jueves, 26 de febrero de 2015

Lukito y las cuentas, cuento fantastico al estilo vasco

¡Atención! Esto no es un cuento sobre el estado insondable de la nación perpetua, y tampoco un cuento para niños, para niños que no sepan hacer cuentas. Es un cuento al estilo vasco, de pastores vascos y sus rebaños de ovejas, pero pueden sacar sus propias conclusiones.

Lukito y las cuentas
Remedo de fábula vasca

Como muchos otros en el mundo bajaban una mañana el lobo y el zorro del alto monte ramoneando por aquí y por allá, al llegar a una ancha campa a la orilla del río vieron un grupo de ovejas sin perro ni pastor que se acercaban a un abrevadero. Cuando ya el lobo iniciaba la carrera para lanzarse a degüello el zorro le paró en seco:
− ¡Espera un momento! Aún no sabemos cuántas ovejas hay en el prado. No podemos ponernos a cazar sin ton ni son.
− ¡Ahí va, Lukito! Eso está chupao. Una, dos, tres,… ¡treinta! Son treinta ovejas en total.
−Es que no sé si estarás enterado del Campeonato Mundial de Caza, porque siempre andas por el monte escondido, y si queremos ganar, que querrás, tenemos que dar muestra de cada pieza cobrada.
− ¡Ahí va, Lukito! Eso está chupao.
Y se lanzó el lobo hacia el rebaño degollando oveja tras oveja.
− ¡Y treinta! ¡Ves, Lukito!, ya matamos a todas. Después de comérnoslas iremos a por el premio. A comer.
− ¡Quieto un momento! ¿No te irás a comer la piel y la lana también? Hay que despellejarlas primero.
− ¡Ahí va, Lukito! Eso está chupao.
Y con sus fauces prodigiosas el lobo fue despellejando oveja tras oveja.
− ¡Y treinta! ¿Ves, Lukito? Ya despellejamos todas las ovejas. A comer.
− ¡Quieto, quieto, quieto un momento! Así nunca ganaremos el campeonato, es el Campeonato Mundial, ¿entiendes? ¿No querrás comerte también las vísceras? Hay que abrirlas en canal y dejarlas bien limpitas y presentadas.
− ¡Ahí va, Lukito! Eso está chupao.
Y con sus afilados caninos fue abriendo y limpiando oveja tras oveja.
− ¡Y treinta! ¿Ves, Lukito? Ya hemos limpiado de vísceras todas las ovejas. A comer.
− ¡Quieto, quieto, quieto! ¿No quieres ser el Campeón del Mundo?
−Pues claro, Lukito, pues ¿y eso?
−Pues que tenemos que matar también al carnero. ¿Lo ves en la parte alta del prado?
− ¿Y eso porqué, Lukito, pues?
−Porque un carnero vale diez veces más que las ovejas, tú haz la cuenta.
− ¡Ahí va, Lukito! Eso está chupao. ¡Trescientas! Vale por trescientas ovejas.
Y sin atender a que el carnero ya era viejo y resabiado se lanzó el lobo pradera arriba para matarlo.
El carnero, que lo veía venir, se lanzó en rápida embestida y de un fuerte testarazo lo mandó cuatro vueltas de campana pradera abajo; dolorido pero cegado por la ilusión de ser campeón del mundo (Verás cómo me recibe ahora esa loba de Aizpuru, que siempre me hocica y rechaza, cuando le llegue este Campeón del Mundo) se lanzó de nuevo ladera arriba.
Entre mientras, el zorro iba aprovechando para vender las pieles a un pellejero de Aizkorri, la lana a un tejedor de Gasteiz, y las canales a un carnicero de Salvatierra y cuando al cabo de una hora bajó el lobo hasta el abrevadero feliz y contento por haber matado al carnero el zorro le paró antes de que pudiera ni echar un trago:
− ¡Quieto, quieto, quieto! ¿Dónde están los cuernos?
− ¿Los cuernos? ¿Qué cuernos, Lukito? ¡A comer!
− ¡Que quieto te estés! No seas bobo o perdemos el campeonato, ¿no sabes que los cuernos del carnero valen por tres ovejas? Tú echa cuentas.
− ¡Uhm! Treinta y trescientas y tres: ¡trescientas treinta y tres! ¡Ahí va, Lukito! Eso está chupao. ¡Somos los Campeones del Mundo!
Y de nuevo salió a la carrera monte arriba a buscar en el hayedo donde había dejado el carnero medio enterrado, de rápidas dentelladas (¡Qué hambre tengo! ¡Qué hambre con tanta carrera!) seccionó la cabeza del cuerpo y agarrando por uno de los cuernos entre su fuerte mandíbula bajó a la toda prisa hacia el abrevadero. El zorro había aprovechado para cruzar al otro lado del río y cobrar por el rebaño así que cuando vio llegar al lobo a la otra orilla le saludó levantando el rabo.
− ¿Tú ves, Lukito? ¡Somos los Campeones! Qué tontas son las ovejas, ni se meneaban cuando las cazábamos, ¡a comer! ¿A comer? ¿A…comer?
−Ya, ya, ya, no todo el mundo es tan inteligente como tú, que sabes hacer cuentas, ¡Campeón! Para comer vuelves monte arriba y te meriendas al viejo carnero. Ya sabes: De la mar el mero, y de las carnes ¡el carnero! Agur, Campeón, que eres el Campeón.
Y se largó tan contento el viejo Lukito a su madriguera llevando colgando del hocico una saca cargada de monedas de plata y meneando el rabo bien alto.

Si eso fue así,
Métase en la calabaza,
Y salga
En la plaza de Vitoria.



Escrito en unos días de vacaciones en Vitoria.

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