martes, 26 de junio de 2012

Camino de Santiago por la costa. De Pobeña a Castro Urdiales.

Muy tempranito se levantaron los peregrinos para comenzar a caminar. Yo esperé casi a la salida del sol para poder dormir un poco. Despedirse de tan estupenda hospitalera y comenzar a caminar resultó difícil pues los pies me pasaban factura del día anterior.
Pero bueno, ¡para qué había ido tantas veces al osteópata!
Buen humor y caminar a la salida del sol.
Del albergue retrocedes por las marismas de Pobeña a buscar las escaleras. ¡Ya decía yo que había muchos mosquitos aquella noche!
El albergue está al lado de las marismas.

Y por estas estupendas escaleras se sube al monte para alcanzar el paseo marítimo levantado sobre el tramo de ferrocarril minero que existía en la zona.


Un último vistazo a la playa de La Arena al salir el sol y nos vamos a ver la mar cantábrica.

Los restos de los cargaderos de mineral de hierro a la vista.
El cargadero de El Castillo tenemos delante.
Fue promovido en el siglo XIX por José MacLennan para dar salida al hierro de Vizcaya hacia los altos hornos de Gran Bretaña. Muchas toneladas de hierro salieron  por este rincón. ¡All iron! ¡All iron! gritaba el ingeniero inglés cuando salían las vagonetas cargadas de mineral hacia los barcos. ¡Alirón! ¡Alirón! siguen cantando los vizcaínos cuando gana su equipo de fútbol.

Dejamos atrás Vizcaya y la ría de Bilbao. Siguen los barcos, más modernos, entrando y saliendo de sus estupendos puertos; pero nosotros nos vamos hacia Cantabria siguiendo el Camino de Santiago.

Un precioso paseo nos espera hasta Ontón. Vemos los embarcaderos de algas, los restos industriales de principios del siglo XX, y seguimos caminando. A lo lejos observamos Castro Urdiales, fin de etapa para hoy.

Una última mirada hacia la Costa Vasca y el Golfo de Vizcaya.
Ha sido precioso caminar desde Irún hasta aquí. Y aunque haya sido en dos meses diferentes mereció la pena pasar algunos días de mis vacaciones recorriendo las hermosas tierras de los vascos.

Al bajar a Ontón, aquí al feliz y dicharachero peregrino se le complicaron las cosas con fuertes dolores en la planta del pie. Como ya se de qué va la cosa paré en la fuente del pueblo un buen rato a cavilar soluciones.

Me encontré a una peregrina italiana, Francesca, que se encontraba en la misma encrucijada; y mirando en su guía italiana del Camino dimos con la solución.
Seguir por carretera hacia Mioño y pasar del trazado por la montaña que marcan las flechas amarillas.
No es tan fácil como parece y las cuestas son estupendas. Alguno se estaba preparando para subir el Tourmalet por estas rampas.
El día esplendido se estropeo rápidamente y un fuerte viento del oeste comenzó a entrarnos con fuerza. Se nubló enseguida y los ciclistas tenían que ir despacito y en grupetto para que no les tirara el aire al suelo.

Tuvimos que parar un rato al llegar a Saltacaballo pues el viento nos tiraba al suelo. Después seguimos caminando por el arcén de la carretera hasta llegar en una curva del camino al pueblo de Mioño y su preciosa playita. Despacito y buena letra y nos vamos para abajo.

Al llegar a Mioño paramos un buen rato en un bar cercano al ayuntamiento. El tiempo estaba muy raro. No sabíamos si iba a llover o diluviar con aquel ventarrón que teníamos encima.
Al fin calmó un poco y nos marchamos para Castro Urdiales.

Hay unas grandes urbanizaciones turísticas a la entrada de Castro Urdiales pero esto te permite hacer los últimos kilómetros por aceras a salvo del tráfico rodado. Ya estábamos en el paseo marítimo de Castro.

Una fresca mañana nos había llevado hasta Castro Urdiales. Había que parar y meditar qué hacer el resto de la mañana.


Un largo y precioso paseo nos llevó hasta el barrio marinero de Castro Urdiales. Parada a reponer fuerzas y considerar opciones. ¿Otros diez kilómetros hasta Islares o quedarnos a conocer la villa marinera? Los dilemas del peregrino.

Nos quedamos en Castro. Nos enteramos que en el año 74 de esta era el emperador romano Tito Flavio Vespasiano mandó construir la Colonia Flaviobriga en este lugar.
Nos interesaba conocer su interesante interesante iglesia de la Asunción y el castillo sobre la rada del puerto; pero ambos estaban cerrados así que bajamos al barrio marinero a tomar unos chatos. Después comimos estupendamente por la zona de la calle Los Ardigales, toda llena de mesones y sitios de chateo.

Y sobre las 15.30 llegamos felices y satisfechos al curioso albergue de peregrinos que hay tras la plaza de toros. Pasamos allí la sobremesa y después de ducharnos y lavar nuestra ropa nos fuimos a pasear por playa de Ostende hasta el barrio marinero.


Caminar descalzos por la arena debió obrar algún tipo de milagrillo pues a los tres peregrinos que fuimos nos sentó de maravilla. Después me quedé solo a cenar en un mesón de la calle Silvestre Ochoa, cercano al albergue; estupendo.

Cuando llegué de vuelta al albergue pensaba que ya estaban todos acostados; pero menos mal que quedaban algunos incombustibles viendo el partido de fútbol y charlando.
Esperamos, en compañía del simpático y agradable hospitalero, a que terminara el partido y nos fuimos a la camita felices y contentos. Los pilgrims roncaban como grillos, dulces y tiernos, seguramente suavizados por las venturas de la costa cántabra.
Por que la noche anterior el dormitorio parecía la sinfónica de guasintón desafinando a las tantas de la madrugada. ¡Había unos tenores y unas sopranos!

2 comentarios:

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