumentando en brillo y tamaño. Acércate. Me dijo mi hermano Noer.
Increíble. La luz estaba creciendo, aumentando hasta llenar la retorta por completo y, de repente, ¡la retorta desapareció! Y todos nos apartamos espantados.
La luz crecía y crecía, inmisericorde.
Salimos a la calle a la carrera; me inquirían, me gritaban, me apechugaban.
− ¿Qué has hecho, Loot? ¿Qué has creado, mago oscuro?
− ¡Páralo! ¡¡Para eso!!
− ¿Cómo? La, la sal, esto, la sal ya se habrá consumido o estará a punto de hacerlo. Confiar en mí, esperar un momento; se agotará.
¿Agotarse? La luz no paraba de crecer y se estaba comiendo mi hogar, todo cuanto teníamos iba siendo engullido rápidamente por aquella esfera luminosa. Ya solo quedaba en pie las cuatro paredes de nuestra casa y la luz se expandía por los ventanales. ¿Cuándo pararás? ¿Cuándo pararás de comer? Pensaba para mí, alelado.
Mi hermano me sacó del ensimismamiento de un golpe en la espalda al tiempo que veía como mi casa, mi hogar, mi hacienda, desaparecía en aquella luz prodigiosa.
− ¡A los carros! Con lo puesto, ¡ya!
−Pero, pero, ¿Qué dices? ¿a los carros?
− ¡Que nos largamos pitando!
Mi mujer ya estaba subida al nuestro y azuzando a los caballos, tuve que subirme en marcha. Todos los ciudadanos estábamos en las mismas: salir a la estampida en la noche estrellada hacia cualquier lado. Nos alejamos despavoridos hacia las colinas cercanas y no paramos hasta llegar al collado para que recuperasen el resuello las bestias y nosotros del espanto. Pero tan solo unos momentos escasos. La luz, cual esfera de magia maligna inexplorada seguía creciendo y devorando; nuestra amada ciudad desapareció en instantes bajo una burbuja luminosa. Una luz insoportable se estaba tragando los sotos, los huertos, nuestros animales domésticos; todo estaba desapareciendo y no podíamos ni mirarlo.
Seguía creciendo.
¿Cuándo pararás? ¿Cuándo dejarás de comer? Le gritaba a mis espaldas con la voz callada. Los animales, más asustados que cansados, nos lanzaron de nuevo a la carrera hacia el valle vecino. Nos refugiaríamos en Gamarra, sí, en Gamarra nos acogerán, somos como hermanos, con los brazos abiertos al saber de nuestra desgracia inesperada.
−Al trote, ¡al trote! Le tuve que gritar a mi esposa, o reventaremos los caballos.
Llegamos de amanecida; mi hermano ya nos esperaba y había puesto en alerta a los gamarranos que asomaban a las puertas y ventanas para contemplar aquel prodigio en el oeste cercano. No me dio tiempo para explayarme en descripciones o explicaciones científicas: por el collado ya asomaba bajo el cielo oscuro una inmensa burbuja deslumbrante.
− ¿Qué va a ocurrir? ¿Qué tenemos que hacer? Me acogotaba mi tío Ziussusudra, rey de Gamarra. ¿Qué hacemos, sobrino?
−Ni la menor idea, rey. Esperemos a ver si para de crecer y se consume ella sola. Deja que recobre el aliento.
Pero no paró ni se consumió, antes de que el sol se hubiese levantado por completo sobre el gran plato terrestre toda Gamarra y los que de Somarra habíamos llegado estábamos saliendo de estampida hacia el desierto lejano. ¿Cuándo pararás? ¿Cuándo pararás de comer? No soy capaz de pensar otra cosa.
Al poco tiempo sentíamos como la burbuja engullía nuestra ciudad hermana. Y seguía creciendo.
− ¿Qué? Me gritaba Noer desde su carro, ¿Cómo vas a pararla, alquimista?
−Tal vez se alimente de cosas vivas, de hierba, de carne, de aves; en el desierto estaremos más seguros, ¡aquí no hay nada!
Que equivocado estaba, (bueno, no tanto, tanto) La burbuja siguió creciendo y creciendo pero al adentrarse en las doradas arenas asemejó retener su impulso creciente e inflarse un poco más despacio, algo casi imperceptible, pero crecía más despacio, otro poquito más despacio, otro poquito.
Creí tener la partida ganada.
Nuevo error, aún me quedaba por perder la mayor, ¿Qué cómo no me di cuenta? Porque nunca había perdido una apuesta, y porque se estaba oscureciendo aquella cosa; sí, bajo la implacable luz de nuestro divino sol Shamaash, el Loado, la esfera debía estar lentamente oscureciéndose pues su resplandor se iba haciendo menos fuerte, y me di cuenta del hecho. Refrené aún más los caballos y les grité a mis familiares para que me imitaran. Teníamos a la vista un pequeño oasis, podríamos parar y beber agua, recuperarnos.
− ¿De verdad estás seguro que la luz está dejando de crecer?
−No estoy seguro del todo, del todo, Noer, pero se está oscureciendo y refrenando en su avance devorador. Sabes que siempre he sido un buen cazador, mi vista y capacidad de cálculo sigue siendo excelente y si te digo que va más despacio es que va más despacio. Confía en mí.
−De acuerdo por un momento, pero seguiré al tanto; aún recuerdo como conseguiste que escapáramos del monstruo Endikur cuando nos estaba cazando. ¡Pero eso es una luz! No un humano o animal.
−Comenzó como una luz, pero ahora es mucho más
− ¿Cómo qué?
−Como todo lo que se ha engullido y digerido y me temo que aprovechado. Ya no sé lo que es pero su origen fue salino, entonces, combinando las arenas del desierto en su interior eso puede transmutar en…
− ¡Que no vuelvas otra vez con lo mismo! Ahí la tienes, se nota su presencia desde aquí. Y, sí, estás en lo cierto, ya se le puede mirar de soslayo y se está oscureciendo, va más lenta en su crecimiento.
¿Más lenta? Que incautos, esa cosa es implacable y crece en todas las direcciones; no lo pensamos en aquel momento y lo pagamos al poco tiempo. ¡Ni lo había sospechado! Si por nuestro lado tan solo hay arenas que engullir por otro… ¡¡Piensa!! Al norte, al este y el oeste, ¿qué hay?
¡Ciudades y más ciudades! Que hermoso era nuestro pequeño mundo. Pero no caí en ello en aquel momento. Estaba recostado contra una palmera, agotado, adormecido, hambriento, cuatro dátiles tan solo endulzan los dientes de un gran cazador. Estaba pensando en cazar alguna gacela o cabra salvaje del desierto cuando desperté de sopetón.
¡Esa cosa puede crecer en cualquier momento de modo insospechado!
Cierto, ya estaba llegando; si hubiera traído conmigo mi gran arco le habría lanzado una de mis afiladas flechas pero tan solo tenía la lanza de mi esposa cargada en el carro. ¿Qué hacer? Mi hermano, su esposa, y cuatro parientes que habían seguido nuestra loca carrera por el desierto también estaban despiertos y mirando aquel engendro mío.
Ya no queda rastro alguno de aquella luz prodigiosa de la pequeña estrella que había conseguido crear en mi mejor retorta. Esa cosa es cada vez más y más oscura. ¿Qué estará comiendo?
Nuestro pequeño y maravilloso mundo.
Era tal nuestro cansancio, abulia, desesperación, que nos quedamos todos allí, esperando, serenos, insensatos. Veíamos como aquél numen extraño y oscuro crecía a paso de hombre hacia nosotros pero preferíamos seguir con los pies chapoteando en el agua y refrescarnos del gran calor antes que salir corriendo. ¿Cansados? Seguramente, pero era peor la desesperación, aquella burbuja oscurecida seguía creciendo, creciendo y tornándose más y más oscura. Aterrorizante. Si no salíamos corriendo de nuevo era por pura inanidad, agotamiento de la voluntad de vivir. Ninguno habíamos dormido ni apenas comido desde la cena y el sol del desierto nos aplanaba y amenazaba con derretirnos la cabeza. Nos cubríamos con hojas de palmera y chapuzábamos los pies en la pequeña laguna.
Cuando eso, eso monstruoso, estaba ya a tiro de honda Innammur, la esposa de Noer, armada de espada y escudo se dirigió hacia el numen a paso firme y decidido; siempre digna hija de su padre, Seet el emasculador. Nunca hombre o monstruo la arredró ni su voluntad quebró.


Estábamos alelados, hechizados, no sé, ni todo un barril del mejor vino de mi hermano nos hubiera llevado a semejante estado. ¿Y si tan solo fuese un hechizo? Siempre fui tan enemigo de la magia que lo había pasado por alto, pero no así Innammur.
− ¡Puede ser un hechizo! Oíamos gritar a Innammuur, de las serpientes gran señora y de todas las artes mágicas.
La vimos pinchar con su espada encantada la burbuja prodigiosa y enorme.
Y la engulló.
En un instante creció y se tragó a Innammuur la encantadora. Eso nos hizo espabilar y volver a salir de escapatoria. Tuve que izar yo mismo a mi querido hermano a su carro y espolear sus caballos para que se marchara en cualquier dirección. La que fuera. Que se marchara. Lloraba con tal intensidad, sus lagrimales eran dos manantiales que podrían inundar el desierto inabarcable.
No le he vuelto a ver. Confío en que se encuentre a salvo. Se llevó consigo mi bendición y la mitad de mi alma. La otra mitad ya estaba subida al carro y tenía la fusta presta para salir zumbando. Cuando subí era el único ser humano que mi esposa podía encontrar hasta donde la vista alcanzaba; y atrás no íbamos a mirar, desde luego. Tan solo asentí, inmensamente cansado, y ella azotó a los caballos para salir al menos trotando. ¿Solo al trote? Bueno, total para qué, eso sigue creciendo al paso; pero no nos descuidemos.
− ¿Has visto lo que está apareciendo en la burbuja? Me comentó mi esposa al cabo de un par de horas.
− ¿A qué te refieres? ¿La has mirado?
Yo estaba con las riendas en las manos y era mi esposa la que controlaba el avance de la cosa numinosa. El sol estaba ya bajando y nuestras sombras eran alargadas y oscuras, oscuras como solo pueden ser las sombras en el desierto inmenso que hay, bueno, que había, entre nuestras ciudades y el mar de Jaffaar.
−Pues que se ven estrellitas; sí, bobo, para el carro un momento y mira, se ven estrellitas en la burbuja, como la que tú creaste en nuestro hogar, ¿te acuerdas de él? Están repartidas por toda esa cosa.
¿Estrellitas? La madre, la pura sal que tras doscientos años de disoluciones continuadas había conseguido en mis retortas, ha procreado; tiene hijas. Ojalá sean arañas, arañas que devoren a la madre y desplomen la esfera sobre sí misma y podamos volver a buscar nuestro hogar u otro cualquiera.
Nefario presagio tuve al mirar hacia atrás.
El sol, nuestro amado dios Shamaash, gran señor de la luz y la vida, se estaba ocultando tras la oscuridad de la burbuja. No, no puede ser, no puede comerse al dios inmenso y extraordinario, ¡no es posible! Pero en minutos vimos desaparecer al gran señor Shamaash y nos quedamos atrapados en la sombra de la gran burbuja. ¿Qué hacer? Seguir en el carro mientras veamos por donde pasamos.
Encontramos a Innurmushima, nuestra sobrina, al pasar una duna. Estaba derrotada, se lo notamos con la primera mirada que le echamos, derrotada nuestra campeona, sin ánima. Caminaba junto a su bella yegua cabeza con cabeza, como si se susurraran antiguas batallas de las que retornaron victoriosas. Detuvimos el carro y la subimos atrás, se quedó echada sobre nuestras escasas pertenencias; até las bridas de su montura y continuamos la marcha. La noche se nos echó encima atravesando una larga llanada, cada vez íbamos más despacio, al paso agotado de los caballos, y mientras veía aparecer la clara luz de Sin escuché a mi sobrina:
− ¿Se comerá también a Nuestro Señor Sin, Loot? ¿Se comerá esa cosa tuya al gran dios lunar? ¡Eh, tío! ¿Se lo va a comer también?
Paré el carro para atender lo que decía la muchacha, no necesité ni calzar el freno pues los caballos estaban agotados y miré hacia la burbuja que se elevaba inmensa bajo el cielo estrellado. Yo pensaba que era difícil que algo consiguiera impresionarme pero ver aquella cosa oscura cubriendo el mundo y ascendiendo al cenit, al encuentro de Sin sin empacho alguno me sacudió en lo más profundo de mis creencias. ¡No lo permitirá el gran dios! Se lo impedirán los grandes dioses. Cavilaba silencioso.
Pero el numen crecía imperturbable y hacia la media noche ya estaba a punto de ocultarnos de la mirada afable del Señor Lunar. ¿Cuándo pararás? ¿Cuándo dejarás de comer?
La sobrina, supongo que recuperada del agotamiento de las continuas cabalgadas y reconfortada por nuestra compañía, se dispuso a soltar a su yegua y cabalgar de nuevo. Paré el carro y se lo impedí.
− ¿Qué quieres hacer, Innurmushima? ¿Se puede saber? ¿A dónde quieres ir tú sola en plena noche con esta oscuridad? ¿No ves que estamos a punto de quedarnos sin luz lunar?
−Voy a acercarme a la burbuja, quiero ver lo que está ocurriendo de cerca. Estoy cansada de huir, siempre me lancé la primera en todas las batallas que hemos tenido.
−Pero contra eso no hay manera de luchar, sobrina. No es cuestión de valor el poder vencerla.
− ¿Y cómo piensas derrotar a un enemigo, el que sea, si no le observas de cerca y ves cómo actúa? ¿No ves esos remolinos de estrellas que están apareciendo por toda la burbuja? Necesitamos verlos de cerca para saber qué es lo que está apareciendo.
− ¡Que no! ¡Que tenemos que seguir huyendo!
−Dejar de discutir los dos. Los caballos están muy cansados y necesitamos parar un rato. Esperemos a ver qué sucede a una distancia prudencial. Terció mi esposa.
Y nos quedamos los tres sentados en el carro, con los pies colgando viendo cómo nos quedábamos con tan solo la luz de las estrellas y una extraña claridad que algunas zonas de la burbuja desprendía.
− ¡Que no la miréis! ¡Os lo prohíbo a las dos! Esa cosa se debe alimentar hasta de nuestras miradas.


Pero, como bien decía mi padre, Mathatsulaamm el de los mil años, con las mujeres es tontería dar órdenes o consejos; van a hacer lo ellas quieran. Y la sobrina era lo más terco que se vio jamás bajo las estrellas. Cuando le pareció bien se bajó del carro y comenzó a marchar hacia la burbuja. La veíamos bien, en plena noche cerrada la esfera nos iluminaba con un inmenso remolino luminoso en su superficie cercana.
− ¡Mirad, tíos, mirad! Es una infinidad de estrellitas que giran como la rueda de un molino. ¡Eh! Venir, ¡venir! Hay estrellitas de colores, las hay rojas, azules, y también…
Engullida, como si el numen notara nuestra presencia cercana a su superficie y creciera con voluntad propia.
Animar a los jacos y seguir marchando.
− ¡Que no la mires! Atiende, algo tiene de bueno esa cosa: nos ofrece tanta luz a nuestras espaldas que podemos ver por dónde vamos.
− ¿Acaso sabes a dónde vas, esposo? ¿Dónde vamos, Loot? ¿Alguna vez lo has sabido?
−Hacia el mar. Con Enki el Profundo no podrá esa monstruosidad. Nada ni nadie puede derrotar al supremo Enki, le pediremos refugio y protección al Padre de la humanidad. Comenzaré a recitar Su Oración.
− ¿Y qué le vas a sacrificar, guapo? ¿La yegua?
−Lo que Él nos pida y desee. Déjame recitar las salmodias sagradas.
Recitando, susurrando, gesticulando con los dedos de la mano derecha las eternas oraciones se nos pasó la noche al paso caballar; la esfera nos seguía a tiro de honda.
¡Tiene que ser una esfera!
Yo la vi nacer en mi retorta; eso es, nosotros tan solo vemos ahora la mitad que emerge sobre la tierra, ¡qué batalla habrá en los cielos y en el centro de la tierra! Todos nuestros dioses y aún los de las naciones lejanas estarán combatiendo a ese monstruo a nuestras espaldas. Me los imaginaba alados y poderosos, barbudos y acorazados, usando sus armas y hechizos más terribles contra el numen que yo había creado.
Iba cabeceando, semidormido, ensoñando, imaginando la más prodigiosa batalla que jamás se desarrolló bajo el cielo estrellado, incluso Tamuzzi el Buen Pastor había salido de su retiro invernal para unirse a la pelea.
La derrotaran, la destruirán, la pincharan hasta que explote o implote o algo.
− ¿Cómo se para eso, genio? ¡Eh, esposo! ¿Ya sabes cómo detenerlo?
−Serán los dioses los que lo consigan, tranquila; estarán batallando hasta destruirla.
− ¿Eso es lo que se te ha ocurrido? ¿Los dioses? ¿Con armas y hechizos? ¡¡Hombres!!
−Hombre soy, que no dios, ¿qué ocurre? No me grites, esposa, no me grites que bien sabes cuánto me molesta que me griten.
− ¿No me has dicho que eso se puede alimentar hasta de nuestras miradas?
−Sí, puede que exagere pero mejor ser prevenidos.
− ¿Tú? ¿Tú? ¿Cuándo has sido tú prevenido, Loot? ¡Pero si llevas trescientos años de parrandas y cacerías con tu hermano!
−Bueno, ya, pero, esto es una situación especial e insólita y…
− ¡Y porras! Mira lo que tenemos detrás.
− ¡Que no…! ¡Que no te bajes!
Y se dejó la lanza. La cosa más temeraria del cosmos se encaminó como una leona hacia la burbuja que ya mostraba maravillosas tonalidades doradas en su cenit.
−¡¡Ven aquí!! Loot, ven, acércate. Crece despacio, mira lo que está surgiendo en el gran remolino luminoso.
Y giré la cabeza.
El remolino que se había tragado a la sobrina era mayor ya que cualquier montaña que yo conociera, algo inmenso que giraba lentamente sobre un eje oscuro cual rueda de molino. ¿Cuántas? ¿Cuántas estrellitas, hijitas, puede haber en ese remolino espantoso? Por ciento veinte años había llevado las cuentas de los granos del gran Templo de Nannar, Nuestra Señora, pero no me servían de mucho ni los números ni las palabras conocidas contra aquel prodigio que nos alumbraba a sus alumbradores.
− ¡Ven, Loot! ¡Acércate y mira! Cada estrellita tiene a su vez otras más minúsculas que giran en redor suyo. ¡Las hay de todos los colores! Son incontables y ¡escucha!


Y ya no la he vuelto a oír; ni a oír ni ver, tragada por la burbuja.
¿Sabía lo que iba a ocurrir? Me lo imaginaba. Azucé, bueno, que digo, casi les pedí por favor a los caballos que siguieran caminando. Poco podían ya.
Al poco vi salir el sol, ¡un rayo de esperanza! No se había comido al gran dios Shamaash y se me alegró el negro corazón por unos instantes pero enseguida uno de los caballos cayó muerto de puro agotamiento; lo sustituí rápidamente por la yegua y seguimos la marcha. El desierto ya comenzaba a dar muestras de vida, no estaría lejos el mar y las ciudades costeras.
Anímate, Loot, saldrás de esta. Antes del mediodía murió el otro.
Montado en la yegua y con la lanza en la mano continué mi marcha huyendo de la burbuja inmensa. Pero no soportó mucho más la pobre bestia mi carga y se derrumbó desplomada. Casi me mato yo también en la caída, me amortiguaron las arenas, para cuando conseguí incorporarme con la ayuda de la lanza ya tenía la burbuja a pocos pasos de mí.
El remolino inmenso cubre la superficie visible, observo su lenta rotación sobre un eje imaginario y las estrellas que hay en su interior son muchísimo más grandes que las que veo aparecer en lo alto del cielo. Shamaash se ha vuelto a ocultar tras la burbuja desorbitada e inmensa.
Y así sigo, cojeando y caminando a duras penas gracias a la lanza de mi brava esposa con la verde línea del mar ya a la vista, pero es que, asombrado, además de ver gracias al resplandor de las estrellas interiores de la inmensa cúpula que abarca ya la mitad del mundo, también voy escuchando.
Oigo voces, millones de voces en mil y un lenguajes desconocidos, como procedentes de los mundos esféricos que en ese numen han nacido de algún modo desconocido. Las oigo y no las entiendo, no soy capaz de librarme de ese monumental murmullo que me da tanto padecimiento.
¡Qué bien comprendo ahora el tormento de los dioses!
Ya se ahora el porqué de tantos castigos y sacrificios como padecimos en los tiempos pasados. Pero yo tan solo soy Loot el gran cazador, no un dios alado, y camino de mala manera y porque voy cuesta abajo, que si no ya me habría pillado.
¿Cuándo pararás? ¿Cuándo dejarás de tragar?



En fin, no sé contarlo mejor, no es más que un sueño; supongo. Pero el caso es que me despertó el reloj, me hice el desayuno, marché a trabajar, y cuando ya llevaba un par de horas trajinando de aquí para allá me pararon mis compañeros con cara de asustados.
− ¡Quieto, ya! ¡Para un poco!
− ¿Qué te ocurre? Pareces el tío Calambres.
− ¿Cuántos cafés te has tomado? ¿Una docena? No paras de andar y correr de aquí para allá.
−Chicos, no sé, no sé, la verdad. Tuve anoche un sueño y no he dejado de sentir la necesidad de andar y correr sin parar. No puedo quedarme aquí, me largo, ¡y a ver si os calláis de una puta vez! No paráis de hablar y vocear todos a la vez y no hay quien os entienda. Hacéis daño; me va estallar un día la cabeza.


Confío que leáis bien este sueño relatado, el primero que me atrevo a contar públicamente, en vuestras tablillas digitales; es que yo aún escribo en las de barro y con punzón. Y he tenido que esperar varios días para que se secaran.
Ahora os toca a vosotros contar uno de vuestros sueños. Os resultará genial. 
¿Qué os apostáis?

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