sábado, 14 de febrero de 2015

La crux de los angeles: la jequesa de los pantanos y Salome, mi reina de las praderas. Dos nuevos capítulos.

Mi novela La Crux de los ángeles parte de un suceso, que no estoy en disposición de probar: que los españoles ya habían cruzado el océano Atlántico siglos antes de la aventura del primer viaje de Cristóbal Colón. En el caso de esta aventura novelada sencillamente: no pudieron regresar para contarlo.
¿O tal vez sí?
De algún modo.
Leer otro par de capítulos de la novela y veréis hasta dónde puede llegar un grupo de exploradores hispanos siguiendo los pasos de una mujer creek.


La jequesa de los pantanos, señora nuestra y de los genios protectora

Caminábamos durante horas y horas bajo un sol inclemente más poco progresábamos y las noches se nos hacían eternas de puro espanto. Agrupados, amontonados, en simple duermevela, siempre al tanto de una serpiente, una araña, un mal bicho del tamaño que fuera; aquello era el reino de la ponzoña y la muerte espantosa, venenosa. Así que a lo más se daban cabezadas hasta que clareaba el día y de nuevo a caminar hacia el poniente ¿Cuántas vueltas y revueltas no daríamos en aquellas lagunas y pantanos? Hasta que al fin Guaupa se puso en cabeza de la larga fila y nos dijo que la siguiéramos o nunca saldríamos de aquella selva infecta.
Tendríais que haber visto las caras que pusieron Aquiles y Basilio, los dos grandes exploradores de Incognita. Nuestra jequesa, a la media hora nadie le disentía ni disputaba el título, más que hablar gesticulaba, y todo lo sazonaba con palabras o frases en su lengua Cryk o en vasco y en romano. ¡Pero qué bien se le entendía!
−Esta planta, buena, comer. Este fruto, bueno, comer. −Y cómo iba la primera toda la fila la íbamos imitando, y cuando llegamos a terreno despejado y la orilla del río rojo ya todos hablábamos y gesticulábamos como ella.
Teodoro y sus judíos eran alumnos muy aplicados pero más que ninguno el Peio, el cabezón vasco que tenia de marido. (¿Se casaron? ¡Yo qué sé, Jacobo! Haces unas preguntas. Hicieron algo, una ceremonia, los dos a la par levantando las manos al sol y después tomaron tierra del suelo y se la pasaron de mano en mano el uno al otro; para ellos valdría con eso. Total, no eran cristianos; así que recibirían las bendiciones de los genios de los ríos y los bosques. ¿Yo qué sé? ¡Qué pareja hacían los dos! Cómo les echamos de menos) Apenas comenzamos a subir orilla arriba del río rojo ya vislumbramos los primeros poblados y sus grandes huertos; estábamos agotados, física y moralmente deshechos; y así nos pasó lo que nos pasó. Pero mejor que os lo cuente Jacobo, que es más campechano y buen cristiano.
Eso es, fío, déjame a mí y tú sigue cavando.
Salió todo el poblado a recibirnos, los adultos eran tan numerosos como nosotros, y luego docenas y docenas de críos de todos los tamaños. Guaupa, nuestra jequesa, hizo las presentaciones. ¡Sí! éramos las gentes de los barcos. ¡No! barcos volaron; somos ahora un pueblo más, hermanos de la tierra y el sol; buscamos sitio donde poder procrear y quedarnos. Nosotros amigos de los pueblos del gran río rojo.
Guaupa se había criado y crecido con las tribus del gran rio magno y sus pantanos y estos otros pueblos eran algo así como primos o parientes lejanos. Llegaron a un rápido entendimiento y los jefes del poblado, los aldeanos todos, nos llevaron a una despejada pradera a tiro de arco de su poblado para que montásemos nuestro campamento. ¿Nuestras necesidades primeras? Llenar la barriga (hacer círculos con la mano derecha sobre el vientre. ¡Teníamos un hambre que ni veíamos por donde pisábamos!) Teodoro regaló a los jefes cuatro cacharros de madera y alguna prenda de tela y pusieron los ojos como platos, pero tras lo que se les iba la mirada eran nuestros fierros. Nos mostraban con orgullo sus jabalinas con punta de hueso, muy ufanos.
−Eso, bueno para pescar en el río. Les gritaron los valdeones, desafiando, los doce que por entonces aún quedaban; y con sus largos chuzos de más de diez codos de largo se pusieron, ni cortos ni perezosos, a hacerles un ataque simulado.
Con Teodoro habían estado horas y horas desde que a Incognita llegamos ensayando tácticas de ataque y defensa que el jefe llamaba de los espartanos (¿Esos qué eran? ¿También vascos? Pregunto. No, bueno, vale, continúo de relatación) los aldeanos aullaban como lobos en noche de luna llena a la vez que intentaban romper la formación. Si tendrían güevos los tíos que con todo lo que habíamos andado y se tiraron una hora larga de juegos con ellos.
−Las puntas para adentro, no vayamos a herir mortalmente a alguno, que venimos de nuevos. Pero varear les vareamos.
Repartieron palos a diestro y siniestro hasta quedar todos bien contentos. Ya bien vareados y aireados como lana de merino los aldeanos se retiraron a su poblado. Nosotros estábamos deshechos pero antes de que llegara la noche Teodoro ordenó ir a buscar leña y preparar grandes fuegos.
− ¿Qué vamos a cenar jefe? ¿Humo? Le decía yo. Una gran sorpresa nos aguardaba.
Con las últimas luces del sol poniente vimos a los aldeanos que venían hacia nosotros como de romería, con Guaupa al frente. Era una auténtica jequesa. La jequesa de los nautas le decía Basilio. Los hombres que habían atravesado el mar inmenso para venir a conocer y amar a los nativos de Incognita les estaban esperando. Guaupos estábamos por llamarles a todos al poco. La habían vestido y pintado como a una reina, nuestra señora de los pantanos, el cabello lleno de plumas de pavo y cinturones de serpiente y no sé cuántas cosas más; increíblemente bella (¿Te acuerdas que mamas tenía la moza? Caya, gocho, y sigue contando. Vale, pues tú sigue picando) Estábamos todos sentados rodeando los fuegos y los aldeanos fueron llegando hasta nosotros portando grandes cestos con pescados del río, dulces frutos y gran cantidad de cereales.
− ¡Maisses! ¡Pedir maisses! Nos gritaba el Peio con aquel vozarrón que se escucharía hasta en el infierno. Y todos: ¡maisses! ¡maisses! Hacían más ruido los crujidos de nuestros vientres que los troncos que estaban ardiendo.
Los aldeanos se habían engalanado con sus mejores pieles y plumas y las mujeres (bueno, perdona, pero es que las mujeres eran bellísimas. ¿Te acuerdas, no? Y también eran guapos los paisanos; tú sigue que estoy picando y me da la risa) nos cebaron a base de bien; aquello parecía el milagro de los panes y los peces. Venga cestas y cestas con alimentos; cuando estábamos todos que brincábamos de alegría y contento Teodoro nos llamó a curia y todos hicimos corro alrededor de su gran fuego; con un gesto nos hizo sentarnos de nuevo. Tenía a su lado a los jefes de esta aldea y cuatro más que habían venido a la carrera al enterarse de nuestra llegada, todos ellos bien emplumados y jacarandosos. Alzando apenas la voz nos dijo que íbamos a proceder a una ceremonia de hermanamiento con las tribus del río.


Todos hermanos (gesto amplio con la mano portando una pluma de águila) y con otro gesto de su jefe los aldeanos comenzaron a pasar junto a nosotros con unos cestos que contenían unos extraños hongos; para que los comiéramos. Entraron entonces en acción nuestra jequesa ¡Guaupa! le gritábamos, y el Peio; bordeando el gran fuego fueron relatando a los presentes nuestras venturas y desventuras con frases cortas y muchos gestos. Estábamos codo con codo con los naturales del país y los chavales triscaban de aquí para allá, corriendo por entre los fuegos y nosotros mismos; y nos comimos los hongos como si fueran golosinas. En esto que Peio, que ya había olisqueado y catado los hongos antes que nosotros, se dispuso a hermanarnos por completo. Por gestos, porque no había ni hay quien entienda el euskera, nos explicó que su esposa era la Gran Bruja Roja, de los pantanos y ríos señora y dueña. Alguien de la aldea, un jefe supongo, la había regalado un tambor y ella se puso a danzar y gesticular llamando a genios y espíritus de los ancestros, los ríos, las estrellas. ¡Vaya ancas! ¡Vaya muslos tenía! (Calla, verraco, y sigue contando o te pongo a escarbar)
−Arriba (círculos con ambas manos) Gran Manitu. −Nos contaba el Peio. Aquí, hermanitu, (círculos sobre su torso) Todos, todos, (círculos sobre los reunidos) hermanitus. Y empezamos a darnos abrazos y besos los unos a los otros. −Guaupa, gran bruja roja, traer para todos bendiciones de los ancestros nuestros y vuestros. Buena unión, gran pueblo.
La jequesa bailaba alrededor del fuego y tocaba el tambor de piel con una cadencia lenta, todos la íbamos siguiendo con la cabeza y muchos españoles dando palmadas; especialmente los gaditanos, −ya no eran morucos de mierda−, y cantaban a grandes voces. Fue un embrujo inmenso (¿Cómo lo hizo? Fueron los hongos; no te enredes y sigue, Jacobo) el Peio estaba inmenso y con las manos nos guiaba los movimientos de cabezas y cuerpos siguiendo el ritmo del tambor. Todavía estábamos sentados en el suelo y aplaudiendo, y entonces el Peio se acercó a un cesto y renovó su ración de hongos maléficos.
− ¡Comer! ¡Comer todos! −Y todos comiendo como bobos, como si fueran zarzamoras o brunos aquellos hongos de los pantanos. −Gran Manitu decir, con los dos carrillos llenos y hablaba, que nosotros (¡Círculos! ¡Círculos para todos!) ahora gran pueblo. Unidos iremos y no dejaremos un cherosky vivo; todos muertos, todos matados, mataremos a los pintados. Después, nuestro pueblo será tan numeroso como las estrellas del firmamento (Círculos con las manos al cielo; y a todos se nos marchó el santo con ellos, ¡Uff!)
Me parece que fueron Eutiquimio y Plinio, que habían intimado bastante en los pantanos, los que empezaron el festejo, bailando a lo griego. Al poco estábamos todos haciendo corros, uno delante de otro, con la mano derecha bajo los güevos y la izquierda al tiento del que tuviera delante. ¡Cómo aullaríamos los españoles que se asustaron hasta los aldeanos más viejos! y salieron a la carrera con los pequeños de vuelta al pueblo. Jesús, ¡qué despropósito! nos estábamos calentando a base de bien.


Más hongos, que no se acababa lo que había en los cestos. ¡Al corro! ¡Al corro! les gritábamos a los aldeanos; y se fueron animando. Ellos, que eran tan parcos en todo y apenas cataban los hongos del demonio, al ver que sus mujeres e hijas, a una orden de Guaupa, se llenaban los carrillos y tragaban como locas, se nos unieron al convite. ¡Vaya festejo! Siete años habrán pasado ya y de seguro que aún se acuerdan.
Escenas del Apocalipsis de Beato son mis recuerdos de lo sucedido después. Saltábamos como sapos los unos sobre los otros, hacíamos el burro todos, algunos caminaban sobre las brasas de las hogueras y sin quemarse, los más fornicaban o se empalaban los unos a los otros. Aquello no fue cosa que moro, judío o cristiano hubiera podido concebir. ¡Vaya ayuntamientos! Parecía que tuviésemos el vigor de los caballos o los toros y apenas culminar uno ya te ibas a buscar otro bulto para el siguiente ayuntamiento. No hubo ser de carne y hueso en aquella pradera que se librara de ser perforado, y varias veces (No me mires y sigue picando, Pelayo, que me estoy acordando ahora de lo que me hiciste y estoy por abrirte el cráneo, cabronazo)
No, aquello no fue cosa de buen cristiano ¡Dios bien lo sabe! y nos perdone algún día. No sé, recuerdo como si por entre nosotros pasaran de vez en cuando unas filas de monjes de blancos hábitos y gran capucha y nos demandaran templanza, que paráramos aquella fornicación inmensa; no sé, pareciera que en vez de uno fuéramos unos cuantos los que empujaran; y empujamos, empujamos y perforamos. Que Dios nos perdone aquella noche aciaga de nuestro bautismo como nativos de Incognita. (Me estuvieron doliendo el culo y los güevos una semana por lo menos. Aquello no tiene perdón de Dios; no, no lo tiene)
Anda, déjalo ya, el relatamiento, ¡eres más bestia Jacobo!, ya te he dicho mil veces que nunca debiste dejar las brañas y tus cerdos. Sigue tú picando y lo les iré contando a los descendientes cómo fueron las jornadas siguientes. O mejor sigue tú, Saúl, que tienes buena memoria y grandes recuerdos de entonces.



Salomé, mi reina de las praderas

Como bien dice Jacobo, tras unos días de franco hermanamiento con las tribus del río. ¡Oye, es que fue con todas! Se debió correr la voz y poblado que llegábamos a repetir la ceremonia al caer la noche; aunque es verdad que la primera fue algo fuera de toda razón, más parecíamos alguna suerte de bestias empaladoras. También es que llevábamos un año que era más fácil ver una cierva que una mujer; hasta que llegó Guaupa. Cuántos retoños del rey David no dejaríamos mis dos hermanos y yo en aquella rivera roja. Fuimos progresando río arriba, en nuestras cabezas aún resonaban los vientos espantosos y en nuestros corazones el pavor de las olas semejantes a las que levantó Moisés para tragarse a los soldados de Faraón, malvados. Pero, nosotros, ¿qué mal habíamos hecho en Incognita? ¿Matar algunos ciervos para alimentarnos? ¿Plantar rábanos y berzas? En al menos un año no había habido ayuntamiento alguno ni con mujeres ni con bestias. (No sé yo si los griegos…, pero eran tan susceptibles que nunca pregunté) Todos procurábamos continuar de algún modo las sagradas tradiciones; no había corderos con los cuales pudieran los musulmanes hacer la Fiesta del Sacrificio ni teníamos nosotros hojas de palmera para nuestra Fiesta de los Tabernáculos, así que pedimos permiso a Teodoro para adelantarnos al menos una legua y caminar los tres judíos solos. Nos tintamos como penitencia con sangre de ciervo y nos cubrimos con las cenizas de la hoguera.
Caminábamos de avanzada, muchos pasos por delante de vosotros y todos los demás, ¡nos respetaba! El romano nos respetaba, ¡gochos! que al dulce Jeshuá hacéis gran falta. (Vale, somos gorrinos, y escarbamos sin falta; tú sigue contando) Y entonces, al llegar al alto de un montecito, les vimos; la primera gran tribu de las praderas. Caminaban como nosotros, en larga hilera, y sus exploradores dieron la alarma nada más vernos. Llegaron corriendo como zorros y tras dar tres vueltas alrededor nuestro y vernos tintados de sangre y cubiertos de ceniza y sin armas creyeron que éramos shamanes.
Aullaron a los suyos, que dieron la vuelta, y se nos vino toda la tribu encima. Estábamos los tres sentados en el suelo, tan solo mi hermano David llevaba consigo un pequeño puñal de hierro en los costados escondido. A esperar; estábamos en un altozano y la fila de los hispanos no se divisaba.
−Gran jefe de los perros de la pradera, gran pueblo Guichita, os saluda, shamanes. ¿Beneficios? ¿Bendiciones? ¿Intercambio?
Nada teníamos, nuestros hatillos de herramientas, íbamos con el culo al aire, tan solo unas cuantas ramas de algún árbol para que nos diera sombra, y entonces mi hermano Daniel, el pequeño, se levantó y comenzó a hablarles. Y de esta guisa les relató:
−Todos hermanos, Dios Yahvé, Gran Manitu del cielo y padre de todos, todos, todos hermanitus, (Era un portento en el lenguaje de los gestos. Cuánto le habré llorado desde que nos falta) Cantamos, cantamos a la paz, a la paz y el amor. −Y a un gesto suyo los tres comenzamos a cantar y danzar una salmodia como nos habían enseñado los abuelos en la bella Lisboa. Parecía por segundos que estábamos entrando en la propia Jerusalén, camino del Templo. Los perros del desierto, ¡eran leones de las montañas de puro fieros! quedaron encantados con nuestra danza y cántico del Simjat.
−Shamanes buenos, shamanes hermanitus, todos hijos del Gran Manitu. Pedimos bendición, una gran hambre mata nuestro pueblo, terrible encantamiento se ha llevado lejos, muy lejos, el espíritu del gran Bisón. Lejos, muy lejos, han viajado los espíritus de nuestros cazadores y no encontrar nuestro alimento. Bisón se escondió o muerto.
Y entonces mi hermano David, que tenía una sombra que debía llegar hasta las murallas de Jericó, les pilló la jugada al vuelo. Imitando a Guaupa, que no acababa de llegar con todos vosotros, les hizo la invocación.
− ¡Y por Abraham, Moisés, y Salomón! −Hacía gestos con las manos, invocaba a nuestro Dios de los hebreos, a todos los genios de que habíamos oído hablar (nosotros, que no éramos más que unos ignorantes plateros) y a sus ancestros. Pronto llegaría una tribu con la que los perros guichitas harían un gran pueblo. Buscar juntos al gran Bisón y nunca, nunca, faltar alimento. Y con una rama en cada mano les fue bendiciendo. Seremos tan numerosos como las estrellas del firmamento, como las arenas del gran Río Rojo, como los perrillos del desierto, y el mundo entero estará algún día bajo nuestros talones y pidiéndonos de comer. Podremos pisar las cabezas de nuestros enemigos y echar sus corazones al fuego.
Estábamos todos embelesados con David y su relatamiento.
Y entonces la vi, y ella me miró, y sentí como un dardo de fuego en el costado izquierdo. Y supe que la amaba, que la amaba ya antes que Adán hubiera comido los frutos del Jardín (Sí, ¡que sí Saúl! que vale, que era muy bella; no nos calientes otra vez) Sigo contando. Mi rostro ardía como el de Moisés al bajar del Sinaí (que me perdone si no estoy en lo cierto) Nuestro gran rey Salomón mejor supo contarlo y cantarlo al ver llegar a la reina de Saba; pero yo no tenía palabras. Mi pecho ardía, mi cabeza fulguraba, mis dedos se hacían huéspedes y como las patas de una araña se articulaban para realizar mil joyas fabulosas con que adornarla. ¡La amaba! ¡Una simple mirada! ¡Mi Señor Yahvé! La amaba. Comería hormigas y me arrastraría por las praderas para seguirla, si ella lo deseaba. Y ella también sintió algo similar a la primera mirada, que jornadas más tarde, en el lecho de nuestro tabernáculo me lo relató.
 Toda la tribu de los perros, y sabios, de las praderas teníamos delante; nosotros tres prácticamente hocicando en el suelo, ¡y el hechizo de David surtió efecto! Al altozano fueron llegando por el viento y los genios favorables los toques de tambor de Guaupa y los sones de la gaita de Aquilano. Todos quietos, rodeándonos, nosotros esperando el degüello, era también la Fiesta del Sacrificio de los musulmanes que coincidió aquel año con la nuestra del Tabernáculo, los tres preparados para el golpe mortal y hasta nosotros llegaban los sones de la gaita céltica y los toques de tambor de Guaupa, los tres allí, humillados, ofreciendo el cuello para el degüello. Orando a José, Isaías, Jeremías, Elías y todos los demás profetas. Y escuchábamos la gaita de Aquilano y el tambor de bruja de Guaupa, que tantos disfrutes vanos nos había procurado, cada vez más cercano. Nos miramos, con la cabeza gacha, los tres: o muertos ya mismo o levantamos un templo en estas praderas que a Herodes y sus descendientes haga reventar de pura envidia.
Yo levanté la cabeza, la mirada, el cuerpo entero, el santo como dice Jacobo, se me iba tras ella; Salomé, Salomé sentí que iba a llamarla, le pondría mi alma entera en bandeja a su padre el jefe de los guichitas. Y me levanté. Escuchaba la gaita claramente a lo lejos y observaba a mi amada; mis hermanos postrados a los pies de su padre, el gran jefe de los perros de la pradera. ¡No es que me ardiera el cuerpo por la asoleadura! Es que me ardía el alma. La amaba. Tenía que conseguirla como fuera. Dios Bendito, perdona nuestras miserables existencias, ten indulgencia con lo que soltamos con la voz callada (Le hubiera dado una patada en ese momento al Aquilano que habría llegado volando hasta nosotros) Fue verla y ni por Adán, Salomón, el rey David, me cambiara. Y sonaba la gaita. Y abriendo los brazos y extendiendo las palmas al cielo comencé a gritar como un poseso:
− ¡Ya llegan! ¡Ya llega la nueva tribu de Incognita! Cantaba y giraba y bramaba en todas las lenguas de las que tenía noticia.
Poco a poco, ¡teníais una pachorra aquel día! fuisteis llegando en larga hilera hasta el pie del altozano; según iban viendo aparecer nuestros hierros y pendones, las melenas rubias o morenas bajo los rojos bonetes, las ropas de tela, la mirada franca y chula de los hispanos subiendo la cuesta (De perdidos al río, cojones) Una nueva tribu de la que nunca habían tenido noticia, hombres con barba pues casi ninguno se afeitaba como nosotros, gente extraña, (¿Qué llevaríamos entonces con nosotros? ¿Ocho, diez mujeres? Cuatro viudas y cinco chavalas; Teodoro enseguida nos había leído el Nuevo Testamento de Terra Incognita: si algo nos libraría del degüello serían los jureles, ¡perdona, corazón! los descendientes) Se llegó hasta el jefe guichita y le abrazó como si le conociera de toda la vida.



Y fue aquel día y sucesivos fiesta tan grande como no se conoció desde que Salomón conoció a la Reina de Saba. Tres días y sus noches rondándola, haciendo de gran shamán con la chavalería, lo justo para quitarme la roña lavándome cuarenta veces en el río, yo y todas mis pertenencias, pues buena era Salomé para la limpieza. Jamás conocí mujer más limpia, nunca fui capaz de pronunciar su nombre de soltera y la desposé por Yahvé, Manitu, y cuantos hubiera o hubiese presentes, fueran o no hermanitus. Teodoro hizo, (¿cómo le decís vosotros? ¡Ah, sí!) de padrino mío y le regaló al gran jefe uno de sus chuzos. Y la amé, la amé con cada fibra de mi ser, y si hay un lugar, al otro lado del río, donde puedan reposar los bendecidos del don del Amor, como decía mi hermano David, que nunca lo conoció, allí me estará esperando, incólume y perfecta, tal y como la conocí, conocí a la mujer, regalo de Dios. Que nunca nació mujer en el pueblo hebreo más perfecta y llena de dones y que su vida y su sangre y su alma, como dicen estos cristianos de boquilla, ignorantes de la Auténtica Ley, que tanto amase y buscase incansable mi bien. ¡Yahvé! Llévame pronto a su lado.
−Como no te pongas ahora mismo a picar te aseguro que te mando yo de una puñada a la vida eterna. Déjalo, anda, que lo tuyo no es relatar. Yo seguiré.
−Ahmed, bien sabes cómo te aprecio y no era mi deseo molestaros a ninguno.
−Sí, sí. Ya lo sabemos todos; pero te pones de un melancólico que no hay quien te aguante. (Joder con el perro éste; si ya lleva cuatro mujeres a cuestas desde aquella que se le murió a las pocas jornadas. A todas les irá con el cuento de Salomón y la negra de Saba)
Repetimos tres noches seguidas lo del hermanamiento con los guichitas, pero sin los honguitos, que en aquella tierra ya no se daban. Pero de algún sitio sacó la puta bruja de Guaupa unos hongos diferentes, de la orilla del río, el Profeta sabrá, y nos montó una ceremonia de las suyas. Todos en los fuegos y ella tocando el tambor, de algún modo les imponía un respeto tremendo a los guichitas, era un temor reverencial el que les infundía con una simple mirada; y luego tenía aquel cuerpo de sultana que apenas se cubría. Porque siempre llevaba a dos pasos al camello del Peio, que nos sacaba a todos la cabeza, y sus dos grandes hachas, que si no, alguna vez… Bueno, pero continuamos con el relato.



Nos dio a entender que se iba a comunicar con los espíritus, y sentada en el suelo se puso a ingerir los hongos aquellos. Seguía tocando el tambor, cada vez de forma más queda y pausada, hasta que cayó tendida todo lo larga que era. Y empezó a temblar, a agitarse, a parlotear en su extraña lengua materna. Así estaría, no sé, una hora, hasta que se le fue pasando el efecto del veneno. Y entonces Peio la fue incorporando y que poco a poco nos fuera contando lo que había visto o soñado o lo que fuera que sus genios le hubieran contado. ¿Cuántos estaríamos allí? Cuarenta o cincuenta al calor de la hoguera.
−Espíritu de Gran Bisón hablarme. Gran Bisón vivo, pero escondido en el gran norte, pasando frío, mucho frío, mucho frío. No puede bajar a sus grandes praderas pues los hombres, hombres pintados, queman las praderas al verle, queman la hierba y lanzan flechas envenenadas para matarle y que se lo coman los buitres. Hombres pintados quieren acabar con Gran Bisón y los hombres de las praderas, sus amigos. Ellos declararle la guerra al Gran Bisón y todo el género humano. Numerosos como las hormigas e igual de infames arrasan toda la tierra. Ellos venir para hacerse dueños de todas las praderas que hay entre los grandes ríos. Sí, ellos venir aquí. Los pintados. Cherokys.
Y nos retiramos cabizbajos a nuestro descanso (¿Tú la recuerdas, Saúl? Estaba como transfigurada, como que brillara. No, estaba en mi tabernáculo, con Salomé. ¡Ah! ya, que estabas de bodas) Malos presagios suelta esta sibila, se decían el uno al otro Aquiles y Basilio, que los tenía al lado. Y no se equivocaron. Al día siguiente íbamos caminando a la orilla del río cuando comenzamos a ver gentes, niños sobre todo, que se acercaban y nos gritaban, gritaban y gesticulaban. Los jefes mandaron parar y se acercaron para ver qué decían.



Ya era otoño pero bajaba todavía bastante agua por aquella zona del río rojo. Atacados, habían sido atacados; era un pueblo hermano de los guichitas, también de las praderas, sus hombres estaban aún de batalla. Teodoro que ya se veía venir la guerra encima ordenó construir rápidamente unas almadías. En un par de horas ya teníamos cuatro elaboradas cortando troncos y atándoles con los cabos de los bajeles que con nosotros traíamos. Y con los cabos más largos atados a gruesos troncos fueron poco a poco pasando a la otra orilla hasta dejar echados dos cabos de lado a lado. Fuimos pasando al otro lado a las mujeres y niños. Al llegar la noche estábamos todos en la orilla norte, con todas nuestras armas, y los niños y mujeres a salvo. Encendimos los fuegos e hicimos corros como era costumbre, los guichitas tenían la misma y fue fácil el entendimiento. Guiados por nuestras lumbres fueron llegando los supervivientes de aquella batalla de las praderas y nos daban las nuevas. Todas malas, eran muchos, eran miles, los Cherokys habían bajado de los Grandes Lagos y venían en son de guerra. Muchos, muchos Cherokys.
Aquiles estaba que bramaba como un toro loco atado a una cuerda; pero Teodoro le atemperaba. Vamos a esperar que llegue el día y ya discurriremos algo; dormir un poco. Al clarear los jefes y condes subieron a una colina para divisar bien el territorio y saber a qué se enfrentaban. Era una colina cercana al río y desde allí se veía un grande y despejado valle que se extendía por praderas sin fin hacia el norte; y les vieron. Vieron a los Cherokys como una mancha negra que hacia nosotros avanzara.
Malas caras enseguida entre nuestros aliados, alguno estaba por salir corriendo hacia las almadías y cruzar de seguido al otro lado. Sí, eran muchos, que digo eran muchísimos, debían ser millares. Teodoro le habló al jefe guichita, ¿no tenéis amigos? Avísales y que vengan corriendo. Estamos en guerra y mañana será la batalla. Un gesto del jefe y una docena de los suyos salieron a la carrera siguiendo las dos orillas del río y al poco comenzamos a ver cómo comenzaban a hacer algún tipo de señales usando las brasas de los fuegos para producir humo. Tapando y levantando alternativamente una manta húmeda hacían que el humo saliera de pocos en pocos; nosotros les miramos extrañados pero el sistema resultó bastante efectivo. Aquella tarde y durante toda la noche fueron llegando más y más guerreros de los pueblos por los que habíamos pasado, y a la mañana siguiente cuando ya subíamos a la colina vimos llegar un grupo de unos doscientos guerreros de un pueblo amigo de los guichitas. Todos para arriba.



Sí, eran muchos. En dos miradas y ya tenía el corazón encogido. ¿Cómo íbamos a parar aquella marea humana? Si serían casi diez veces más que nosotros. Con otro jefe de seguro que aquella mañana todos hubiéramos perecido, pero teníamos a Teodoro el grande. Como alguno de sus romanos a veces nos recordaba el jefe había nacido soldado, hijo de un importante general de Bizancio, desde antes que le saliera sombra de bigote bajo la nariz ya estaba guerreando. Llegó a tener una legión a su mando y había estado en muchas batallas y sitios, por tierra, por mar, a caballo, en los bajeles; llevaba veinte años cortando cabezas. Si Alejandro el magno hubiera tenido un descendiente ese hubiera sido Teodoro; pero por disputas políticas había tenido que salir a escape de Bizancio con unos cuantos de los suyos. El Emperador había puesto precio a su cabeza. O a sus güevos, el caso era quitarlo de en medio.
Con los suyos arribaron a España y pusieron su espada y protección a sueldo de los jeques que les contrataran. Como estaban en tierra sarracena les daba igual a quien matar o proteger; el caso es que les pagaran. A resultas de una batalla con los vascos se enteraron de había cristianos al norte del río Ebro y hacia allá se fueron. En Victoria conoció al rey Alfonso que allí se había refugiado, pues le había depuesto un rival al trono; y no sé, fue como que se enamoraron o algo así. El caso es que se hicieron inseparables y cuando los nobles vinieron a buscar a Alfonso para proclamarle de nuevo rey, tras él se llevó a Teodoro a las Asturias. Y ahora estábamos allí, esperando sus órdenes, en lo alto de una colina de algún lugar de esta Terra Incognita y Lontana como siempre la llamaba.
Otro hubiera salido corriendo, otro que no hubiera sido Teodoro. Flanqueado por sus dos capitanes fue exponiendo su idea a los condes y los jefes de tribu con dibujos en el suelo y señas con los brazos.
− ¡Pero que serán miles, Teodoro! ¿No notas el ruido que hacen?
−Tú deja a esos toros que bramen que antes se cansaran. Atentos todos, quiero que tengáis bien clara la celada. Les haremos una pinza fatal
− ¡Pero esa es la táctica de la tenaza! ¡Eso es tan viejo como el mundo!
−Cierto, Bernardo, ¿pero tú crees que esos pintados han oído hablar de Anibal?
− ¿Y de dónde sacamos los putos elefantes? Guaupo, ¿con magia?
−Y de la buena. Tengo tres encargados; ahí vienen. −Y entonces vimos subir a unos montañeses que venían cargando tres largos troncos con las velas envolviéndolos; al llegar a nuestro lado los izaron y desplegaron las velas con las cruces patadas. Una vez en lo alto de la colina y con la brisa batiendo las velas se verían a leguas.
− ¿Los elefantes? Le dijo Basilio.
−Exacto, nuestros pendones cristianos; verás como vienen enseguida a por ellos. Y ahora vamos a preparar la picadora de carne. Delante de mí estarán los doce valdeones, protegiendo los pendones.
− ¡Pero que son millares, Teodoro! Gritaba el conde Bermudo (Tenía el joven algo de canguelo, comprensible) Yo enseguida le vi la jugada al romano; de las Termopilas para acá, sea la batalla en tierra o el mar, si estás en inferioridad tienes que encajonar de algún modo al enemigo. La suerte del territorio y su ojo experto de águila de las batallas había dado con el lugar apropiado para plantar cara. La colina dominaba leguas de territorio llano con su pequeña elevación, a un lado y otro del valle bosques impenetrables de rivera y el caudaloso río rojo que pasaba por detrás de nosotros; teníamos la ruta de escapatoria a cuatro pasos con las almadías. Los jóvenes, los viejos, y las mujeres, pasaban constantemente de orilla a orilla trayendo pellejos de agua, carne de animales o peces del río recién asados, tortitas de maisses, de todo. Los pueblos del río estaban alerta e iban llegando a la carrera sus mejores guerreros, en pequeños grupos, de a docena, y cruzaban el río. Las cruces cristianas se veían a la legua en las dos orillas del Rio Rojo; el que quisiera guerra no tenía pérdida. ¡Vaya festín para los buitres estábamos preparando!
−En el centro los valdeones con sus picas largas, a la derecha los romanos, a la izquierda los soldados de Alfonso. Tres condes a una mano, tres condes a la otra, con los piqueros. Los arqueros en media luna tras las picas y cuando os quedéis sin flechas, dejáis los arcos adelantáis y os unís a los piqueros con las espadas. Aquiles a la derecha, me harás de enlace con los guichitas, Basilio a la izquierda con los ¿Cómo os llamáis? Siux, bueno pues con los siux. Atentos a las señales. Tenía un banderín de señales en las manos y les había dado otros dos a sus capitanes; guerra de galeras en las praderas. −Haremos abrazo de oso. Les explicaba a los naturales de las praderas. Que vengan hacia mí, a mí, y se golpeaba el peto de acero. A mí, hasta meterlos, meterlos, y cerrando los dos brazos, ahogarlos.
−Más vale que triunfe tu baladronada o esta noche no quedaremos uno vivo. Le dijo Basilio por lo bajini.
−No os preocupéis. Atentos a mis señales, con el banderín, yo iré indicando: ¡a la derecha! o ¡a la izquierda! Y toda la fila se mueve, como mis brazos. Vosotros, los jefes, sois mis brazos, y vosotros, condes, mi pecho de acero. Vamos, corriendo a formar, que ya se están moviendo.
La idea no podía ser más simple; nosotros estábamos en el lugar más alto y estrecho, tan solo la colina pelada daba paso al río. A un lado guichitas, al otro los siux, para cerrar hasta los bosques; en el centro los europeos. Bien sabíamos por Aquiles cómo atacaban los Cherokys, ¡en estampida! corriendo como locos a romper nuestras filas y matarnos por delante y por detrás. Pero esta vez no íbamos a esperarlos parados; esta vez teníamos a Teodoro.



Ni un millón de perros cristianos de la lejana España serían capaces de aullar como aullaban aquellos Cherokys. Oramos al Señor Altísimo cada uno a su saber y esperamos la señal de nuestro general. Les observaba. Les veíamos bien todos nosotros, venían al trote aullando como lobos para amedrentarnos. Cuando les teníamos casi a tiro de arco Teodoro ordenó a Guaupa, que estaba a su lado, que hiciera sonar su tambor y otros tambores nativos la siguieron, ¡arriba los pendones! ¡Que suene la gaita! ¡Adelante! ¡Adelante!.
En vez de esperarlos comenzamos a bajar la colina, a pasos cortos pero constantes, citándoles, golpeando los escudos con las espadas. Rápido entendieron el mensaje los fieros y se lanzaron en loca carrera colina arriba pues veían que nosotros estábamos bajando.
− ¡Al chorco lobos! ¡Al chorco! Gritaban los valdeones con sus largas picas en alto.
− ¡Al paso! ¡Al paso! Gritaba sobre todos nosotros y aún más alto Teodoro. ¡Que no vea uno parado o lo mato! Su casco con incrustaciones de oro y piedras preciosas relucía como un sol extraño sobre todos nosotros.
Y nosotros avanzando hombro con hombro hacia los Cherokys que venían lanzados como toros bravos. El choque fue terrible, un espanto de crujidos, de cráneos y huesos rotos o brazos cortados. ¡Y la táctica de Teodoro funcionó a la primera! Al no chocar con una línea recta les obligábamos a entrar en cuña, colina arriba, y allí encontraban una muerte segura. Primero los arqueros, cuando Teodoro consideró que estaban a tiro hicieron la primera siega; al ir varios pasos por detrás de los piqueros no tenían problema ni obstáculo para la puntería y tiraban al raso y el bulto, no fallaban una. Cuando estaban ya a pocos pasos ¡picas abajo! Se rompieron unas cuantas pero había repuestos. Algunos llegaban a empalar dos hombres de cada picada, tal era el ímpetu que traían aquellas fieras. Y los demás a cortar, cortar y sajar, con hacha y espada.
¡Cerrando! ¡Cerrando! gritaban condes y capitanes, y al estar nosotros continuamente empujando hacia abajo se formó un tapón extraordinario. Una escabechina. Una matanza como dicen estos gochos. Los primeros pintados, al llegar a nuestras filas caían picados o cortados en pedazos. Tenían buenas hachas de piedra y cuchillos de hueso, escudos de madera, pequeños, buenos para combatir a la carrera; pero al llegar a nuestras filas y chocar con nuestros escudos metálicos y sentir cómo pinchaba y cortaba nuestro acero enloquecían.
Los de atrás empujaban, tiraban y pisoteaban a los de adelante, que no podían progresar. Y nosotros, pasito a pasito les íbamos encerrando en una pinza mortal. Pincha, corta, y mata, ¡Cerrando!, era todo lo que sonaba en nuestras cabezas.
−Por cierto, Ahmed, en aquella batalla os ganasteis mi admiración tú y tus hermanos. Era impresionante veros a los ocho en acción, con aquellos cuchillos de hueso, un pinchazo, un muerto, un corte, un muerto; mataríais docenas vosotros solos.
−Gracias, Saúl, lo ignoraba. Teodoro tan solo nos había prestado unos escudos de los naturales para la batalla pero la guerra en el mar es muy sucia, muy rápida, no hay lugar ni tiempo para florituras, no hay sitio para desenvolverse, así que vas a lo mortal de necesidad. Pincho, mato, siego, mato, corto y te desangras en instantes, muerto. ¿Cómo crees que mi clan, Jalil, el hermano mayor y jefe nuestro, se hizo con los tres bajeles? ¿Pescando pececitos? Ya habíamos estado en muchas guerras antes de aquella. Sigo relatando.
Y les seguimos encerrando hasta que no fueron capaces de dar un paso; se mataban entre ellos mismo de pura rabia y dando golpes ciegos. Hasta que sus jefes de retaguardia empezaron a aullarles y comenzaron a escapar los de abajo, hacia las praderas. Nosotros, pasito a pasito, íbamos cerrando y matando, cerrando y matando. ¡Buena táctica, cristianos! Los chavales que aún no habían alcanzado la edad de guerreros corrían de aquí para allá tras las filas degollando a todo Cheroky que veían en el suelo. ¡Por si no estaba bien muerto!



Cuando al fin deshicieron el atasco y pudieron salir corriendo cuesta abajo en el suelo quedaban muertos a cientos; les dejamos escapar, pero trabajo nos costó a muchos retener las ganas de ir tras ellos. Teodoro, con el banderín de señales había dado la orden de volver arriba; despacito y al paso, sin romper las filas ni un momento. ¿Cuánto habríamos andado? ¿Treinta? ¿Cuarenta pasos? Y volvíamos pisando una montonera de cadáveres. Los muchachos preguntaron a Teodoro si retiraban a los muertos.
−Dejar los suyos donde hayan caído, solo recoger los nuestros. Así tendrán que brincar un poco cuando regresen.
De nuevo en la posición primitiva nos sentamos en el suelo, a esperarlos. Las chicas que habían cruzado el río pasaban entre nosotros con los cestos de comida y los pellejos de agua. Teodoro había pensado en todo; se le daba bien aquello de la guerra. Reposar y curar heridas. Pero no había pasado una hora y ya los más fanfarrones Cherokys se venían acercando; citando para duelos. Ni caso, a esperar que se junten de nuevo los gorrinos. Al machito que brincara ante nosotros flecha en el pecho o en el culo, y seguimos cantando.
Esperar mis órdenes; nos gritaba Teodoro a todos, que estábamos tan tranquilos, sentados en la hierba, comiendo y bebiendo como si estuviéramos de fiesta, cantado; los Cherokys aullando como lobos locos, pero sin moverse. Entonces un grupo de chicas, las más procaces, se adelantaron a nuestras filas y se pusieron a enseñarle las nalgas a los Cherokys. Funcionó de inmediato. Se pusieron totalmente locos en segundos y con grandes aullidos se volvieron a agrupar para la siguiente embestida. Lo que Teodoro estaba esperando y no sabía cómo conseguirlo.
− ¡Todos en pie! ¡Los pendones! Detrás de mí, ¿Guaupa? Marca de nuevo el ritmo de paso. Esa gaita, ¿por qué cojones no está sonando? Venga, otra vez, al paso, al paso, citando y cerrando. Y de nuevo se vinieron a nosotros enloquecidos, embravecidos, animosos.
De nuevo la picadora de carne; no éramos soldados de desfile, éramos carniceros; sencillamente íbamos a degüello. Picar y sajar, picar y sajar. Guichitas y Siux pillaron a la primera nuestra técnica trituradora de carne y nos imitaban de maravilla. Nada de duelos de machitos y a ver quién tiene más pechito. Picar y matar, sajar y matar, echándoles para arriba a todos. Seguirían siendo miles los pintados pero cada vez más eran simples cadáveres. De nuevo frenados y volvemos a lo mismo; ellos corrían cuesta arriba, hacia los pendones y las chicas, sin freno. Bien nos lo había advertido Aquiles.
−Su desprecio por la vida humana es completo. O los matamos a todos o no cejaran hasta vernos a todos muertos; los Pictos esos. Cuando estábamos sentados y al fresco; −los pintados no dan valor alguno a su propia vida.
El hedor a muerto era ya tremendo pero sabíamos que volverían y volvieron, y volvieron. Vinieron cinco veces más hasta que en la última, ya su número bien rebajado y teniendo que saltar sobre cientos de cadáveres estuvimos a punto de cerrar el abrazo del oso. Lo que Teodoro había tramado.
Y entonces les entró el miedo a aquellos fieros; al notar que les estábamos encerrando les entró un pavor inmenso y salieron corriendo como si les persiguieran todos los genios del infierno. En cuestión de minutos desaparecieron de nuestra vista corriendo en estampida hacia las grandes praderas del norte y sus lejanos territorios. Nos quedamos todos quietos, mirando cómo corrían, pisando muertos. Los valdeones empezaron entonces con sus aullidos, sus Ijujús, ¡Ijujú!, lanzando los chuzos al cielo.



Una locura de abrazos y besos entre nosotros. Dejamos a los Guichitas y Siux que hicieran el recuento y se llevaran el botín de los cientos de muertos mientras nosotros cantábamos en lo alto de la colina. Ondeando las grandes cruces de nuestros tres pendones que se verían en todo el orbe inmenso y se escucharía el latir acelerado de nuestros corazones. Habíamos triunfado y la alegría y nuestro orgullo eran entonces enormes. Jaleábamos a Teodoro lo mejor que sabíamos o nos dejaba ¡porqué tenía un genio terrible! Y cuando estábamos todos cantando y bailando en lo alto y haciendo los condes recuento de nuestros propios muertos (¿Cuántos perdimos en la batalla? Pelayo, ¿tú lo recuerdas? Perdimos a cuarenta de los nuestros) los valdeones nos prepararon la celada, el chorco, a todos nosotros; seguro que ya lo habían hablado entre ellos.
Y cogiendo entre todos ellos el gran escudo de Teodoro (Por cierto, Saúl, si mal no recuerdo ya le habías grabado una estrella de nueve puntas en vez de un jodido dragón de los pantanos. Accedió cuando le conté el significado oculto de la estrella, y con ese escudo le enterramos) Y le izaron y pasearon sobre nuestras cabezas. ¡Teodorus Rex Magnánimus! ¡Teodorus Rex! Gritaban aquellos hijos de perra abandonada y todos como estábamos embravecidos, españoles y naturales del país del Rio Rojo, les seguimos.
Cuando conseguí parar un segundo y pensarlo me dije: ¡date! ya tenemos un rey en Incognita; y encima romano. ¡Qué digo!, bizantino, que son peores y tienen una escuela de maldad que ni te imaginas; y aquellos ignorantes cabreros, hijos de padre desconocido, nos lo estaban paseando por el hocico para que le alabáramos. ¡Un puto rey en este jodido infierno! Lo que más necesitábamos.
−Bueno, Ahmed, para, no te calientes más. Tampoco nos fue tan mal.
− ¿Cuántos años estuvimos con él al mando?
−Fueron seis años por lo menos, y no lo pasamos tan mal; que nunca nos faltó de comer o techo bajo el que cobijarse. Pero al final se hizo un tirano, un déspota, con su jodido harén de esposas de aquí para allá, un cargante, un insoportable; parecía que todos teníamos que adorarle.
−Normal, no dejabais de contarle tantas cosas y dichos de vuestro Profeta del Desierto Arábigo y sus muchas virtudes, que en un desierto terminamos. Se olvidó del Buen Pastor y se hizo otro degollador más, como todos los que en el mundo ha habido con poder y mando sobre los corazones ajenos. ¡Sí! Ahmed, ¡Un califa! ¡Tú lo has dicho! Al final Teodoro era un puto califa de los vuestros. Todo el día sobando esposas propias y ajenas, ¡y mirando con ojitos tiernos y pintados a los muchachitos! Cuando te darás cuenta, gaditano, que todos los orientales, árabes, griegos, ¡con los judíos no me meto! con los judíos no me meto, no te pongas broncas Saúl, Jesús bien lo sabe que no me meto, pero los otros ¡son todos unos putos y unos maricones! Que solo están a sobar y robar y que les soben a ellos cuando les convenga; y al que rechiste le cortan el cuello; por eso nos pasó lo que nos pasó. ¡Que tú eres español, cabrón! ¡Que les den por culo a los orientales y sus putos cuentos! Cuando me harás caso.
−Vale, déjalo, Jacobo, vale todos por hoy; salimos fuera de la mina y nos vamos a cenar que ya es hora. ¡Sí! yo os seguiré contando cómo llegamos hasta aquí los hispanos y tuvimos tantos descendientes. Ala, venga, todos fuera de la mina y a lavarse; que no os vean vuestras madres así de sucios. Vamos, ¡fuera!
−Si me permites, Pelayo, seguiré yo relatando, que a ti aún no se te ha quitado la pelusa de ser hijo del conde de Bergidum y gran Cónsul de la Sierra Nevada.
− ¡Ah! ¿Pero tú hablas, Andoni? Qué gran novedad, ¿y a qué debemos el honor?
−Pues a que me está esperando un aguardiente de cactus que me ha salido cojonudo; y en cuanto cenemos y le eche unos tragos o vais a enterar todos lo que verdaderamente nos pasó en aquellos años.
− ¡Aita! ¡Aita! ¿Tú nos vas a contar?
−Sí, yo contar. Dejar esas piedras ahí mismo. Vamos a lavarnos y yo contar la verdad.

− ¿Cuándo conociste al Gran Bisón? ¿Es eso aita? Cuéntanos otra vez como es el gran Bisón. Tú contar, aita.


Tal vez alguna de las escenas de esta novela resulten chocantes debido a la idea que tenemos de Norteamérica y sus gentes que es básicamente del siglo XIX, pero estamos en el siglo VIII; y las diferencias entre los naturales de Europa y lo que se llamaría América no eran tan acusadas. Los hispanos portan armas de hierro y cuatro cosas más que les puedan diferenciar de pueblos como los comanches o los cherokys. Sin caballos ni armas de fuego, perdidos en la inmensidad del continente norteamericano, atacados por pueblos muy guerreros y bien organizados no les quedaba otra que buscar su supervivencia aliándose con las tribus que les acogieran. La historia de la humanidad está repleta de casos similares.

Una pregunta que suelen hacerme es: ¿en quien te fijas a la hora de crear tus personajes? Bien, para escribir esta novela, la mayor parte de la acción transcurre en los actuales territorios de Texas, Kansas y Nuevo México, no podía fijarme en la idea que tenemos hoy día pues han pasado 1.200 años y los bisontes que cazaban eran de verdad y las mujeres no vestían de este modo, así que tras la labor de investigación viene la inventiva. Fantasear se diría.
Pero algo me dice que está basada en hechos reales de los que no se guardó noticia ninguna.
De todos modos yo os invito a leerla y podéis mandarme vuestros correos o dejar vuestros comentarios. Yo los leo todos. 

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