miércoles, 25 de marzo de 2015

El caso del hongo asesinado.

Hay días que uno no está para nada, para nada bueno, hay días que no puedes ir por el campo, recogiendo florecitas, pues se te ocurren ideas, te traspasan sensaciones extrañas, escuchas noticias terroríficas, y como siempre llevo algo de papel y un lápiz o bolígrafo, en fin, pasen y lean, señoras y señores como será su espantoso futuro cercano.
AVISO: No es un cuento para niños. Ni siquiera sé si es un cuento.



El caso del hongo asesinado

Seca.
Bella. Es muy bella, seca y fría, como todas sus amigas en este infierno, y me arrastró tras de sí con el cimbrear de sus caderas y el aletear inesperado de sus largas pestañas. Es bella, seca y fría, pero me indujo a seguirla por campos y veredas entre casas destruidas con alguna especie de arte mágica.
Permítanme que me presente: soy el detective Samur Pan, Samy para los amigos, y estoy haciendo el informe del caso del asesino del hongo, el último hongo yesquero que quedaba en el planeta. (¿Qué me inducía seguir el movimiento cular, ¡impresionante! de una diabla auténtica?)
Fría y seca, seca; yo aún no lo sabía.


Recibimos el aviso en comisaría a las 11.35 del día 25 del mes del pandero, tres años después del Gran Desastre, y el comisario me cogió por la oreja y me envió a recabar datos in situ.
−Tenemos una denuncia, atiende tú el caso, Samur.
Un subray, no pasará de los ocho años, se había presentado en comisaría con un hongo yesquero al que habían baleado y decía saber el lugar donde había sucedido. Aún quedaban bastantes horas de luz antes de que llegara la noche y en minutos estaría en lugar de los hechos si acompañaba al peque con mi bicicleta.
− ¿Necesitas que te acompañe el forense?
−No, gracias, jefe, no le moleste; usted sabe de sobra como me gustaba salir a setas hace años. Es el típico hongo yesquero que crece en los álamos y por los datos del subray sé más o menos dónde ocurrió el suceso.
−Samur, ¿qué tiene de importante ese puñetero hongo maloliente?
−Pues que seguramente era el último de su especie; habría que irse a Siberia para encontrar otro semejante.
− ¿Siberia? Aquello debe estar todavía muy caliente. Vete con el peque y averigua que arma usaron y quien pudo ser.
Dejamos las bicis apoyadas en una valla que aún quedaba en pie y traspasamos la tapia por un boquete que seguramente los subrays del barrio habían abierto. Una vieja instalación militar, hace muchos años abandonada, la pista americana, el patio de armas, los barracones y garitas, todo invadido por los arbustos, la hierba y los árboles; lo único vivo que soporta la niebla radiactiva que cada poco nos visita desde que cayó la bomba sobre el aeropuerto.
Me guió hasta un álamo joven, partido por la mitad; con el yesquero en la mano pude reconstruir el suceso y la situación, la trayectoria. Buscar el proyectil y casquillo.
Nada.
Es un hongo yesquero, hubiera ardido, lentamente, muy lentamente tras atravesarle la ardiente bala; durante milenios la humanidad fue llevando consigo el fuego de un lugar a otro gracias a esta propiedad de los yesqueros. Pero nada.
El árbol.
Tampoco; un árbol joven, lleno de brotes primaverales, partido por la mitad y sin rastro de quemaduras. Nada.
El subray se había dado el piro apenas mostrarme el árbol y pude caminar por el lugar, deambulando, intentando imaginar cómo sería la vida castrense en este lugar hace muchos años. Pero, ¿entrar en una vieja instalación militar para pegarle un tiro a un hongo? Con lo escasos que andamos de munición. ¿En qué cabeza cabe tal cosa? Vivimos tiempos enloquecidos y solo nos falta aullarle a la luna llena, ¿y esto?
− ¡Setas! Cojona, ¡aquí hay setas! Lactarius, son del tipo Lactarius.
¿Cómo es posible? ¿Después de tres años? Es increíble este mundo, el de los hongos, como si fueran inmunes a la radiación, y al cáncer, y a…
− ¡Aquí hay más! Lepiotas, ¿serán comestibles o estarán radioactivas?
Como en un trance leve, hablando solo, una intoxicación etílica, la enésima, las horas pasaron aladas sobre este pobre detective explorando la instalación militar. De asombro en asombro fui descubriendo de qué modo la naturaleza se repone a la malicia humana. Hay árboles quemados pero la mayoría despliegan brotes y nuevas hojas al fulgor primaveral, los arbustos y docenas de hierbas raras lo han invadido casi todo, las viejas pistas de entrenamiento militar, incluso las de cemento, están prácticamente cubiertas por un manto herboso. Viejo aficionado al tema voy descubriendo hongos de todo tipo por cualquier rincón. Es increíble, en tres años ni se me había ocurrido mirar entre las hierbas de las afueras; siempre atento a los que corren.
Se queda sentado sobre una gran piedra fumando (Debe de ser el único hombre de la ciudad que aún conserva ese noble vicio y cada pito lo acompaña con ademanes de chamán tártaro cuanto menos. Por los esparavanes que hace y las filigranas con las volutas de humo) Sentado no advierte que alguien se está aproximando rápidamente a su puesto de observación por la espalda hasta que escucha el crujido de una ramita pisoteada, se incorpora y gira y trata de sacar su arma con la pericia que dan quince años de servicio, más los ocho que estuvo de paracaidista. Pero recibe una patada en el pecho que le tira de espaldas mientras pone los ojos como platos:
− ¡Una tía…!
El golpe es preciso como pocos y me ha sacado el aire de los pulmones, necesitaré segundos vitales para recuperarme pues apenas puedo respirar; así que solo queda mirar a la agresora. (¿Qué es? ¿Una bruja? ¿Ese atuendo? ¡Uff! Hacía años que no veía una mujer tan guapa, en el cine ¿y esos colores de pelo? Será vasca; en cuanto pueda hablar le diré: Kaixo, zer moduz? O algo así. ¡Joder, qué cuerpazo tiene! ¿Será…?)
− ¿No quiere levantarse? ¿Va a esperar la noche ahí tirado?
Le ofrece las manos para ayudarle a incorporarse, al menos a sentarse en el suelo. Toses y más toses.
−Debería dejar de fumar. Ya nadie fuma en este mundo. ¿Es rastreador?
−No, ¡Uff!, policía. Toses y más toses.
− ¿Un alijo requisado?
−Vivo encima de un almacén de tabaco; tengo suministros para años. ¿Quiere un Camel? (Sus manos. Frías y secas como las de un muerto, pero su aspecto es de gimnasta olímpica. Aquí pasa algo raro)
− ¿En qué piensa, policía? Le noto ido.
−En que está atardeciendo y tenemos que largarnos de aquí cuanto antes.
− ¿Qué buscaba en este lugar?
−Pues, espere que pare de toser, a un asesino.
−Nadie sobrevive a una noche de niebla en un lugar tan desamparado como éste, eso lo saben hasta los gatos. ¿Dónde encontró el cadáver?
−Estaba aquí, bajo este árbol partido en dos. ¡Sí! No me mire así, aquí mismo. Es un hongo, lo llevo en el bolso de la chaqueta. El último hongo yesquero.
− ¿Por… un hongo…ha venido hasta aquí desde el centro de la ciudad? Me está empezando a gustar usted, a pesar de esas barbas.
−No pararé hasta dar con el asesino; esto es algo personal. ¡Por San Jorge!
− ¿Y qué va a hacer con él cuando lo encuentre?
−Un tiro en el entrecejo. Ya sabe: quien a hierro mata…


Poco a poco la extraña pareja se aproxima al hueco en la tapia y el poli se agacha primero y hocica enfurruñado hasta ver su vieja bicicleta todo terreno. Sigue en su sitio, con sus tres cadenas y cinco candados. Ya sonríe. (¡Joder! Qué patada de mula me soltó esta bruja, sigo sin coger aire)
− ¿Qué ha hecho?
− ¿El qué?
−Usted, usted, usted ha atravesado la tapia como si no existiera. No puede evitar dar unos pasos hacia atrás del susto.
−Tal vez tan solo esté en su imaginación.
− ¿La tapia de un cuartel militar? ¿Y esa vieja garita también es imaginación mía?
Reflejos trabajados durante años con los paracas, cursos y cursillos en la escuela de la Policía Nacional, y haberse criado en el pueblo donde se crió le hacen girar con suavidad y dar cuatro zancadas hasta la bici y agacharse sacando el llavero para ir abriendo candados pero antes de que haya soltado el primero ya tiene el arma reglamentaria en la mano y está apuntando de rodillas a la deportista de melena arco iris.
− ¡Quietecita y ni te menees! Y me tocas las palmas con si fueras una princesa gitana. ¡Ya!
− ¿O qué? Y va la tía y se pone a andar hacia mí.
−O te pego un tiro en la flor del sujetador.
−No dispare, por favor, no dispare, este es el último de Secret d´Eva que me queda. Pero se me da mal tocar las palmas, no soy gitana.
− ¿Sí a búlgara, no a gitana?
−Correcto, deje de apuntarme ahí.
−El poli soy yo y me vas a explicar cómo has atravesado ese muro de ladrillos y cemento, ¡me tiembla el pulso! Igual te doy en un ojo.
Y la tía se acerca aún más.
−Mejor dispare a un muslo.
− (¡Joder, que le tire a un muslo! Si cada pierna medirá un kilómetro…) Parla o te tumbo y dejo que te desangres aquí mismo.
− ¿Y no me llevarías al centro en tu bicicleta?
−Sí, claro, en la barra. ¿Dónde está el truco?
−No hay truco. Para mí no hay paredes. Otro pasito más. Mira, dispara aquí.
− (¡Toma ya! Pues no va la jamba y se baja las mallas deportivas. ¡Bragas de florecitas! ¡¡Señor!! ¿Por qué eres tan cruel?) Le voy a pegar un tiro, se lo vuelvo a advertir, si no empieza a hablar y explicarse, ¡bruja búlgara!
−Tan fácil como yo atravesé la pared su disparo atravesará mi pierna. No dude más y dispare. A esta distancia supongo que será capaz de acertar. Otro pasito más.
El olor a almeja de Carril y perfume J´adore golpea como un mazo la pituitaria del fumador agachado. La tiene a menos de metro y medio. Su cerebro cavernario, reptiliano, bueno, como lo llamaran antes funciona por sí mismo y ante el ataque inesperado reacciona: el dedo aprieta el gatillo y la bala atraviesa el muslo de parte a parte. El poli, sorprendido por su acción inesperada, (¡Dios! Pero si le estaba mirando las bragas. Se me ha disparado. ¡Joder, y esto otro también! Se me ha puesto tieso como un poste del teléfono. Ponte en pie)
− ¡Retroceda! ¡Le ordeno que retroceda! Pero, pero, pero, ¡qué cojones!
La bala atravesó limpiamente el muslo de la mujer, que apenas se inclinó un poco al sentir el impacto, rebotó en el asfalto y pegó contra el muro del cuartel, el siguiente rebote llevó el proyectil lejos de la absurda pareja. El poli no para de darle vueltas a su gorra de pescador a pluma de gallo y tentarse los bolsos de su chaqueta de nanopartículas (ideal para escaladas) mientras enfunda el pistolo y la mujer procede a subirse las mallas de deportiva extrema que porta y se le queda mirando, desafiante.
− ¡No cuela!
Y me lanzo sobre ella y la tiro al suelo y en dos segundos la tengo panza abajo y le estoy poniendo las esposas. Después la levanto y la cacheo bajo su escasa ropa. (¡A mí con trucos de ilusionista! Joder, joder, joder, ¡que le he disparado en el muslo! Ha sido sin querer, ha sido sin queriendo, jodiendo, ¿si hubiéramos estado jodiendo la hubiera atravesado? Pues buenas carnes tiene la moza.)
−Pasito a pasito y delante de mí, despacito y buena letra vas a ir caminado hasta comisaría. Alto un momento.
El poli, que ya no sabe si mesarse las barbas o darse un masaje cardíaco se agacha para soltar la bici abriendo candado tras candado; cuando ya tiene todo bien enrollado a la tija se incorpora totalmente y agarra la bici por el manillar, pero antes de que sea capaz de articular palabra la mujer exclama, con ligeros tintes de recochineo búlgaro, o de donde sea:
− ¿No quieres colgar también las esposas bajo tu culo hermoso?
Las esposas cuelgan de su mano izquierda perfectamente cerradas.
Siempre he sido un hombre templado, incombustible e inalterable; en los asaltos y destrozos vandálicos que siguieron al Gran Derrumbe sobresalió mi capacidad de mando y aguante de la presión, participé en el primer convoy ferroviario (el bramido de las locomotoras diésel no se olvida fácilmente) hasta Gijón, en la cabina con el maquinista y una ametralladora ligera en cada mano. Cara de piedra, sí, cara de piedra es como me llaman a mis espaldas en comisaría, y más desde que me dejé crecer la barba para disimular en algo mi incapacidad para la gestualidad; especialmente en los músculos de la boca.
Neandertal, se llama él mismo para los adentros, que has desarrollado en estos tres años una mandíbula de neandertal. Y, sin embargo, sujetando la bici por los cuernos del manillar no puede evitar que su bocaza se abra con una O inigualable. (¿Será bisnieta del Gran Houdini? Ya me está hartando) Soltar la bici y soltarla un bofetón olímpico sucede en instantes. La torta se ha debido oír en un kilómetro a la redonda, la mujer gira sobre sí misma y casi se va al suelo. Pero en segundos se repone.
Seca y fría.
Su mirada es espeluznante.
−Debí matarte cuando te encontré. Te aborrezco, ¡azulete! No eres más que un puto azulete. Te recuerdo bien, un chulo de mierda, siempre explotando a las mujeres. Debí matarte, no has cambiado en nada, ni cambiarás.
− ¿De qué me conoces, bruja?
−Del Mercado de Ganados.
− ¡Ah! Eras de esas.
−Y tú de ¡esos! No has cambiado, así se acabe el mundo no cambiarás. Antes hacías la ronda con tu cochecito y sus lucecitas y sirenitas ahora la haces con una bici de crío, pero no has cambiado en nada, ¡chuloputas!
−Mira, guapa, me la vas a chupar por tiempos y cuando me apetezca. Camina hacia el centro que me estoy hartando.
− ¡Y una mierda! ¡Que te den por el culo! Tú sí que has sido siempre un mamón. Yo me voy a mi casa. Que ten por donde ya sabes. Y se marcha caminando tranquilamente por un prado pasando completamente del madero pasmado.
Ahora sí.
Ahora con calma.
Saco la pistola de la cartuchera sobaquera y apunto al omoplato derecho (distancia cuatro metros) y disparo con la misma frialdad como si estuviera en el campo de tiro.
Nota el impacto. ¡Joder, es un 38!
Pero sigue caminando, caminando, seca y fría. Maravillosamente brillante contra la luz del atardecer. ¿Qué hacer? Solamente una mujer entre cien, y eso sería antes, camina correctamente, y ella camina como si hubiera inventado el caminar bípedamente.
Ir tras ella.
Retomo la bici del suelo y marcho tras ella calladito y meditabundo, atento por si aparece la Niebla de La Virgen y la sigo por restos de urbanizaciones, algunas a medio construir, o campos copados de arbustos.
A cinco pasos.
Síguela a cinco pasos; la tienes a tiro.
(¿Y con qué la disparo? ¿Con un bazuca?) La muy bruja sabe bien que voy tras sus pasos pero nunca vuelve la cara. (¡Joder! ¿Por qué le dio Dios, patente error, los cuerpos más hermosos a las putas más guarras? Y esta bruja… ¡no la tengo fichada! Me acordaría) De repente la extraña pareja se detiene al unísono al ver pasar a lo lejos y a la carrera un grupo de ululantes pintarrajeados armados con hachas y machetes. No han notado su presencia y pasan de largo.
− ¿Subrays con esas pintas? ¿A estas horas? Acierta a decir bobino el policía.
−No son críos jugando, son comancheros. Quieto donde estás, madero.
− ¡Y una polla! Voy a matar todos los que pueda.
Y me subí a la bici y comencé a dar pedales, pero cometí el error de pasar demasiado cerca de ella.
Salto y patada de película de Jackie Chan.
Azulete rodando por el suelo.
− ¡Carroña de España! ¡No soy tu madre! No volveré a salvar tu culo, ¡cabrón! Y ahora levanta y sígueme. ¿Qué pensabas? ¿Detener a más de veinte comancheros tú solo?
−Yo, yo no los detengo, los mato; solo trataba de matar todos los que me fuera posible. Van hacia la zona de la plaza de toros, tal vez pillen desprevenidos a los vecinos. ¿Y tú? ¿Dónde va la bruja?
−Voy a Armunia, y no esperaré más por ti. Levántate y camina.
− ¿Aún quedan ratas en Armunia?
−Ni ratas ni hombres, estás avisado. ¿Cómo te llaman ahora, madero?
−Samy, ¿de qué me conoces? En serio.
− ¿No eres el hijo del panadero? Mucho pan os compraron mis padres.
Cabeza inclinada hacia el ombligo, las manos en el manillar y sigues sus pasos sin levantar la vista de sus canillas. (¡El matrimonio búlgaro que vivía entre los gitanos! Sería una niña, una niña si me conoce de cuando ayudaba a mi padre en la panadería. ¡Qué recuerdos! Su padre era fresador, tornero, algo de eso, de los que manejaban máquinas herramientas en algún taller cercano) Callejuelas y más callejuelas entre casas arrasadas y abandonadas, el olor a estiércol de palomas y cagadas de rata. Conocí y disfruté de una ciudad viva como un animal magnífico ahora camino por su esqueleto tras un fantasma. Un fantasma que da patadas de taekuondo con una facilidad asombrosa. El mundo se ha quedado en un puro muradal; pero vuelven a salir las setas. Sigue andando.
− ¡Rápido! ¡Súbete a la bici y corre tras de mí!
− ¿Qué haga qué?
− ¡Que corras, gilipollas!
La mujer comienza a esprintar como si la persiguiese una pantera y el poli no tiene más remedio  que subirse a la bici para seguirle la pista. (¡Joder! ¿Esta tía no habrá competido en las últimas olimpiadas? Apenas puedo seguirla) Al llegar a la altura de un taller de automóviles, la trapa está reventada y levantada, la mujer entra como una exhalación y el ciclista ha de hacer una jichada para no estamparse contra la puerta y entrar tras ella.
− ¡Aquí, rápido! ¡¡Rápido!!
Hay un coche levantado en gatos y caben los dos debajo con bicicleta incluida.
−Pero, bueno, ¿tú estás loca o qué?
−Tú calla, observa, y aléjate todo lo que puedas de la puerta.
− ¿Más comancheros? Y ya está sacando el pistolo, la bici al suelo, y comprobando el estuche de cartuchos que lleva en la parte posterior del cinturón.
−Infinitamente peor, atento, y guarda el revolver.
En el silencio de la ciudad vacía se empieza a percibir el sonido silbante de algo que cayera del cielo. (¿Un misil? ¿Quedarán todavía en el mundo artefactos de esos y gente capaz de dispararlos? No, calla, es como si fueran muchos)
Son más que muchos. Son muchísimos.
Una granizada infernal, proyectiles como pelotas de ping-pong pero ardientes comienzan a caer en la calle rebotando contra todo. Instintivamente el poli se va hacia la pared posterior del taller pero la mujer le sujeta por la cintura para que permanezca bajo el automóvil.
−No nos podemos fiar del techo de este viejo taller, quieto aquí, conmigo.
−He visto granizadas impresionantes en estos últimos años, pero esto, ¡esto! El granizo no arde, ¡es hielo!
Alguna de las pelotas ardientes entra en el interior del taller y tras parar de dar botes sigue y sigue ardiendo desprendiendo un intenso olor a azufre. Aunque apenas dura un par de minutos la granizada de fuego los desperfectos deben de ser importantes pues escuchan explosiones lejanas y el crepitar de las llamas en edificios cercanos.
−Mira, Samy, observa estas cosas.
Una de las pelotas, ya apagada, está cerca de sus pies y los dos se agachan para investigar.
−Parece material volcánico.
− ¿Sabes algo de volcanes, azulete?
−Una vez estuve en las Islas Canarias, de vacaciones.
− ¿Con alguna de tus putas?
−No, con mi esposa.
− ¿Estás casado?
−Estuve. Falleció hace tres años, cuando el Gran Hundimiento.
− ¡La Gran Liberación!
− ¿Liberación? Eso sería de los demonios porque las personas de carne y hueso cuanto hemos padecido desde entonces. ¿Por qué dices eso?
−Todo el mundo estaba esperando que ocurriera algo, algo liberador, que despertara las conciencias y nos elevara a un plano superior de conciencia.
− ¡Vaya chorrada! Si aquí no hay más que criminales…Las batallas, Las Grandes Guerras de Babilonia, millares de años de matanzas continuadas, se extendieron por todo el planeta y el resultado lo tenemos a la vista.
Y me agaché para observar mejor un par de pelotas, que ya habían dejado de arder, con una chapa de latón para no quemarme los dedos.
− ¿Y bien? ¿En qué estás pensando? ¿Qué son?
−No lo sé, espera a que enfríen; parece material volcánico. (¿Y si el supervolcán de la isla de La Palma ha entrado en erupción?) ¡Palmero sube a la palma…!
− ¿Qué cantas? ¿Se te ha ido…?
−No, no todavía; debería haber traído el walkie encima para poder hablar con la central. (Si no está ardiendo por los cuatro costados)
− ¿Aún usáis esos aparatos?
−Es secreto de estado; si dices algo a alguien te pegaré un tiro en las meninges.
−Ya sabes lo que ocurriría, azulete.
−Pero, pero, ¿cómo puedes hacer eso?
Y la agarra por el chaleco y la acerca hasta casi tocar nariz con nariz.
−Ni yo misma lo sé, y como no me sueltes tus dos pelotas van a estar ardiendo en dos segundos. Y no me refiero a las volcánicas.
(¡Dios! Ese olor a J´adore y puta de río puede enloquecer a cualquiera.) La tuve que soltar y me puse a recoger unas cuantas bolitas aún calientes y las guardé en las alforjas de la bicicleta. Bajo la recortada desmontada, ahí estarán bien; en la otra alforja llevo la munición.
−Pero, bueno, ¿tú que eres, Samy?
−Oficial de policía, agente de la ley.
− ¿Qué ley? ¡Hace tres años que se fundieron las leyes!
−Mientras yo camine habrá ley y orden en este mundo. Y, a mayores, soy matador de comancheros.
− ¿Ma…tador? ¿Y usas estoque con ellos?
−No, esta recortada que has visto.
− ¿Y las granadas de mano?
−Para cuando pillo unos cuantos juntos.
− ¿Y les cortas las orejas?
−Y el rabo. Me piden pruebas en comisaría. ¿Cómo piensas que llegué a oficial?
−Siempre fuisteis así. Así caigan las estrellas del cielo.
−Alguien tiene que hacer este trabajo de cerdos. ¿Nos vamos?
De nuevo los incendios se han adueñado de este puto estercolero, si algo quedaba por quemarse, tejados, chamizos, ahora lo está haciendo, nubes negras y olor a azufre y petróleo mires donde mires. ¿Quedarán ratas en Armunia? ¿Quién puede vivir allí y sentirse a salvo de los comancheros? Siempre fue un poblacho, y bendito el día que me marché de allí y me fui a vivir en el centro de la ciudad.
− ¿Sigues pensando en el hongo?
−Por eso te sigo en vez de pedalear hacia el centro.
−Un hongo.
−Una esperanza.
− ¿De qué?
−De que todo vuelva a ser como antes; las plantas, los árboles, se han sobrepuesto a los efectos de la bomba atómica y soportan esas nieblas radiactivas que de vez en cuando aparecen bajando de La Virgen.
−Cada vez son más raras.
−Sí, ya hace un mes de la última. Pero seguirán apareciendo, y los hongos, las setas, son capaces de soportarlas.
−Bueno, ¿y qué? ¿A quién coños le importa una puta seta?
−A mí, pero bueno, ¿tú que cojones eres? ¿No sabes el hambre que estamos pasando? Conozco al menos una docena de setas comestibles que se criaban por los alrededores y ya estoy harto de comer de lata. Este fin de semana me iré a la orilla del río a llenar un cesto. Me muero por una fritanga de boletus, ¡tres años sin probarlos! ¿Dónde habitas, bruja?
− ¿Habito? Joder, igual me vas a pedir ahora la documentación.
− ¿Recuerdas lo que quiere decir esta chapa? Te puedo pedir lo que se me ocurra; eres sospechosa.
−Y si no, puta.
−Vamos a dejar eso; ya nadie tiene dinero. Eso era por el puto dinero y las drogas, nadie lo sabrá tan bien como tú. ¿Qué te metías?
−De lo que pudiera, ¿y tú?
−De lo que consiguiera. ¿Te conozco de algo? ¿Alguna movida?
−Te di una patada en el pecho.
−Vale, de eso me acuerdo aún. ¿Cómo tengo que llamarte?
−Dara.
− ¿Y eso en cristiano qué significa?
−Que soy lo que no te esperabas. ¿Vienes o te quedas?
Siguen caminando por calles destrozadas, el asfalto recubierto de hierbas, y observando diversos fuegos aquí y allá, pero ni un alma a la vista. La luna llena es claramente visible al sur majestuosa en el cielo del atardecer dorado. Su destino es una casa un tanto apartada de las demás y la finca está cercada por un alto muro. Entran por la puerta de la cochera. Acorazada. El enorme pestillo de acero escocés es inconfundible; haría falta un tanque para tirarla abajo.
−Deja ahí tu bici y tus armas.
− ¿Estoy detenido? ¿Me vas a poner las esposas?
−No te he traído a mi casa para juegos sexuales que ya nadie recuerda. Deja ahí todo el hierro que llevas encima, nadie se lo va a llevar. ¡También el cuchillo que llevas en la pantorrilla derecha! ¿Tú te crees Rambo o algo así?
− ¿Y tú, sabionda, te imaginas cuanta gente me he tenido que cargar?
−Deja también la pastilla.
− ¿Lo qué?
−La pastilla de cianuro o lo que sea que llevas en el bolsillo derecho del pantalón.
− ¿También lees el pensamiento o algo así?
−No, pero en vez de tocarte los cojones continuamente, como hacéis todos los hombres, no paras de tocar algo pequeño que llevas en el pantalón. ¡Déjala ahí encima!
El casoplón no tiene pinta de haber sido deshabitado en ningún momento, un sonido continuado hace pensar al poli en un generador eléctrico, tal vez alimentado por placas solares en el tejado del chalet, y cuando Dara comienza a dar la luz cuarto tras cuarto ya no le caben dudas.
− ¿Qué quieres tomar? ¿Frío o caliente?
−Cuando llego a casa a estas horas suelo tomar una sopa.
−Si quieres sopa te la haces tú, que no soy tu madre. Voy a cambiarme de ropa y haré café. Si quieres algo con alcohol mira en el mueble bar.
−Joder, pero si tienes hasta Ribera del Duero, crianza de 2.014. Abriré una botella y el café lo tomaremos después.
Mientras me afano en encontrar el descorchador y abrir la botella, preparar un par de copas, poner música, ¡vaya colección de discos tiene la bruja! ella aprovecha para cambiarse y sorprenderme con un vestido entallado y jodidamente sugerente, las zapatillas de trail running han dejado paso a zapatos de aguja. (¡Esta bruja! Bien sabe que aunque se ponga un camisón de fantasma inglés puede levantársela a cualquier barbado de este planeta. Deferencia de la casa. ¿Esta no trabajaría en algún piso de lujo del que nunca tuve información?)
− ¿Qué miras con tanto interés? ¿Qué te llama tanto la atención de mi hogar?
−Esa piedra que hay sobre la mesa, ¿qué es?
−Un fósil, tiene sesenta y cuatro millones de años.
− ¿De cuando los dinosaurios?
− ¿Tú terminaste la E.G.B.? Sí, vale, voy a hacer café. No está mal este vino.


Un par de copas que siguen a otras ya en el coleto, algo de música de los setenta, buenos butacones y sofá, ¡qué pena que no se pueda ver la tele! Estaría bien un Barsa-Madrid. Pero aun así sigo ceñudo y pensativo; algo no me cuadra.
−Un euro por tus mentiras.
− ¿Tienes un euro? Perdona, pensaba en el hongo; bueno, más bien en el arma que partió el árbol por la mitad. Ahora eres tú la que no aparta la vista del fósil.
−Llevo tres años mirándolo. Me tuve que tirar a muchos tíos para poder comprarlo; sin saber por qué. Una obsesión que tenía antes de la bomba.
− ¿Y eso?
− ¿Ves este mineral oscuro que tiñe el dinosaurio?
−Sí, será hierro o cobre.
−Es iridio. Ya he dicho que pertenece al tiempo cuando ocurrió la extinción de los dinosaurios.
− ¡Ah! Ya te entiendo, este mineral es un resto del meteorito que causó la extinción masiva…
−No hubo ningún meteorito, bobo; seguro que no fuiste a la universidad.
−No valía para estudiar, me apunté a los paracas con diez y siete años.
−Aun no tenías barba. El iridio de todo el planeta se produjo gracias a grandes explosiones nucleares, ¿lo entiendes? Bombas atómicas como la que cayó en La Virgen del Camino, ¿lo pillas, azulete?
− ¿Bombas atómicas hace sesenta y cuatro millones de años? ¿Seguro que no te metes nada? No te noto que estés puesta con algo, aunque contigo ya no sé.
− ¿Tú has subido hasta La Virgen alguna vez en estos últimos años?
−De Trobajo para arriba sigue siendo zona radioactiva, solo me atrevo hasta el barrio Paraíso. ¿A dónde me quieres llevar?
−Justo a donde estás; sí, puedes servirte otra copa.
− ¿No me irás a hacer creer…?
− ¿Tú sabes quién tiró la bomba que cayó allá arriba y todas las que cayeron por todos los rincones del planeta?
−Joder, ¡serían los rusos! La de aquí la tirarían los rusos.
− ¿Y por qué no los americanos o los chinos?
− ¿Los chinos aquí? Tú estás tolondra. ¡Los americanos! Nuestros aliados. Sería una reacción en cadena, los rusos tiraron las primeras y los demás empezaron a tirar de todo por todas partes. Tuvo que ser así. Y el mundo se fue al carajo.
−No me escuchas, madero. Tú tienes menos de policía que yo de astronauta. ¿Quién querría tirar una bomba atómica en este chaparral alejado de cualquier sitio importante? Me dijiste que has ido hasta Gijón.
−Sí, con los primeros convoyes.
− ¿Cómo está Asturias?
−Arrasada, peor que aquí.
− ¿Entonces? ¿Has ido también al Bierzo?
−No, pero me han comentado algo unos compañeros de La Guardia Civil.
− ¿Y?
−Vale, toda la parte central está quemada.
− ¿Y? ¿Te has estado imaginando todos estos años a los rusos, en plena Tercera Guerra Mundial, atómica, apuntando sus misiles a las peras del Bierzo? Y sabrás cómo está Castilla la Vieja.
−Ya, ahora que lo dices no tiene mucho sentido; kilómetros y kilómetros de trigales arrasados. El mundo enloqueció y había tantas bombas…
− ¿Has recogido piedras? ¡Ah, ya! Que no has vuelto a subir a La Virgen. Te mostraré alguna.
Se va ligera cual náyade meneando las caderas de un modo inenarrable y cuando vuelve ya estoy por la tercera copa y tengo otra botella a mano, y me muestra una caja de metal, una antigua caja de caudales, con su vieja llave y todo, forrada por dentro de tela carmesí, y me muestra lo que guarda en su interior: unas piedras carbonizadas.
−Eran parte del edificio del aeropuerto, ¿qué observas?
La vista enseñada de un poli maduro va enseguida de las piedras al fósil, irrevocable a primera vista pero necesitaría un microscopio para estar más seguro. Hacer una prueba pericial; siempre me gustó la mineralogía, de chaval coleccionaba minerales.
− ¿Qué me quieres decir, bruja?
−Lo que tus ojos y los míos están viendo. Disculpa, tengo que atrancar las ventanas.
−Espera, te ayudo.
Con unas fuertes placas de acero tapan las ventanas donde apenas quedan cristales que no estén rotos a pesar de las contraventanas de madera; es la ventana del salón que da a la calle.
−Tienes la casa acorazada, pero, ¿no estarías mejor en la ciudad? Un día u otro los comancheros encontraran el modo de asaltarla.
− ¿En qué barrio?
−No sé, pero en el centro todavía quedamos algunos miles de personas.
−No puedo estar con vosotros, te lo aseguro, terminaría comiéndome a alguno.
−Y yo tendría que matarte, comanchera. Seguro que encontraría el modo.
−Tal vez sería una bendición que lo encontraras, pero, por el momento prefiero vivir aquí. ¿Está bueno el vino? Yo nunca entendí de caldos.
−Cojonudo; así que iridio. No entiendo nada. Dara, una cosa: ¿te alcanzó la onda expansiva de la bomba? ¿Dónde estabas cuando cayó?
−En un hotel del centro, con un cliente. Vimos cómo subía el hongo por la ventana del dormitorio y nos metimos debajo de la cama, al poco los cristales atravesaron toda la habitación pero salimos indemnes. ¿Y tú?
−Pues yo andaba cerca, estaba de servicio, patrullando por Papalaguinda, y la suerte fue que nos quedamos dentro del coche y no nos cayó ningún árbol encima. El coche patrulla aún sigue en el mismo punto donde lo abandoné. Bueno, ahora te tengo que abandonar a ti, ya sé dónde vives; se me va a hacer de noche.
−Ya es de noche, tonto del nabo, ¿quieres volver a oscuras a una ciudad en llamas?
− ¿Que ya es…? Joder, me he pasado con el vino. ¡Uhh! Se me va la pinza. ¿Por qué me tuviste que patear? Aún me duele el pecho, ¿no podías decir simplemente: hola?
−Me hubieras disparado antes de que te preguntara que tal estás; y a mí me jode los agujeros que me has hecho en la ropa cuando me disparaste por la espalda. ¿Dónde encuentro ahora una ropa así?
−Coges aguja e hilo y los cierras. ¿Cómo has logrado sobrevivir a los comancheros todos estos años? ¿No has pasado miedo, aquí, tú sola?
−No estoy tan sola como crees, hay otras como yo. Ya sabes, así de especiales.
− ¿Que hay más? ¿Dónde?
−Por ahí. A veces nos reunimos.
− ¿Y hacéis corros?
−Y nos metemos el palo de la escoba por el culo, no te jode. Eres un mirlo, madero, bueno como todos los azuletes, siempre de machotes, os quitan las pistolas y las esposas… ¡y sois unos putos mariquitas!
− ¡A que te suelto otra galleta y te hago girar la cabeza más que a la niña del Exorcista!
Joder, me calentó la tía de cojones, o sería el vino, o que con ese vestido tan corto le estaba viendo las bragas; no sé, pero me levanté y me fui por ella, y la puta se levantó como una pantera.
− ¡A que te doy yo una que…!
Reflejos de gata contra instintos de pitbull. En instantes los dos están rodando por el suelo del salón y si logran incorporarse es para soltarse unos sopapos que hacen temblar el misterio; finalmente quedan entrelazados en una llave mutua de jiu-jitsu que no hace más que ahogarles.
− ¡Afloja o te mato, puta!
− ¿Sabes cuantas veces me han matado ya?
Fría y seca, es fría y seca, ni sangra ni tiembla; pero están tan entrelazados que tienen rozando sexo contra sexo y en segundos el poli siente un ardor intenso en el suyo que le pone el pene tieso como el palo de una escoba, ¡es hasta doloroso! La aprieta un poco más y ella responde forzando la llave.
¡A ver quién revienta primero!
Todos mentimos, en este puñetero Mundo todo el mundo miente, constantemente, pero hay verdades que no se pueden ocultar por mucho tiempo. Respirando entrecortadamente la pareja va regresando en segundos al estado primitivo de los peces de colores que inventaron el abrazo sexual; se besan con tanta fuerza que su pececito interior va a tener que respirar por las agallas.
Como un globo al que se le deja escapar el aire, así se le va la consciencia, y el semen, al policía y ¡calla! ¡que a ella…! ¡a ella parece que también…!
Tras unos largos minutos de silencio la mujer se levanta, un tanto sonriente, colocándose el cabello y el vestido y se dirige al piso de arriba, a su dormitorio; el azulete duerme quedo en el suelo con cara de angelito triunfador. (¡Era tan guapo! Era tan guapo antes de que le saliera la barba)
Pasan las horas solitarias y silenciosas en los barrios del extrarradio y pueblos del alfoz, algún fuego escaso aquí y allá, en los árboles de las riberas de los dos ríos, en el centro de la ciudad, cosa de poco, poco queda ya que pueda arder. Pero aún quedan fuegos tras la lluvia extraña de la tarde pasada. Y silencio. Ahora siempre hay silencio en las noches estrelladas.
De repente, alarido estremecedor, y un sonido como de garras arañando el portón de la cochera despierta al poli sobresaltado. Se dirige raudo a la bicicleta y en instantes tiene montada la recortada, ¡ah! y una caja de cartuchos.
Se van a enterar estos inhumanos, hoy corto cuatro rabos por lo menos.
Pero en vez de ponerme a abrir el portón subí a la carrera al piso de arriba buscando una ventana que diera a la calle, en el dormitorio del fondo vi recortada la silueta de Dara gracias a una extraña luminosidad verdeazulada que entraba por la ventana; estaba asomada, casi medio cuerpo fuera.
− ¡Aparta! Déjame a mí.
Ella también está armada, ¡Uhnn! Una Beretta Urica, último modelo. Una escopeta repetidora de caza bien sujeta entre las manos. ¡A la caza!
− ¿Quién anda ahí? Mierda.
Se veía con gran claridad toda la calle y el pueblo pero ni un alma cercana. Mi mirada se desplazó al cielo nocturno atraída por una luminosidad extraña.
− ¡Bueno, esto es increíble! ¡¡Una aurora!! Una aurora boreal sobre la ciudad de los dos ríos.
−Ya, a mí también me asombra, nunca las había visto más que en la televisión y en fotos de teléfono.
−Lluvia de piedras volcánicas, auroras boreales, ¡qué será lo próximo que veremos!
−Lo próximo será lo que nos despertó con sus aullidos intentando tirar la puerta abajo.
− ¿Comancheros? Ya llevo matados…
−No son comancheros. Los comancheros matan gente y se comen, supongo que se los comerán cuando se los llevan, a los subrays, como tú los llamas, pero esas “Cosas” matan y se comen a los comancheros. Ecología planetaria o algo así; apártate de la ventana, ya se había ido cuando yo asomé.
− ¿”Cosas” que se comen a los comancheros…?
−Los matan, los despedazan y se los comen crudos. Los sesos primero.
−Serán osos, mujer; cuando amanezca buscaré huellas en los alrededores.
−Busca cuanto quieras pero no son osos, lo sabrás cuando veas una huella. Llevo tres meses intentando cazar alguna.
− ¿Utilizas esta escopeta? Déjame ver un segundo.
Son muchos años en la policía, enseguida me di cuenta. Por pijama tan solo lleva puesta una camiseta de microfibras de un suave tono violeta que se le ajusta como un guante. Sin pantalones.
−Fuiste tú quien le disparó al hongo, y con este arma.
−Sí, fui yo. Seguía a una de esas “Cosas” y se me escabulló en el viejo cuartel de los ferroviarios, de la rabia que me dio le disparé al árbol. Ni me fijé que había un “hongo” de los que tanto amas. Tu amor no sube más allá de las setas, y se pierde entre los cardos.
−No digas eso, eres demasiado bella para decir tales cosas, te degradan como persona, seas lo que seas o como te hayan hecho, y yo, yo soy un hombre de carne y hueso; no te confundas.
−Y yo soy una mujer ya madura.
− ¿Y no tienes sangre en las venas? Deja la escopeta contra la pared.
−Posa tú la tuya sobre la mesita de noche; tengo algo, un líquido, no sé si verás algo con esta luz verde, debo parecer una lagarta, más parece líquido anticongelante que otra cosa.
−Y tu piel no suda. Ni siquiera en plena pelea tu rostro mostró sudor alguno.
−Pues tú sudabas y olías como un caballo de carreras.
−Y eso que me lavé, y a conciencia, esta mañana. Fue una buena pelea, bueno, pues, ¡eres de sangre azul! Auténtica. Disfruté con tus mañas y pegas duro, una gozada.
− ¿Lo dices porque te corriste?
−Sí. Bueno, también por eso.
−Yo también me corrí, ¡sabes! Hacía tres años del último goce extremo. Tienes algo, mirlo, eres bastante mirlo, pero tienes algo entre duro y suave que me atrae.
Seca, es fría y seca, sus labios son fríos, su piel seca, sus pezones pedernal y la entrepierna, en cuanto le rodea con sus brazos y le acerca su sexo le prende fuego al cuerpo entero del pobre madero. Saldrá del hielo, pero lo suyo es puro fuego. No pasa un minuto antes de que estén de nuevo los dos rodando entrelazados, pero esta vez sobre la cama y quitándose la ropa mutuamente.
Hielo y fuego a la escasa luz de una aurora boreal brillando sobre este pequeño infierno, y gemidos que tan solo puede emitir un animal bien conocido.
− ¿Has visto alguna vez una de esas “Cosas”? ¿Te importa que fume?
−Sí, varias veces; no me importa, está la ventana abierta.
− ¿Y cómo son?
−No sé, no puedo decirte, siempre las he visto de lejos, o con el rabillo del ojo, corriendo tras algún comanchero. Muy peludos.
−Entonces serán osos que han bajado de la montaña este invierno y como no tendrán el alimento acostumbrado atacarán todo lo que pillen.
−Los osos pueden andar a dos patas pero corren a cuatro, que yo he estado en varias cacerías con unos clientes; esa escopeta la manejo con los ojos cerrados. Esas “Cosas” corren que se las pelan, ya me has visto correr a mí. ¡Sí! Tonto, vale, me pasaba las horas en el gimnasio o corriendo por el monte y abajo tengo una bici estática y una cinta de correr, y nunca he conseguido acercarme a ellas ni de lejos. Son como sombras, solo he alcanzado a ver los destrozos que dejan a su paso.
− ¿Y tus “amigas”?
−Acojonadas desde que aparecieron esas “Cosas” hará unos tres meses. Por eso te traje aquí. Quiero que encuentres y mates, sí, que las mates, como a los comancheros. Cuando me dijiste que eras policía se me ocurrió esa loca idea.
− ¿Y no se…te puede ocurrir…otra? Que todavía es de noche y se ha ido la aurora. Nadie nos verá.
− ¿Podrás?
−Ya estoy pudiendo.
− ¿Sabes? Me parece que cazan por el olor más que por la vista, no me di cuenta y dejé abierta la puerta que da a la cochera y debió captar tu olor corporal, tan de macho. Y de semen. Sí, eso va a ser, rastrean a sus presas olfateando.
−Entonces: ¡osos mutantes acechan la ciudad! Que bonitos senos tienes, ¿dónde conseguiste la colonia?
−Tengo suministros para veinte años. Antes casi me bañaba en ella.
− ¡Pero te olfatearan a un kilómetro!
−Por eso lo hago. Ya me han visto muchas veces y me evitan, saben dónde vivo; ¡te olieron a ti!
−Pues ahora oleré a ti.
−Y más que vas a oler porque te voy a dar un repaso que ni en sueños; no te imaginas lo que se puede hacer con un poco de colonia aplicado en ciertos sitios. ¿Quién desea a este pajarito? Mirlo, que eres un mirlo.
Mientras en el centro de la ciudad los supervivientes luchan con escobas y calderos por apagar los fuegos en las afueras, en los grandes bloques de edificios, en las urbanizaciones de lujo que aún se mantienen habitadas, una noche más los padres tratan además de salvar a sus hijos de las incursiones de los comancheros, pero en los lindes y en los pueblos próximos, en el alfoz de la vieja ciudad, “Cosas” infames y enormes, de grandes garras, acechan los innobles restos de esta acabada humanidad.
Con la claridad de la mañana estábamos los dos desayunando en la cocina, disputando que si esto que si lo otro, como si lleváramos años juntos cuando oímos unos toques rítmicos en la puerta de la calle.
−Espera aquí, me parece que sé quién es.
Segundos después apareció en la cocina acompañada por otras cinco mujeres. ¿Edad? Sobre los treinta las cinco. ¿Aspecto? No pueden vestir de manera más estrafalaria, una mezcla de ropa deportiva y detallitos monos, seguramente serían sus compañeras de gimnasio, Dara debe de ser la de mayor edad, sería la jefa del puterío; porque habrán pasado tres años de infierno pero no se les ha quitado la pinta de putas en nada. O será que soy policía y tengo un sexto sentido para detectar guarras.
−Estas son mis amigas, de las que te hablé esta noche.
−Encantado de conoceros, guapas.
−La encantada parece ser Dara, que le llega la sonrisa de oreja a oreja, ¿qué le has hecho?
−No os penséis, queridas, que sabe hacer gran cosa, pero yo, ¡yo me he tirado al hijo del panadero! Estaba enamorada de ti, imbécil, de niña, y tú ni siquiera me recuerdas.
−Pero es que te llevaré diez años de edad…
−No tantos, no tantos. Mis amigas quieren contarte algo. Empieza tú, Daisy.
La tal Daisy, tal vez venezolana, tiene unos pechos como dos melones de la ribera del Órbigo y unas curvas que marean, rezuma salud y frescura pero una mirada de “me importa el mundo una mierda” me hace ponerme en alerta máxima.
−Ya nos ha contado Dara que eres un antiguo policía, ¡ah! que lo sigues siendo en ese muradal de ciudad en el que vives, ya veo tu chapa en el cinturón, vale, escucha: tú sabes lo nosotras éramos, hablando con franqueza, te queremos contratar, contratar tus servicios; sigue tú, Montse.
La sujeta llamada Montse parece ser la única de origen español, es la que mejor viste, el cabello bien cuidado, y se le nota el buen gusto en todo; debía ser puta de alto standing, fina como un coral y con unos ojos que te hacen la radiografía en instantes. Es la fea del equipo, (¡Ya quisiera que mi esposa hubiera sido la mitad de guapa que ella! ¿Será lesbiana? ¡Uff! Me arden las orejas y me pitan los oídos solo de pensarlo)
−Tenemos dos encargos para ti; el primero es que encuentres la manera de matar, ¡como sea!, a esos monstruos implacables. Anoche tuvisteis visita y Dara te habrá comentado lo que sabemos. Segundo: que descubras que fue lo que nos ocurrió a las seis y nos ha vuelto seres extraños.
−Putas frías.
−No, eso era antes de que cayera la bomba, ¡diablas! Entre nosotras nos llamamos así y me parece que no tienes idea de lo que somos capaces de hacer.
−Tengo alguna, a Dara ya le he pegado dos tiros.
−Y también dos polvos mayúsculos, según cuenta.
−Gracias, guapísima. Lo siento, me pilláis con la cabeza en blanco, estaba pensando en pedalear hasta mi piso y ver si queda algo en pie o se ha quemado por completo. No sé cómo puedo ayudaros; lejos de la ciudad soy como pez fuera del agua.
−Te ayudaremos, te daremos pistas, indicios, por ejemplo, esa recortada no te sirve de nada.
−La usa para matar comancheros, en la ciudad le llaman El Matador.
−Deja a esas ratas, ya tienen algo que les está cazando a ellos. Te hablamos de caza mayor.
− ¿Por eso Dara usa ese trabuco?
−Siempre le gustó la caza, ir de montería y todo eso; tenía buenos clientes. ¿No tienes acceso a armas más rápidas y potentes? Eres policía.
−Armas, quedará alguna en la armería, pero no munición. Cada día nos queda un poco menos.
−Necesitas armas de guerra, y de las gordas, perdona, guapo, a ver si te afeitas, me presento: soy Lorena, cubana.
Cubana, no lo puede negar con ese acento, y para Malecón su delantera. No tiene rasgos negroides a primera vista, a no ser un culo imposible de falsificar, y clasificar, de los que solo se producen en Las Antillas y el África tropical. Y el mismo tono azulado de piel que sus compañeras.
−Tienes que usar ametralladoras o como las llaméis. ¡Ya sabes! Ratatata…
−No nos queda munición.
−Nosotras sabemos dónde hay cajas y cajas. Te las traeremos aquí, a casa de Dara.
−Así que tendré que venir aquí dando pedales, vale, no hay problema. Tengo un carrito que puedo enganchar a la bici y cargar con lo que me podáis encontrar. ¿Y lo otro?
− ¿El qué?
−Vuestros cuerpos, con esas…cualidades tan…especiales, ¿qué puedo hacer? Os tendría que ver un médico.
−Investiga, policía, debes investigar, ¿no te pagan por ello?
− ¿Pagar? Buena broma. Acepto el caso.
El hongo yesquero que llevaba en el bolso de la chaqueta me estaba diciendo algo, algo muy profundo y preocupante. Me había llevado hasta Dara, la diabla, y ahora hay cinco más; los afectados son seis mujeres hermosas y cualidades extraordinarias, el caso que todo detective soñó tener algún día entre manos.
−Sacaré el tiempo de donde sea pero necesito más información.
−Nosotras sacaremos con qué compensarte y cubrir tus necesidades de donde bien sabemos.
−¿?
−Mira que eres bobo, mirlo, déjamelo a mí, Lorena, ¿qué pasa? ¿tan nublado estás que no te imaginas lo que pueden hacer media docena de putas?
−No me da la cabeza para tanto, ni lo demás. Os dejo, pasarlo bien y cuidaros. El domingo por la mañana estaré llamando a tu puerta en cuanto amanezca, conseguirme esa munición y las armas que podáis y necesito saber dónde teníais el nido, el piso franco, en la ciudad. Tengo que irme.
Mientras desmonta la recortada y la guarda en las alforjas y recoge sus cosas Dara y Daisy le abren el portón de la cochera y al salir con la bici en la mano Dara se le arrima y le da un beso carantoña. Él no dice nada, se sube a la bici y comienza a dar pedales sin mirar atrás.
Es seca.
Fría y seca.
Hermosa y bellísima como pocas mujeres habrá habido en la historia, fragante. Deliciosa.
Adorable.
¡Y son seis! Seis diablas. A ver que le cuento al comisario, no me creerá ni borracho. Cuando me consigan esas armas y municiones que dicen tener cambiará de opinión. Entretanto le diré que salgo a matar comancheros.
Serán osos. ¡Yetis aquí! Se van a descojonar mis compañeros. El iridio, la extinción masiva de los dinosaurios. ¡Uff! Menos mal que es todo cuesta abajo, Dara me ha dejado seco y sin fuerza en las piernas, que locura de mujer y cómo ondula su flexible cuerpazo; que noche me ha regalado.
¡Qué desastre!
Que ruina de ciudad y de humanidad.
Ya no quedan ni ratas en Armunia.
Pero hay diablas.



Fin


Esto que habéis leído es el borrador de un cuento que salió publicado en mi libro Historia de un talento, Cuentos de la reina arpía, en mayo del año 2015.
En este enlace lo podéis encontrar:
Historia de un talento

No hay comentarios:

Publicar un comentario